martes, 29 de noviembre de 2016

Me siento de aquí y de ahora

Personalmente me la sopla de dónde se sienta o se deje de sentir Trueba. Es más, ni yo mismo, cada mañana al levantarme, me pregunto de dónde soy. 
Soy de dónde estoy, de con quién estoy, de con quién hablo, río y lloro, soy de lo que veo, de lo que me hace sentir, de quién me ayuda, de quién me escucha, de quién se preocupa, de quién me forma, de quién educa a los míos, de quién me cura cuando lo necesito, de dónde veo amanecer, de dónde me mojo con la lluvia, de dónde como, de dónde sopla el viento en mi cara, de dónde hay caminos que recorrer y montañas que subir. Soy de aquí y ahora. Soy de dónde sueño.
De dónde se sienta él, o los que nos insultan por no ir a ver su última película, me la sopla. Bastante.
Hacer una película, cómo cualquier otra cosa, es producir para que alguien consuma. Y en la decisión de consumir, sea comida, ropa, electrónica, ocio o cultura, intervienen muchos factores. Cuando compro un iPhone, no compro un conjunto de componentes debidamente ensamblados que permiten que me comunique por voz y datos y, además, haga fotos que puedo almacenar. Compro un servicio completo, con su post venta, su atención al cliente, su fiabilidad, su diseño, su marca y hasta el mismísimo carisma del fallecido Steve Jobs. Si uno de los elementos falla es muy posible que no consuma.
Si Trueba en su momento consideró que hacer aquellas declaraciones aportaba un valor añadido a su marca y a su producto, allá él. Pero era muy previsible que provocar cómo lo hizo tuviese esta respuesta.
Ni fascistas ( qué recurrente banalización, por cierto, de algo que causó millones de muertos ), ni nacionalistas, ni imbéciles, cómo nos califican algunos simplificando la crítica y despreciando al que piensa diferente. Muchos no vamos porque no nos da la gana consumir algo producido por alguien que, con sus respetables declaraciones y opiniones, nos resultó antipático.
Somos coherentes: no nos gusta, no vamos. Tal vez lo que tuvo que haber hecho él: no te gusta, no aceptes el premio ni vayas a la fiesta.

Charcos y barro

Fue en mayo de 1991 cuando me presenté con dos semanas de retraso en la puerta del Centro de Instrucción de Reclutas, CIR Santa Ana, de Cáceres. Era allí dónde me había tocado hacer la, entonces, llamada "mili".

" - ¿Y tú de dónde vienes y dónde vas?

- Es que no he podido venir antes. 

- Anda, chaval, pasa. Es lo mejor que podías haber hecho"

Pasé, me asignaron el 301, me raparon y me vistieron con un mono verde.




sábado, 26 de noviembre de 2016

Un atleta para el atletismo

Una pista de 300 metros alrededor de un campo de fútbol de tierra, un sistema escolar, francés, que otorga al deporte un valor e importancia que, treinta y tantos años después, en España aún se desconoce y, sobre todo, un par de profesores entusiastas hicieron que me acercase al atletismo primero con curiosidad y luego con pasión. 

Fui de esos que le fueron pegando a todos los palos, desde el salto de altura al lanzamiento de jabalina, pero dónde me instalé fueron en las carreras. Del cross pasé a la pista. Y aquí fui bajando distancias desde el 1500 a los 400. Y aquí me clavé. 

Sufrí esa última recta, la de meta, cómo pocas cosas me han hecho sufrir. Salir de la curva y descubrir un océano sin olas. Querer llegar y no poder. Esa respiración del que crees te va a pasar y luego compruebas que va peor que tú. Esas rodillas que no se levantan. Esas líneas paralelas. Esos pies que parece que no se separan del suelo. Ese culo que se va a caer. Ese corazón que va a estallar. Ese particular ritmo de los clavos en el tartán que se mezcla con un jadeo que crees nunca va a parar. Una voz en la tribuna ¿o era un grito?. Esa sensación de frío en la garganta, la laringe y el esófago. Llegar y tirarse al suelo. Y sonreír. Confié y había vida aún.

Alterné el atletismo con la práctica de competición de otros deportes, siempre en edad escolar y universitaria. Después, por motivos profesionales, he ido conociendo a atletas profesionales en muchos deportes trabajando y viajando con muchos de ellos. He podido conocer sus historias que pudieron empezar cómo la mía pero que luego ellos prosiguieron en la élite. Entrenamientos, competiciones, lesiones, críticas muchas veces infundadas, viajes, soledad, incomprensión, esfuerzo y disciplina, compañerismo, jugártelo todo a una carta, presión, penurias económicas, aprendizaje del campeón y de la derrota, éxitos y fracasos, formación. La vida concentrada en unos años porque pronto se termina. 

Hoy uno de ellos empieza a dirigir uno de los deportes más importantes del programa olímpico. Para muchos, la base de todos los deportes. El mundo del atletismo español ha elegido a Raúl Chapado cómo presidente para los próximos cuatro años. Un atleta para el atletismo.

Enhorabuena Raúl y felicidades a los que lo han elegido. El atletismo se merecía algo así.

lunes, 7 de noviembre de 2016

La Poste

Perdías el control del envío en el mismo momento en el que pegabas el último empujón al sobre que viajaba por tren y barco si era blanco, por avión si tenía un borde azul y rojo. Los había que, incluso, lo besaban mientras lo sostenían con las dos manos antes de volver a verificar la dirección escrita con unos dedos temblorosos. 

La Poste et l'amour.



viernes, 4 de noviembre de 2016

100 metros

La que has liado, Ramon Arroyo Prieto . Hace unos meses me propusiste un reto y no me va a quedar más remedio que cumplirlo.

Pero ahora, echando la vista mucho más atrás, veo que las matinales analizando científicamente cuándo se desencadena el inicio del viraje fundamental, perfeccionado o no, han tenido su fruto. Recuerda que la principal conclusión fue que todo empezaba en la punta del dedo gordo del pie del monte. Le seguía la hiperflexión.

Estoy seguro de que eres capaz de explicar a un auditorio repleto el enorme avance que supuso la introducción de los festones ( no confundir con fiestones, que ese sería otro capítulo) en las pistas de Val d'Isère, ValThorens o Avoriaz. Explicación, demostración en parado, dibujo en la nieve con el bastón, demostración en movimiento y todos bajando uno a uno.

Allá dónde esté, nuestro más que amigo Íñigo estará sonriendo mientras se  prepara un enorme bocata de fromage aux fines herbes en el parking del Carrefour de Bourg de Péage muy a la vera de dos, o tres, autobuses Juliá.

En Velázquez 94, al fondo del pasillo, pero en el mismísimo fondo, negociamos nuestros fines de semana, los guía de bus, los viajes de la Inmaculada, Navidades, Año Nuevo, Semana Santa e incluso algún Puente de Mayo. Arantxa, Benoît y aquella secretaria que luego llevó la antorcha de Barcelona 92 por, dice la leyenda, ser alta. Y, al principio del pasillo, nada más entrar, Rosa y Juan Carlos.  Y en medio administración, dónde nos pagaban. Y bien, muy bien, por cierto.

Vuestro apellido y el nuestro forman parte de las escasas sagas familiares de aquella tribu de tipos vestidos normalmente de rojo, con alguna chaqueta azul de vez en cuando. Apellidos a mezclar con Maeva, Pierre & Vacances, les Cars Philibert et incluso una tal Madame Loi. Apartamentos, sábanas y fianzas. Alquileres y clases. Y cena los jueves en aquel garito de Avoriaz dónde la música era en directo.

Esteras de Medinaceli, área de El Cisne en Zaragoza, área de Pina y Porta Catalana. Paradas a deshoras, charlas interminables.

Y La Plagne aquella Semana Santa en la que se decidió hacer bocadillos para 150 cada mañana en mi apartamento.

Y Pal'92 cuándo Txavi, Julián, Elena, Mónica Y yo os recibíamos todas y cada una de las semanas de aquel invierno irrepetible para muchos. El Renault 5, el Hotel Marco Polo y Marc, el maître. No sé si estabas alguna de las semanas en las que se pronunciaron dos frases que se incorporaron al libro de esa época: " Igualito que en Prudential" y "Pues si Patri no cabe, el avión lo pagamos a escote"

La que has liado, Ramón.

