Llevábamos casi cinco meses esquiando a diario y Gonzalo, todavía futura promesa del sector financiero y asegurador, solía venir a visitarnos algún fin de semana. Supongo que para él, esquiador como nosotros pero no profesor, venir a vernos a Andorra suponía su válvula de escape semanal. Le costaba poco agarrar su Fiat Uno y tragarse los kilómetros de ida y vuelta y sus varias horas de viaje.
Presentíamos que la temporada iba acabándose y que pronto habría que dedicarse a otras cosas, tal vez más próximas a lo que habíamos estudiado en la Universidad, aunque hubiese sido sin vocación. En cualquier caso, aquella temporada del 91 era lo que siempre habíamos deseado. Llevábamos años dando clase de esquí en diferentes entornos y hacerlo durante todos los días de una temporada, instalándonos en otro país, culminaba un época de nuestras vidas.
Con la nieve ya de primavera, cuando a partir de mediodía las pistas adquieren un aspecto menos seductor, y con tantas horas acumuladas buscamos dónde descansar un rato.
Con todos en el suelo, se hizo un silencio que siempre suele ser anuncio de algo. Lo normal era un anuncio, una propuesta o una simple gilipollez que viniera a recolocar a cada uno en su sitio y a bajarnos de la nube a la que nos hubiésemos subido.
“¡Igualito que en Prudential…!”
A la sentencia inesperada, seca, profunda e incontestable de Gonzalo siguió otro silencio de dos segundos, un cruce de miradas y una carcajada de un minuto.
Como en estos días de encierro, todos buscamos comparar lo que tenemos o dónde estamos con lo que nos gustaría tener o con dónde nos gustaría estar.
“¡Igualito que en Prudential….!”
Aquella inesperada frase, en aquel inesperado momento, consiguió que la grabásemos en nuestra memoria personal y que, cada vez que disfrutamos de un lugar especialmente bello y tranquilo, Txavi o yo la repitamos con una mezcla de humor y nostalgia.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
( nota: Prudential era la empresa financiera y aseguradora dónde trabajaba Gonzalo )

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