viernes, 9 de septiembre de 2016

No seas motivao

Personajes 15


Juntos decidieron que de este año no pasaba. Ya era hora de aprender aunque no es nada fácil para alguien que se acerca a los cincuenta. El surf necesita muchas horas de práctica, mucho tesón, muchas caídas mientras ves que el de al lado lo hace fácil y, además, sonríe. Algunos hasta chillan de felicidad cuando han llegado al pico y cogen la ola de su vida.

Equilibrio en el desequilibrio. Cómo la vida.

Eran tres y él cada mañana preparaba comida para cuatro. Nadie se dio cuenta del detalle hasta que, a mediodía, se sentaron a almorzar. Seguían con sus trajes de baño, sus neoprenos cubriendo sólo las piernas y habían dejado colocadas sus tablas en la arena. Muy cerca de ellos había un camino por el que, de tanto en tanto, pasaban otro tipo de personas con botas, mochila, calor y hambre. Se produce entonces esa situación en la que se coincide con otros, en el mismo sitio y a la misma hora y, sin embargo, en universos diferentes. Es la misma sensación que se tiene a las 6:00 de la mañana cuando unos vuelven de juerga y otros salen recién duchados, desayunados y equipados para esquiar. O para entrar en el primer turno de la fábrica. Miradas esquivas, algún resoplido y negación con la cabeza.

Muy pocos caminantes decidían acercarse hasta la playa. Cuando llevas cinco horas andando, a pesar de sentir la llamada del mar y estar deseándolo, uno tiene una natural pereza a despojarse de la ropa, desatarse cordones, quitarse las botas y los calcetines y tirarse al agua. Salvo que se vaya bien acompañado o que el calor sea insoportable.

Mientras sus hijos desenvolvían sus bocadillos, tiraban de la anilla del Kas de naranja y escondían sus cabezas, él se levantó y se dirigió hacia el caminante que llegaba solo. Comidas de playa de norte.

"¿Qué haces, papá? ¡No seas motivao!" "¡Ni se te ocurra!"

No los hizo caso, levantó el brazo y chilló lo que tantas veces había ensayado mentalmente:

"De peregrino a peregrino, ¿quieres comer con nosotros?"

Medio sorprendido, preguntándose si se refería a él y muy agradecido se sentó con ellos en una mesa de madera con banco corrido en la que alguien ya había dejado su huella a navajazos con esa doble intención de pasar a la posteridad y, al mismo tiempo, destrozar mobiliario y hasta patrimonio.

"Cari y yo, julio 2013".

Para vencer la lógica inicial timidez de sus hijos, el padre utilizaba bromas y preguntas que captasen la atención de los chicos. Mientras, el recién llegado sacó restos de frutos secos y algo de chocolate. Hablaron de las vacaciones, de surf y también de esquí, de las playas de Cantabria y de los Pirineos. Y luego llegó el turno de las anécdotas, argucia ésta que nunca falla y más si son del ámbito deportivo. En breve empezaban los Juegos de Río y eso permite mantener horas y horas de conversación ya sea en el banco corrido de una playa cántabra, paseando por el centro de una capital, en un restaurante argentino o recorriendo Ordesa en primavera. Qué fácil es captar su atención si bajas a su terreno.

Aquella era la primera vez que invitaban a un recién llegado que ni siquiera llega sino que pasa y no se va a quedar más que un rato. No sería la última: el padre había decidido que así iban a ser todos sus medio días, compartiendo bocadillo, fruta y bebida. A cambio sus hijos recibirían una cara de sorpresa, un agradecimiento en cualquier idioma y una hora de relatos. Y un curso acelerado de normalidad, de hospitalidad con el que llega por muy diferente que sea.

La generosidad espontánea e inesperada es la mejor recibida. Y mucho más si es necesitada.

La vida siguió y la llegada de un grupo de surferos con lo que parecía ser un instructor a la cabeza hizo que los tres saliesen corriendo en busca de sus tablas y, creo, tras una rubia.

"¿Por qué no te quedas?"

"No puedo. Tengo que seguir"






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