Fuimos muchos, más de 100, cómo esos #100Metros que ahora veo por todos los lados, los que en público, en privado o en silencio, nos sentimos orgullosos de ti, de ser tus compañeros de entonces, tus amigos de ahora y de haber compartido contigo aquellos años de juventud que son los que marcan el futuro.

He leído tu libro, lo he comentado contigo y voy a ver la peli. Y, estoy seguro, seguiré viéndote cargado de esquís, de listados, de ese cartel de Bus ¿6? y de latas de Coca Cola para vender de 16:30 a 17.

Y bajo un bigote poblado, una voz, a menudo afónica, ordenando que a las cinco todos en marcha.

#RendirseNoEsUnaOpción

http://www.elmundo.es/salud/2016/11/04/581b2c37e5fdea29288b456e.html

miércoles, 2 de noviembre de 2016

El gusto por subir

El despacho de Joaquín estaba en la planta de arriba. Subí la escalera una primera vez y, antes de llamar a la puerta, me di la vuelta. 

Lo volví a intentar una segunda vez y tampoco pude. No me salían las palabras. 

Y fui una tercera. 

- "Joaquín, ¿tienes un segundo?

- Sí, claro. Dime. 

- Sólo llevo unas semanas aquí pero quería pedir un cambio de destino. No creo que esto sea lo mío. 

- Lo intentaré pero ya puedes imaginarte lo que van a decir en la central"

Así empezó y terminó mi experiencia bancaria mientras le cogí el gusto a lo de subir.



lunes, 10 de octubre de 2016

La gente


He vuelto a pasar por delante decenas de veces y, pese a lo feo y alejado de mi ideal de vida, siempre me debato entre entrar o no. Rara vez lo he hecho. Creo que sólo dos. Lo evita el chocarme de frente con los recuerdos que no han podido ser aniquilados por el paso del tiempo. Dónde había vida en la calle ahora supongo que habrá simple supervivencia. Dónde había personas con nombre, rostro y una historia ahora habrá números, registros y, seguramente, franquicias, anonimato y ruido en el silencio. Habrá datos, o metadatos, o superdatos que, parece ser, es lo único que interesa de nosotros.

Lo suyo era el arte con los dedos de la mano. Lo mismo le daba ritmo a la tijera con el dedo meñique levantado que, a la tarde, desde un sexto por lo menos, salía al balcón con sus solos de trompeta. Música de metal y música de viento. Cuando empezábamos a peinar greñas, mi madre nos mandaba a la peluquería de Alex con una frase grabada en la frente: "corto, hacia un lado y flequillo desigual". Y sonaba la tijera. Era otra época u otro lugar, o ambos a la vez, pero cada persona tenía su nombre y nadie era anónimo. Alex era Alex el peluquero, el de la peluquería Alex, junto a la tienda de chucherías y papelería del Señor Pedro. En la cuesta que llevaba a la iglesia vieja. Digno representante de la palabra oficio, el métier francés de toda la vida. Antes de que la globalización todo lo homogeneizase, detrás de cada uno había un oficio, detrás del oficio, un nombre y detrás del nombre, una persona. Y detrás de la persona, una sonrisa. O un borde, o un cascarrabias, que de todo había, no nos vamos a engañar.

El valor de las personas era otro ya que aún no nos habíamos convertido en simples celdas de Excel, en contactos de WhatsApp o en datos, simples o complejos, al servicio de un ser superior que no sabe que existe la piel, el olor o el sonido. Ni por supuesto las entrañas, el alma o el corazón. Cuenta la leyenda que el hijo de Blas Cuenca, el fontanero que venía lo mismo a arreglar un grifo que goteaba que a reformar un cuarto de baño, se fue a Barcelona a estudiar teleco y que, tras acabar y empezar en una gran empresa, lo dejó todo para volver al negocio de fontanería de su padre, de Blas. El primero de los valientes. Sigue contando la leyenda que cuando por primera vez lo vimos de nuevo volver a casa, tras su paso por la multinacional, portaba con orgullo la caja de herramientas de la que salía, sin orden, un puñado de estopa que se utilizaba entonces para evitar las fugas de agua en las juntas de las cañerías. Y no es leyenda que los fontaneros de entonces tenían un olor característico que permanecía durante horas debajo del fregadero recién arreglado y se expandía por el resto de la casa, al menos durante un día entero.

Alfonso, el lechero, ahora sería uno más de los Food Truck que se instalan en los barrios hipsters de las ciudades para celebrar el enésimo fin de semana gastronómico y que hoy están aquí, mañana allí y nunca en algún sitio. Hamburguesas, zumos de verduras, mejillones con patatas o sushi importado. Pero yo al que recuerdo es a Alfonso, con su furgoneta Ebro de puerta lateral, llegando puntualmente todas las tardes, a eso de las cuatro, a cada casa y sabiendo de antemano cuántas bolsas de leche nos hacían falta, qué días necesitábamos huevos y qué yogures eran nuestros preferidos. Podía llegar sonriendo o cabreado. Tenía derecho a ello. Era una persona con su vida de todos los días, buenos y malos. Pero nunca un desconocido.

Nadie me obligó a aprenderme sus nombres. Ni a memorizarlos. Pero aún soy capaz de ver la cara y la sonrisa de Serrano, el carpintero, llamando a la puerta con su lápiz en la oreja derecha, sus herramientas y su chaquetilla azul. Los lápices de carpintero no eran normales sino ovalados y afilados a navaja. Nunca supe el motivo y siempre lo achaqué a que así era más cómodo para ponerlos en la oreja y que no se cayesen al arreglar la cinta de la persiana de madera o al colocar aquel rodapie.

Lo efímero de entonces se ha convertido en permanente para el resto de la vida y existían relaciones, actitudes y valores que han sobrevivido a la obsolescencia programada del triple salto tecnológico, a las prisas, al éxito inmediato y a la deshumanización de nuestros días. Detrás de todo había personas, aunque las temieses cómo cuando Riofrío, el practicante, llegaba armado de sus jeringas y sus vacunas y nos escondíamos atrás de las cortinas. La antitetánica era la peor. Ya sea por la mordedura del fiero de Atón, un perro que giraba entorno a si mismo para morderse el rabo, o por arañarte con un clavo oxidado en lo alto de la caseta, asomaba la amenaza de la jeringa de Riofrío.

Con la bicicleta, que ahora por suerte ha vuelto para quedarse, íbamos de la Drogue a Tienda Lucy Sol Ongil. La Quiniela se comprobaba en la Hoja del Lunes, único periódico de ese día. El resto de la semana, Doña Emilia nos reservaba encima de una silla el ABC y, a partir de 1976, también El País. Y el domingo, los suplementos. Era la estanquera, la de los periódicos. Creo recordar que al igual que en la mayoría de los comercios, pagábamos la cuenta mes a mes. Se fiaba sin dejar fianza y sin firmar contratos. Al igual que en la farmacia de Lda. B. Martínez, frente a la carnicería de Pepe. Existía la palabra dada y la confianza otorgada.

Hoy en día, si se cae la red informática o el lector de códigos de barras no reconoce el envoltorio de las galletas, no te lo venden. Hasta ahí llega la tontería.

Pepe siempre estaba en alto y pedíamos de abajo a arriba. Se protegía la retaguardia con unos enormes carteles con los nombres del despiece de la vaca, el cerdo y el conejo. "Acércate a Pepe y que te de unos filetes de punta de tapilla y un kilo de carne picada". En el mostrador, las cabezas de los bichos te observaban sacándote la lengua mientras esperabas sentado en un banco corrido apoyando la espalda en la pared. De cuando en cuando, Pepe, desde detrás de las básculas que colgaban del techo, hacía una broma o un chascarrillo mientras envolvía el hígado en ese papel gris algo recio. El hígado se comía, y los sesos y la lengua. No conocíamos aún a la OMS.

