Personajes 5
Seguramente hace falta ser polaca, pero de la mismísima Gdánsk, y haber tenido un abuelo estibador portuario durante las revueltas de Lech Walesa para decidir comprar una sandía seis kilómetros antes del albergue en el que vas a pernoctar y añadir su peso al de la mochila. La estuvimos comiendo a media tarde mientras los rezagados seguían lavando la camiseta, calcetines y calzoncillos/braguitas usados por la mañana en el clásico protocolo de medio día: llegar, ocupar litera, ducharse y lavar ropa. Me contó, en francés y en inglés, que llevaba unos años en París, alternando meses de aupair con temporadas de camarera de bistrot. Esto último puede sonar muy romántico sino fuera porque su sueño era ser médico. Hasta ese momento no había podido planteárselo por esa injusticia que se llama nota de acceso y que rompe verdaderas vocaciones. Sin embargo hacía un día que había recibido la llamada que llevaba años esperando y que le confirmaba que en septiembre empezaría sus estudios de medicina. Volvía a Polonia, dejaba París.
Sentados en el suelo, yo cortaba su sandía y ella hablaba por teléfono con alguien que la hacía sonreír, que no carcajear. Sonrisa de felicidad al teléfono que sólo puede conseguir quien realmente te ama. A pesar de hablar en polaco estoy convencido que se entendían. Nunca he comprendido cómo la gente puede comunicarse en esos idiomas tan lejanos de los que no sé decir ni "hola". A veces pienso que se lo inventan.
La polaca emanaba optimismo y "buen rollo". Pero no un buen rollismo de anuncio de Damm en la Costa Brava, Mediterráneamente, ni de "Vuelve a casa vuelve por Navidad". Buen rollismo de verdad, del que se siente, del que tiene sentido, del que se queda y no se evapora tras una siesta de verano. Su sonrisa y su mirada no ocultaban cuchilladas por la espalda, ni amistades de conveniencia sino cercanía, sinceridad y felicidad. Hablamos de su sueño de fonendoscopios y batas blancas, de su barra del bistrot, de su familia parisina y en eso nos enteramos de que en el pueblo en el que estábamos había un curso de alto rendimiento de música de cámara. Esa noche los alumnos actuaban gratuitamente en un escenario público y cerramos el día entre violines, violas y violonchelos. Y entre rayos de tormenta que finalmente no cayó.
Le perdí la pista al día siguiente pero volvió a aparecer unas semanas más tarde. Se había enganchado provisionalmente con un grupo de alemanes con los que fue avanzando. No me extraña que todos la adoptasen.
El último día, ya alcanzado mi objetivo, descansaba en una terraza bebiendo una jarra de cerveza. Desde allí veía llegar a viejos conocidos de ruta. Y apareció ella. Cojeaba desde hacía días cómo me anunció en el albergue de Mondoñedo, unos días antes, a las 5:30 de la mañana alumbrándonos con un frontal mientas se masajeaba la tibia. Temía no terminar y estuve animándola. Nos cruzamos la mirada y nos fundimos en un abrazo. Compartíamos emoción y no hizo falta explicarlo. Sé que no volveremos a vernos jamás. Esa fue seguramente nuestra despedida.

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