Con la ingenuidad y los arrestos propios de la edad, se me ocurrió enviar una carta manuscrita al entonces alcalde de Jaca sin recordar en estos momentos si conocía o no su nombre que, a la sazón, era Armando Abadía. Papel satinado y rugoso ligeramente amarillento, cómo mandaban los manuales de la época, caligrafía correcta y alineada, nada de tachones ni Tippex ( lo que te obligaba a empezar una y otra vez), sobre americano del mismo color que los folios, plegado perfecto dejando ver el nombre del destinatario y la fecha, sello para provincias previa comprobación del peso de la misiva, fe en nuestro servicio de Correos y para allá que salió una carta con mi curriculum, en máximo dos hojas, presentándome y ofreciéndome para la causa olímpica.
Recuerdo estar comiendo, unos días después, en la cocina de casa de mis padres, dónde vivía tras mi experiencia invernal turolense en la O.P. del Banco Santander, cuando sonó el teléfono a eso de las 14:30. Era un teléfono negro de esos de pared, que se colgaba por arriba, sonaba con mil decibelios y pesaba un quintal. Y con una rueda giratoria que vete tú a explicarle a nuestros hijos que era con lo que se marcaban los números que no se almacenaban en ninguna memoria más que en la tuya propia. Ah, y con un cable recubierto con una especie de tela negra y un característico olor y tacto a teléfono negro de pared. Era el entonces Director General de Deportes del Gobierno de Aragón, y ahora amigo, que me convocaba para una reunión. A los pocos días ya estaba yo en Jaca, acogido por mi amigo Julián, embarcándome profesionalmente en lo que en nuestro argot se denomina Movimiento Olímpico y, sobre todo, personalmente en una ciudad y una región insustituibles.
Fue una primera época, más breve y alocada, a la que siguió, tras una temporada entre Barcelona y Sevilla, otra mucho más larga, intensa, entrañable y emotiva unos años después y que se convirtió en la razón del resto de mis días.
Entre las vivencias más emocionantes que he compartido con familiares, amigos, compañeros o simplemente conocidos se encuentra, en lugar privilegiado, la celebración de la fiesta local por antonomasia de Jaca, la Fiesta del Primer Viernes de Mayo. Siendo Jaca el lugar que pude elegir para vivir durante esos años de la existencia de uno mismo que marcan el camino para siempre, siendo el lugar dónde mis hijos dieron sus primeros, segundos y terceros pasos, donde aprendieron a hablar y a mirar, siendo el lugar en el que nunca nos sentimos forasteros en nuestra casa de la calle Mayor, compartiendo vecindad, pared y casi balcón con una familia de verdaderas buenas personas como son los Sánchez Cruzat, los amaneceres de cada Primer Viernes de Mayo eran, y siguen siendo, especiales.
Pasarán los años y seguiré asomándome desde cualquier balcón a la calle Mayor dónde el pueblo jaqués y jacetano, con una sola voz, arrancará el "Arriba bravos jacetanos..."
Y entonces me acordaré de Pitu, de Julián, de Chefe, de Rebeca, de Luis, de Manen, de Ana Belén, de Alicia, de Juan, de Cocol, de Quique, de Iñaki, de José Luis, de Manolo, de Maruja, de Begoña, de Virginia, de Ana, de Ventura, de Cristina, de Toña, de Eduardo, de Damián, de Jorge, de Nuria, de Javier, de Carlos, de Katia, de Enrique, de Lluís, de Cuqui, de Antonio, de José María y de tantos y tantos otros que hoy, allí, aquí o allá seguro se siguen emocionando mientras tararean, comparten o chillan ".... Jaca libre sabe vivir a la sombra del Monte Oroel...".
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