Breve pausa publicitaria en la serie "Amanecer de nuevo, venga lo que venga, pase lo que pase". Entorno natural privilegiado para los que sepan valorar la esencia de lo auténtico, gente que ama lo que tiene bajo sus pies y gusta de compartirlo. Y, además, lo que entra por la boca está lejos de las ofertas de Carrefour. Gracias #Asturias por este recorrido de este a oeste mirando a norte y a sur
martes, 30 de agosto de 2016
Volvemos en 3 minutos
Interrumpimos la serie "Amanecer de nuevo, venga lo que venga, pase lo que pase" para una breve pausa publicitaria. Además de la riqueza natural e histórica, gente cercana, amable y noble.
Gracias. Eskerrik Asko
lunes, 29 de agosto de 2016
Aruba
Personajes 12
Un domingo cualquiera es fácil cruzarse con un grupo ciclista familiar compuesto de padre, madre e hijos varios. Hago uso genérico del masculino porque siempre lo he hecho así, porque me lo autoriza la Real Academia de la Lengua Española, porque no soy diputado, concejal ni aspirante a, porque lo otro me parece cursi y pedante y porque me da la gana. En ese grupo ciclista, el padre, absolutamente maqueado de los pies a la cabeza: coulotte, maillot, zapatillas con calas, casco, gafas, guantes y mochila, pedalea orgullosos guiando a la manada. Le sigue el hijo espabilado que va haciendo de las suyas, adelantando al líder, saliéndose del trazado o saltando de la bici nueva porque ha visto una rana en un charco. Viene después el torpe que aún no sabe frenar, que pedalea la bici heredada y que, mientras avanza haciendo eses mayúsculas, hace uso de sus punteras para clavar la bici ante cualquier elemento que perturbe su marcha. Y sin parar de gritar: " Papááá, hala, esperameeeee". Y cierra el grupo la madre, equipada estilo casual, normalmente con el sillín más bajo de lo recomendable, con una bici híbrida ni una cosa ni la otra y con una cara de "quién coño me manda hacerte caso, Pepe, anda date ya la vuelta y echa un ojo a Pablito que todavía acabamos en urgencias. Y, además, vas hecho un zangolotino con esas pintas"
Esa misma cara de circunstancias llevaba ella cuando llegaron al Albergue de Gernika, ocho horas después de que hubiésemos llegado la mayoría. Y es exactamente la misma cara que volvía a llevar el día siguiente cuando llegaron a Lezama otras ocho horas después de que la mayoría ya lo hubiésemos hecho. Y, por supuesto, en ambos casos sin posibilidad alguna de ocupar litera porque estaban todas ocupadas.
Los conocí días antes en Zarautz. Su aspecto caribeño destacaba del resto y les permitía convivir con los cuarenta grados que les parecían agradables. Compartimos mesa entrando ya la noche, cuando la noche del que camina empieza a las ocho ya que a las diez estamos durmiendo. Estuvimos sentados en unas sillas y mesas de plástico de Cervezas San Miguel en un enorme jardín de la parte de atrás del albergue. Él era un tipo grande y ella... también. Aruba, su país de origen, sólo me sonaba de verlo desfilar en los primeros lugares en las ceremonias de inauguración de los Juegos Olímpicos. No suelen ser numerosos: el voluntario con el cartel, el abanderado, un par de jueces y no más de seis o siete atletas seguramente estudiantes en Estados Unidos. La llegada oportuna de un italiano me salvó de convertirme en alumno de un curso avanzado de juego de cartas propio de Aruba y que a ella le parecía divertido que jugásemos
¿Qué hacían dos tipos de Aruba recorriendo, o intentando, la Costa Norte española? Él trabajaba en Holanda y ella en Berlín y se lo habían recomendado unos amigos. Pero creo que los amigos no habían tenido en cuenta ni su pachorra natural ni su desconocimiento acerca de qué transportar en las mochilas. Eran poco amantes de madrugar y supongo que saldrían los últimos cada mañana. Lo que cualquiera caminaba en 7 u 8 horas ellos lo hacían en 5 ó 6 más, desconociendo hasta este momento, aunque se lo pregunté, a qué se dedicaban por el camino. Eran previsores y, además de sus enormes mochilones de más de 65 litros, él acarreaba con una tienda de campaña de las de aquellos tiempos. Y esto incluye el peso. Este tipo de persona tiene, además, especial querencia por el desorden al organizar la mochila lo que implica que de cada bolsillo o compartimento salgan hacia fuera ropas varias y bolsas de plástico que, psicológicamente, multipliquen el peso por tres.
Tanto en Gernika como en Lezama los vi aparecer a última hora de la tarde cuando el común de los mortales ya había terminado de cenar. Mirándola a la cara pude comprobar su hartura y su "sálvame de esto que yo no puedo más. Qué a mi este me ha hecho el lío aunque sea él él quién cargue con la tienda de campaña". En ese momento aún no sabía que no tenía litera y que le esperaba una noche a ras de suelo.
En Lezama los perdí de vista. Tuvieron que plantar la tienda en un jardín junto al albergue. Al salir a las seis de la mañana lo único que supe de ellos es la sombra que intuí moverse junto a una tapia. Era grande y con aspecto caribeño y me pareció adivinar que se abrochaba el botón del pantalón. Cosas que tienen las mañanas.
