Una hamburguesa en La Colladeta de Cerler, tras una mañana recorriendo al sol la, para mi, estación más cercana a la montaña de todo el Pirineo es algo que nadie debería perderse y que no debería salir en las listas de “las mejores ....” o "Diez must para este invierno”. Esto mejor para otros.
Comerse esa hamburguesa con Guillermo queda reservado a los que pueden permitirse una delicatesen.
Me lo presentó un amigo común en una edición de Fitur cuando aún no existía el AVE a Zaragoza y, tras el acto de Ifema, había que coger un tren a media tarde en Chamartín hasta el Portillo. Hace ya años de aquello. Pronto nos convertimos en pareja de padel manteniendo cierto nivel pero sobre todo estabilidad gracias a mi templanza y, porque no, paciencia. Era otro lujo acabar entre semana, a la noche, con otra hamburguesa del Mostaza entre las manos.
Un día abandonó el padel, deporte social, y se inició en proyectos más duros. Maratones y triatlones. Esfuerzos titánicos. Y no se le da mal, nada mal, a pesar de los entrenamientos condicionados por su trabajo y, ahora, por Jaimico e Inés. Llegamos a compartir uno de los primeros maratones pero eso exige otro artículo del que avanzo el final: yo no pude cruzar la meta.
Sin embargo, no son las hamburguesas, ni los maratones, ni aquel padel lo que hacen de él una persona excepcional, ni un amigo del alma. Guillermo posee y demuestra tener una generosidad sin límite que supera cualquier amistad y que la convierte en el bien más preciado del que se preocupa de los que le rodean. He tenido el privilegio de comprobarlo en primera persona. En lo grande y en lo pequeño. Y siempre se lo agradeceré.
De la misma manera que su clásico “¿Qué pasa, rey?” cuando descuelgo su llamada.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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