lunes, 29 de agosto de 2016

El plato de jamón

Personajes 11

Él me miró fijamente y me preguntó:

- Y eso de "plato de jamón" ¿qué es?

Los descubrí a mitad de camino entre Deba y Markina, en las cuestas que dan acceso al Monte Arno. Yo caminaba solo e iba buscando puntos de referencia. Me llamó la atención la manera de caminar de ella. Hay olores, tonos de voz, peinados y hasta sonrisas que recuerdan a otros. Pero yo, irremediablemente, me suelo fijar en la silueta, en la forma de caminar, de alargar la zancada, de separar más o menos los pies, de balancearse sin darse cuenta al ritmo de cada pisada. Ella, sin lugar a dudas, me recordaba a alguien.
Los alcancé a media subida y enseguida nos familiarizamos. Toda conversación casual tiene su protocolo que se repite una y otra vez a lo largo de cientos de kilómetros.

- Buenos días

- ¿De dónde eres?

- ¿Dónde empezaste hoy?

- ¿Vienes desde Irún?

Lejos del manido ¿estudias o trabajas? ó ¿en tu casa o en la mía?, el manual del caminante deja bien claro cuáles son las primeras cuatro frases de un encuentro fortuito en cualquier punto kilométrico. A partir de ahí, la propia empatía de los caminantes, las ganas de hablar o no o cualquier elemento que suponga una mayor o menor atracción hará que la conversación y el encuentro se alarguen durante horas o, por el contrario, aparezca la quinta frase del manual:

- Bueno, voy a seguir. Qué tengas un buen camino.

Incluí a mi pareja de yankees en el grupo de los que merece la pena charlar y compartir unos kilómetros. Venían de estar unos días en Escocia, en Londres y en París. Tenían previsto caminar entre Ponferrada y Santiago, a cientos de kilómetros de donde nos encontrábamos. Pero una recomendación de un amigo en las calles de París les trajo hasta Irún y, de aquí, a pie, a Bilbao. Estaban realmente emocionados con lo que estaban descubriendo: el primer día, sin tener ni la más remota idea de dónde estaban, acabaron de pintxos y zuritos por el casco viejo donostiarra y, aún camino de Markina, saboreaban los sabores de las barras.

Eran profesores y manifestaban una sana curiosidad por conocer todo de nuestra cultura, de nuestra lengua, de nuestras tradiciones, de nuestra forma de ser, de nuestra geografía y de nuestros problemas. Los de España y los de los españoles. Cualquier detalle daba pie a una disertación sobre el significado de una palabra, un determinado uso y costumbre de una región o los productos que debían pedir en cada ciudad. Recuerdo estar un rato hablando acerca del contenido de la palabra cencerro y de cómo se reían cuando llegamos a la acepción " estar como un ". "Why?" preguntaba ella en plena carcajada. 

Su plan de viaje era continuar caminando hasta Bilbao, coger un autobús a Ponferrada, continuar caminando hasta Santiago por un camino diferente al que llevábamos, viajar en tren hasta Sevilla, Madrid y volar a los Ángeles. Estaban de viaje de novios y alternaban albergues con pequeños hoteles que les servían para convencerse a sí mismos que estaban de luna de miel.

Recuerdo que pasábamos junto a un precioso caserío vasco en mitad de una ladera. Tenía todos los elementos que definen al perfecto caserío: aislado en mitad del monte, muros de piedra, tejado a dos aguas, su escudo de armas presidiendo la entrada y vacas y ovejas completando el decorado. No veíamos la cocina pero seguro que era la estancia principal del caserío y en ella alguien cocinaría cómo sólo se hace en el norte de España. Antes de que un perro alertase de nuestra presencia me preguntó el americano: " Esto se traspasa de generación en generación ¿no?" Tras mi afirmación estuvimos charlando de lo importante que son las tradiciones y de la falta de ellas que tienen ellos debido a su corta historia. 


Y de un tema a otro hasta llegar al plato de jamón, que no sabían lo que era. Estábamos a punto de almorzar y el tema era a la vez sugerente y engorroso. En las mochilas llevábamos lo que podíamos y ese almuerzo discurrió entre plátanos, melocotones y algo de pan con no recuerdo qué mientras imaginábamos un plato de jamón bien cortado, con sus picos de pan y su chato de vino tinto. No les quedó duda y sí muchas ganas. En su próxima parada atacarían al jamón. Aunque también iban advertidos de otra de nuestras características, la picaresca. Así que también sabían que lo que debían huir.




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