Personajes 3
Pelaba los melocotones de tal manera que no sabía si era delicada o todo lo contrario. Cuando un melocotón lleva varias horas, o días, en un bolsillo de la mochila pierde la tersura de la piel y un simple pellizco de pulgar e índice permite tirar de ella dejando al descubierto la carne ya pringosa. Yo prefiero los melocotones más duros.
Alfredo Landa las buscaba entre las tumbonas de Torremolinos pero yo me topé con la sueca en el descenso del Alto de Aretxabalagana hacia Lezama. Yo venía pisando barro y charcos desde hacía un par de horas mientras disfrutaba del txirimiri en la cara. La sueca andaba metida en un lío: no podía bajar porque iba calzada con unas simples zapatillas de correr con ninguna capacidad de agarre o sujeción. Envuelta en su capa verde y protegiendo el resto de sus cosas con bolsas de plástico confirmaba su origen sueco por los mechones rubios mojados sobre la frente, la claridad azulada de su mirada y la piel clara de sus manos.
Le ayudé a bajar y juntos seguimos caminando.
En este caso la conversación no empezó por el clásico "Where are you from?" sino por un solidario " Do you need some help?"
Era joven, no pasaba de los treinta. Ya había recorrido muchos países y transmitía la cercanía y la seguridad que sólo el viaje en solitario proporciona. Preguntaba y escuchaba.
Al llegar a Lezama me quedé guardando la vez en la fila de espera para entrar al albergue. Ella se fue a comprar. A su vuelta devoró tres melocotones maduros que pelaba con la delicadeza del que descubre su personal secreto. No se relacionó con nadie más. Durmió en la litera de debajo mío envuelta de pies a la cabeza en su saco.
Salí temprano y no volví a verla. La sueca parecía débil pero estoy seguro que llegó al final con sus zapatillas de atletismo que me confesó no poder sustituir por otras en Bilbao por falta de dinero.

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