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sábado, 23 de mayo de 2020

Vuelve la vida

Lo bueno del paso del tiempo es que pone las cosas en su sitio.

Hace unas semanas agoreros, videntes, plumillas y algún vendedor de humo aseguraban que las mesas de los bares tendrían mamparas para separar a los comensales. Yo sólo he visto cómo, con naturalidad, la gente se sienta en las terrazas.

Ahora es el turno de los drones, las aplicaciones y los datos para vigilar las playas. Esperemos que vuelvan las toallas y los castillos de arena.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa





viernes, 8 de marzo de 2019

Mientras baja el sol

A esa hora de la tarde, en la que el tiempo se torna en fresco, ya se habían cubierto con las capuchas de las sudaderas, encogido los hombros y juntado las piernas. Él incluso se frotaba rápidamente una mano contra la otra buscando algo de calor y calmar su nerviosismo. El último baño les hacía combinar el temblor con la sonrisa. Aún no se habían rozado porque estaban sentados frente a frente en una trabajada mesa de madera con dos bancos corridos. Todavía quedaba a sus pies algo de hierba pero estaba vieja y seca. Pinchaba y no invitaba a caminar descalzos que es cómo uno se siente libre. Seguían con chanclas, pelo mojado y algo de arena entre los dedos de los pies.

Habían bebido unas cervezas y sacado de sus mochilas la comida que aún les quedaba. Todo está bueno cuando se está a gusto. Hasta el queso y el chocolate que se derriten cuando más pega el sol y, después, cuesta separar de su incómodo envoltorio de plástico. La cerveza caliente, no. Por eso se había acercado a un kiosko cercano que estaba a punto de cerrar. En realidad, la dueña los estaba siguiendo desde hacía un rato, sabía que acabarían yendo a comprar algo y por eso no tuvo prisa en bajar la persiana.

El viejo kiosko llevaba ahí desde siempre. Pese a retirarlo en octubre para volver a instalarlo en abril, seguía manteniendo la misma estructura, las mismas pegatinas de Miko y Coca Cola y las mismas estanterías desde donde ofrecía latas de bebida, botellines de agua y golosinas sin marca. Cada año el mismo ritual que comenzaba con una mano de pintura en la chapa exterior y una revisión de las persianas de metal. Hasta su jubilación lo regentó su padre. Ahora lo hacía ella que había vuelto a su pueblo saturada de la ciudad donde todas las promesas y todo lo bueno de los inicios se transformaron en pocos años en gris, ruido, humo y soledad. Decidió volver y no mirar atrás.

Sin que nadie pareciera darse cuenta, ellos tampoco, el ir y venir de las olas era lo que más se escuchaba a esa hora de la tarde. La pleamar era a las ocho y, en esa playa, las olas de la marea alta rompían con violencia al llegar a la orilla. Nada que ver con la bajamar que obligaba a los surfistas a meterse más de cien metros en el mar para llegar hasta el pico. También eran más audibles el graznido de las gaviotas, el motor de gasolina de la vieja segadora que alguien empujaba en un jardín vecino, las cuatro desagradables motos acuáticas en la lejanía y hasta el silencio de un barco de vela que regresaba lentamente a puerto.

Las playas del norte tienen dos vidas: amplias con marea baja, pequeñas cuando la pleamar trata de inundarlas.

A esa hora de la tarde también salen los pescadores a faenar.

En un rato ya no quedaría nadie alrededor de ellos. Dos alemanes cargaban aún en el techo de su Volkswagen Caravelle sus tablas mientras cuatro perros correteaban en busca de nada. Había algunos coches más pero no parecían tener dueños ya que el único grupo de adolescentes que jugaban un improvisado voleibol tenía sus bicicletas sobre la arena. Siempre hay una pareja que no juega y que se protege y oculta con la toalla más grande. Nadie dudaba que alguna de las jugadoras acabaría perseguida en una eléctrica y zigzagueante carrera por alguno de los adolescentes y ambos, juntos,  debajo de una ola.

Junto a la escuela de surf, sus encargados regaban tablas, inventos y neoprenos. Todo quedaba alineado dentro de la caseta y listo para los alumnos del día siguiente. Algún cartel en la pared anunciaba un campeonato local de final de temporada. Los socorristas ya habían recogido y no quedaba más que una silla de vigilancia sin bandera amarilla. En unos días ellos desaparecerían para no volver hasta el año siguiente y con ello la obligación de bañarse en una zona acotada.

Ya no quedaban turistas de agosto y eso cambiaba el paisaje dejando aparecer los colores y las luces de septiembre.

Se habían quedado pues contándose historias, recordando sus inicios, repitiéndose las mismas anécdotas y, más que nada, mirándose. Se estaban quedando solos. La risa los delataba y los hacía sentir cómplices. Lo mejor de todo era cuando coincidían al mismo tiempo en alguna respuesta y ambos exclamaban: "¡Toma!". Pensé que era parte de su código no pactado. Hacía poco tiempo que se habían reencontrado y era como si no hubiesen pasado tantos años. Debían ser sus primeras vacaciones juntos, las mismas que habían ido dibujando en sus paseos de invierno mientras buscaban donde comer albóndigas y ensaladilla y beber tinto de verano. La suerte había hecho su trabajo y les tocaba a ellos aprovechar el viento a favor. Sabían que ahora su diversión sería diferente pero sería la suya.

A su alrededor todo había ido desapareciendo siguiendo la misma rutina cotidiana pero con diferentes actores. Seguía habiendo huellas de aquellos que habían pasado la tarde tirados frente al mar. Esas huellas sólo las borraría la noche y, al amanecer, ya no quedarían restos de nada.

Un poco más allá había un pequeño hotel con terraza. Ambos lo miraron y yo aceleré la marcha para alejarme de allí.






sábado, 29 de abril de 2017

Puertos y mareas

Me gustan gustan los puertos del Norte allí dónde la vida va transcurriendo y organizándose en función del ciclo de las mareas.

Los puertos donde suben y bajan las mareas, donde aún huele a mar y donde siguen arreando las drizas contra los mástiles cuando el sonido de la mañana aún es hueco. Los diques donde la gente pasea con chaqueta al hombro, por si acaso refresca, y donde las olas rompen con ganas contra las escolleras que desde hace siglos va poniendo el hombre. Y el suelo mojado y con charcos.


Los puertos que tienen cerca una playa donde esas mismas mareas vienen y van y donde los amantes hacen planes de viajar y de estar mientras dibujan líneas sin sentido en la arena mojada. Y unas rocas que se cubren de agua y de efímera espuma que impiden pasar más allá. Playas que son o no dependiendo del ciclo que les toque. Misma playa, diferente mirada. Marea alta, marea baja. Pleamar, bajamar. Y el surfista que sabe buscar.

Me gustan los puertos del Norte donde la lluvia es deseada tras cinco días de sol. Donde el mal tiempo es bueno, donde aún sabe a sal y existe el fresco. Donde el mar es azul y la tierra es verde. Y donde ambos se buscan para fundirse sin rechistar. Donde no hay franquicias y permanece lo local. Donde hay vasos de sidra, de txacoli y de cerveza que llenan de vida las tardes al acoger a los que pasean y a los que saben que allí encontrarán a un amigo.

