lunes, 8 de mayo de 2017

Aquella manera de viajar

Andaba el otro día por uno de esos talleres de barrio donde el mismo empleado que te recibe en mono azul, analiza tu problema, piensa en las alternativas más razonables y te invita a lo que se supone es su despacho mientras se limpia las manos lo que más que le permite un trapo negro antes de coger una libreta dónde deja impregnadas, entre otras cosas, sus huellas dactilares. Ese momento suele coincidir con alguna llamada telefónica de esas que resuenan en estéreo por todo el taller y que te permite descubrir debajo de un montón de papeles que, aquello que en su día instaló con esmero un operario de Telefónica, es ahora un cacharro sucio que, sorpresivamente, aún permite recibir llamadas. De lo que tengo más dudas es que el teclado permita teclear algo diferente al 112. El clásico taller alejado del quirófano aséptico que tratan de imponer los concesionarios y las marcas oficiales cuyo objetivo es clavarte en lo más alto del lomo un rejón a lo Manolete hasta dejarte seco en su sala de espera con sofás, tele, máquina de café, revistas de coches y camiones y alguna oferta de chequeo pre ITV. El clásico taller, efectivamente, en el que aún quedan posters de Firestone del año 1987, con meses de enero a diciembre alegremente ilustrados y no sigo para que nadie pida la guillotina para mi.

Medio desintegrado y en uno de los rincones de aquel taller intuí, lo que debió ser un clásico de su época, un viejo 600, que me hizo pensar en cómo han cambiado nuestras formas de viajar. Lejos quedan ya aquellas travesías que duraban jornadas enteras y que empezaban muy de madrugada y acababan antes de la cena, cuando no duraban dos días con su noche. Recuerdo viajes de salir aún en pijama, despertar en ruta, cambiarnos de ropa y desayunar, aguantar una calorina de cuando hacía calor de asfalto, volver a cambiarnos y casi llegar otra vez en pijama. De viajar en dos coches porque Wolf, nuestro perro que no mascota porque era un perro, ocupaba, cómo un señor, toda la parte trasera de un Skoda que merece un artículo completo. El Skoda, no el bueno de Wolf. Bueno, quizás los dos. Viajes que se planificaban de acuerdo con las previsiones de Mariano Medina, el verdadero hombre del tiempo, y los avisos de operación salida cuando aún no había becarios en la gasolinera de Repsol en salida de la Nacional I. De esa combinación salía el resultado: se cargaba el coche la víspera y se salía a las 5:30. Y sin rechistar.

De muy joven le cogí el gusto a eso de viajar. El solo hecho de pensarlo ya me alegraba. Prepararlo, me ponía. Luego, casi todas las vísperas, te entraban la duda y la pereza propias de las salidas que desaparecían en cuanto te ponías en marcha para, incluso, no querer volver. Durante años, un grupo numeroso de elegidos para la gloria, después amigos del alma, nos dedicamos a combinar viajes, montañas, nieves, clientes, Alpes y movidas, muchas movidas de las que después se llamaron marrones y que en aquellos tiempos se llamaban "overbookings", visitas a la gendarmería, retrasos, caos invernales y hasta manifestaciones de clientes en la avenida principal de Valthorens.

Entonces se viajaba diferente, de una manera que ahora ha desaparecido o por lo menos se encuentra en franca desaparición sin que ninguna ONG la proteja. La Nacional II, Madrid-Barcelona, que entonces no siempre era autovía y sólo autopista desde pasado Zaragoza, área de Pina, era una procesión de buses destino a los Alpes. Los nuestros eran Juliá. Miles y miles de esquiadores que se metían entre pecho y espalda 1.500 km después de haber cazado alguna de las centenares de ofertas que se colgaban en facultades, clubes de esquí, agencias y hasta en farolas cercanas a algún semáforo. Todos en ruta y coincidiendo en lugares de culto como el bar de Esteras de Medinaceli, el área del Cisne del km 308, el área de Pina, la Puerta Catalana y hasta el Carrefour de Bourg de Péage, ya en Francia. Autobuses cargados mucho más allá de lo legal, con equipaje rellenando el hueco de la escalera posterior, gente durmiendo a lo largo del pasillo, fumaderos en la siniestra parte posterior, romances que nacían tapándose con los anoraks y chóferes que eran héroes.

