lunes, 29 de agosto de 2016

La mochila de Karl

Personajes 7

Salí convencido de que lo mejor era hacerlo en solitario. Caminar casi 900 km por todo tipo de terrenos, dormir con las mínimas comodidades, en el sentido urbano de las comodidades, comer sin orden y no dejarse influir por la meteorología obliga a ir tomando decisiones permanentemente que es mucho mejor no tener que ir negociando. Eso no quería decir que no estuviese preparado a todo tipo de intercambios.

Elegí que el primer día de marcha fuese desde la puerta de la casa familiar en Zokoa, enclave situado en la bahía de Saint Jean de Luz, junto al río Untxin, lugar con una enorme carga emocional por múltiples razones, especialmente una. Salir desde tu misma puerta, cerrando tú mismo la puerta con llave, y echar a andar es algo que pocas veces se puede disfrutar. Desde allí mismo enganché La Corniche bajo la cual el Atlántico está a punto de juntarse con el Cántabrico: inmensidad a mis pies y ante mi mirada. Respiré todo lo que pude y chillé lo que debía. 

La jornada debía llevarme hasta Donostia pero la muy inusual temperatura me hizo detenerme y hacer noche en Pasaia, tras haber pasado por Hendaia e Irún.

La travesía de Irún, punto de inicio del Camino del Norte de numerosos extranjeros, me hizo coincidir con el alemán en la Oficina de Turismo. No sé por qué me cayó bien desde el primer momento y, casi sin decirnos nada, comenzamos a caminar juntos para salir de Irún dirección a Hondarribia y de ahí hacia el Monasterio de Guadalupe y el Monte Jaizkibel.

Era el primer día de marcha de ambos y aún éramos novatos en los usos y costumbres de la cosa. No teníamos aún adquiridos los códigos no escritos ya que éstos suelen aparecer el tercer día, pasada la segunda noche. Conversamos acerca de temas bastante superficiales y terrenales: de dónde veníamos, nuestras profesiones, el calor que hacía y, finalmente, el asunto que, sin quererlo, nos ha unido para siempre pese a que lo único que sé de él es su nombre, Karl, que empieza por la misma letra que el mío. Lo que nos unió fue su mochila roja.

El francés que venía de Nantes, la china que trabajaba en París, la pareja de alemanes con un drama familiar a cuestas, el hospitalero voluntario de Vitoria, el matrimonio sometido a la voluntad del niño de trece años... Empezaban a brotar historias a mi alrededor. Episodios de vida hechos realidad a través de personas que surgen de la nada y que desaparecen a la mañana siguiente. Y no sólo caminantes: en Pasaia, en la plaza del supermercado, fui consciente de la triste vida portuaria encarnada en decenas de tripulantes rusos, o de cualquier ex república soviética, que mataban su tarde bebiendo cerveza mientras frente a ellos pasaba alguna mujer africana ofreciendo algo más que su sonrisa.

Karl y yo analizamos nuestras mochilas y ambos concluimos que la suya era más apropiada para lo que teníamos entre manos lo que me hizo mirar con malos ojos a la mía. Hablamos de litros, de bolsillos, de pesos, de comodidad, de cinchas....todo un tratado. Cualquiera que me conozca un poco sabe que he sido mucho tiempo un hombre a una mochila pegado.

Esa noche Karl recibió una llamada que le obligó a volverse a Alemania al día siguiente. Me lo confesó de buena mañana al mismo tiempo que me explicó lo que había pensado: me daba su mochila para que al menos así algo de él recorriese la costa norte tal y cómo llevaba planeando desde enero. No había opción a la negociación. Era así. Orden germánico.

Hicimos el cambio en Donosti. Metí mi equipaje en su mochila y facturé la mía en un Alsa destino a Zaragoza. Gané en comodidad y, sobre todo, adquirí la responsabilidad de cumplir con el deseo de Karl que se unía a los míos propios. Intercambiamos mochila por sueño, por deseo, por ilusión. 

Ni un día dejé de pensar en él. No quisimos establecer ningún vínculo más. No sé nada de él ni él de mi. Así no habría presión me dijo al despedirse. En ese momento reconozco que no sentí emoción ya que apenas habíamos tenido trato. Tan sólo sorpresa y agradecimiento. Pero a medida que iba avanzando la mochila iba adquiriendo vida. Ya no era sólo una herramienta más: dejaba de ser objeto. Ya era parte de mi. Al terminar, la estuve mirando en aquella terraza antes de que llegase la polaca. Ambos habíamos cumplido. Karl había recorrido la Costa Norte cómo ambos habíamos pensado.

Yo no sé dónde parará Karl pero estoy seguro que su mochila, si la dejo suelta, sabe volver a casa. Por Navidad o por Tutatis











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