Me gustan los puertos donde dentro está la calma mientras fuera atiza la mar como a la buena gente la vida. Los barcos atracados y las txalupas sobre el fango. Me gusta la galerna que amenaza y descarga, el verdín, las gaviotas, las boyas, las amarras y un pescador solitario dibujando miradas mientras espera al amigo que salió de madrugada y al que devolverá la misma mañana. Son valientes, solitarios y bravos en la fragilidad de sus barcos que siempre son verdes, rojos o azules. Me gustan los remeros y el antiguo astillero. Y ese barco suspendido en una grúa que, indefenso, enseña sus tripas sin pudor.

Me gustan los puertos que apagan las luces porque no son de diseño ni de plástico ni de cristal y saben que hay que descansar. Me gusta la piedra gastada por el tiempo, por el agua y por la edad. No hay aristas y todo es redondo para nada ocultar. Al fondo, con marea alta, los locales saben de dónde saltar desafiando al prohibido bañarse que mandaron instaurar desde el despacho de la autoridad. De ahí se tiraba mi padre y de ahí me verá saltar. Las escaleras que resbalan y la taberna de aquel tal. Y el faro solitario al que nadie osó entrar y que cada día alguien hace girar.



Me gusta su amanecer. Sus saludos cotidianos. Su vuelta al orden y a la vida y el revuelo de sus gaviotas cuando nada las hace callar. Y las redes en el suelo pendientes de remendar o listas para embarcar. Y hasta el viejo surtidor de gasoil.

Amanece pronto en los puertos y el día es más largo que más allá.

Tienen cuatro mareas. Inspiran y expiran. Cogen y dan. Y saben cómo sonar.

Me gustan las mareas y saber que vas a estar.












sábado, 24 de septiembre de 2016

Tal y cómo, simplemente, imaginé

Personajes 16

Todos lo habíamos imaginado durante días pero no durante todos ellos.

Una tarde, sin quererlo, miras una pared y encuentras retales de una vida en forma de fotos, entradas a espectáculos, viejos billetes de avión, una postal, una acreditación, una pulsera de tela, un billete de dólar, un vale descuento por aquella devolución o un recordatorio de una cita con el médico. Pero los recuerdos no están en las cosas sino en la cabeza y en el alma. Y algunos hasta en las entrañas.

Cuando quedaban pocos días para terminar vi, por primera vez, un mapa en la pared de aquel albergue de Miraz. Tal vez antes ya estuve delante de otros pero fue la primera vez que me paré a recorrer con el dedo y con la mirada el perfil ya conocido y lo poco que quedaba por descubrir. Cómo cualquier mapa colgado en la pared de un lugar público ya había sido recorrido con los ojos, con bolis de colores y con los dedos engrasados de decenas de caminantes que, sin quererlo, también habían dejado su traza. Lo comenté con la rubia alemana de mirada dulce y me acordé de los dos franceses que se lavaban los dientes a la entrada de Zumaia. Uno de ellos tenía rastas y sonreía todo el tiempo. El otro parecía que disfrutaba de la libertad condicional en una película de Clint Eastwood y lo seguía sin remedio. Volví a verlos varias veces más y siempre con la intuición que el forajido iba a fugarse una noche. Sin chica pero fugarse. Y con su chandal del Olympique de Marseille.

Antes de llegar a Miraz, en medio de un bosque al que arribé justo después de rebasar el mojón que indicaba los últimos cien kilómetros, me paró una pareja de ingleses. Venían caminando de frente y desprendían ganas de coger un capazo. Querían contar su historia y los escuché. Llevaban ya años instalados en Ibiza, desde que él se jubiló, y lo habían dejado todo para comprarse una casa grande en mitad de ese bosque, casa que tenían que reconstruir con sus propias manos ya que no tenía ni techo. Con un español que sólo son capaces de hablar los que son muy hijos de su Graciosa Majestad, no dejaron de soltar lo especial que es el Camino del Norte. Me quité la mochila, nos apoyamos en un árbol y hablamos de Saint Jean de Luz, de Donosti, de Zarautz, del mar y las mareas, de los Picos de Europa, de la costa de Llanes, de la playa del Silencio y de la comida. Conocían todo y sólo les faltaba incorporar la musicalidad gallega a su castellano de Bristol mix Ibiza. Están construyendo ellos solos un albergue en mitad del bosque y les prometí volver a inaugurarlo. Cuántas veces han de venir ellos a poner en valor lo que tenemos. Nos costó despedirnos y, aún así, insistieron en que un kilómetro más adelante parase a visitar a una amiga, creo que brasileña, que ofrecía el mejor café de la zona.

Cuando llegué a Miraz, aldea que sólo contaba con un pequeño bar, un cementerio y dos albergues, volví a encontrarme con viejos conocidos que esperaban a que abriesen el albergue "de los ingleses". Ya estaba formada espontáneamente la fila de diez mochilas y veinte botas que indicaba el orden de llegada y, por ende, de ocupación de literas. El albergue lo gestiona una asociación inglesa mediante voluntarios que se turnan cada quince días. El contacto con el exterior se hace a través de una camioneta que cada tarde, a golpe de claxon musical, hace función de supermercado. Si estuviésemos en Madrid, Barcelona o Zaragoza sería una food truck pero en Miraz es la furgoneta de las seis. Así llegaba en mi infancia, a eso de las 16:30, Alfonso, el lechero, con su furgoneta Ebro y con la leche en bolsas de plástico, los huevos y los yogures.

Desde hacía varias jornadas, los días y las noches eran distintos. Alejarse del mar, sin posibilidad alguna de volver a verlo, significaba enfilar la recta final y dejar de ir para empezar a volver.

El amanecer al salir de Miraz me sorprendió a mí mismo mientras me alejaba de los dos canadienses con los que caminé en la oscuridad. Sin quererlo ni buscarlo pero sobre todo sin poder evitarlo mi única compañía, mientras el sol aparecía a mi espalda, eran unas lágrimas de emoción contenida y una galerna interior de sentimientos compartidos. Y así un rato largo. Y así todos los días hasta el final. Pese a venir preparado nunca pensé que me fuese a dejar vencer por la emoción. Pero sucumbí y me deje llevar porque, además, era la única manera de liberar la carga de sensaciones y sentimientos que se habían acumulado, no en la mochila de Karl, sino en mi corazón.

Todo pudo venirse abajo cuando de repente, en el cruce de Santa Irene, los que veníamos del norte nos incorporamos al camino que viene de Astorga, el llamado Camino Francés. Puñetazo de realidad. A partir de ese momento la tranquilidad, la calma, la relativa soledad y el respeto al entorno y a los demás se convierten en romería, bullicio, barullo, grupos, prisas y ganas de terminar. Era sólo un día, con su noche, y menos mal.

Era un aviso.

El último día madrugué más que de costumbre. Quería evitar a toda costa caminar en modo rebaño lo que no me permitiría concluir cómo deseaba y cómo llevaba días planeando.

Aceleré y llegué en la niebla matinal. Al desaparecer sonó una gaita bajo el arco.

Lo mejor de todo es que pude hacerlo y llegar tal y cómo, simplemente, imaginé.










viernes, 9 de septiembre de 2016

No seas motivao

Personajes 15


Juntos decidieron que de este año no pasaba. Ya era hora de aprender aunque no es nada fácil para alguien que se acerca a los cincuenta. El surf necesita muchas horas de práctica, mucho tesón, muchas caídas mientras ves que el de al lado lo hace fácil y, además, sonríe. Algunos hasta chillan de felicidad cuando han llegado al pico y cogen la ola de su vida.

