Vamos llegando.
El alicantino de Elda se había separado del grupo con el que estaba caminando porque empezó a darse cuenta que aquello se convertía en unas vacaciones y se alejaba de su deseo inicial. Tras varios días juntos los dejó marchar para que siempre le llevaran una etapa de adelanto. Me contó que habían formado una especie de familia: una americana, una alemana y, creo que un inglés. Tejieron una curiosa red en la que cada uno jugaba un rol: pareja, hermano, novia del hermano, prima, amigo y uno que pasaba por allí. En el fondo me perdí en la explicación pero no hacía falta estar muy leído para darse uno cuenta que se estaba encariñando demasiado con una de ellas. Eso creo que fue lo que le asustó. Lo que me quedó claro es que él se había arrepentido de haberlos dejado marchar y quería, a toda costa, recuperarlos antes del final.
Recuperar treinta kilómetros a pie no es nada fácil cuando, además, no podía localizarlos porque en sus primeros días decidió deshacerse del smartphone y agenciarse un viejo Nokia que ni siquiera tenía activadas las llamadas internacionales. No quería que whatsapp le tentase con el pasado del que intentaba huir. Lo conocí llegando a Sobrado dos Monxes cuando le acompañaba Saioa, una vitoriana que también caminaba sola cómo la mayoría en el camino del norte. Gracias a ella, a su iPhone y a las coincidencias de la vida supieron dónde se encontraba la familia imaginaria y, así, el alicantino diseñó su estrategia para coincidir con ellos antes de Pedrouzo. Y lo consiguió. Sin esperárselo, la alemana, la americana y el inglés, creo, se encontraron con él que los recibió a pie de camino con un cencerro y una pancarta hecha por él mismo. Me aparté de él un rato antes para no ser un estorbo emocional y permitir que las miradas que debían encontrarse de nuevo lo hiciesen libremente.
La noche antes del reencuentro habíamos dormido los tres en Boimorto. En mi caso había desoído los consejos del dueño del supermercado de Sobrado dos Monxes quién, tras comprar pan, atún y tomate, me aconsejó no ir hasta allí porque no tendría ni tienda ni bar ni casi alguien con quien intercambiar palabra. Me insistió en que pernoctase en su pueblo dónde, además, la piscina era gratuita. Tuve mis dudas pero me venció mi lado contestatario pensando que lo que él quería es que el poco gasto que fuera hacer lo hiciese en Sobrado. Mucho me acordé de él, su supermercado y sus cámaras con latas de Estrella Galicia en ese trayecto que fue caluroso e infinito. Temeroso de que al final fuese real lo del aislamiento y no pensando más que en una jarra de cerveza de medio litro, fría, un kilómetro antes de Boimorto me paré en lo que supuse sería el último bar de este peculiar far west. Apoyado en la barra, bajo la mirada constante del tabernero, su mujer y tres parroquianos en silencio creí ser John Wayne a la busca del malo malísimo.
En ese albergue enorme, moderno, limpio y solitario no dormimos esa noche más que siete personas de las que sólo tres hablamos entre nosotros. Por separado salimos a la búsqueda del bar más cercano que resultó estar a unos 15 minutos del albergue. El Vilanova fue un descubrimiento en el que de seis a ocho y media me instalé a beber más cerveza, tomar una hamburguesa cómo hacía tiempo que no probaba y meterme una sobredosis de Juegos Olímpicos. Sólo el consejo de la camarera evitó que, además, metiese mano a la tortilla de patata.
En ese momento ya sabíamos que, al día siguiente, no teníamos que seguir el trazado oficial que, por motivos pienso económicos, se alarga sin sentido hasta Arzúa. La variante de Boimorto-Santa Irene tenía toda la pinta de ser el trazado original y, por otro lado, lógico. Pero en estos casos lo mejor es preguntar. La hospitalera era una chica joven, voluntaria y de pocas, muy pocas palabras. Su ilusión era practicar idiomas con aquellos que iban llegando a su pueblo. Nada que ver con su madre que apareció a última hora por el albergue, tal vez buscando conversación con aquellos a los que no va a volver a ver nunca más. Ayudándose de un pequeño croquis nos insistió en seguir la variante de Santa Irene y que no se nos ocurriese seguir lo que indican los planos. "Hacedme caso y encontraréis sombra. He visto cómo se ha puesto el sol y mañana hará calor"
El alicantino y yo coincidimos a las seis de la mañana ya con el frontal encendido. No lo habíamos previsto pero ambos estábamos seguros de que caminaríamos juntos esa primera parte de esta penúltima etapa. En el momento ese en el que el amanecer ya es imparable pero que aún quedan sombras de la noche nos separamos unos metros. Apenas nos conocíamos de unas horas, pero creo que ambos empezamos a sentir que era el final. No hicieron falta palabras ni siquiera miradas para que durante treinta minutos cada uno cerrase la puerta y abriese la ventana.
Era el último amanecer tranquilo.




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