Las manos y los labios sabían a pipas, la ropa olía a parque y una farola era mucho más que una plaza mayor. Alrededor de ella había dos o tres bancos de metal que se iban moviendo buscando el sol por las tardes. Tomás, con su cojera, y Benjamín, al que llamábamos Benya, mantenían todo aquello para que los árboles fuesen a la vez porterías y limitadores del terreno de juego. Hasta defensas de vez en cuando si faltaba alguien. O un mismísimo campo de beisbol. Al bueno de Benya no le gustaban nada las cagadas de Wolf. "Todo es bueno para abonar la hierba menos las cagadas de perro y las de conejo". Dixit. Los jardines se regaban por inundación por, sospecho, simple dejadez.

Nuestro héroe local tenía tres cosas: un peculiar lunar encima del labio, una tienda de bicicletas y un récord en el Tour de Francia que creo que aún perdura. José Luis Viejo le metió casi 23 minutos de ventaja al segundo en una etapa siendo, hasta hoy, el fugado que mayor margen ha logrado con respecto al pelotón. Aquella tarde de julio sonaron fuegos artificiales y su tienda surgió cómo lugar de peregrinación para arreglar frenos y desviadores de piñones.

Fueron miles de horas yendo y viniendo al Liceo en aquel Land Rover que, puntualmente, a las siete y media de cada mañana, lloviese, nevase o amenazase calorina de junio, llegaba al mando de Pablo o de Pedro. Nunca entendimos la lógica que hacía que viniese uno u otro pero lo que sí percibíamos era su empatía y cuidado cómo si fuésemos sus propios hijos. Sabían todos nuestro horarios de entrada y salida, tuviésemos tarde libre, saliésemos una hora más tarde o nos quedásemos a entrenar tras las clases. Con ellos vimos crecer esa horrible Nacional II y saltábamos cuando decidían coger un atajo, más aún si era todo terreno. Pablo el serio, callado y responsable. Pedro el grandón, parlanchín y cantarín.

El relevo lo tomó Hilario y subimos a primera división. Discreto, amable, leal, de modales exquisitos y sospecho que absolutamente guardián de cualquier cosa que escuchara al volante, sólo se venía arriba si perdía su equipo de fútbol, a la sazón el Real Madrid. Forofo hasta los huesos pero del fútbol de verdad. No sé qué pensaría ahora.

Por tener, tenían nombre hasta los coches. El Seat 131 Supermirafiori, que casi acaba hundido en el fango de los lodos del pantano de Entrepeñas y tuvimos que rescatar con la ayuda de un tractor, tuvo también su época con Sesma y con Patricio, escuderos que fueron de Hilario y de los que guardo menos recuerdos pero mantengo sus nombres y sus rostros. 

Nombres que no sólo son nombres. Personas que fueron y que están. Hasta el mismísimo macarra que, en aquella atracción de feria, se subía a aporrear un punching de boxeo con el codo, o con el puño, mientras giraba y giraba. La Ola se llamaba la atracción. Él era simplemente el macarra que miraba por encima del hombro y que competía en chulería con su compadre el de los coches de choque que se subía detrás de las guapas agarrado a ese palo del que salían chispas. Y te regañaba si chocabas de frente.

Era otra época de la que algo habría que tratar de recuperar para que "la gente" no sólo sea base de fácil discurso político de algunos en La Sexta.

No íbamos a un peluquero, ni llamábamos a un fontanero o a un carpintero. Íbamos a Alex o llamábamos a Blas Cuenca o a Serrano. La leche la traía Alfonso y Emilia nos guardaba el periódico.

Y Benjamín nos llenaba la cocina de berenjenas y tomates y recolectaba las aceitunas que nos devolvía en aceite. Es normal que aún mi padre recuerde cómo lloraba el día que se despidieron cuando los de Gil Stauffer cargaron los capitonés con la mudanza destino a Francia.

E Hilario era todo un señor.

La gente. Las personas y no los datos.











sábado, 24 de septiembre de 2016

Tal y cómo, simplemente, imaginé

Personajes 16

Todos lo habíamos imaginado durante días pero no durante todos ellos.

Una tarde, sin quererlo, miras una pared y encuentras retales de una vida en forma de fotos, entradas a espectáculos, viejos billetes de avión, una postal, una acreditación, una pulsera de tela, un billete de dólar, un vale descuento por aquella devolución o un recordatorio de una cita con el médico. Pero los recuerdos no están en las cosas sino en la cabeza y en el alma. Y algunos hasta en las entrañas.

Cuando quedaban pocos días para terminar vi, por primera vez, un mapa en la pared de aquel albergue de Miraz. Tal vez antes ya estuve delante de otros pero fue la primera vez que me paré a recorrer con el dedo y con la mirada el perfil ya conocido y lo poco que quedaba por descubrir. Cómo cualquier mapa colgado en la pared de un lugar público ya había sido recorrido con los ojos, con bolis de colores y con los dedos engrasados de decenas de caminantes que, sin quererlo, también habían dejado su traza. Lo comenté con la rubia alemana de mirada dulce y me acordé de los dos franceses que se lavaban los dientes a la entrada de Zumaia. Uno de ellos tenía rastas y sonreía todo el tiempo. El otro parecía que disfrutaba de la libertad condicional en una película de Clint Eastwood y lo seguía sin remedio. Volví a verlos varias veces más y siempre con la intuición que el forajido iba a fugarse una noche. Sin chica pero fugarse. Y con su chandal del Olympique de Marseille.

Antes de llegar a Miraz, en medio de un bosque al que arribé justo después de rebasar el mojón que indicaba los últimos cien kilómetros, me paró una pareja de ingleses. Venían caminando de frente y desprendían ganas de coger un capazo. Querían contar su historia y los escuché. Llevaban ya años instalados en Ibiza, desde que él se jubiló, y lo habían dejado todo para comprarse una casa grande en mitad de ese bosque, casa que tenían que reconstruir con sus propias manos ya que no tenía ni techo. Con un español que sólo son capaces de hablar los que son muy hijos de su Graciosa Majestad, no dejaron de soltar lo especial que es el Camino del Norte. Me quité la mochila, nos apoyamos en un árbol y hablamos de Saint Jean de Luz, de Donosti, de Zarautz, del mar y las mareas, de los Picos de Europa, de la costa de Llanes, de la playa del Silencio y de la comida. Conocían todo y sólo les faltaba incorporar la musicalidad gallega a su castellano de Bristol mix Ibiza. Están construyendo ellos solos un albergue en mitad del bosque y les prometí volver a inaugurarlo. Cuántas veces han de venir ellos a poner en valor lo que tenemos. Nos costó despedirnos y, aún así, insistieron en que un kilómetro más adelante parase a visitar a una amiga, creo que brasileña, que ofrecía el mejor café de la zona.

Cuando llegué a Miraz, aldea que sólo contaba con un pequeño bar, un cementerio y dos albergues, volví a encontrarme con viejos conocidos que esperaban a que abriesen el albergue "de los ingleses". Ya estaba formada espontáneamente la fila de diez mochilas y veinte botas que indicaba el orden de llegada y, por ende, de ocupación de literas. El albergue lo gestiona una asociación inglesa mediante voluntarios que se turnan cada quince días. El contacto con el exterior se hace a través de una camioneta que cada tarde, a golpe de claxon musical, hace función de supermercado. Si estuviésemos en Madrid, Barcelona o Zaragoza sería una food truck pero en Miraz es la furgoneta de las seis. Así llegaba en mi infancia, a eso de las 16:30, Alfonso, el lechero, con su furgoneta Ebro y con la leche en bolsas de plástico, los huevos y los yogures.

Desde hacía varias jornadas, los días y las noches eran distintos. Alejarse del mar, sin posibilidad alguna de volver a verlo, significaba enfilar la recta final y dejar de ir para empezar a volver.

El amanecer al salir de Miraz me sorprendió a mí mismo mientras me alejaba de los dos canadienses con los que caminé en la oscuridad. Sin quererlo ni buscarlo pero sobre todo sin poder evitarlo mi única compañía, mientras el sol aparecía a mi espalda, eran unas lágrimas de emoción contenida y una galerna interior de sentimientos compartidos. Y así un rato largo. Y así todos los días hasta el final. Pese a venir preparado nunca pensé que me fuese a dejar vencer por la emoción. Pero sucumbí y me deje llevar porque, además, era la única manera de liberar la carga de sensaciones y sentimientos que se habían acumulado, no en la mochila de Karl, sino en mi corazón.

