Todos lo habíamos imaginado durante días pero no durante todos ellos.
Una tarde, sin quererlo, miras una pared y encuentras retales de una vida en forma de fotos, entradas a espectáculos, viejos billetes de avión, una postal, una acreditación, una pulsera de tela, un billete de dólar, un vale descuento por aquella devolución o un recordatorio de una cita con el médico. Pero los recuerdos no están en las cosas sino en la cabeza y en el alma. Y algunos hasta en las entrañas.
Cuando quedaban pocos días para terminar vi, por primera vez, un mapa en la pared de aquel albergue de Miraz. Tal vez antes ya estuve delante de otros pero fue la primera vez que me paré a recorrer con el dedo y con la mirada el perfil ya conocido y lo poco que quedaba por descubrir. Cómo cualquier mapa colgado en la pared de un lugar público ya había sido recorrido con los ojos, con bolis de colores y con los dedos engrasados de decenas de caminantes que, sin quererlo, también habían dejado su traza. Lo comenté con la rubia alemana de mirada dulce y me acordé de los dos franceses que se lavaban los dientes a la entrada de Zumaia. Uno de ellos tenía rastas y sonreía todo el tiempo. El otro parecía que disfrutaba de la libertad condicional en una película de Clint Eastwood y lo seguía sin remedio. Volví a verlos varias veces más y siempre con la intuición que el forajido iba a fugarse una noche. Sin chica pero fugarse. Y con su chandal del Olympique de Marseille.
Antes de llegar a Miraz, en medio de un bosque al que arribé justo después de rebasar el mojón que indicaba los últimos cien kilómetros, me paró una pareja de ingleses. Venían caminando de frente y desprendían ganas de coger un capazo. Querían contar su historia y los escuché. Llevaban ya años instalados en Ibiza, desde que él se jubiló, y lo habían dejado todo para comprarse una casa grande en mitad de ese bosque, casa que tenían que reconstruir con sus propias manos ya que no tenía ni techo. Con un español que sólo son capaces de hablar los que son muy hijos de su Graciosa Majestad, no dejaron de soltar lo especial que es el Camino del Norte. Me quité la mochila, nos apoyamos en un árbol y hablamos de Saint Jean de Luz, de Donosti, de Zarautz, del mar y las mareas, de los Picos de Europa, de la costa de Llanes, de la playa del Silencio y de la comida. Conocían todo y sólo les faltaba incorporar la musicalidad gallega a su castellano de Bristol mix Ibiza. Están construyendo ellos solos un albergue en mitad del bosque y les prometí volver a inaugurarlo. Cuántas veces han de venir ellos a poner en valor lo que tenemos. Nos costó despedirnos y, aún así, insistieron en que un kilómetro más adelante parase a visitar a una amiga, creo que brasileña, que ofrecía el mejor café de la zona.
Cuando llegué a Miraz, aldea que sólo contaba con un pequeño bar, un cementerio y dos albergues, volví a encontrarme con viejos conocidos que esperaban a que abriesen el albergue "de los ingleses". Ya estaba formada espontáneamente la fila de diez mochilas y veinte botas que indicaba el orden de llegada y, por ende, de ocupación de literas. El albergue lo gestiona una asociación inglesa mediante voluntarios que se turnan cada quince días. El contacto con el exterior se hace a través de una camioneta que cada tarde, a golpe de claxon musical, hace función de supermercado. Si estuviésemos en Madrid, Barcelona o Zaragoza sería una food truck pero en Miraz es la furgoneta de las seis. Así llegaba en mi infancia, a eso de las 16:30, Alfonso, el lechero, con su furgoneta Ebro y con la leche en bolsas de plástico, los huevos y los yogures.
Desde hacía varias jornadas, los días y las noches eran distintos. Alejarse del mar, sin posibilidad alguna de volver a verlo, significaba enfilar la recta final y dejar de ir para empezar a volver.
El amanecer al salir de Miraz me sorprendió a mí mismo mientras me alejaba de los dos canadienses con los que caminé en la oscuridad. Sin quererlo ni buscarlo pero sobre todo sin poder evitarlo mi única compañía, mientras el sol aparecía a mi espalda, eran unas lágrimas de emoción contenida y una galerna interior de sentimientos compartidos. Y así un rato largo. Y así todos los días hasta el final. Pese a venir preparado nunca pensé que me fuese a dejar vencer por la emoción. Pero sucumbí y me deje llevar porque, además, era la única manera de liberar la carga de sensaciones y sentimientos que se habían acumulado, no en la mochila de Karl, sino en mi corazón.
Todo pudo venirse abajo cuando de repente, en el cruce de Santa Irene, los que veníamos del norte nos incorporamos al camino que viene de Astorga, el llamado Camino Francés. Puñetazo de realidad. A partir de ese momento la tranquilidad, la calma, la relativa soledad y el respeto al entorno y a los demás se convierten en romería, bullicio, barullo, grupos, prisas y ganas de terminar. Era sólo un día, con su noche, y menos mal.
Era un aviso.
El último día madrugué más que de costumbre. Quería evitar a toda costa caminar en modo rebaño lo que no me permitiría concluir cómo deseaba y cómo llevaba días planeando.
Aceleré y llegué en la niebla matinal. Al desaparecer sonó una gaita bajo el arco.
Lo mejor de todo es que pude hacerlo y llegar tal y cómo, simplemente, imaginé.


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