Personajes 4
Un ronquido desvela, varios mosquean pero muchos hacen que todo se relativice, incluido el silencio. Esto es cierto excepto cuando el roncador solitario es un italiano sexagenario y gruñón que llega a última hora a un albergue ya repleto de unos 60 caminantes.
Se presentó el último o, mejor dicho, el penúltimo con ese aire despechado y pelín chulesco que suelen tener los penúltimos. Siempre hay uno que llega más tarde y que les quita ese honor y protagonismo.
El tipo de mochila define perfectamente al porteador de la misma manera que el chucho cursi con lazo define a su dueña. El italiano cargaba con la clásica mochila antigua, destartalada y "customizada". Le había añadido una especie de gancho en su parte superior y dos ruedas en la inferior. Al día siguiente descubrí la utilidad del apaño.
Las horas libres de la tarde dan rienda suelta a la observación que después permite poner motes e incluso elucubrar sobre la vida de los que te rodean. Así me encontraba ante el italiano gruñón que iba a destrozar el descanso de treinta caminantes obligando a la alemana que llegó la última a, literalmente, acarrear con el colchón a las 3:17 y mudarse a la entrada del albergue. No sé si la molestaban los ronquidos del italiano o si temía que la arrollase el mismísimo Transiberiano que no dejaba de anunciar su paso en túneles, puentes y apeaderos.
Al día siguiente, muy de buena hora, varios salimos de Soto de Luiña sin haber pegado ojo. Todos sabíamos que huíamos de él. Ni hablar de volver a compartir silencio por mucho que ruidos y olores se relativicen en la habitación múltiple de un albergue. Tras tres horas de calma norteña recorriendo playas solitarias y acantilados que nos regalaban nuestro objetivo, surgió de la nada: había atajado y nos había alcanzado. Caminaba tirando de su mochila que se había convertido en un remolque que enganchaba en su cinturón. Nosotros embarrados, él con las zapatillas limpias.
Paramos para esquivarlo. Pero el gruñón también resultó observador y nos pilló. Se despidió de nosotros cómo llegó: despechado, chulesco, amenazante y con una brusca y sonora peineta al aire.
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