Equilibrio en el desequilibrio. Cómo la vida.

Eran tres y él cada mañana preparaba comida para cuatro. Nadie se dio cuenta del detalle hasta que, a mediodía, se sentaron a almorzar. Seguían con sus trajes de baño, sus neoprenos cubriendo sólo las piernas y habían dejado colocadas sus tablas en la arena. Muy cerca de ellos había un camino por el que, de tanto en tanto, pasaban otro tipo de personas con botas, mochila, calor y hambre. Se produce entonces esa situación en la que se coincide con otros, en el mismo sitio y a la misma hora y, sin embargo, en universos diferentes. Es la misma sensación que se tiene a las 6:00 de la mañana cuando unos vuelven de juerga y otros salen recién duchados, desayunados y equipados para esquiar. O para entrar en el primer turno de la fábrica. Miradas esquivas, algún resoplido y negación con la cabeza.

Muy pocos caminantes decidían acercarse hasta la playa. Cuando llevas cinco horas andando, a pesar de sentir la llamada del mar y estar deseándolo, uno tiene una natural pereza a despojarse de la ropa, desatarse cordones, quitarse las botas y los calcetines y tirarse al agua. Salvo que se vaya bien acompañado o que el calor sea insoportable.

Mientras sus hijos desenvolvían sus bocadillos, tiraban de la anilla del Kas de naranja y escondían sus cabezas, él se levantó y se dirigió hacia el caminante que llegaba solo. Comidas de playa de norte.

"¿Qué haces, papá? ¡No seas motivao!" "¡Ni se te ocurra!"

No los hizo caso, levantó el brazo y chilló lo que tantas veces había ensayado mentalmente:

"De peregrino a peregrino, ¿quieres comer con nosotros?"

Medio sorprendido, preguntándose si se refería a él y muy agradecido se sentó con ellos en una mesa de madera con banco corrido en la que alguien ya había dejado su huella a navajazos con esa doble intención de pasar a la posteridad y, al mismo tiempo, destrozar mobiliario y hasta patrimonio.

"Cari y yo, julio 2013".

Para vencer la lógica inicial timidez de sus hijos, el padre utilizaba bromas y preguntas que captasen la atención de los chicos. Mientras, el recién llegado sacó restos de frutos secos y algo de chocolate. Hablaron de las vacaciones, de surf y también de esquí, de las playas de Cantabria y de los Pirineos. Y luego llegó el turno de las anécdotas, argucia ésta que nunca falla y más si son del ámbito deportivo. En breve empezaban los Juegos de Río y eso permite mantener horas y horas de conversación ya sea en el banco corrido de una playa cántabra, paseando por el centro de una capital, en un restaurante argentino o recorriendo Ordesa en primavera. Qué fácil es captar su atención si bajas a su terreno.

Aquella era la primera vez que invitaban a un recién llegado que ni siquiera llega sino que pasa y no se va a quedar más que un rato. No sería la última: el padre había decidido que así iban a ser todos sus medio días, compartiendo bocadillo, fruta y bebida. A cambio sus hijos recibirían una cara de sorpresa, un agradecimiento en cualquier idioma y una hora de relatos. Y un curso acelerado de normalidad, de hospitalidad con el que llega por muy diferente que sea.

La generosidad espontánea e inesperada es la mejor recibida. Y mucho más si es necesitada.

La vida siguió y la llegada de un grupo de surferos con lo que parecía ser un instructor a la cabeza hizo que los tres saliesen corriendo en busca de sus tablas y, creo, tras una rubia.

"¿Por qué no te quedas?"

"No puedo. Tengo que seguir"






lunes, 5 de septiembre de 2016

Nadie camina solo

Personajes 14

Nadie camina solo sino que lo hace con su historia, con el relato que, seguramente, sólo él conoce y, lo que es más importante, nadie osa preguntar.

Detrás de cada uno hay cientos de razones superfluas y sin interés y una principal que lo envuelve todo y que consigue que el guión de cada día tenga sus personajes, sus escenarios, su luz y su oscuridad, su banda sonora, su puente y su estrella. Y sus títulos de crédito con los agradecimientos.

Hablé muy poco con él aquella tarde de julio sentados delante del albergue de Boo de Piélagos, dónde yo dormiría y él abandonaría después de charlar, cargar su móvil y rellenar agua. Hablamos de su mochila, que era enorme, y de la funda de guitarra que llevaba adosada a ella. Era una funda rígida que pesaría unos tres kilos. Todo ello, junto con guitarra y mochila a su espalda. Hablamos de su calzado, unas simples suelas que sujetaba a su pie y espinilla con unas correas artesanales. Todo hecho por él mismo. Sin preguntar, todo ello explicaba su historia. La que yo imaginé. La que seguro que tenía.

Era italiano. Tenía rastas y también cargaba con una hamaca que colgaba entre árboles para dormir.

Al cabo de un rato de conversación nos dimos cuenta que habíamos coincidido ese amanecer, a las 5:10 de la mañana, en el albergue de Güemes. Yo me desperté esperando encontrarme con lo que uno suele esperarse encontrar a las 5:10 de la mañana: oscuridad, fresco, algún ruido lejano que has de descifrar y algún otro caminante preparando su equipaje. En cambio esa mañana me encontré con un  italiano con rastas, haciendo el pino contra una pared, apoyando la cabeza en una toalla y todo su equipaje, muy poco ordenado, desperdigado por el césped. No intercambiamos palabras. Yo lo miraba  mientras recogía mis cosas y él pasaba del pino a un especie de flexiones. No quise molestar ni distraer. Al iniciar mi marcha él seguía a lo suyo. No pensé que volvería a encontrarlo.

El mismo respeto que se tiene con los aspectos más básicos: con el silencio en la noche, con la limpieza del entorno, con la distribución de las literas, con la seguridad de las pertenencias... el mismo respeto, decía, se tiene con la historia de cada uno. A lo largo de largas conversaciones ya sea caminando, comiendo, descansando, cada uno va dejando asomar pequeños retales de su relato sin, casi nunca, caer en la tentación de la sobreexposición. Pero tampoco nadie va a jugar al Loco de la Colina y preguntar, tras un largo silencio,  "¿Y tú por qué lo haces, por qué estás aquí". O por lo menos así, de primeras.

Muchas historias tienen que ver con fracasos, desengaños, incertidumbres. También con sueños, con deseos, esperanzas. Muy pocas, o ninguna, con ovaciones, banderas, pancartas, himnos o brazos repletos de tatuajes. Aunque sí con alguno, discreto y en su sitio. No busquen rarezas, ni ascetas, ni entregados a una causa perdida, ni fervorosos seguidores religiosos. Pero tampoco busquen que les cuenten sus motivos, que los hay y grandes. Ni que nadie les cuente su vida. Nadie empieza vacío.

Con el móvil ya cargado, siguió caminando a la hora que ya casi nadie lo hace. Antes sacó la guitarra. Le comenté que era una de mis vocaciones frustradas. Tocó un rato, tarareo otro y no dejó de sonreír. Ni yo, ni él, teníamos ni idea de dónde iba a dormir.

No le pregunté pero pensé que su historia tenía que ver con qué poco hace falta para poder ser feliz.






jueves, 1 de septiembre de 2016

El último amanecer tranquilo

Personajes 13


Vamos llegando.