Los que nos dedicábamos a aquello e íbamos al mando de las tropas éramos jóvenes, muy jóvenes, con menos de 23 años y asumíamos riesgos de los que no éramos conscientes y, si lo éramos, no nos importaba. Seguro que hoy en día, en nuestro querido país de las prohibiciones, se exigen titulaciones de todo tipo. Éramos profesores de esquí, guías de autobús, jefes de estación y responsable de estación teniendo a nuestro cargo hasta 3000 clientes que iban llegando, felices y contentos, no todos cierto es, a cualquiera de las estaciones en las que nos ocupábamos de resolver lo que años después se llamaron marrones y que, en nuestro caso, solían ser marrones muy oscuros.

Yo reconozco que formaba parte de un grupo privilegiado, con gente muy profesional, que fuimos capaces de resolver todo tipo de embrollos propios de aquella forma de viajar ya en desuso. También reconozco que estábamos muy bien pagados y que, siendo todos estudiantes universitarios, nos encontrábamos en junio con las cuentas corrientes muy saneadas pudiendo plantearnos otro tipo de viajes y compras de otro modo impensables. En el curriculum de infinidad de buenos profesionales actuales aparecerá esta experiencia ya antigua pero a veces más mucho más formativa que cualquier aula visigoda en la que nos explicaban la IS LM o la campana de Gauss.

Aquella mañana del día uno de enero me llamó mi amigo Manolo desde el aeropuerto de Barajas para prevenirme que en su avión, destino a los Alpes franceses, no habían sido capaces de cargar todo el equipaje y que se habían quedado en Madrid decenas de bolsas de esquís. Conocida era la afición de plantarse en los Alpes con, entre otras cosas, latas tamaño XXL de Fabada Litoral, toneladas de macarrones y litros de tomate Orlando. Como si no hubiese un mañana o cómo si fuésemos a convocar a media Alta Saboya incluidas danesas u holandeses. Me insistía Manolo que tuviese cuidado y que revisase todo antes de la facturación. A la tarde recorrí toda la fila de clientes advirtiendo de la limitación de equipaje: una maleta, la bolsa de esquís y la bolsa de botas. El resto se quedaba en España, cómo cualquier otra cosa fácilmente detectable por los perros aunque se metiese en el tubo de pasta de dientes. Al mismo tiempo, que uno era ya perro viejo, advertí a la compañía aérea que no quería ni una sola bolsa de esquís de la tropa de Manolo sin que antes hubiese cabido todo lo mío. Lo dije una vez, dos veces y tres veces: en la facturación, en el embarque y en la misma puerta del avión. Y siempre me prometieron que sí. Y ya se sabe para qué se promete: para mentir.

Con el avión ya separado del finger y empezando a recular, miré por la ventanilla y reconocí, sin dudarlo, en un carro de esos de maletas decenas de bolsas de esquís, entre ellas la mía, lo que confirmó mi temor. Algún cliente también lo vio y mi nombre empezó a retumbar desde la fila 1 hasta la 30. "¡Koldo! ¡Koldo! ¡Los esquís!". Tras mirar a la azafata, o bien me escondía debajo del asiento o bien organizaba un motín al comandante con el riesgo de jugármela. "Creo que son los de la mañana...." conseguí decir con un hilo de voz y la sangre de horchata.