Todo pudo venirse abajo cuando de repente, en el cruce de Santa Irene, los que veníamos del norte nos incorporamos al camino que viene de Astorga, el llamado Camino Francés. Puñetazo de realidad. A partir de ese momento la tranquilidad, la calma, la relativa soledad y el respeto al entorno y a los demás se convierten en romería, bullicio, barullo, grupos, prisas y ganas de terminar. Era sólo un día, con su noche, y menos mal.

Era un aviso.

El último día madrugué más que de costumbre. Quería evitar a toda costa caminar en modo rebaño lo que no me permitiría concluir cómo deseaba y cómo llevaba días planeando.

Aceleré y llegué en la niebla matinal. Al desaparecer sonó una gaita bajo el arco.

Lo mejor de todo es que pude hacerlo y llegar tal y cómo, simplemente, imaginé.










jueves, 22 de septiembre de 2016

Siniestro Total

Dentro de un mes, casualmente, me vencen tres pólizas de dos motos y de un coche. Todas ellas, así como las de otro coche y el seguro del hogar, las tengo en la misma compañía de seguros, muy conocida, española y con gran presupuesto en marketing. Por mi parte, soy el clásico asegurado chollo, con partes de siniestros casi inexistentes y una antigüedad cercana a los 30 años. Como uno de mis hijos se está sacando el carnet de motocicleta y su intención es conducir mi ya rodada Vespa 125 Pk, solicito a mi compañía que lo incluyan en mi póliza como segundo conductor, conductor esporádico ó cómo ellos estimen conveniente.

"Lo siento, pero no aseguramos ese riesgo"

"¿Cómo?"

"No aseguramos a conductores menores de 25 años en las pólizas de motocicletas"

"Pero, vamos a ver, eso me va a obligar a marcharme de la compañía pudiendo arrastrar al conjunto de mis pólizas..."

No hay manera. Es su política comercial. Esta compañía líder española, con un cliente cautivo como yo, con más de 30 años de antigüedad, prefiere eso a asegurar ese riesgo. Lo que en términos de marketing viene a ser incomprensible: fusilar la fidelidad.

Solicito presupuesto en una segunda compañía puntera, también española, que, además, fue mi primera compañía de seguros precisamente con la Vespa. Y también con un enorme presupuesto de marketing. En su momento, año 1985, contraté la póliza con 18 años sin problema alguno de edad, sexo ó religión. La amable comercial de la minimalista sucursal aporrea varias veces el teclado para que la pantalla le escupa la cifra final:

" La póliza se quedaría en 835 euros "

" Creo que hay un error. Se trata de asegurar una Vespa 125 a terceros no un vehículo a todo riesgo sin franquicia"

" Lo siento no hay ningún error. Son los precios que tenemos para ese seguro"

Yo, con cara de calzoncillo:

" Hombre, yo creo que sería más honesto decir que no quieren asegurarme la moto porque no creo que nadie pague 835 euros por asegurar a terceros una Vespa..."

Cruzo la calle y entro en otra compañía de la que sí diré el nombre: Allianz. Alemana por cierto. Tras exponer mi necesidad y con exquisita amabilidad, la comercial me dice que son 149 euros incluyendo el riesgo del menor de 25 años. Todo facilidades. Ni una pega. Y que siga trayendo pólizas que seguirán haciéndome mejores precios pero sin presión.

Aunque las dos primeras sean ya dos multinacionales con presencia exterior siguen siendo españolas. Dentro de lo que puedo trato de favorecer lo nuestro como un francés siempre defenderá a Peugeot, Air France, Decathlon, su baguette o su pain au chocolat. Lo que convendría es que la Marca España hiciese lo mismo a la hora de tratar a los clientes porque no todo son anuncios ni comunicación en las redes sociales. Todos lo agradeceríamos bastante tirando a mucho.

Hoy, Rafa Nadal ha declarado "Fuera tendría el doble de dinero pero en España tengo el doble de felicidad". Háganle un hueco en esas compañías que algunos sobran y él hace falta.

Además han debido coincidir por los pasillos.


viernes, 9 de septiembre de 2016

No seas motivao

Personajes 15


Juntos decidieron que de este año no pasaba. Ya era hora de aprender aunque no es nada fácil para alguien que se acerca a los cincuenta. El surf necesita muchas horas de práctica, mucho tesón, muchas caídas mientras ves que el de al lado lo hace fácil y, además, sonríe. Algunos hasta chillan de felicidad cuando han llegado al pico y cogen la ola de su vida.

Equilibrio en el desequilibrio. Cómo la vida.

Eran tres y él cada mañana preparaba comida para cuatro. Nadie se dio cuenta del detalle hasta que, a mediodía, se sentaron a almorzar. Seguían con sus trajes de baño, sus neoprenos cubriendo sólo las piernas y habían dejado colocadas sus tablas en la arena. Muy cerca de ellos había un camino por el que, de tanto en tanto, pasaban otro tipo de personas con botas, mochila, calor y hambre. Se produce entonces esa situación en la que se coincide con otros, en el mismo sitio y a la misma hora y, sin embargo, en universos diferentes. Es la misma sensación que se tiene a las 6:00 de la mañana cuando unos vuelven de juerga y otros salen recién duchados, desayunados y equipados para esquiar. O para entrar en el primer turno de la fábrica. Miradas esquivas, algún resoplido y negación con la cabeza.

Muy pocos caminantes decidían acercarse hasta la playa. Cuando llevas cinco horas andando, a pesar de sentir la llamada del mar y estar deseándolo, uno tiene una natural pereza a despojarse de la ropa, desatarse cordones, quitarse las botas y los calcetines y tirarse al agua. Salvo que se vaya bien acompañado o que el calor sea insoportable.

Mientras sus hijos desenvolvían sus bocadillos, tiraban de la anilla del Kas de naranja y escondían sus cabezas, él se levantó y se dirigió hacia el caminante que llegaba solo. Comidas de playa de norte.

"¿Qué haces, papá? ¡No seas motivao!" "¡Ni se te ocurra!"

No los hizo caso, levantó el brazo y chilló lo que tantas veces había ensayado mentalmente:

"De peregrino a peregrino, ¿quieres comer con nosotros?"

Medio sorprendido, preguntándose si se refería a él y muy agradecido se sentó con ellos en una mesa de madera con banco corrido en la que alguien ya había dejado su huella a navajazos con esa doble intención de pasar a la posteridad y, al mismo tiempo, destrozar mobiliario y hasta patrimonio.

"Cari y yo, julio 2013".

Para vencer la lógica inicial timidez de sus hijos, el padre utilizaba bromas y preguntas que captasen la atención de los chicos. Mientras, el recién llegado sacó restos de frutos secos y algo de chocolate. Hablaron de las vacaciones, de surf y también de esquí, de las playas de Cantabria y de los Pirineos. Y luego llegó el turno de las anécdotas, argucia ésta que nunca falla y más si son del ámbito deportivo. En breve empezaban los Juegos de Río y eso permite mantener horas y horas de conversación ya sea en el banco corrido de una playa cántabra, paseando por el centro de una capital, en un restaurante argentino o recorriendo Ordesa en primavera. Qué fácil es captar su atención si bajas a su terreno.

Aquella era la primera vez que invitaban a un recién llegado que ni siquiera llega sino que pasa y no se va a quedar más que un rato. No sería la última: el padre había decidido que así iban a ser todos sus medio días, compartiendo bocadillo, fruta y bebida. A cambio sus hijos recibirían una cara de sorpresa, un agradecimiento en cualquier idioma y una hora de relatos. Y un curso acelerado de normalidad, de hospitalidad con el que llega por muy diferente que sea.

La generosidad espontánea e inesperada es la mejor recibida. Y mucho más si es necesitada.

La vida siguió y la llegada de un grupo de surferos con lo que parecía ser un instructor a la cabeza hizo que los tres saliesen corriendo en busca de sus tablas y, creo, tras una rubia.