El alicantino de Elda se había separado del grupo con el que estaba caminando porque empezó a darse cuenta que aquello se convertía en unas vacaciones y se alejaba de su deseo inicial. Tras varios días juntos los dejó marchar para que siempre le llevaran una etapa de adelanto. Me contó que habían formado una especie de familia: una americana, una alemana y, creo que un inglés. Tejieron una curiosa red en la que cada uno jugaba un rol: pareja, hermano, novia del hermano, prima, amigo y uno que pasaba por allí. En el fondo me perdí en la explicación pero no hacía falta estar muy leído para darse uno cuenta que se estaba encariñando demasiado con una de ellas. Eso creo que fue lo que le asustó. Lo que me quedó claro es que él se había arrepentido de haberlos dejado marchar y quería, a toda costa, recuperarlos antes del final.

Recuperar treinta kilómetros a pie no es nada fácil cuando, además, no podía localizarlos porque en sus primeros días decidió deshacerse del smartphone y agenciarse un viejo Nokia que ni siquiera tenía activadas las llamadas internacionales. No quería que whatsapp le tentase con el pasado del que intentaba huir. Lo conocí llegando a Sobrado dos Monxes cuando le acompañaba Saioa, una vitoriana que también caminaba sola cómo la mayoría en el camino del norte. Gracias a ella, a su iPhone y a las coincidencias de la vida supieron dónde se encontraba la familia imaginaria y, así, el alicantino diseñó su estrategia para coincidir con ellos antes de Pedrouzo. Y lo consiguió. Sin esperárselo, la alemana, la americana y el inglés, creo, se encontraron con él que los recibió a pie de camino con un cencerro y una pancarta hecha por él mismo. Me aparté de él un rato antes para no ser un estorbo emocional y permitir que las miradas que debían encontrarse de nuevo lo hiciesen libremente.

La noche antes del reencuentro habíamos dormido los tres en Boimorto. En mi caso había desoído los consejos del dueño del supermercado de Sobrado dos Monxes quién, tras comprar pan, atún y tomate, me aconsejó no ir hasta allí porque no tendría ni tienda ni bar ni casi alguien con quien intercambiar palabra. Me insistió en que pernoctase en su pueblo dónde, además, la piscina era gratuita. Tuve mis dudas pero me venció mi lado contestatario pensando que lo que él quería es que el poco gasto que fuera hacer lo hiciese en Sobrado. Mucho me acordé de él, su supermercado y sus cámaras con latas de Estrella Galicia en ese trayecto que fue caluroso e infinito. Temeroso de que al final fuese real lo del aislamiento y no pensando más que en una jarra de cerveza de medio litro, fría, un kilómetro antes de Boimorto me paré en lo que supuse sería el último bar de este peculiar far west. Apoyado en la barra, bajo la mirada constante del tabernero, su mujer y tres parroquianos en silencio creí ser John Wayne a la busca del malo malísimo.

En ese albergue enorme, moderno, limpio y solitario no dormimos esa noche más que siete personas de las que sólo tres hablamos entre nosotros. Por separado salimos a la búsqueda del bar más cercano que resultó estar a unos 15 minutos del albergue. El Vilanova fue un descubrimiento en el que de seis a ocho y media me instalé a beber más cerveza, tomar una hamburguesa cómo hacía tiempo que no probaba y meterme una sobredosis de Juegos Olímpicos. Sólo el consejo de la camarera evitó que, además, metiese mano a la tortilla de patata.

En ese momento ya sabíamos que, al día siguiente, no teníamos que seguir el trazado oficial que, por motivos pienso económicos, se alarga sin sentido hasta Arzúa. La variante de Boimorto-Santa Irene tenía toda la pinta de ser el trazado original y, por otro lado, lógico. Pero en estos casos lo mejor es preguntar. La hospitalera era una chica joven, voluntaria y de pocas, muy pocas palabras. Su ilusión era practicar idiomas con aquellos que iban llegando a su pueblo. Nada que ver con su madre que apareció a última hora por el albergue, tal vez buscando conversación con aquellos a los que no va a volver a ver nunca más. Ayudándose de un pequeño croquis nos insistió en seguir la variante de Santa Irene y que no se nos ocurriese seguir lo que indican los planos. "Hacedme caso y encontraréis sombra. He visto cómo se ha puesto el sol y mañana hará calor"

El alicantino y yo coincidimos a las seis de la mañana ya con el frontal encendido. No lo habíamos previsto pero ambos estábamos seguros de que caminaríamos juntos esa primera parte de esta penúltima etapa. En el momento ese en el que el amanecer ya es imparable pero que aún quedan sombras de la noche nos separamos unos metros. Apenas nos conocíamos de unas horas, pero creo que ambos empezamos a sentir que era el final. No hicieron falta palabras ni siquiera miradas para que durante treinta minutos cada uno cerrase la puerta y abriese la ventana.

Era el último amanecer tranquilo.








martes, 30 de agosto de 2016

No se vayan. Volvemos en 2 minutos

Breve pausa publicitaria en la serie "Amanecer de nuevo, venga lo que venga, pase lo que pase". Entorno natural privilegiado para los que sepan valorar la esencia de lo auténtico, gente que ama lo que tiene bajo sus pies y gusta de compartirlo. Y, además, lo que entra por la boca está lejos de las ofertas de Carrefour. Gracias #Asturias por este recorrido de este a oeste mirando a norte y a sur



Volvemos en 3 minutos

Interrumpimos la serie "Amanecer de nuevo, venga lo que venga, pase lo que pase" para una breve pausa publicitaria. Además de la riqueza natural e histórica, gente cercana, amable y noble. 
Gracias. Eskerrik Asko






lunes, 29 de agosto de 2016

Aruba

Personajes 12

Un domingo cualquiera es fácil cruzarse con un grupo ciclista familiar compuesto de padre, madre e hijos varios. Hago uso genérico del masculino porque siempre lo he hecho así, porque me lo autoriza la Real Academia de la Lengua Española, porque no soy diputado, concejal ni aspirante a, porque lo otro me parece cursi y pedante y porque me da la gana. En ese grupo ciclista, el padre, absolutamente maqueado de los pies a la cabeza: coulotte, maillot, zapatillas con calas, casco, gafas, guantes y mochila, pedalea orgullosos guiando a la manada. Le sigue el hijo espabilado que va haciendo de las suyas, adelantando al líder, saliéndose del trazado o saltando de la bici nueva porque ha visto una rana en un charco. Viene después el torpe que aún no sabe frenar, que pedalea la bici heredada y que, mientras avanza haciendo eses mayúsculas, hace uso de sus punteras para clavar la bici ante cualquier elemento que perturbe su marcha. Y sin parar de gritar: " Papááá, hala, esperameeeee". Y cierra el grupo la madre, equipada estilo casual, normalmente con el sillín más bajo de lo recomendable, con una bici híbrida ni una cosa ni la otra y con una cara de "quién coño me manda hacerte caso, Pepe, anda date ya la vuelta y echa un ojo a Pablito que todavía acabamos en urgencias. Y, además, vas hecho un zangolotino con esas pintas"

Esa misma cara de circunstancias llevaba ella cuando llegaron al Albergue de Gernika, ocho horas después de que hubiésemos llegado la mayoría. Y es exactamente la misma cara que volvía a llevar el día siguiente cuando llegaron a Lezama otras ocho horas después de que la mayoría ya lo hubiésemos hecho. Y, por supuesto, en ambos casos sin posibilidad alguna de ocupar litera porque estaban todas ocupadas.