El aterrizaje en Chambéry ( Francia ) confirmó lo que no tenía ninguna duda. La cinta empezó a escupir bolsas de esquís que nadie recogía porque, sencillamente, eran de los clientes de la mañana. Cinco minutos antes se había colocado a mi lado el director del aeropuerto, muy cómplice, soplándome el secreto al oído y dándome otros cinco minutos para idear cómo aplacar el motín de Esquilache, versión aeropuerto de Chambéry, que se avecinaba. Entre el director, algún cliente comprensivo y con horas de viaje y yo mismo subido en un mostrador pudimos aplacar la revuelta, prometer que al día siguiente tendrían los esquís en sus estaciones sugiriendo que todos aquellos que habían metido pijamas, braguitas, neceseres y pastillas junto con esquís, bastones y fijaciones tirasen de solidaridad viajera.

Pero cómo todo lo que puede romperse una vez puede romperse otra, la paz viajera no terminó así. La salida de la terminal fue bucólica. Enero, post navidad, decoración de colores y nevando. Vamos, la clásica postal. Faltaban, menos mal, los villancicos. Grupos de amigos deseando llegar sus destinos, familias planeando su primera jornada de esquí, palmadas a mi espalda, "Koldo no te preocupes.....". Con todos ya embarcados en sus autobuses y antes de dar la consabida orden de salida se me acerca un gendarme con pinta de capitán general de todos los ejércitos de la OTAN y se me cuadra inquiriéndome:

- "Bonsoir. Le responsable?"

- "Le responsable c´est moi", le dije

Pues bien, la orden era que tenía que advertir a todos aquellos que esperaban sentados en los autobuses, cerca de 300 personas que ya habían asumido que dormirían sin esquís, braguitas, neceseres y pastillas, que no iban a llegar a sus destinos debido al paquetón al puro estilo alpino que estaba cayendo y que la opción, no discutible, era dormir en polideportivos, trenes y, algún privilegiado, en hoteles de carretera. Todo ello organizado por Protección Civil.

- "¿¿¿Todos????

- "Todos menos los que vayan a Méribel"

Mira tú. Justo dónde iba a ir yo pero después de subirme a todos y cada uno de los autobuses, agarrar el micrófono y echar la culpa a lo bonita que es la nieve cuando cae cómo puños a esas horas de la noche. Y lógicamente, tras escuchar todo tipo de lindeces en todo tipo lenguas, dialectos y jergas desde el fondo de cada autobús.

Tras aguantar varias horas de atasco en la autopista, durante las cuales Monsieur le Chauffeur impidió cualquier intento de bajar a hacer pis, hacerme con el control emocional del grupo y ofrecer hasta mi mismísimo pijama si hacia falta, iniciamos la subida a Méribel. Y claro, ahí estaban, otra vez los gendarmes con lo que más me temía a esas horas de la noche: poner las cadenas.

Cualquiera que se haya dedicado mínimamente a esto o haya viajado sabe que poner ese tipo de cadenas es cualquier cosa menos algo simple, limpio y rápido. Y más aún cuando Monsieur le Chauffeur te advierte con cara de calzoncillo, a las 2 de la mañana, en plena nevada, con varios motines a bordo y con cuarenta caras mirándote desde lo alto del autobús, pegados a los cristales con caras amenazantes, que sólo tiene una. Horreur.

Sólo se me ocurrió una frase mientras le miraba entre incrédulo, cabreado, muerto de hambre y cubierto por la nieve: "c´est ton problème" "Estos y yo dormimos arriba, sí o sí". Y así lo hicimos, haciendo cima a no sé que hora, con algún que otro susto, cuando todos dormían desde hacía horas en los apartamentos de Pierre Vacances.

El día tuvo aún su momento de máxima emoción cuando al cerrar la puerta de mi apartamento, y antes de apagar la luz, me di cuenta que había perdido la mochila con todas las fianzas de todos los apartamentos. Un dineral. Esa noche no dormí: simplemente planifiqué mi huida a las islas Fidji.


( dedicado a todos aquellos que, a pesar de tantos marrones, disfrutamos de años inolvidables creando vínculos que permanecen para siempre. Por aquellos viajes que, además, hacíamos sin móvil )









No hay comentarios:

Publicar un comentario