"¿Por qué no te quedas?"

"No puedo. Tengo que seguir"






lunes, 5 de septiembre de 2016

Nadie camina solo

Personajes 14

Nadie camina solo sino que lo hace con su historia, con el relato que, seguramente, sólo él conoce y, lo que es más importante, nadie osa preguntar.

Detrás de cada uno hay cientos de razones superfluas y sin interés y una principal que lo envuelve todo y que consigue que el guión de cada día tenga sus personajes, sus escenarios, su luz y su oscuridad, su banda sonora, su puente y su estrella. Y sus títulos de crédito con los agradecimientos.

Hablé muy poco con él aquella tarde de julio sentados delante del albergue de Boo de Piélagos, dónde yo dormiría y él abandonaría después de charlar, cargar su móvil y rellenar agua. Hablamos de su mochila, que era enorme, y de la funda de guitarra que llevaba adosada a ella. Era una funda rígida que pesaría unos tres kilos. Todo ello, junto con guitarra y mochila a su espalda. Hablamos de su calzado, unas simples suelas que sujetaba a su pie y espinilla con unas correas artesanales. Todo hecho por él mismo. Sin preguntar, todo ello explicaba su historia. La que yo imaginé. La que seguro que tenía.

Era italiano. Tenía rastas y también cargaba con una hamaca que colgaba entre árboles para dormir.

Al cabo de un rato de conversación nos dimos cuenta que habíamos coincidido ese amanecer, a las 5:10 de la mañana, en el albergue de Güemes. Yo me desperté esperando encontrarme con lo que uno suele esperarse encontrar a las 5:10 de la mañana: oscuridad, fresco, algún ruido lejano que has de descifrar y algún otro caminante preparando su equipaje. En cambio esa mañana me encontré con un  italiano con rastas, haciendo el pino contra una pared, apoyando la cabeza en una toalla y todo su equipaje, muy poco ordenado, desperdigado por el césped. No intercambiamos palabras. Yo lo miraba  mientras recogía mis cosas y él pasaba del pino a un especie de flexiones. No quise molestar ni distraer. Al iniciar mi marcha él seguía a lo suyo. No pensé que volvería a encontrarlo.

El mismo respeto que se tiene con los aspectos más básicos: con el silencio en la noche, con la limpieza del entorno, con la distribución de las literas, con la seguridad de las pertenencias... el mismo respeto, decía, se tiene con la historia de cada uno. A lo largo de largas conversaciones ya sea caminando, comiendo, descansando, cada uno va dejando asomar pequeños retales de su relato sin, casi nunca, caer en la tentación de la sobreexposición. Pero tampoco nadie va a jugar al Loco de la Colina y preguntar, tras un largo silencio,  "¿Y tú por qué lo haces, por qué estás aquí". O por lo menos así, de primeras.

Muchas historias tienen que ver con fracasos, desengaños, incertidumbres. También con sueños, con deseos, esperanzas. Muy pocas, o ninguna, con ovaciones, banderas, pancartas, himnos o brazos repletos de tatuajes. Aunque sí con alguno, discreto y en su sitio. No busquen rarezas, ni ascetas, ni entregados a una causa perdida, ni fervorosos seguidores religiosos. Pero tampoco busquen que les cuenten sus motivos, que los hay y grandes. Ni que nadie les cuente su vida. Nadie empieza vacío.

Con el móvil ya cargado, siguió caminando a la hora que ya casi nadie lo hace. Antes sacó la guitarra. Le comenté que era una de mis vocaciones frustradas. Tocó un rato, tarareo otro y no dejó de sonreír. Ni yo, ni él, teníamos ni idea de dónde iba a dormir.

No le pregunté pero pensé que su historia tenía que ver con qué poco hace falta para poder ser feliz.






jueves, 1 de septiembre de 2016

El último amanecer tranquilo

Personajes 13


Vamos llegando.

El alicantino de Elda se había separado del grupo con el que estaba caminando porque empezó a darse cuenta que aquello se convertía en unas vacaciones y se alejaba de su deseo inicial. Tras varios días juntos los dejó marchar para que siempre le llevaran una etapa de adelanto. Me contó que habían formado una especie de familia: una americana, una alemana y, creo que un inglés. Tejieron una curiosa red en la que cada uno jugaba un rol: pareja, hermano, novia del hermano, prima, amigo y uno que pasaba por allí. En el fondo me perdí en la explicación pero no hacía falta estar muy leído para darse uno cuenta que se estaba encariñando demasiado con una de ellas. Eso creo que fue lo que le asustó. Lo que me quedó claro es que él se había arrepentido de haberlos dejado marchar y quería, a toda costa, recuperarlos antes del final.

Recuperar treinta kilómetros a pie no es nada fácil cuando, además, no podía localizarlos porque en sus primeros días decidió deshacerse del smartphone y agenciarse un viejo Nokia que ni siquiera tenía activadas las llamadas internacionales. No quería que whatsapp le tentase con el pasado del que intentaba huir. Lo conocí llegando a Sobrado dos Monxes cuando le acompañaba Saioa, una vitoriana que también caminaba sola cómo la mayoría en el camino del norte. Gracias a ella, a su iPhone y a las coincidencias de la vida supieron dónde se encontraba la familia imaginaria y, así, el alicantino diseñó su estrategia para coincidir con ellos antes de Pedrouzo. Y lo consiguió. Sin esperárselo, la alemana, la americana y el inglés, creo, se encontraron con él que los recibió a pie de camino con un cencerro y una pancarta hecha por él mismo. Me aparté de él un rato antes para no ser un estorbo emocional y permitir que las miradas que debían encontrarse de nuevo lo hiciesen libremente.

La noche antes del reencuentro habíamos dormido los tres en Boimorto. En mi caso había desoído los consejos del dueño del supermercado de Sobrado dos Monxes quién, tras comprar pan, atún y tomate, me aconsejó no ir hasta allí porque no tendría ni tienda ni bar ni casi alguien con quien intercambiar palabra. Me insistió en que pernoctase en su pueblo dónde, además, la piscina era gratuita. Tuve mis dudas pero me venció mi lado contestatario pensando que lo que él quería es que el poco gasto que fuera hacer lo hiciese en Sobrado. Mucho me acordé de él, su supermercado y sus cámaras con latas de Estrella Galicia en ese trayecto que fue caluroso e infinito. Temeroso de que al final fuese real lo del aislamiento y no pensando más que en una jarra de cerveza de medio litro, fría, un kilómetro antes de Boimorto me paré en lo que supuse sería el último bar de este peculiar far west. Apoyado en la barra, bajo la mirada constante del tabernero, su mujer y tres parroquianos en silencio creí ser John Wayne a la busca del malo malísimo.

En ese albergue enorme, moderno, limpio y solitario no dormimos esa noche más que siete personas de las que sólo tres hablamos entre nosotros. Por separado salimos a la búsqueda del bar más cercano que resultó estar a unos 15 minutos del albergue. El Vilanova fue un descubrimiento en el que de seis a ocho y media me instalé a beber más cerveza, tomar una hamburguesa cómo hacía tiempo que no probaba y meterme una sobredosis de Juegos Olímpicos. Sólo el consejo de la camarera evitó que, además, metiese mano a la tortilla de patata.

En ese momento ya sabíamos que, al día siguiente, no teníamos que seguir el trazado oficial que, por motivos pienso económicos, se alarga sin sentido hasta Arzúa. La variante de Boimorto-Santa Irene tenía toda la pinta de ser el trazado original y, por otro lado, lógico. Pero en estos casos lo mejor es preguntar. La hospitalera era una chica joven, voluntaria y de pocas, muy pocas palabras. Su ilusión era practicar idiomas con aquellos que iban llegando a su pueblo. Nada que ver con su madre que apareció a última hora por el albergue, tal vez buscando conversación con aquellos a los que no va a volver a ver nunca más. Ayudándose de un pequeño croquis nos insistió en seguir la variante de Santa Irene y que no se nos ocurriese seguir lo que indican los planos. "Hacedme caso y encontraréis sombra. He visto cómo se ha puesto el sol y mañana hará calor"

El alicantino y yo coincidimos a las seis de la mañana ya con el frontal encendido. No lo habíamos previsto pero ambos estábamos seguros de que caminaríamos juntos esa primera parte de esta penúltima etapa. En el momento ese en el que el amanecer ya es imparable pero que aún quedan sombras de la noche nos separamos unos metros. Apenas nos conocíamos de unas horas, pero creo que ambos empezamos a sentir que era el final. No hicieron falta palabras ni siquiera miradas para que durante treinta minutos cada uno cerrase la puerta y abriese la ventana.

