Personajes 2
Cruzar el Sella, así como bajarlo, es cómo pasear por el pasillo de la casa de Manuel Fonseca, Manolo.
Manolo es de aquellas personas que por algún motivo aparecen en la vida de uno y se instalan para siempre. Lo conozco desde aquel 1994 en el que profesionalmente aterricé en eso que se autodenomina Movimiento Olímpico. Él dirigía los destinos del deporte español después de triunfar en la organización de los Juegos de Barcelona. Yo, aprendiz de casi todo, participaba en la primera de mis candidaturas olímpicas en Jaca. Tenía en aquel momento una jefa que nos impedía relacionarnos con el exterior. Sin embargo, en el Congreso del Centenario del Comité Olímpico Internacional en París, conseguí burlar la prohibición y pude conocerlo personalmente.
Años después, mientras yo participaba en la Candidatura olímpica de Sevilla, Manolo me ofreció colaborar con él en una nueva Candidatura en Jaca. Empezaba así una relación que rápidamente se transformó en una amistad con raíces.
No creo que ninguno de sus colaboradores haya dicho jamás aquello de "el capullo de mi jefe" porque Manolo no es jefe. Es alguien que sabe trasmitir cómo nadie pasión por un proyecto mientras hace de la delegación de responsabilidades y de la absoluta confianza su manera de trabajar. Pero también, y más importante, es alguien por el que los hijos de uno siguen preguntando.
Lo llamé al acercarme a Ribadesella un día lluvioso de finales de julio. Yo sabía que sólo uno sus entrenamiento para el descenso del Sella, que se celebraba una semana después, impediría compartir fabada, cachopo y sidra. Hubo suerte. Había entrenado el día anterior y, por primera vez en dos semanas, me vi sentado en una mesa con mantel y vaso de cristal. Conversando, y riendo, con Manolo.
Y además me trajo el tubo de Physiorelax que tan bien me ha venido hasta el último día.

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