Los conocí días antes en Zarautz. Su aspecto caribeño destacaba del resto y les permitía convivir con los cuarenta grados que les parecían agradables. Compartimos mesa entrando ya la noche, cuando la noche del que camina empieza a las ocho ya que a las diez estamos durmiendo. Estuvimos sentados en unas sillas y mesas de plástico de Cervezas San Miguel en un enorme jardín de la parte de atrás del albergue. Él era un tipo grande y ella... también. Aruba, su país de origen, sólo me sonaba de verlo desfilar en los primeros lugares en las ceremonias de inauguración de los Juegos Olímpicos. No suelen ser numerosos: el voluntario con el cartel, el abanderado, un par de jueces y no más de seis o siete atletas seguramente estudiantes en Estados Unidos. La llegada oportuna de un italiano me salvó de convertirme en alumno de un curso avanzado de juego de cartas propio de Aruba y que a ella le parecía divertido que jugásemos

¿Qué hacían dos tipos de Aruba recorriendo, o intentando, la Costa Norte española? Él trabajaba en Holanda y ella en Berlín y se lo habían recomendado unos amigos. Pero creo que los amigos no habían tenido en cuenta ni su pachorra natural ni su desconocimiento acerca de qué transportar en las mochilas. Eran poco amantes de madrugar y supongo que saldrían los últimos cada mañana. Lo que cualquiera caminaba en 7 u 8 horas ellos lo hacían en 5 ó 6 más, desconociendo hasta este momento, aunque se lo pregunté, a qué se dedicaban por el camino. Eran previsores y, además de sus enormes mochilones de más de 65 litros, él acarreaba con una tienda de campaña de las de aquellos tiempos. Y esto incluye el peso. Este tipo de persona tiene, además, especial querencia por el desorden al organizar la mochila lo que implica que de cada bolsillo o compartimento salgan hacia fuera ropas varias y bolsas de plástico que, psicológicamente, multipliquen el peso por tres.

Tanto en Gernika como en Lezama los vi aparecer a última hora de la tarde cuando el común de los mortales ya había terminado de cenar. Mirándola a la cara pude comprobar su hartura y su "sálvame de esto que yo no puedo más. Qué a mi este me ha hecho el lío aunque sea él él quién cargue con la tienda de campaña". En ese momento aún no sabía que no tenía litera y que le esperaba una noche a ras de suelo.

En Lezama los perdí de vista. Tuvieron que plantar la tienda en un jardín junto al albergue. Al salir a las seis de la mañana lo único que supe de ellos es la sombra que intuí moverse junto a una tapia. Era grande y con aspecto caribeño y me pareció adivinar que se abrochaba el botón del pantalón. Cosas que tienen las mañanas.




El plato de jamón

Personajes 11

Él me miró fijamente y me preguntó:

- Y eso de "plato de jamón" ¿qué es?

Los descubrí a mitad de camino entre Deba y Markina, en las cuestas que dan acceso al Monte Arno. Yo caminaba solo e iba buscando puntos de referencia. Me llamó la atención la manera de caminar de ella. Hay olores, tonos de voz, peinados y hasta sonrisas que recuerdan a otros. Pero yo, irremediablemente, me suelo fijar en la silueta, en la forma de caminar, de alargar la zancada, de separar más o menos los pies, de balancearse sin darse cuenta al ritmo de cada pisada. Ella, sin lugar a dudas, me recordaba a alguien.
Los alcancé a media subida y enseguida nos familiarizamos. Toda conversación casual tiene su protocolo que se repite una y otra vez a lo largo de cientos de kilómetros.

- Buenos días

- ¿De dónde eres?

- ¿Dónde empezaste hoy?

- ¿Vienes desde Irún?

Lejos del manido ¿estudias o trabajas? ó ¿en tu casa o en la mía?, el manual del caminante deja bien claro cuáles son las primeras cuatro frases de un encuentro fortuito en cualquier punto kilométrico. A partir de ahí, la propia empatía de los caminantes, las ganas de hablar o no o cualquier elemento que suponga una mayor o menor atracción hará que la conversación y el encuentro se alarguen durante horas o, por el contrario, aparezca la quinta frase del manual:

- Bueno, voy a seguir. Qué tengas un buen camino.

Incluí a mi pareja de yankees en el grupo de los que merece la pena charlar y compartir unos kilómetros. Venían de estar unos días en Escocia, en Londres y en París. Tenían previsto caminar entre Ponferrada y Santiago, a cientos de kilómetros de donde nos encontrábamos. Pero una recomendación de un amigo en las calles de París les trajo hasta Irún y, de aquí, a pie, a Bilbao. Estaban realmente emocionados con lo que estaban descubriendo: el primer día, sin tener ni la más remota idea de dónde estaban, acabaron de pintxos y zuritos por el casco viejo donostiarra y, aún camino de Markina, saboreaban los sabores de las barras.

Eran profesores y manifestaban una sana curiosidad por conocer todo de nuestra cultura, de nuestra lengua, de nuestras tradiciones, de nuestra forma de ser, de nuestra geografía y de nuestros problemas. Los de España y los de los españoles. Cualquier detalle daba pie a una disertación sobre el significado de una palabra, un determinado uso y costumbre de una región o los productos que debían pedir en cada ciudad. Recuerdo estar un rato hablando acerca del contenido de la palabra cencerro y de cómo se reían cuando llegamos a la acepción " estar como un ". "Why?" preguntaba ella en plena carcajada. 

Su plan de viaje era continuar caminando hasta Bilbao, coger un autobús a Ponferrada, continuar caminando hasta Santiago por un camino diferente al que llevábamos, viajar en tren hasta Sevilla, Madrid y volar a los Ángeles. Estaban de viaje de novios y alternaban albergues con pequeños hoteles que les servían para convencerse a sí mismos que estaban de luna de miel.

Recuerdo que pasábamos junto a un precioso caserío vasco en mitad de una ladera. Tenía todos los elementos que definen al perfecto caserío: aislado en mitad del monte, muros de piedra, tejado a dos aguas, su escudo de armas presidiendo la entrada y vacas y ovejas completando el decorado. No veíamos la cocina pero seguro que era la estancia principal del caserío y en ella alguien cocinaría cómo sólo se hace en el norte de España. Antes de que un perro alertase de nuestra presencia me preguntó el americano: " Esto se traspasa de generación en generación ¿no?" Tras mi afirmación estuvimos charlando de lo importante que son las tradiciones y de la falta de ellas que tienen ellos debido a su corta historia. 


Y de un tema a otro hasta llegar al plato de jamón, que no sabían lo que era. Estábamos a punto de almorzar y el tema era a la vez sugerente y engorroso. En las mochilas llevábamos lo que podíamos y ese almuerzo discurrió entre plátanos, melocotones y algo de pan con no recuerdo qué mientras imaginábamos un plato de jamón bien cortado, con sus picos de pan y su chato de vino tinto. No les quedó duda y sí muchas ganas. En su próxima parada atacarían al jamón. Aunque también iban advertidos de otra de nuestras características, la picaresca. Así que también sabían que lo que debían huir.