Era el último amanecer tranquilo.








martes, 30 de agosto de 2016

No se vayan. Volvemos en 2 minutos

Breve pausa publicitaria en la serie "Amanecer de nuevo, venga lo que venga, pase lo que pase". Entorno natural privilegiado para los que sepan valorar la esencia de lo auténtico, gente que ama lo que tiene bajo sus pies y gusta de compartirlo. Y, además, lo que entra por la boca está lejos de las ofertas de Carrefour. Gracias #Asturias por este recorrido de este a oeste mirando a norte y a sur



Volvemos en 3 minutos

Interrumpimos la serie "Amanecer de nuevo, venga lo que venga, pase lo que pase" para una breve pausa publicitaria. Además de la riqueza natural e histórica, gente cercana, amable y noble. 
Gracias. Eskerrik Asko






lunes, 29 de agosto de 2016

Aruba

Personajes 12

Un domingo cualquiera es fácil cruzarse con un grupo ciclista familiar compuesto de padre, madre e hijos varios. Hago uso genérico del masculino porque siempre lo he hecho así, porque me lo autoriza la Real Academia de la Lengua Española, porque no soy diputado, concejal ni aspirante a, porque lo otro me parece cursi y pedante y porque me da la gana. En ese grupo ciclista, el padre, absolutamente maqueado de los pies a la cabeza: coulotte, maillot, zapatillas con calas, casco, gafas, guantes y mochila, pedalea orgullosos guiando a la manada. Le sigue el hijo espabilado que va haciendo de las suyas, adelantando al líder, saliéndose del trazado o saltando de la bici nueva porque ha visto una rana en un charco. Viene después el torpe que aún no sabe frenar, que pedalea la bici heredada y que, mientras avanza haciendo eses mayúsculas, hace uso de sus punteras para clavar la bici ante cualquier elemento que perturbe su marcha. Y sin parar de gritar: " Papááá, hala, esperameeeee". Y cierra el grupo la madre, equipada estilo casual, normalmente con el sillín más bajo de lo recomendable, con una bici híbrida ni una cosa ni la otra y con una cara de "quién coño me manda hacerte caso, Pepe, anda date ya la vuelta y echa un ojo a Pablito que todavía acabamos en urgencias. Y, además, vas hecho un zangolotino con esas pintas"

Esa misma cara de circunstancias llevaba ella cuando llegaron al Albergue de Gernika, ocho horas después de que hubiésemos llegado la mayoría. Y es exactamente la misma cara que volvía a llevar el día siguiente cuando llegaron a Lezama otras ocho horas después de que la mayoría ya lo hubiésemos hecho. Y, por supuesto, en ambos casos sin posibilidad alguna de ocupar litera porque estaban todas ocupadas.

Los conocí días antes en Zarautz. Su aspecto caribeño destacaba del resto y les permitía convivir con los cuarenta grados que les parecían agradables. Compartimos mesa entrando ya la noche, cuando la noche del que camina empieza a las ocho ya que a las diez estamos durmiendo. Estuvimos sentados en unas sillas y mesas de plástico de Cervezas San Miguel en un enorme jardín de la parte de atrás del albergue. Él era un tipo grande y ella... también. Aruba, su país de origen, sólo me sonaba de verlo desfilar en los primeros lugares en las ceremonias de inauguración de los Juegos Olímpicos. No suelen ser numerosos: el voluntario con el cartel, el abanderado, un par de jueces y no más de seis o siete atletas seguramente estudiantes en Estados Unidos. La llegada oportuna de un italiano me salvó de convertirme en alumno de un curso avanzado de juego de cartas propio de Aruba y que a ella le parecía divertido que jugásemos

¿Qué hacían dos tipos de Aruba recorriendo, o intentando, la Costa Norte española? Él trabajaba en Holanda y ella en Berlín y se lo habían recomendado unos amigos. Pero creo que los amigos no habían tenido en cuenta ni su pachorra natural ni su desconocimiento acerca de qué transportar en las mochilas. Eran poco amantes de madrugar y supongo que saldrían los últimos cada mañana. Lo que cualquiera caminaba en 7 u 8 horas ellos lo hacían en 5 ó 6 más, desconociendo hasta este momento, aunque se lo pregunté, a qué se dedicaban por el camino. Eran previsores y, además de sus enormes mochilones de más de 65 litros, él acarreaba con una tienda de campaña de las de aquellos tiempos. Y esto incluye el peso. Este tipo de persona tiene, además, especial querencia por el desorden al organizar la mochila lo que implica que de cada bolsillo o compartimento salgan hacia fuera ropas varias y bolsas de plástico que, psicológicamente, multipliquen el peso por tres.

Tanto en Gernika como en Lezama los vi aparecer a última hora de la tarde cuando el común de los mortales ya había terminado de cenar. Mirándola a la cara pude comprobar su hartura y su "sálvame de esto que yo no puedo más. Qué a mi este me ha hecho el lío aunque sea él él quién cargue con la tienda de campaña". En ese momento aún no sabía que no tenía litera y que le esperaba una noche a ras de suelo.

En Lezama los perdí de vista. Tuvieron que plantar la tienda en un jardín junto al albergue. Al salir a las seis de la mañana lo único que supe de ellos es la sombra que intuí moverse junto a una tapia. Era grande y con aspecto caribeño y me pareció adivinar que se abrochaba el botón del pantalón. Cosas que tienen las mañanas.




El plato de jamón

Personajes 11

Él me miró fijamente y me preguntó:

- Y eso de "plato de jamón" ¿qué es?

Los descubrí a mitad de camino entre Deba y Markina, en las cuestas que dan acceso al Monte Arno. Yo caminaba solo e iba buscando puntos de referencia. Me llamó la atención la manera de caminar de ella. Hay olores, tonos de voz, peinados y hasta sonrisas que recuerdan a otros. Pero yo, irremediablemente, me suelo fijar en la silueta, en la forma de caminar, de alargar la zancada, de separar más o menos los pies, de balancearse sin darse cuenta al ritmo de cada pisada. Ella, sin lugar a dudas, me recordaba a alguien.
Los alcancé a media subida y enseguida nos familiarizamos. Toda conversación casual tiene su protocolo que se repite una y otra vez a lo largo de cientos de kilómetros.

- Buenos días

- ¿De dónde eres?

- ¿Dónde empezaste hoy?

- ¿Vienes desde Irún?

Lejos del manido ¿estudias o trabajas? ó ¿en tu casa o en la mía?, el manual del caminante deja bien claro cuáles son las primeras cuatro frases de un encuentro fortuito en cualquier punto kilométrico. A partir de ahí, la propia empatía de los caminantes, las ganas de hablar o no o cualquier elemento que suponga una mayor o menor atracción hará que la conversación y el encuentro se alarguen durante horas o, por el contrario, aparezca la quinta frase del manual:

- Bueno, voy a seguir. Qué tengas un buen camino.

Incluí a mi pareja de yankees en el grupo de los que merece la pena charlar y compartir unos kilómetros. Venían de estar unos días en Escocia, en Londres y en París. Tenían previsto caminar entre Ponferrada y Santiago, a cientos de kilómetros de donde nos encontrábamos. Pero una recomendación de un amigo en las calles de París les trajo hasta Irún y, de aquí, a pie, a Bilbao. Estaban realmente emocionados con lo que estaban descubriendo: el primer día, sin tener ni la más remota idea de dónde estaban, acabaron de pintxos y zuritos por el casco viejo donostiarra y, aún camino de Markina, saboreaban los sabores de las barras.

