lunes, 29 de agosto de 2016

Aruba

Personajes 12

Un domingo cualquiera es fácil cruzarse con un grupo ciclista familiar compuesto de padre, madre e hijos varios. Hago uso genérico del masculino porque siempre lo he hecho así, porque me lo autoriza la Real Academia de la Lengua Española, porque no soy diputado, concejal ni aspirante a, porque lo otro me parece cursi y pedante y porque me da la gana. En ese grupo ciclista, el padre, absolutamente maqueado de los pies a la cabeza: coulotte, maillot, zapatillas con calas, casco, gafas, guantes y mochila, pedalea orgullosos guiando a la manada. Le sigue el hijo espabilado que va haciendo de las suyas, adelantando al líder, saliéndose del trazado o saltando de la bici nueva porque ha visto una rana en un charco. Viene después el torpe que aún no sabe frenar, que pedalea la bici heredada y que, mientras avanza haciendo eses mayúsculas, hace uso de sus punteras para clavar la bici ante cualquier elemento que perturbe su marcha. Y sin parar de gritar: " Papááá, hala, esperameeeee". Y cierra el grupo la madre, equipada estilo casual, normalmente con el sillín más bajo de lo recomendable, con una bici híbrida ni una cosa ni la otra y con una cara de "quién coño me manda hacerte caso, Pepe, anda date ya la vuelta y echa un ojo a Pablito que todavía acabamos en urgencias. Y, además, vas hecho un zangolotino con esas pintas"

Esa misma cara de circunstancias llevaba ella cuando llegaron al Albergue de Gernika, ocho horas después de que hubiésemos llegado la mayoría. Y es exactamente la misma cara que volvía a llevar el día siguiente cuando llegaron a Lezama otras ocho horas después de que la mayoría ya lo hubiésemos hecho. Y, por supuesto, en ambos casos sin posibilidad alguna de ocupar litera porque estaban todas ocupadas.

Los conocí días antes en Zarautz. Su aspecto caribeño destacaba del resto y les permitía convivir con los cuarenta grados que les parecían agradables. Compartimos mesa entrando ya la noche, cuando la noche del que camina empieza a las ocho ya que a las diez estamos durmiendo. Estuvimos sentados en unas sillas y mesas de plástico de Cervezas San Miguel en un enorme jardín de la parte de atrás del albergue. Él era un tipo grande y ella... también. Aruba, su país de origen, sólo me sonaba de verlo desfilar en los primeros lugares en las ceremonias de inauguración de los Juegos Olímpicos. No suelen ser numerosos: el voluntario con el cartel, el abanderado, un par de jueces y no más de seis o siete atletas seguramente estudiantes en Estados Unidos. La llegada oportuna de un italiano me salvó de convertirme en alumno de un curso avanzado de juego de cartas propio de Aruba y que a ella le parecía divertido que jugásemos

¿Qué hacían dos tipos de Aruba recorriendo, o intentando, la Costa Norte española? Él trabajaba en Holanda y ella en Berlín y se lo habían recomendado unos amigos. Pero creo que los amigos no habían tenido en cuenta ni su pachorra natural ni su desconocimiento acerca de qué transportar en las mochilas. Eran poco amantes de madrugar y supongo que saldrían los últimos cada mañana. Lo que cualquiera caminaba en 7 u 8 horas ellos lo hacían en 5 ó 6 más, desconociendo hasta este momento, aunque se lo pregunté, a qué se dedicaban por el camino. Eran previsores y, además de sus enormes mochilones de más de 65 litros, él acarreaba con una tienda de campaña de las de aquellos tiempos. Y esto incluye el peso. Este tipo de persona tiene, además, especial querencia por el desorden al organizar la mochila lo que implica que de cada bolsillo o compartimento salgan hacia fuera ropas varias y bolsas de plástico que, psicológicamente, multipliquen el peso por tres.

Tanto en Gernika como en Lezama los vi aparecer a última hora de la tarde cuando el común de los mortales ya había terminado de cenar. Mirándola a la cara pude comprobar su hartura y su "sálvame de esto que yo no puedo más. Qué a mi este me ha hecho el lío aunque sea él él quién cargue con la tienda de campaña". En ese momento aún no sabía que no tenía litera y que le esperaba una noche a ras de suelo.

En Lezama los perdí de vista. Tuvieron que plantar la tienda en un jardín junto al albergue. Al salir a las seis de la mañana lo único que supe de ellos es la sombra que intuí moverse junto a una tapia. Era grande y con aspecto caribeño y me pareció adivinar que se abrochaba el botón del pantalón. Cosas que tienen las mañanas.




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