La zapatilla y twitter

Personajes 10

Tanta autovía que nos aleja de las antiguas nacionales y de las travesías urbanas ha hecho que eche de menos aquella mítica publicidad de "Abonad con Nitrato de Chile" donde un señor cabalgaba en negro y amarillo. Yo lo leía y nunca entendía a qué se refería. Me repetía a mi mismo: "¿Nitrato de Chile?" sin saber qué era el nitrato ni por qué lo traían desde Chile. De la misma forma, alejarnos de pueblos y pequeñas ciudades ya sea de Burgos, de Soria o de Guadalajara ya no nos permite leer en las paredes pintadas con "Quintos del 78" y sorprendernos con zapatillas de deporte colgadas en los cables de teléfono que cruzaban, sin orden alguno, la calle mayor. 

Cada vez que veo una zapatilla de deporte suelta fuera de su entorno natural imagino de dónde puede salir. Así que cuando me encontré con la italiana en el trayecto que va de la ría de Tina Menor a la de Tina Mayor, caminando con una Assics en la mano, no tuve más remedio que preguntar. Me confesó que se la acababa de encontrar y que, al estar nueva, pensó que se le habría caído a alguien de la mochila. Decidimos continuar juntos hasta el siguiente albergue, en Colombres, por si ahí aparecía el dueño. Quería además, tras una larga etapa desde Cóbreces, abandonar el excesivo asfalto cántabro que, desgraciadamente, tanto me había alejado de la costa los últimos días y que amenazaba con provocar una sobrecarga en el tibial. 

La historia de la zapatilla Assics tendría que haber terminado en el albergue de Colombres pero, cómo no podía ser de otro modo, resurgió al cabo de las semanas, en otro lugar y con otros personajes. Habíamos decidido dejarla en la escalera que daba al acceso principal al albergue azul, llamando la atención de todo aquel que decidiera pernoctar. 

Creo que fue en San Martín dónde sentados en el jardín del albergue conversaba con Antxón, con Iker y con Javier. San Martín de Laspra era, y es, un albergue especial. Se trata del sueño de un hombre que tras recorrer la Costa Norte decidió montar una gran casa para dar servicio a los caminantes. Para que encuentren lo que él disfrutó y lo que también necesitó. Y ciertamente lo consigue. No es en ningún caso un negocio, ni una manera de ganarse la vida. El dueño/hospitalero estuvo mucho tiempo buscando un lugar así hasta que encontró esta antigua casa rectoral adosada a la iglesia de San Martín, junto al cementerio. Es un albergue "de donativo" en el argot del caminante en el cual, por primera y última vez, todos tuvimos habitación individual. O mejor dicho, todos dormimos solos en una habitación. 

Esa tarde, entre bocadillos, cervezas y melocotones, alguien preguntó si alguno había coincidido con algún personaje conocido. Y ahí intervino el bueno de Antxón explicando que él reconoció a un muy famoso periodista español, del cual respetaré su anonimato, que caminaba con una chica y acompañado de otros a caballo. En el tramo que lleva a Unquera habían perdido una zapatilla de deporte y andaban buscándola. Ese tramo es exactamente donde coincidí con la italiana y con la zapatilla. 

Sorprendidos y entre risas, Antxón decidió twittear la coincidencia nombrando al @periodista que, entre sorprendido y agradecido, continuó la conversación digital de 140 caracteres y quién sabe si recuperó la zapatilla. De lo que no me tengo ninguna duda es que habrá recuperado la sonrisa de su acompañante.




Y que el recuerdo sea eterno

Personajes 9

No hay nada mejor que coincidir con gente que ama a su tierra. Y digo amar y no organizar folklóricas manifestaciones reivindicativas post veraniegas, ni cohibir violentamente al que llega hablando otro idioma, ni subirse a una tribuna amenazando y acusando, ni pensar en viajes sin sentido, ni buscar la diferencia para justificar su propia existencia, ni llenar de banderas recintos que están para otra cosa, ni abuchear al anfitrión por el mero hecho de serlo, ni expulsar emocionalmente al que llega limpio de prejuicios, ni imponer, ni prohibir.

El que ama a su tierra está deseando que llegue el foráneo para enseñársela tratando que el recuerdo sea eterno. Quiere agradar, compartir y que te enamore lo que tiene. Te acompaña y dedica su tiempo a ti. No hay barreras ni siquiera temporales. El tiempo se detiene y hay que disfrutar de todos los pequeños detalles que sólo la cercanía de las personas convierte en instantes imborrables en la vida del que llega. Dejando de lado las consideraciones políticas que todo lo ensucian, lo distorsionan e incluso lo destrozan, este sentimiento de amor a la tierra es especialmente destacable en Euskadi y Asturias. En sus habitantes, en sus tradiciones, en su comida y hasta en sus paisajes salvajes y en sus cuidadas ciudades. Se respira Euskadi y se respira Asturias.

Ni Cecilia Montes Gadea, ni Mónica Montes Gadea, ni Belen Montes Gadea, las MG, han nacido en Tapia de Casariego pero pertenecen a Tapia de Casariego. Aman su tierra de la misma manera que la ama la enfermera de Deba que prolongó su jornada para curarme unas heridas, o el hospitalero de Zarautz que nos organizó a todos para que pudiésemos bañarnos en la playa, o la del albergue de Llanes que no dejó de poner lavadoras para que todos pudiésemos tener ropa limpia, o el del albergue de San Martín que no hacía más que reponer cervezas en su nevera para que nadie pasase sed, o el que cuidaba las vacas ente Avilés y Salinas y me dio media hora de conversación. Hasta el que se bañó a mi lado en la playa de La Arena de Muskiz. Todos buscan que el recién llegado, aunque esté de paso, disfrute unas horas de lo que ellos cuidan cada día. De sus amaneceres, del sol, el viento y la lluvia, de la arena de sus playas, de la comida y la bebida, de sus historias y de su simple compañía.

Arribé a Tapia desde Navia, donde había llegado caminando junto a Antxón, un vasco noble de Durango, con el que coincidí varios días. El alojamiento en Navia se antojaba complicado al no haber albergue. Lo resolvimos acudiendo a una pensión del casco viejo en la que nos sorprendió el precio. El mesonero nos incluyó el menú de la comida, por lo que dormir nos salía por escasos 5 euros. A estas alturas cualquiera podrá imaginar la naturaleza del menú: fabada a voluntad, carne con patatas a voluntad, postre a voluntad y vino con casera a voluntad. Literal. Sólo había un pero: el posible ruido ya que era una calle con gran juerga nocturna. ¿Qué era eso del ruido para dos que llevaban cientos de kilómetros en cada pata durmiendo junto a roncadores profesionales? Lo fue. Aunque nos acostamos a las nueve y media, mientras España jugaba un partido de balonmano femenino en Río, a partir de la una de la mañana pudimos prácticamente participar en las conversaciones veraniegas que tenían en la calle, tres pisos más abajo, los jóvenes del lugar y veraneantes de Oviedo. Cuando a las seis de la mañana, cargados con nuestras mochilas, salimos por la puerta de la pensión temimos un abucheo general del personal que aún esperaba, a esas horas, conseguir compañía para dormir, no más: pero no, también amaban su tierra asturiana y recibimos saludos sinceros y algún ofrecimiento variado en forma de vaso de sidra. 

Nuestra llegada a Tapia significaba que nos separábamos sin saber si nos volveríamos a ver. Antxón seguía para Ribadeo y yo iba a realizar la única parada del mes. Una caña y un pincho de tortilla en el muelle y un abrazo por el tiempo compartido. Y el deseo de coincidir al final.




