martes, 9 de mayo de 2017

Gradas vacías

Supongamos un torneo o campeonato deportivo de máxima categoría.

Supongamos una estrategia y política comercial y de patrocinios que busca maximizar los ingresos por dichos conceptos planteando para ello una serie de beneficios en hospitality o relaciones públicas que otorga a dichos patrocinadores una serie de ventajas en las mejores entradas o palcos.

Supongamos que dicha gestión comercial es un éxito económico.

Supongamos que dichas entradas o palcos se encuentran en la zona prioritaria del tiro de cámara televisiva que retransmite dicho acontecimiento.

Supongamos que ese conjunto de entradas compradas por patrocinadores se distribuye entre clientes a los que:

a.- les importa un carajo el deporte en cuestión. 
b.- el deporte en cuestión no entra dentro de sus prioridades del día
c.- a los compradores de entradas de palcos sólo les interesa el postureo, el decir "yo estuve allí cuando jugó ÉL", el regalar entradas a sus clientes por política de relaciones públicas o el pasar las horas en las zonas de ocio y restauración que, a veces, rozan lo obsceno.

Supongamos que hay cientos de verdaderos aficionados a ese deporte, desde niños de escuelas deportivas, a jóvenes que ya compiten, a adultos que tienen que hacer un esfuerzo en sus economías y logística para acudir, a veteranos que tienen más complicado acceder al mercado de venta anticipada que no pueden pagar los precios de dichas entradas o que, simplemente, éstas están agotadas.

Supongamos que gran parte de esos eventos requieren, casi siempre justificadamente, de una fuerte inyección de recursos públicos que, sin duda, tienen su retorno en forma de mejor imagen de ciudad, alta ocupación hotelera, presencia en medios, mayor consumo en restauración y todo tipo de servicios complementarios, creación de empleo ocasional etc etc

Dicho esto, la imagen televisiva de ese vacío generalizado de, cuando menos, las zonas principales, ergo las de mejor calidad de visión, genera una devaluación de la imagen del producto, un desapego de los verdaderos amantes del deporte, un desinterés informativo y un rechazo popular a la organización de dichos acontecimientos en los que se requiere financiación pública en beneficio, directo, de unos pocos.

Esta situación, una vez que se produce, trata de solucionarse rápida y urgentemente, mediante el relleno ficticio a base de escolares, militares u otros colectivos fácilmente controlables en detrimento de los verdaderos amantes del deporte. Tal suele ser la improvisación que, en un muy importante evento internacional, el primer día los soldados convocados iban vestidos con su ropa militar. El cante fue muy sonado y al día siguiente relucieron camisetas de colorines y gorras varias.

En todo caso, la reutilización de esas entradas vendidas pero no usadas es muy complicada sin mediar un sistema de redistribución en el que todos han de colaborar. Lógicamente, nunca se sabe si una entrada va a ser utilizada o no y, por lo tanto, no pueden reasignarse a nuevos usuarios mediante una reventa legal o invitación "social" sin el visto bueno previo del titular legal de la entrada o invitación.

En muchísimos países de nuestra órbita economía, social y cultural se ha instaurado, peligrosamente, un rechazo ciudadano a los eventos deportivos de primer nivel en parte, aunque no exclusivamente, por estas situaciones. Al mismo tiempo, se está produciendo un desplazamiento organizativo hacia países con otros regímenes y con abundancia de recursos económicos.

En cualquier caso, es una verdadera pena que, mientras unos atletas están dando lo mejor de si mismos en una pista, el máximo de su esfuerzo físico, con su orgullo profesional y su respeto a sus reales aficionados y a las marcas que los pagan, el graderío principal esté sólo ocupado por las azafatas y personal auxiliar que, se supone, ha de atender a los que deberían estar allí.

Hasta las propias marcas patrocinadoras del evento, legítimas titulares de esas sillas vacías, deberían insistir en no ver sus anuncios rodeados de huecos fantasmas. Aunque sólo sea por aquello de "por el interés te quiero Andrés".






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