jueves, 19 de marzo de 2020

Porque la vida va de personas (Saquemos la felicidad a pasear)

Cuando al atardecer, aquellos cinco franceses surgieron de la nada, cargados con tres cajas de cervezas frías, volvimos a creer en todo.

Habíamos estado caminando cerca de nueve horas sin tener claro dónde íbamos a dormir esa noche. No era algo que nos preocupase especialmente porque llevábamos con nosotros todo lo que necesitábamos para recorrer una gran parte de la Transpirenaica.

La cabaña era simple, muy básica, aunque en según qué circunstancias, era puro lujo. Techo cerrado, una litera de las que no dejan de rechinar toda la noche, limpia y hasta una mesa que no llegamos a utilizar. No íbamos a estar más que unas horas así que para nosotros era casi un resort todo incluido, sin pulsera de colores ni daiquiri en la piscina. Lo malo es que no había nada más incluido. Ni siquiera esa cerveza con la que sueñas en cada paso que vas dando, sobre todo en los infinitos tramos de bajada. Cómo en la vida, hay que saber que bajar no es como subir: suele ser mucho más aburrido, largo e incluso peligroso. Subir es duro pero es camino de ida, de descubrir, de pensar en llegar a lo bello, de sentir el aliento del compañero, de ayudarse mutuamente porque la ruta vale lo que el compañero más débil, de ilusión. Bajar es muchas veces volver al coche y acabar.

Descalzo y sin camiseta decidí levantarme y dirigirme a ellos con la cartera en el bolsillo. Al verme acercar noté cómo sus rostros expresaban la sorpresa y hasta cierto temor ante lo desconocido. Alguno incluso mascullaba algo que no pude escuchar. Iba decidido a pagar lo que fuese por una de aquellas botellas que, seguramente, estaban destinadas a alguna juerga nocturna para celebrar la luna llena, el trabajo de alguno o una cutre despedida de soltero. Muy educadamente, y casi pidiendo perdón, les pedí que si me vendían alguna, aunque fuese sólo una, para compartir con mi compañero. Y fue entonces cuando se produjo el milagro.

"- ¿Vender? De ninguna manera. Manu dale cuatro." ( Acheter? Pas du tout. Manu donne-lui quatre. )

Esas cervezas, como todas aquellas pequeñas cosas que se comparten con los que realmente te importan, son lo que no valoramos hasta que no las tenemos o hasta que un virus, cuyo origen nunca sabremos, trata de robarnos la esperanza sabiendo que no lo conseguirá.

Ahora que nos damos cuenta de lo importante de lo simple, de lo pequeño y de lo insignificante de lo grande y superfluo, cuando salgamos de esta, espero que haya más grupos como el de Manu que, cuando alguien vaya a pedirles la ayuda que a ellos les sobraba, sepan mostrarse empáticos, generosos y solidarios con los que tienen cerca.

Porque la vida va de personas.










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