El verano había llegado para quedarse cuando, después de comer, tratabas de escapar a bañarte en la piscina y algún adulto de la familia sentenciaba solemnemente: "Hay que esperar dos horas a que hagas la digestión". Frenazo en seco, suspiro y cabreo. Dos horas en la infancia eran cómo un periodo entre dos pagas extras en la edad adulta. Infinito. Si a eso se le añadía la calorina de las cuatro de la tarde del mes de julio, con las chicharras arreando y ese tórrido olor seco que tienen los pinos en verano, las dos horas de digestión sólo conducían a la desesperación y a la búsqueda de estrategias para saltárselas. Había que infringir la ley cómo fuese. Porque las dos horas de digestión eran cómo las películas de dos rombos. En la piscina de la comunidad se formaban dos grupos: los que teníamos que hacer la digestión, muy numeroso, y los que no. Los que podían ver las pelis de dos rombos y los que no.
Saltarse la norma era lo que hoy en día se considera un deporte de riesgo. Matando el tiempo jugando en círculo a las cartas, los más puristas ponían en circulación leyendas urbanas que hablaban de ahogamientos y desapariciones por el mismísimo hueco de depuradora. Existía incluso la teoría que afirmaba que hasta la cintura podía uno mojarse pero ¡ay de pasar de ahí!. El corte de digestión podía ser seco, instantáneo, fulminante. El corte de digestión y la antitetánica siempre fueron conceptos coetáneos.
Lo primero que te venía a la cabeza era pasear por el borde de la piscina, contando cuadraditos de esos azules que forman el fondo y las paredes de las piscinas, y que alguien te empujase, inocentemente, camiseta y toalla incluidas. Eso anulaba ya el corte de digestión y abría la veda a poner bañarte toda la tarde. Tenías, eso sí, que secar la toalla enrollándola desde cada uno de sus extremos, retorciéndola hasta no poder más. Pero la batalla a las dos horas ya estaba ganada.
Otra de las habituales estrategias escapatorias era autoinvitarte a comer a casa de algún amigo cuyos padres eran más avanzados a los tiempos y veían en eso de la digestión una rémora casi franquista. Una casa sin la norma de la digestión era sinónimo de libertad y ancha es Castilla. Si no había digestión no había ley. Y sin ley, valía todo. Eran casas dónde, si hurgabas en el cuarto de la caldera, dónde se almacenaban los periódicos y las revistas antiguos que luego se vendían al peso, encontrabas algún Playboy, algún Lib o algún Penthouse escondidos entre el Abc y la Hoja del Lunes. Un pequeño Perpignan a escala local.
Las dos horas de digestión en la playa eran una pesadilla aún peor. Si subías a comer a casa, entre una cosa y otra, la cosa se suavizaba y las dos horas se trampeaban. Lo tremendamente grave eran los días en los que se comía en la playa. Lo nuestro era una comida a la norteña, lejos de los festines playeros de otras latitudes que, seguramente, sí que justifican no sólo las dos horas de digestión sino un mes de ayuno y abstinencia. La negociación empezaba en el momento mismo de preparar los bocadillos en la cocina de casa. Un bocadillo no era una comida en si mismo por lo que la digestión no debería durar las consabidas dos horas de reloj. Pero no había manera: con el último bocado se ponía en marcha el cronómetro en una cuenta atrás de 120 minutos que no lograba romper ni la pleamar más viva. Si en un viaje de seis horas el "¿cuánto queda?" empezaba a partir de las dos horas, en una digestión playera lo soltabas ya con el chorizo pamplonica aún en la boca. Creo recordar que si, excepcionalmente, había helado, éste ya no contaba en el cómputo de los minutos.
Reconozco que con el tiempo fuimos logrando ciertas victorias parciales aunque nunca absolutas. Éstas llegaron con el paso del tiempo cuando, súbitamente, quedó abolida la norma sin que hubiese informe alguno de organismo competente que lo justificase. Probablemente, fue nuestra afición a los deportes acuáticos la que logró que la digestión pasará de dos horas a nada en un solo verano. O quizás fue nuestra adolescencia. O la mismísima democracia. O el coñazo que representaba tanto para el que aplicaba la ley cómo para el gobernado. A partir de ese momento ya sólo impedía el baño en el mar, fuese cuando fuese, la bandera roja de lo alto del mástil y el silbato del socorrista.
O por lo menos lo intentaba.
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