Qué bien cuidan sus calles y sus pueblos en Francia.
Me fijé en ellos porque eran los únicos que caminaban por esa calle a esa hora dónde sólo se escuchan voces desordenadas en un patio de un liceo.
Paseaban para hablar y ambos se escuchaban con una admiración nada habitual. Estaban, seguramente, disfrutando de unos días surgidos de la improvisación y de un arranque de espontaneidad que los permitía mostrarse tal y como eran de verdad.
Era uno de esos momentos en los que las palabras y los silencios logran su objetivo de reflejar las emociones. Sin esquinas ni oscuros ángulos muertos.
Sin detenerse y sin previo aviso, cómo realmente brotan las verdades, le dijo:
"Debo confesarte que en ese momento de la noche, justo antes de dormir, en el que cada uno elige lo que recordar, yo me agarro a ti".
Ya sólo se oyeron pisadas acompasadas y se perdieron en uno de los callejones que llevan al mar.

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