Desde el mismo momento en el que pisé las calles de Tapia nuevamente, las MG, el resto de su familia y amigos, pusieron en marcha la maquinaria de la hospitalidad, la generosidad y la complicidad para que el recuerdo no sea recuerdo sin ganas de quedarse ó, cuando menos, volver cuanto antes. El día no tiene paradas sino que es un continuo no parar que suele terminar cómo termine, siempre con risas y guiños al pasado. Aman su tierra y quieren, y consiguen, que la ames. Tenía pensado parar un día con el convencimiento interno que serían dos. Y lo fueron. Parar tres, como lo intentaron, con todo tipo de ofrecimientos, significaba perder el ritmo y romper lo establecido.

Tras una segunda noche de cervezas en el muelle y barbacoa en la casa, me retiré antes de que el árbitro diese por finalizado el partido para no jugar la prórroga. 

Saliendo de buena mañana crucé la ría de Ribadeo no sin antes mirar atrás. Se acababa la costa y me metía hacia el interior.



Volver es bueno. Volver andando es mejor

Personajes 8

Volver es bueno. Volver andando es mejor.

Mi padre y yo fuimos a por él a San Sebastián. El bote de remos se quedaba cada noche amarrado en una boya en mitad de la ría. Cada verano, a finales de junio, elegíamos una piedra grande, metros de cabo y la boya y, solemnemente, con la pleamar, reservábamos un lugar en la ría que solía ser enfrente de casa. No había que pedir permiso. Para ir y venir hasta él o bien utilizábamos un piraucho hinchable que botábamos cada mañana en las escaleras que dan acceso a la ría o bien llegábamos hasta él nadando. Aún recuerdo el espeso verdín que cubría los escalones de la ría y que sólo era visible en marea baja. Seguro que en el país de las prohibiciones en el que vivimos a mis padres les caían hoy en día un mínimo de seis años y un día por maltrato infantil, abandono de la prole, explotación de menores y economía sumergida. Y yo lo que simplemente hacía, con diez años escasos, era cruzar remando la ría haciendo llegar en mi bote, hasta la playa de Santiago, a veraneantes amigos que "tomaba prestados" a los Manterola, pasantes oficiales de la ría de Zumaia. Así gané mis primeras perras.

Son los veranos de tres meses que recordé entre Zarautz y Zumaia, Getaria incluida, la mañana dónde ya desaparecieron los insoportables cuarenta grados con los que caminamos la víspera entre San Sebastián y Zarautz. La playa de Zarautz puede ser enorme o no dependiendo de la marea. Pero su malecón, vigilado desde lo lejos por el ratón de Getaria, aún recuerda a las tardes de paseo y de chocolate con churros. La visita a la abuela. Y a Rosario. Y a los veranos de juventud de mi padre que sólo conozco de oídas: la calle Mayor 11, el quiosco de la música, la medusa gigante que enganchó nadando a espalda y que debió ser el acontecimiento de ese verano, las chocolatadas en el monte y el puro. ¡Ay el puro!

Salí a oscuras de Zarautz cuando ya había pescadores aficionados en el recorrido costero que lleva a Getaria. Compartían escenario con algunos corredores, ahora runners, y matrimonios silenciosos que caminan casi al trote. Por motivos obvios, no pude dejar de acordarme de los Martínez de Albornoz al pasar por el puerto. Llegué a Getaria amaneciendo pero con una panadería ya abierta y con los camiones de reparto recorriendo sus callejuelas. En el cruce principal, un grupo de españolas dudaban a esas horas entre abandonar o seguir debido a unas ampollas en los pies de una de ellas. Cruce de sonrisas y qué tengáis un buen día. 

Subiendo y bajando un terreno ondulado llegué a Zumaia, cayendo ladera abajo directamente hacia la playa de Santiago y a la casa museo de Zuloaga. En ese momento recordé cómo volvíamos todos los hermanos a mediodía nadando por la ría aprovechando el flujo de la marea. La playa estaba vacía aún pero pudo escuchar las voces que venían de nuestra zona, pegados a la escollera. Porque esos meses de verano daban derecho a tener un sitio reservado en la playa.

Seguí acercándome al pueblo bordeando lo que ahora es un flamante puerto deportivo y dónde permanece el astillero Balenciaga. La marea estaba baja y pude ver de nuevo el fango dónde buscábamos el cebo, lombrices, que utilizábamos para pescar. Y todas las rocas que recorríamos con nuestros quisquilleros y reteles en busca de cangrejos y quisquillas. Sin olvidar nunca a las obeki. Mira que eran feas pero qué buen papel hacían.

Los días en verano eran más largos que ahora. Sí, también antes nevaba más, hacía más frío y en invierno llovía. Y también, insisto, los días y los veranos eran más largos. Había playa de mañana, Santiago, y playa de tarde, Itzurun. Y después más. Alguna de esas tardes de julio remontábamos solos la ría, a remo, cuatro aprendices de grumete, hasta Bedua, entonces caserío para tortilla y pimientos, y hoy restaurante de renombre. Allí nos esperaba mi madre. Qué levante el dedo quién hoy en día dejaría a cuatro de sus hijos embarcarse en solitario, con un capitán de menos de doce años, remar hasta Bedua por mucha tortilla y pimientos que sigan dando. Salvo que te toque en suerte el juez Calatayud, alguna Asociación de Defensa del Menor y la Fiscalía de Menores reclamarían cárcel y aislamiento por lo menos.

Crucé el puente que da acceso al casco viejo y, sin quererlo ni pensarlo, empecé a canturrear frases sueltas, inconexas, pero con el sentido que tienen los recuerdos de infancia: "E una bolsa de kikos e una pasta". 

Subiendo hacia Arritokieta busqué una frutería. Era una excusa perfecta para hablar un rato con alguien y escuchar nuevamente la musicalidad de su acento vasco. Mientras pedía algún melocotón, algún plátano, un par de tomates y media barra de pan volví a tener 12 años y volví a ver a la casera que llegaba de buena mañana con sus lecheras, con la leche sin pasteurizar y con cuya nata desayunábamos unas tostadas que nunca jamás volveremos ni a imaginar.

Itzurun, las tardes noches de frontón, las olas en el morro, el estanco de Ismael, el cementerio, la motora. La casa primera, la segunda, la tercera. La casa de los Azkue, la de los Garbayo, la de los del Guayo, la de los Gutierrez y la de los Otaño. La Telmo Deun. El txampero y la aspirina. Los trajes de baño verdes, seis iguales.

Olvidaremos cosas de de juventud pero nunca las de la infancia. Eso lo explica todo. O casi todo.








La mochila de Karl

Personajes 7

Salí convencido de que lo mejor era hacerlo en solitario. Caminar casi 900 km por todo tipo de terrenos, dormir con las mínimas comodidades, en el sentido urbano de las comodidades, comer sin orden y no dejarse influir por la meteorología obliga a ir tomando decisiones permanentemente que es mucho mejor no tener que ir negociando. Eso no quería decir que no estuviese preparado a todo tipo de intercambios.

Elegí que el primer día de marcha fuese desde la puerta de la casa familiar en Zokoa, enclave situado en la bahía de Saint Jean de Luz, junto al río Untxin, lugar con una enorme carga emocional por múltiples razones, especialmente una. Salir desde tu misma puerta, cerrando tú mismo la puerta con llave, y echar a andar es algo que pocas veces se puede disfrutar. Desde allí mismo enganché La Corniche bajo la cual el Atlántico está a punto de juntarse con el Cántabrico: inmensidad a mis pies y ante mi mirada. Respiré todo lo que pude y chillé lo que debía. 

