Personajes 14
Nadie camina solo sino que lo hace con su historia, con el relato que, seguramente, sólo él conoce y, lo que es más importante, nadie osa preguntar.
Detrás de cada uno hay cientos de razones superfluas y sin interés y una principal que lo envuelve todo y que consigue que el guión de cada día tenga sus personajes, sus escenarios, su luz y su oscuridad, su banda sonora, su puente y su estrella. Y sus títulos de crédito con los agradecimientos.
Hablé muy poco con él aquella tarde de julio sentados delante del albergue de Boo de Piélagos, dónde yo dormiría y él abandonaría después de charlar, cargar su móvil y rellenar agua. Hablamos de su mochila, que era enorme, y de la funda de guitarra que llevaba adosada a ella. Era una funda rígida que pesaría unos tres kilos. Todo ello, junto con guitarra y mochila a su espalda. Hablamos de su calzado, unas simples suelas que sujetaba a su pie y espinilla con unas correas artesanales. Todo hecho por él mismo. Sin preguntar, todo ello explicaba su historia. La que yo imaginé. La que seguro que tenía.
Era italiano. Tenía rastas y también cargaba con una hamaca que colgaba entre árboles para dormir.
Al cabo de un rato de conversación nos dimos cuenta que habíamos coincidido ese amanecer, a las 5:10 de la mañana, en el albergue de Güemes. Yo me desperté esperando encontrarme con lo que uno suele esperarse encontrar a las 5:10 de la mañana: oscuridad, fresco, algún ruido lejano que has de descifrar y algún otro caminante preparando su equipaje. En cambio esa mañana me encontré con un italiano con rastas, haciendo el pino contra una pared, apoyando la cabeza en una toalla y todo su equipaje, muy poco ordenado, desperdigado por el césped. No intercambiamos palabras. Yo lo miraba mientras recogía mis cosas y él pasaba del pino a un especie de flexiones. No quise molestar ni distraer. Al iniciar mi marcha él seguía a lo suyo. No pensé que volvería a encontrarlo.
El mismo respeto que se tiene con los aspectos más básicos: con el silencio en la noche, con la limpieza del entorno, con la distribución de las literas, con la seguridad de las pertenencias... el mismo respeto, decía, se tiene con la historia de cada uno. A lo largo de largas conversaciones ya sea caminando, comiendo, descansando, cada uno va dejando asomar pequeños retales de su relato sin, casi nunca, caer en la tentación de la sobreexposición. Pero tampoco nadie va a jugar al Loco de la Colina y preguntar, tras un largo silencio, "¿Y tú por qué lo haces, por qué estás aquí". O por lo menos así, de primeras.
Muchas historias tienen que ver con fracasos, desengaños, incertidumbres. También con sueños, con deseos, esperanzas. Muy pocas, o ninguna, con ovaciones, banderas, pancartas, himnos o brazos repletos de tatuajes. Aunque sí con alguno, discreto y en su sitio. No busquen rarezas, ni ascetas, ni entregados a una causa perdida, ni fervorosos seguidores religiosos. Pero tampoco busquen que les cuenten sus motivos, que los hay y grandes. Ni que nadie les cuente su vida. Nadie empieza vacío.
Con el móvil ya cargado, siguió caminando a la hora que ya casi nadie lo hace. Antes sacó la guitarra. Le comenté que era una de mis vocaciones frustradas. Tocó un rato, tarareo otro y no dejó de sonreír. Ni yo, ni él, teníamos ni idea de dónde iba a dormir.
No le pregunté pero pensé que su historia tenía que ver con qué poco hace falta para poder ser feliz.


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