Supongamos un torneo o campeonato deportivo
de máxima categoría.
Supongamos una estrategia y política
comercial y de patrocinios que busca maximizar los ingresos por dichos
conceptos planteando para ello una serie de beneficios en hospitality o
relaciones públicas que otorga a dichos patrocinadores una serie de ventajas en
las mejores entradas o palcos.
Supongamos que dicha gestión comercial es un
éxito económico.
Supongamos que dichas entradas o palcos se
encuentran en la zona prioritaria del tiro de cámara televisiva que retransmite
dicho acontecimiento.
Supongamos que ese conjunto de entradas
compradas por patrocinadores se distribuye entre clientes a los que:
a.- les importa un carajo el deporte en
cuestión.
b.- el deporte en cuestión no entra dentro de
sus prioridades del día
c.- a los compradores de entradas de palcos
sólo les interesa el postureo, el decir "yo estuve allí cuando jugó
ÉL", el regalar entradas a sus clientes por política de relaciones
públicas o el pasar las horas en las zonas de ocio y restauración que, a veces,
rozan lo obsceno.
Supongamos que hay cientos de verdaderos
aficionados a ese deporte, desde niños de escuelas deportivas, a jóvenes que ya
compiten, a adultos que tienen que hacer un esfuerzo en sus economías y
logística para acudir, a veteranos que tienen más complicado acceder al mercado
de venta anticipada que no pueden pagar los precios de dichas entradas o que,
simplemente, éstas están agotadas.
Supongamos que gran parte de esos eventos
requieren, casi siempre justificadamente, de una fuerte inyección de recursos
públicos que, sin duda, tienen su retorno en forma de mejor imagen de ciudad,
alta ocupación hotelera, presencia en medios, mayor consumo en restauración y
todo tipo de servicios complementarios, creación de empleo ocasional etc etc
Dicho esto, la imagen televisiva de ese vacío
generalizado de, cuando menos, las zonas principales, ergo las de mejor calidad
de visión, genera una devaluación de la imagen del producto, un desapego de los
verdaderos amantes del deporte, un desinterés informativo y un rechazo popular
a la organización de dichos acontecimientos en los que se requiere financiación
pública en beneficio, directo, de unos pocos.
Esta situación, una vez que se produce, trata
de solucionarse rápida y urgentemente, mediante el relleno ficticio a base de
escolares, militares u otros colectivos fácilmente controlables en detrimento
de los verdaderos amantes del deporte. Tal suele ser la improvisación que, en
un muy importante evento internacional, el primer día los soldados convocados
iban vestidos con su ropa militar. El cante fue muy sonado y al día siguiente
relucieron camisetas de colorines y gorras varias.
En todo caso, la reutilización de esas
entradas vendidas pero no usadas es muy complicada sin mediar un sistema de
redistribución en el que todos han de colaborar. Lógicamente, nunca se sabe si
una entrada va a ser utilizada o no y, por lo tanto, no pueden reasignarse a
nuevos usuarios mediante una reventa legal o invitación "social" sin
el visto bueno previo del titular legal de la entrada o invitación.
En muchísimos países de nuestra órbita
economía, social y cultural se ha instaurado, peligrosamente, un rechazo
ciudadano a los eventos deportivos de primer nivel en parte, aunque no
exclusivamente, por estas situaciones. Al mismo tiempo, se está produciendo un
desplazamiento organizativo hacia países con otros regímenes y con abundancia
de recursos económicos.
En cualquier caso, es una verdadera pena que,
mientras unos atletas están dando lo mejor de si mismos en una pista, el máximo
de su esfuerzo físico, con su orgullo profesional y su respeto a sus reales
aficionados y a las marcas que los pagan, el graderío principal esté sólo
ocupado por las azafatas y personal auxiliar que, se supone, ha de atender a
los que deberían estar allí.
Hasta las propias marcas patrocinadoras del
evento, legítimas titulares de esas sillas vacías, deberían insistir en no ver
sus anuncios rodeados de huecos fantasmas. Aunque sólo sea por aquello de "por
el interés te quiero Andrés".


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