La jornada debía llevarme hasta Donostia pero la muy inusual temperatura me hizo detenerme y hacer noche en Pasaia, tras haber pasado por Hendaia e Irún.

La travesía de Irún, punto de inicio del Camino del Norte de numerosos extranjeros, me hizo coincidir con el alemán en la Oficina de Turismo. No sé por qué me cayó bien desde el primer momento y, casi sin decirnos nada, comenzamos a caminar juntos para salir de Irún dirección a Hondarribia y de ahí hacia el Monasterio de Guadalupe y el Monte Jaizkibel.

Era el primer día de marcha de ambos y aún éramos novatos en los usos y costumbres de la cosa. No teníamos aún adquiridos los códigos no escritos ya que éstos suelen aparecer el tercer día, pasada la segunda noche. Conversamos acerca de temas bastante superficiales y terrenales: de dónde veníamos, nuestras profesiones, el calor que hacía y, finalmente, el asunto que, sin quererlo, nos ha unido para siempre pese a que lo único que sé de él es su nombre, Karl, que empieza por la misma letra que el mío. Lo que nos unió fue su mochila roja.

El francés que venía de Nantes, la china que trabajaba en París, la pareja de alemanes con un drama familiar a cuestas, el hospitalero voluntario de Vitoria, el matrimonio sometido a la voluntad del niño de trece años... Empezaban a brotar historias a mi alrededor. Episodios de vida hechos realidad a través de personas que surgen de la nada y que desaparecen a la mañana siguiente. Y no sólo caminantes: en Pasaia, en la plaza del supermercado, fui consciente de la triste vida portuaria encarnada en decenas de tripulantes rusos, o de cualquier ex república soviética, que mataban su tarde bebiendo cerveza mientras frente a ellos pasaba alguna mujer africana ofreciendo algo más que su sonrisa.

Karl y yo analizamos nuestras mochilas y ambos concluimos que la suya era más apropiada para lo que teníamos entre manos lo que me hizo mirar con malos ojos a la mía. Hablamos de litros, de bolsillos, de pesos, de comodidad, de cinchas....todo un tratado. Cualquiera que me conozca un poco sabe que he sido mucho tiempo un hombre a una mochila pegado.

Esa noche Karl recibió una llamada que le obligó a volverse a Alemania al día siguiente. Me lo confesó de buena mañana al mismo tiempo que me explicó lo que había pensado: me daba su mochila para que al menos así algo de él recorriese la costa norte tal y cómo llevaba planeando desde enero. No había opción a la negociación. Era así. Orden germánico.

Hicimos el cambio en Donosti. Metí mi equipaje en su mochila y facturé la mía en un Alsa destino a Zaragoza. Gané en comodidad y, sobre todo, adquirí la responsabilidad de cumplir con el deseo de Karl que se unía a los míos propios. Intercambiamos mochila por sueño, por deseo, por ilusión. 

Ni un día dejé de pensar en él. No quisimos establecer ningún vínculo más. No sé nada de él ni él de mi. Así no habría presión me dijo al despedirse. En ese momento reconozco que no sentí emoción ya que apenas habíamos tenido trato. Tan sólo sorpresa y agradecimiento. Pero a medida que iba avanzando la mochila iba adquiriendo vida. Ya no era sólo una herramienta más: dejaba de ser objeto. Ya era parte de mi. Al terminar, la estuve mirando en aquella terraza antes de que llegase la polaca. Ambos habíamos cumplido. Karl había recorrido la Costa Norte cómo ambos habíamos pensado.

Yo no sé dónde parará Karl pero estoy seguro que su mochila, si la dejo suelta, sabe volver a casa. Por Navidad o por Tutatis











Vaya memo

Personajes 6

Cuando allá por el mes de abril le propusieron caminar durante un mes por la costa norte española, lo último que debió imaginar fue que lo haría en silencio o, mejor dicho, con su silencio. 

Los vi por primera vez cuando se refugiaron de la lluvia en el albergue de Soto de Luiña y ella tuvo la mala suerte de caer en la litera contigua a la del Transiberiano italiano. Llegaba agotada y se metió en su saco, aún mojada, buscando recuperarse de las ocho horas de marcha, la lluvia y, me temo, de la insoportable compañía del alemán con camiseta del Barça. Eran muy jóvenes, calculo que veintipocos. Ella impactaba y no dejó de hacerlo nunca. Lo que no fuimos capaces de adivinar a lo largo de semanas es qué les unía. Y digo fuimos porque esta pareja daba que hablar: a todos los que coincidimos con ellos en algún momento nos llamó la atención que nunca les vimos cruzarse una palabra.

La vida en un albergue da pie a infinitas posibilidades de hablar. Un día, mientras hacía la colada en Cadavedo, coincidí con él en el lavadero. Ya nos habíamos duchado y él se había enfundado la camiseta del Manchester City. " Barça y City. A este le pone Guardiola", pensé. Para romper ese muro de silencio se me ocurrió preguntarle acerca de sus inquietudes futboleras, tema éste, por cierto, inexistente desde que eché a andar.

- Are you Barça fan?

Lo más que hizo fue mirarme y asentir con los ojos mientras seguía frotando con la pastilla de Chimbo las franjas blaugranas y el Qatar Foundation.

Cada uno busca su silencio dónde prefiere encontrarlo. Los hay que lo intentan en un monasterio zen, otros se embarcan rumbo al Gran Sol a pescar merluza, otros debajo de una ola o la corriente de un río mientras chillan lo que desean, también los hay que prefieren el chunda chunda de una discoteca de Ibiza y hasta los que se pierden en la Gran Vía de cualquier ciudad, capital de provincia o no. Silencio no es soledad ni soledad es silencio.

De lo que estoy seguro es que la rubia alemana de mirada dulce no esperaba ese silencio seco recorriendo la costa norte. Coincidí con ellos cuatro o cinco tardes con sus noches. Lo que al principio parecía una relación sentimental rápidamente fue tornando en otra cosa: hermanos, compañeros de piso o hasta fruto de la red de contactos Meetic. Ella buscaba, tímidamente, conversar con cualquiera. Él huía de todos y se escondía bajo unos cascos de música. No los vimos cruzarse ni una palabra, ni una mínima muestra de cariño o cercanía.

En Meriz comí con ellos y hablé con ella. Me contó que venían de cerca de Colonia y que habían llegado a Bilbao en avión. Conseguimos reírnos al recordar los ronquidos del italiano y cómo ella, que había llegado a Soto de Luiña desde Avilés, tuvo que acarrear con el colchón a las 3 de la mañana y huir hasta cerca de la entrada. Después de comer cogió su toalla y se tumbó al sol. No pude evitar pensar en lo que estaría soñando.

La última vez que los vi fue en la playa de Tapia de Casariego. Se habían juntado con otros alemanes y ella sonreía sobre la arena comiéndose un helado. Parecía feliz. Cómo no podía ser de otra manera él permanecía ajeno buscando una respuesta en la subida de la marea.

Salvo que hubiese algo oculto y de naturaleza grave o muy grave que justificase todo, no dejé de pensar "Vaya memo".