Eran profesores y manifestaban una sana curiosidad por conocer todo de nuestra cultura, de nuestra lengua, de nuestras tradiciones, de nuestra forma de ser, de nuestra geografía y de nuestros problemas. Los de España y los de los españoles. Cualquier detalle daba pie a una disertación sobre el significado de una palabra, un determinado uso y costumbre de una región o los productos que debían pedir en cada ciudad. Recuerdo estar un rato hablando acerca del contenido de la palabra cencerro y de cómo se reían cuando llegamos a la acepción " estar como un ". "Why?" preguntaba ella en plena carcajada. 

Su plan de viaje era continuar caminando hasta Bilbao, coger un autobús a Ponferrada, continuar caminando hasta Santiago por un camino diferente al que llevábamos, viajar en tren hasta Sevilla, Madrid y volar a los Ángeles. Estaban de viaje de novios y alternaban albergues con pequeños hoteles que les servían para convencerse a sí mismos que estaban de luna de miel.

Recuerdo que pasábamos junto a un precioso caserío vasco en mitad de una ladera. Tenía todos los elementos que definen al perfecto caserío: aislado en mitad del monte, muros de piedra, tejado a dos aguas, su escudo de armas presidiendo la entrada y vacas y ovejas completando el decorado. No veíamos la cocina pero seguro que era la estancia principal del caserío y en ella alguien cocinaría cómo sólo se hace en el norte de España. Antes de que un perro alertase de nuestra presencia me preguntó el americano: " Esto se traspasa de generación en generación ¿no?" Tras mi afirmación estuvimos charlando de lo importante que son las tradiciones y de la falta de ellas que tienen ellos debido a su corta historia. 


Y de un tema a otro hasta llegar al plato de jamón, que no sabían lo que era. Estábamos a punto de almorzar y el tema era a la vez sugerente y engorroso. En las mochilas llevábamos lo que podíamos y ese almuerzo discurrió entre plátanos, melocotones y algo de pan con no recuerdo qué mientras imaginábamos un plato de jamón bien cortado, con sus picos de pan y su chato de vino tinto. No les quedó duda y sí muchas ganas. En su próxima parada atacarían al jamón. Aunque también iban advertidos de otra de nuestras características, la picaresca. Así que también sabían que lo que debían huir.




La zapatilla y twitter

Personajes 10

Tanta autovía que nos aleja de las antiguas nacionales y de las travesías urbanas ha hecho que eche de menos aquella mítica publicidad de "Abonad con Nitrato de Chile" donde un señor cabalgaba en negro y amarillo. Yo lo leía y nunca entendía a qué se refería. Me repetía a mi mismo: "¿Nitrato de Chile?" sin saber qué era el nitrato ni por qué lo traían desde Chile. De la misma forma, alejarnos de pueblos y pequeñas ciudades ya sea de Burgos, de Soria o de Guadalajara ya no nos permite leer en las paredes pintadas con "Quintos del 78" y sorprendernos con zapatillas de deporte colgadas en los cables de teléfono que cruzaban, sin orden alguno, la calle mayor. 

Cada vez que veo una zapatilla de deporte suelta fuera de su entorno natural imagino de dónde puede salir. Así que cuando me encontré con la italiana en el trayecto que va de la ría de Tina Menor a la de Tina Mayor, caminando con una Assics en la mano, no tuve más remedio que preguntar. Me confesó que se la acababa de encontrar y que, al estar nueva, pensó que se le habría caído a alguien de la mochila. Decidimos continuar juntos hasta el siguiente albergue, en Colombres, por si ahí aparecía el dueño. Quería además, tras una larga etapa desde Cóbreces, abandonar el excesivo asfalto cántabro que, desgraciadamente, tanto me había alejado de la costa los últimos días y que amenazaba con provocar una sobrecarga en el tibial. 

La historia de la zapatilla Assics tendría que haber terminado en el albergue de Colombres pero, cómo no podía ser de otro modo, resurgió al cabo de las semanas, en otro lugar y con otros personajes. Habíamos decidido dejarla en la escalera que daba al acceso principal al albergue azul, llamando la atención de todo aquel que decidiera pernoctar. 

Creo que fue en San Martín dónde sentados en el jardín del albergue conversaba con Antxón, con Iker y con Javier. San Martín de Laspra era, y es, un albergue especial. Se trata del sueño de un hombre que tras recorrer la Costa Norte decidió montar una gran casa para dar servicio a los caminantes. Para que encuentren lo que él disfrutó y lo que también necesitó. Y ciertamente lo consigue. No es en ningún caso un negocio, ni una manera de ganarse la vida. El dueño/hospitalero estuvo mucho tiempo buscando un lugar así hasta que encontró esta antigua casa rectoral adosada a la iglesia de San Martín, junto al cementerio. Es un albergue "de donativo" en el argot del caminante en el cual, por primera y última vez, todos tuvimos habitación individual. O mejor dicho, todos dormimos solos en una habitación. 

Esa tarde, entre bocadillos, cervezas y melocotones, alguien preguntó si alguno había coincidido con algún personaje conocido. Y ahí intervino el bueno de Antxón explicando que él reconoció a un muy famoso periodista español, del cual respetaré su anonimato, que caminaba con una chica y acompañado de otros a caballo. En el tramo que lleva a Unquera habían perdido una zapatilla de deporte y andaban buscándola. Ese tramo es exactamente donde coincidí con la italiana y con la zapatilla. 

Sorprendidos y entre risas, Antxón decidió twittear la coincidencia nombrando al @periodista que, entre sorprendido y agradecido, continuó la conversación digital de 140 caracteres y quién sabe si recuperó la zapatilla. De lo que no me tengo ninguna duda es que habrá recuperado la sonrisa de su acompañante.




Y que el recuerdo sea eterno

Personajes 9

No hay nada mejor que coincidir con gente que ama a su tierra. Y digo amar y no organizar folklóricas manifestaciones reivindicativas post veraniegas, ni cohibir violentamente al que llega hablando otro idioma, ni subirse a una tribuna amenazando y acusando, ni pensar en viajes sin sentido, ni buscar la diferencia para justificar su propia existencia, ni llenar de banderas recintos que están para otra cosa, ni abuchear al anfitrión por el mero hecho de serlo, ni expulsar emocionalmente al que llega limpio de prejuicios, ni imponer, ni prohibir.

El que ama a su tierra está deseando que llegue el foráneo para enseñársela tratando que el recuerdo sea eterno. Quiere agradar, compartir y que te enamore lo que tiene. Te acompaña y dedica su tiempo a ti. No hay barreras ni siquiera temporales. El tiempo se detiene y hay que disfrutar de todos los pequeños detalles que sólo la cercanía de las personas convierte en instantes imborrables en la vida del que llega. Dejando de lado las consideraciones políticas que todo lo ensucian, lo distorsionan e incluso lo destrozan, este sentimiento de amor a la tierra es especialmente destacable en Euskadi y Asturias. En sus habitantes, en sus tradiciones, en su comida y hasta en sus paisajes salvajes y en sus cuidadas ciudades. Se respira Euskadi y se respira Asturias.

Ni Cecilia Montes Gadea, ni Mónica Montes Gadea, ni Belen Montes Gadea, las MG, han nacido en Tapia de Casariego pero pertenecen a Tapia de Casariego. Aman su tierra de la misma manera que la ama la enfermera de Deba que prolongó su jornada para curarme unas heridas, o el hospitalero de Zarautz que nos organizó a todos para que pudiésemos bañarnos en la playa, o la del albergue de Llanes que no dejó de poner lavadoras para que todos pudiésemos tener ropa limpia, o el del albergue de San Martín que no hacía más que reponer cervezas en su nevera para que nadie pasase sed, o el que cuidaba las vacas ente Avilés y Salinas y me dio media hora de conversación. Hasta el que se bañó a mi lado en la playa de La Arena de Muskiz. Todos buscan que el recién llegado, aunque esté de paso, disfrute unas horas de lo que ellos cuidan cada día. De sus amaneceres, del sol, el viento y la lluvia, de la arena de sus playas, de la comida y la bebida, de sus historias y de su simple compañía.

