lunes, 29 de agosto de 2016

Vaya memo

Personajes 6

Cuando allá por el mes de abril le propusieron caminar durante un mes por la costa norte española, lo último que debió imaginar fue que lo haría en silencio o, mejor dicho, con su silencio. 

Los vi por primera vez cuando se refugiaron de la lluvia en el albergue de Soto de Luiña y ella tuvo la mala suerte de caer en la litera contigua a la del Transiberiano italiano. Llegaba agotada y se metió en su saco, aún mojada, buscando recuperarse de las ocho horas de marcha, la lluvia y, me temo, de la insoportable compañía del alemán con camiseta del Barça. Eran muy jóvenes, calculo que veintipocos. Ella impactaba y no dejó de hacerlo nunca. Lo que no fuimos capaces de adivinar a lo largo de semanas es qué les unía. Y digo fuimos porque esta pareja daba que hablar: a todos los que coincidimos con ellos en algún momento nos llamó la atención que nunca les vimos cruzarse una palabra.

La vida en un albergue da pie a infinitas posibilidades de hablar. Un día, mientras hacía la colada en Cadavedo, coincidí con él en el lavadero. Ya nos habíamos duchado y él se había enfundado la camiseta del Manchester City. " Barça y City. A este le pone Guardiola", pensé. Para romper ese muro de silencio se me ocurrió preguntarle acerca de sus inquietudes futboleras, tema éste, por cierto, inexistente desde que eché a andar.

- Are you Barça fan?

Lo más que hizo fue mirarme y asentir con los ojos mientras seguía frotando con la pastilla de Chimbo las franjas blaugranas y el Qatar Foundation.

Cada uno busca su silencio dónde prefiere encontrarlo. Los hay que lo intentan en un monasterio zen, otros se embarcan rumbo al Gran Sol a pescar merluza, otros debajo de una ola o la corriente de un río mientras chillan lo que desean, también los hay que prefieren el chunda chunda de una discoteca de Ibiza y hasta los que se pierden en la Gran Vía de cualquier ciudad, capital de provincia o no. Silencio no es soledad ni soledad es silencio.

De lo que estoy seguro es que la rubia alemana de mirada dulce no esperaba ese silencio seco recorriendo la costa norte. Coincidí con ellos cuatro o cinco tardes con sus noches. Lo que al principio parecía una relación sentimental rápidamente fue tornando en otra cosa: hermanos, compañeros de piso o hasta fruto de la red de contactos Meetic. Ella buscaba, tímidamente, conversar con cualquiera. Él huía de todos y se escondía bajo unos cascos de música. No los vimos cruzarse ni una palabra, ni una mínima muestra de cariño o cercanía.

En Meriz comí con ellos y hablé con ella. Me contó que venían de cerca de Colonia y que habían llegado a Bilbao en avión. Conseguimos reírnos al recordar los ronquidos del italiano y cómo ella, que había llegado a Soto de Luiña desde Avilés, tuvo que acarrear con el colchón a las 3 de la mañana y huir hasta cerca de la entrada. Después de comer cogió su toalla y se tumbó al sol. No pude evitar pensar en lo que estaría soñando.

La última vez que los vi fue en la playa de Tapia de Casariego. Se habían juntado con otros alemanes y ella sonreía sobre la arena comiéndose un helado. Parecía feliz. Cómo no podía ser de otra manera él permanecía ajeno buscando una respuesta en la subida de la marea.

Salvo que hubiese algo oculto y de naturaleza grave o muy grave que justificase todo, no dejé de pensar "Vaya memo".





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