lunes, 30 de marzo de 2020

Volver y quedarse

Nos habíamos conocido unos años antes, en los días previos a marcharnos a convivir y trabajar en Andorra. Pasados esos años, volvimos a coincidir en Jaca donde él se había establecido montando un bar y yo llegaba a incorporarme al proyecto que elegí libremente y que, desde entonces, ha marcado el devenir de mi vida. De una manera natural, sin pedirme nada a cambio, me acogió y estuve viviendo en su casa hasta que pude ubicarme por mi cuenta.

Su bar tenía un nombre que a él le gustaba utilizar, Bar El Café. Lo había elegido él y formaba parte ya de su naciente historia empresarial. Sin embargo, para el resto era el bar de Julián. Cuando los lugares son importantes, cuando no son simples lugares de paso, cuando no se limitan a la fría e impersonal transacción comercial, se convierten en lugares de alguien, en entornos con vida, creadores de historias y anfitriones de todos.

Yo trabajaba en un proyecto complejo, muy complejo, con unas enormes limitaciones y unos recursos escasos. Muchos días, las jornadas terminaban pasada la medianoche. Era verano, y en mi vuelta a casa atravesando Jaca desde el entorno de la Escuela Militar de Montaña, siempre pasaba por la terraza de Julián en la Plaza del Marqués de la Cadena. Sabía de antemano cómo eran sus turnos y qué días le tocaba a él cerrar. Salvo que estuviese sentado junto a la puerta, Julián solía ocupar un lugar a la izquierda de la barra según entrabas, junto al equipo de música y una pila de revistas de esquí. Sonreía al verme llegar y, mientras tiraba del grifo de cerveza, soltaba sin pestañear:

"¿Qué tal, man? ¿Una birra?"

Sonaban James y, de vez en cuando, Solidarity, de Angelic Upstarts, que se sabía de memoria y le servía para jugar a la batería con sus manos como baquetas y la barra como toms y platos. Siempre quiso tocar en un grupo. Charlábamos de todo, sobre todo de la futura temporada de esquí, de amigos comunes, de chicas que íbamos conociendo, de quién nos visitaría ese fin de semana. Coloquialmente, nos contábamos la vida. También, pocas veces, nos dábamos caña. Somos amigos.

Son esos lugares con nombres de personas que recuerdan, cuidan y hasta miman a los que los frecuentan. Fuentes de vida, no sólo de sus dueños, sino también de los que un día los descubren y los incorporan con absoluta naturaleza a la rutina de sus vidas.

Bares, tiendas, kioskos, un taxi, peluquerías....

Julián ya no vive en Jaca, ni es el dueño del bar. Pero todavía, cada vez que pasamos, miramos con cierta nostalgia al que sigue siendo su bar mientras algo nos impide entrar.

Unos días antes de que todo esto comenzase, cuando ni siquiera nos podíamos imaginar que unas semanas después todos estaríamos encerrados en nuestras casas, bajábamos del monte. Habíamos aparcado en una pequeña aldea que lo que más transmitía era tranquilidad. Antes de llegar de vuelta al coche nos encontramos con dos adolescentes que conversaban, sin cobertura de móvil, sentadas en el suelo junto a lo que fue un lavadero. Nos acercamos y les preguntamos si había un bar abierto.

"Sí claro, Juanín. Seguid por ahí y lo veréis. Os lo encontrareis de frente."

Dejamos las mochilas y las botas en el coche y, ya más cómodos, nos fuimos a la búsqueda del bar.

Era oscuro, pequeño, muy básico. Al fondo, un pequeño comedor. Para nosotros lo ideal porque sólo había una pareja más sentada junto al árbol de la acera de enfrente. Dos perros al sol nos miraban con una mezcla de ternura y dejadez. Pero todo iba a ser incluso mejor.

Juanín se asomó, nos vio y se acercó. Enseguida me di cuenta que vendría hasta nosotros.

"¿No queréis otra cerveza?"

Educadamente preguntó si molestaba y que desde dónde veníamos. Debimos parecerle amables y cercanos y entablamos una conversación que muy pronto fue derivando hacia una clase de historia, filosofía, humanismo y, sobre todo, sentido común. Él, el profesor, nosotros, los alumnos.

Siendo, cómo es, un hijo de la posguerra arrancó su relato describiendo con crudeza, y aún así cierta nostalgia, su exilio portugués desde Gijón y los horrores de la dictadura a su vuelta a España. Enamorado de la mujer de su vida, se estableció en esta aldea y ya nunca se planteó salir. Ante nuestras miradas cautivadas por una lucidez y una cordura que ojalá conocieran muchos con poder, nos preguntó por qué en las ciudades se mira mal a la vida en las aldeas cuando aquí tienen de todo, sobre todo paz y tranquilidad. No entendía que se prefiriese a diez taxis pasando ante un semáforo antes que a sus vacas pastando en el valle. Él seguía manteniendo a sus vacas y este pequeño chigre, de incierto futuro cuando él ya no esté. Le ayudan algunos de sus hijos pero sus nietas ya están lejos y sólo vuelven de visita. A él le cuesta entenderlo porque, a pesar de la dureza de la vida rural, lo compensa con los amaneceres, los atardeceres, la tranquilidad y la conciencia tranquila.

Su bar es pequeño. Muchas veces sólo abre si sabe que va a venir gente, especialmente montañeros que completan su jornada con unas cervezas y su menú. Aunque él no lo sepa, muchos volvemos por él. Por su historia, por su pueblo, por su paz y por seguir manteniendo abierto el local que dota de vida a las calles de la aldea a pesar de que, miserablemente, la administración le obligue a pagar una tasa de ocupación por mantener tres mesas y doce sillas en la calle. Deberían pagarle a él por mantener la vida y la ilusión.

Lugares con nombre, lugares que ahora están cerrados por un virus que nos ha alejado de todo menos de nuestros hogares. Pero ellos, de alguna manera también son nuestros hogares, nuestra gente, nuestra vida. Los necesitamos y nos necesitarán. Tendremos que volver a ellos porque ellos nos estarán esperando. Cómo Julián cuando yo salía tarde de trabajar, cómo Juanín cuando, embarrados, bajamos de la montaña. No son fríos lugares de plástico, con nombres extranjeros de franquicias, con personal que viene y va e idénticos, aquí o allá.

Son el Bar de Julián, la Casa de Juanín, Chez Pablo, las croquetas de Marisa, la Librería de Cocol, la tortilla del Circo, el Bar de Chicho, "donde Joaquina", el Hotel de Alicia, la panadería del barrio o las Princesitas de La Playa.

Personas que hacen felices a personas. Personas que nos hacen vivir mejor.

Lugares a los que, cuando todo pase, hay que volver sin tardar. Ellos también lo van a necesitar.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa
⁣⁣








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