Arribé a Tapia desde Navia, donde había llegado caminando junto a Antxón, un vasco noble de Durango, con el que coincidí varios días. El alojamiento en Navia se antojaba complicado al no haber albergue. Lo resolvimos acudiendo a una pensión del casco viejo en la que nos sorprendió el precio. El mesonero nos incluyó el menú de la comida, por lo que dormir nos salía por escasos 5 euros. A estas alturas cualquiera podrá imaginar la naturaleza del menú: fabada a voluntad, carne con patatas a voluntad, postre a voluntad y vino con casera a voluntad. Literal. Sólo había un pero: el posible ruido ya que era una calle con gran juerga nocturna. ¿Qué era eso del ruido para dos que llevaban cientos de kilómetros en cada pata durmiendo junto a roncadores profesionales? Lo fue. Aunque nos acostamos a las nueve y media, mientras España jugaba un partido de balonmano femenino en Río, a partir de la una de la mañana pudimos prácticamente participar en las conversaciones veraniegas que tenían en la calle, tres pisos más abajo, los jóvenes del lugar y veraneantes de Oviedo. Cuando a las seis de la mañana, cargados con nuestras mochilas, salimos por la puerta de la pensión temimos un abucheo general del personal que aún esperaba, a esas horas, conseguir compañía para dormir, no más: pero no, también amaban su tierra asturiana y recibimos saludos sinceros y algún ofrecimiento variado en forma de vaso de sidra. 

Nuestra llegada a Tapia significaba que nos separábamos sin saber si nos volveríamos a ver. Antxón seguía para Ribadeo y yo iba a realizar la única parada del mes. Una caña y un pincho de tortilla en el muelle y un abrazo por el tiempo compartido. Y el deseo de coincidir al final.




Desde el mismo momento en el que pisé las calles de Tapia nuevamente, las MG, el resto de su familia y amigos, pusieron en marcha la maquinaria de la hospitalidad, la generosidad y la complicidad para que el recuerdo no sea recuerdo sin ganas de quedarse ó, cuando menos, volver cuanto antes. El día no tiene paradas sino que es un continuo no parar que suele terminar cómo termine, siempre con risas y guiños al pasado. Aman su tierra y quieren, y consiguen, que la ames. Tenía pensado parar un día con el convencimiento interno que serían dos. Y lo fueron. Parar tres, como lo intentaron, con todo tipo de ofrecimientos, significaba perder el ritmo y romper lo establecido.

Tras una segunda noche de cervezas en el muelle y barbacoa en la casa, me retiré antes de que el árbitro diese por finalizado el partido para no jugar la prórroga. 

Saliendo de buena mañana crucé la ría de Ribadeo no sin antes mirar atrás. Se acababa la costa y me metía hacia el interior.



Volver es bueno. Volver andando es mejor

Personajes 8

Volver es bueno. Volver andando es mejor.

Mi padre y yo fuimos a por él a San Sebastián. El bote de remos se quedaba cada noche amarrado en una boya en mitad de la ría. Cada verano, a finales de junio, elegíamos una piedra grande, metros de cabo y la boya y, solemnemente, con la pleamar, reservábamos un lugar en la ría que solía ser enfrente de casa. No había que pedir permiso. Para ir y venir hasta él o bien utilizábamos un piraucho hinchable que botábamos cada mañana en las escaleras que dan acceso a la ría o bien llegábamos hasta él nadando. Aún recuerdo el espeso verdín que cubría los escalones de la ría y que sólo era visible en marea baja. Seguro que en el país de las prohibiciones en el que vivimos a mis padres les caían hoy en día un mínimo de seis años y un día por maltrato infantil, abandono de la prole, explotación de menores y economía sumergida. Y yo lo que simplemente hacía, con diez años escasos, era cruzar remando la ría haciendo llegar en mi bote, hasta la playa de Santiago, a veraneantes amigos que "tomaba prestados" a los Manterola, pasantes oficiales de la ría de Zumaia. Así gané mis primeras perras.

Son los veranos de tres meses que recordé entre Zarautz y Zumaia, Getaria incluida, la mañana dónde ya desaparecieron los insoportables cuarenta grados con los que caminamos la víspera entre San Sebastián y Zarautz. La playa de Zarautz puede ser enorme o no dependiendo de la marea. Pero su malecón, vigilado desde lo lejos por el ratón de Getaria, aún recuerda a las tardes de paseo y de chocolate con churros. La visita a la abuela. Y a Rosario. Y a los veranos de juventud de mi padre que sólo conozco de oídas: la calle Mayor 11, el quiosco de la música, la medusa gigante que enganchó nadando a espalda y que debió ser el acontecimiento de ese verano, las chocolatadas en el monte y el puro. ¡Ay el puro!

Salí a oscuras de Zarautz cuando ya había pescadores aficionados en el recorrido costero que lleva a Getaria. Compartían escenario con algunos corredores, ahora runners, y matrimonios silenciosos que caminan casi al trote. Por motivos obvios, no pude dejar de acordarme de los Martínez de Albornoz al pasar por el puerto. Llegué a Getaria amaneciendo pero con una panadería ya abierta y con los camiones de reparto recorriendo sus callejuelas. En el cruce principal, un grupo de españolas dudaban a esas horas entre abandonar o seguir debido a unas ampollas en los pies de una de ellas. Cruce de sonrisas y qué tengáis un buen día. 

Subiendo y bajando un terreno ondulado llegué a Zumaia, cayendo ladera abajo directamente hacia la playa de Santiago y a la casa museo de Zuloaga. En ese momento recordé cómo volvíamos todos los hermanos a mediodía nadando por la ría aprovechando el flujo de la marea. La playa estaba vacía aún pero pudo escuchar las voces que venían de nuestra zona, pegados a la escollera. Porque esos meses de verano daban derecho a tener un sitio reservado en la playa.

Seguí acercándome al pueblo bordeando lo que ahora es un flamante puerto deportivo y dónde permanece el astillero Balenciaga. La marea estaba baja y pude ver de nuevo el fango dónde buscábamos el cebo, lombrices, que utilizábamos para pescar. Y todas las rocas que recorríamos con nuestros quisquilleros y reteles en busca de cangrejos y quisquillas. Sin olvidar nunca a las obeki. Mira que eran feas pero qué buen papel hacían.

Los días en verano eran más largos que ahora. Sí, también antes nevaba más, hacía más frío y en invierno llovía. Y también, insisto, los días y los veranos eran más largos. Había playa de mañana, Santiago, y playa de tarde, Itzurun. Y después más. Alguna de esas tardes de julio remontábamos solos la ría, a remo, cuatro aprendices de grumete, hasta Bedua, entonces caserío para tortilla y pimientos, y hoy restaurante de renombre. Allí nos esperaba mi madre. Qué levante el dedo quién hoy en día dejaría a cuatro de sus hijos embarcarse en solitario, con un capitán de menos de doce años, remar hasta Bedua por mucha tortilla y pimientos que sigan dando. Salvo que te toque en suerte el juez Calatayud, alguna Asociación de Defensa del Menor y la Fiscalía de Menores reclamarían cárcel y aislamiento por lo menos.

Crucé el puente que da acceso al casco viejo y, sin quererlo ni pensarlo, empecé a canturrear frases sueltas, inconexas, pero con el sentido que tienen los recuerdos de infancia: "E una bolsa de kikos e una pasta". 

Subiendo hacia Arritokieta busqué una frutería. Era una excusa perfecta para hablar un rato con alguien y escuchar nuevamente la musicalidad de su acento vasco. Mientras pedía algún melocotón, algún plátano, un par de tomates y media barra de pan volví a tener 12 años y volví a ver a la casera que llegaba de buena mañana con sus lecheras, con la leche sin pasteurizar y con cuya nata desayunábamos unas tostadas que nunca jamás volveremos ni a imaginar.

Itzurun, las tardes noches de frontón, las olas en el morro, el estanco de Ismael, el cementerio, la motora. La casa primera, la segunda, la tercera. La casa de los Azkue, la de los Garbayo, la de los del Guayo, la de los Gutierrez y la de los Otaño. La Telmo Deun. El txampero y la aspirina. Los trajes de baño verdes, seis iguales.

Olvidaremos cosas de de juventud pero nunca las de la infancia. Eso lo explica todo. O casi todo.