Personalmente me la sopla de dónde se sienta o se deje de sentir Trueba. Es más, ni yo mismo, cada mañana al levantarme, me pregunto de dónde soy.
Soy de dónde estoy, de con quién estoy, de con quién hablo, río y lloro, soy de lo que veo, de lo que me hace sentir, de quién me ayuda, de quién me escucha, de quién se preocupa, de quién me forma, de quién educa a los míos, de quién me cura cuando lo necesito, de dónde veo amanecer, de dónde me mojo con la lluvia, de dónde como, de dónde sopla el viento en mi cara, de dónde hay caminos que recorrer y montañas que subir. Soy de aquí y ahora. Soy de dónde sueño.
De dónde se sienta él, o los que nos insultan por no ir a ver su última película, me la sopla. Bastante.
Hacer una película, cómo cualquier otra cosa, es producir para que alguien consuma. Y en la decisión de consumir, sea comida, ropa, electrónica, ocio o cultura, intervienen muchos factores. Cuando compro un iPhone, no compro un conjunto de componentes debidamente ensamblados que permiten que me comunique por voz y datos y, además, haga fotos que puedo almacenar. Compro un servicio completo, con su post venta, su atención al cliente, su fiabilidad, su diseño, su marca y hasta el mismísimo carisma del fallecido Steve Jobs. Si uno de los elementos falla es muy posible que no consuma.
Si Trueba en su momento consideró que hacer aquellas declaraciones aportaba un valor añadido a su marca y a su producto, allá él. Pero era muy previsible que provocar cómo lo hizo tuviese esta respuesta.
Ni fascistas ( qué recurrente banalización, por cierto, de algo que causó millones de muertos ), ni nacionalistas, ni imbéciles, cómo nos califican algunos simplificando la crítica y despreciando al que piensa diferente. Muchos no vamos porque no nos da la gana consumir algo producido por alguien que, con sus respetables declaraciones y opiniones, nos resultó antipático.
Somos coherentes: no nos gusta, no vamos. Tal vez lo que tuvo que haber hecho él: no te gusta, no aceptes el premio ni vayas a la fiesta.
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