Los puertos donde suben y bajan las mareas, donde aún huele a mar y donde siguen arreando las drizas contra los mástiles cuando el sonido de la mañana aún es hueco. Los diques donde la gente pasea con chaqueta al hombro, por si acaso refresca, y donde las olas rompen con ganas contra las escolleras que desde hace siglos va poniendo el hombre. Y el suelo mojado y con charcos.
Los puertos que tienen cerca una playa donde esas mismas mareas vienen y van y donde los amantes hacen planes de viajar y de estar mientras dibujan líneas sin sentido en la arena mojada. Y unas rocas que se cubren de agua y de efímera espuma que impiden pasar más allá. Playas que son o no dependiendo del ciclo que les toque. Misma playa, diferente mirada. Marea alta, marea baja. Pleamar, bajamar. Y el surfista que sabe buscar.
Me gustan los puertos del Norte donde la lluvia es deseada tras cinco días de sol. Donde el mal tiempo es bueno, donde aún sabe a sal y existe el fresco. Donde el mar es azul y la tierra es verde. Y donde ambos se buscan para fundirse sin rechistar. Donde no hay franquicias y permanece lo local. Donde hay vasos de sidra, de txacoli y de cerveza que llenan de vida las tardes al acoger a los que pasean y a los que saben que allí encontrarán a un amigo.
Me gustan los puertos donde dentro está la calma mientras fuera atiza la mar como a la buena gente la vida. Los barcos atracados y las txalupas sobre el fango. Me gusta la galerna que amenaza y descarga, el verdín, las gaviotas, las boyas, las amarras y un pescador solitario dibujando miradas mientras espera al amigo que salió de madrugada y al que devolverá la misma mañana. Son valientes, solitarios y bravos en la fragilidad de sus barcos que siempre son verdes, rojos o azules. Me gustan los remeros y el antiguo astillero. Y ese barco suspendido en una grúa que, indefenso, enseña sus tripas sin pudor.
Me gustan los puertos que apagan las luces porque no son de diseño ni de plástico ni de cristal y saben que hay que descansar. Me gusta la piedra gastada por el tiempo, por el agua y por la edad. No hay aristas y todo es redondo para nada ocultar. Al fondo, con marea alta, los locales saben de dónde saltar desafiando al prohibido bañarse que mandaron instaurar desde el despacho de la autoridad. De ahí se tiraba mi padre y de ahí me verá saltar. Las escaleras que resbalan y la taberna de aquel tal. Y el faro solitario al que nadie osó entrar y que cada día alguien hace girar.
Me gusta su amanecer. Sus saludos cotidianos. Su vuelta al orden y a la vida y el revuelo de sus gaviotas cuando nada las hace callar. Y las redes en el suelo pendientes de remendar o listas para embarcar. Y hasta el viejo surtidor de gasoil.
Amanece pronto en los puertos y el día es más largo que más allá.
Tienen cuatro mareas. Inspiran y expiran. Cogen y dan. Y saben cómo sonar.
Me gustan las mareas y saber que vas a estar.
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