lunes, 29 de agosto de 2016

Y que el recuerdo sea eterno

Personajes 9

No hay nada mejor que coincidir con gente que ama a su tierra. Y digo amar y no organizar folklóricas manifestaciones reivindicativas post veraniegas, ni cohibir violentamente al que llega hablando otro idioma, ni subirse a una tribuna amenazando y acusando, ni pensar en viajes sin sentido, ni buscar la diferencia para justificar su propia existencia, ni llenar de banderas recintos que están para otra cosa, ni abuchear al anfitrión por el mero hecho de serlo, ni expulsar emocionalmente al que llega limpio de prejuicios, ni imponer, ni prohibir.

El que ama a su tierra está deseando que llegue el foráneo para enseñársela tratando que el recuerdo sea eterno. Quiere agradar, compartir y que te enamore lo que tiene. Te acompaña y dedica su tiempo a ti. No hay barreras ni siquiera temporales. El tiempo se detiene y hay que disfrutar de todos los pequeños detalles que sólo la cercanía de las personas convierte en instantes imborrables en la vida del que llega. Dejando de lado las consideraciones políticas que todo lo ensucian, lo distorsionan e incluso lo destrozan, este sentimiento de amor a la tierra es especialmente destacable en Euskadi y Asturias. En sus habitantes, en sus tradiciones, en su comida y hasta en sus paisajes salvajes y en sus cuidadas ciudades. Se respira Euskadi y se respira Asturias.

Ni Cecilia Montes Gadea, ni Mónica Montes Gadea, ni Belen Montes Gadea, las MG, han nacido en Tapia de Casariego pero pertenecen a Tapia de Casariego. Aman su tierra de la misma manera que la ama la enfermera de Deba que prolongó su jornada para curarme unas heridas, o el hospitalero de Zarautz que nos organizó a todos para que pudiésemos bañarnos en la playa, o la del albergue de Llanes que no dejó de poner lavadoras para que todos pudiésemos tener ropa limpia, o el del albergue de San Martín que no hacía más que reponer cervezas en su nevera para que nadie pasase sed, o el que cuidaba las vacas ente Avilés y Salinas y me dio media hora de conversación. Hasta el que se bañó a mi lado en la playa de La Arena de Muskiz. Todos buscan que el recién llegado, aunque esté de paso, disfrute unas horas de lo que ellos cuidan cada día. De sus amaneceres, del sol, el viento y la lluvia, de la arena de sus playas, de la comida y la bebida, de sus historias y de su simple compañía.

Arribé a Tapia desde Navia, donde había llegado caminando junto a Antxón, un vasco noble de Durango, con el que coincidí varios días. El alojamiento en Navia se antojaba complicado al no haber albergue. Lo resolvimos acudiendo a una pensión del casco viejo en la que nos sorprendió el precio. El mesonero nos incluyó el menú de la comida, por lo que dormir nos salía por escasos 5 euros. A estas alturas cualquiera podrá imaginar la naturaleza del menú: fabada a voluntad, carne con patatas a voluntad, postre a voluntad y vino con casera a voluntad. Literal. Sólo había un pero: el posible ruido ya que era una calle con gran juerga nocturna. ¿Qué era eso del ruido para dos que llevaban cientos de kilómetros en cada pata durmiendo junto a roncadores profesionales? Lo fue. Aunque nos acostamos a las nueve y media, mientras España jugaba un partido de balonmano femenino en Río, a partir de la una de la mañana pudimos prácticamente participar en las conversaciones veraniegas que tenían en la calle, tres pisos más abajo, los jóvenes del lugar y veraneantes de Oviedo. Cuando a las seis de la mañana, cargados con nuestras mochilas, salimos por la puerta de la pensión temimos un abucheo general del personal que aún esperaba, a esas horas, conseguir compañía para dormir, no más: pero no, también amaban su tierra asturiana y recibimos saludos sinceros y algún ofrecimiento variado en forma de vaso de sidra. 

Nuestra llegada a Tapia significaba que nos separábamos sin saber si nos volveríamos a ver. Antxón seguía para Ribadeo y yo iba a realizar la única parada del mes. Una caña y un pincho de tortilla en el muelle y un abrazo por el tiempo compartido. Y el deseo de coincidir al final.




Desde el mismo momento en el que pisé las calles de Tapia nuevamente, las MG, el resto de su familia y amigos, pusieron en marcha la maquinaria de la hospitalidad, la generosidad y la complicidad para que el recuerdo no sea recuerdo sin ganas de quedarse ó, cuando menos, volver cuanto antes. El día no tiene paradas sino que es un continuo no parar que suele terminar cómo termine, siempre con risas y guiños al pasado. Aman su tierra y quieren, y consiguen, que la ames. Tenía pensado parar un día con el convencimiento interno que serían dos. Y lo fueron. Parar tres, como lo intentaron, con todo tipo de ofrecimientos, significaba perder el ritmo y romper lo establecido.

Tras una segunda noche de cervezas en el muelle y barbacoa en la casa, me retiré antes de que el árbitro diese por finalizado el partido para no jugar la prórroga. 

Saliendo de buena mañana crucé la ría de Ribadeo no sin antes mirar atrás. Se acababa la costa y me metía hacia el interior.



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