Un domingo cualquiera es fácil cruzarse con un grupo ciclista familiar compuesto de padre, madre e hijos varios. Hago uso genérico del masculino porque siempre lo he hecho así, porque me lo autoriza la Real Academia de la Lengua Española, porque no soy diputado, concejal ni aspirante a, porque lo otro me parece cursi y pedante y porque me da la gana. En ese grupo ciclista, el padre, absolutamente maqueado de los pies a la cabeza: coulotte, maillot, zapatillas con calas, casco, gafas, guantes y mochila, pedalea orgullosos guiando a la manada. Le sigue el hijo espabilado que va haciendo de las suyas, adelantando al líder, saliéndose del trazado o saltando de la bici nueva porque ha visto una rana en un charco. Viene después el torpe que aún no sabe frenar, que pedalea la bici heredada y que, mientras avanza haciendo eses mayúsculas, hace uso de sus punteras para clavar la bici ante cualquier elemento que perturbe su marcha. Y sin parar de gritar: " Papááá, hala, esperameeeee". Y cierra el grupo la madre, equipada estilo casual, normalmente con el sillín más bajo de lo recomendable, con una bici híbrida ni una cosa ni la otra y con una cara de "quién coño me manda hacerte caso, Pepe, anda date ya la vuelta y echa un ojo a Pablito que todavía acabamos en urgencias. Y, además, vas hecho un zangolotino con esas pintas"
Esa misma cara de circunstancias llevaba ella cuando llegaron al Albergue de Gernika, ocho horas después de que hubiésemos llegado la mayoría. Y es exactamente la misma cara que volvía a llevar el día siguiente cuando llegaron a Lezama otras ocho horas después de que la mayoría ya lo hubiésemos hecho. Y, por supuesto, en ambos casos sin posibilidad alguna de ocupar litera porque estaban todas ocupadas.
Los conocí días antes en Zarautz. Su aspecto caribeño destacaba del resto y les permitía convivir con los cuarenta grados que les parecían agradables. Compartimos mesa entrando ya la noche, cuando la noche del que camina empieza a las ocho ya que a las diez estamos durmiendo. Estuvimos sentados en unas sillas y mesas de plástico de Cervezas San Miguel en un enorme jardín de la parte de atrás del albergue. Él era un tipo grande y ella... también. Aruba, su país de origen, sólo me sonaba de verlo desfilar en los primeros lugares en las ceremonias de inauguración de los Juegos Olímpicos. No suelen ser numerosos: el voluntario con el cartel, el abanderado, un par de jueces y no más de seis o siete atletas seguramente estudiantes en Estados Unidos. La llegada oportuna de un italiano me salvó de convertirme en alumno de un curso avanzado de juego de cartas propio de Aruba y que a ella le parecía divertido que jugásemos
¿Qué hacían dos tipos de Aruba recorriendo, o intentando, la Costa Norte española? Él trabajaba en Holanda y ella en Berlín y se lo habían recomendado unos amigos. Pero creo que los amigos no habían tenido en cuenta ni su pachorra natural ni su desconocimiento acerca de qué transportar en las mochilas. Eran poco amantes de madrugar y supongo que saldrían los últimos cada mañana. Lo que cualquiera caminaba en 7 u 8 horas ellos lo hacían en 5 ó 6 más, desconociendo hasta este momento, aunque se lo pregunté, a qué se dedicaban por el camino. Eran previsores y, además de sus enormes mochilones de más de 65 litros, él acarreaba con una tienda de campaña de las de aquellos tiempos. Y esto incluye el peso. Este tipo de persona tiene, además, especial querencia por el desorden al organizar la mochila lo que implica que de cada bolsillo o compartimento salgan hacia fuera ropas varias y bolsas de plástico que, psicológicamente, multipliquen el peso por tres.
Tanto en Gernika como en Lezama los vi aparecer a última hora de la tarde cuando el común de los mortales ya había terminado de cenar. Mirándola a la cara pude comprobar su hartura y su "sálvame de esto que yo no puedo más. Qué a mi este me ha hecho el lío aunque sea él él quién cargue con la tienda de campaña". En ese momento aún no sabía que no tenía litera y que le esperaba una noche a ras de suelo.
En Lezama los perdí de vista. Tuvieron que plantar la tienda en un jardín junto al albergue. Al salir a las seis de la mañana lo único que supe de ellos es la sombra que intuí moverse junto a una tapia. Era grande y con aspecto caribeño y me pareció adivinar que se abrochaba el botón del pantalón. Cosas que tienen las mañanas.
El plato de jamón
Personajes 11
Él me miró fijamente y me preguntó:
- Y eso de "plato de jamón" ¿qué es?
Los descubrí a mitad de camino entre Deba y Markina, en las cuestas que dan acceso al Monte Arno. Yo caminaba solo e iba buscando puntos de referencia. Me llamó la atención la manera de caminar de ella. Hay olores, tonos de voz, peinados y hasta sonrisas que recuerdan a otros. Pero yo, irremediablemente, me suelo fijar en la silueta, en la forma de caminar, de alargar la zancada, de separar más o menos los pies, de balancearse sin darse cuenta al ritmo de cada pisada. Ella, sin lugar a dudas, me recordaba a alguien.
Los alcancé a media subida y enseguida nos familiarizamos. Toda conversación casual tiene su protocolo que se repite una y otra vez a lo largo de cientos de kilómetros.
- Buenos días
- ¿Dónde empezaste hoy?
- ¿Vienes desde Irún?
Lejos del manido ¿estudias o trabajas? ó ¿en tu casa o en la mía?, el manual del caminante deja bien claro cuáles son las primeras cuatro frases de un encuentro fortuito en cualquier punto kilométrico. A partir de ahí, la propia empatía de los caminantes, las ganas de hablar o no o cualquier elemento que suponga una mayor o menor atracción hará que la conversación y el encuentro se alarguen durante horas o, por el contrario, aparezca la quinta frase del manual:
- Bueno, voy a seguir. Qué tengas un buen camino.
Incluí a mi pareja de yankees en el grupo de los que merece la pena charlar y compartir unos kilómetros. Venían de estar unos días en Escocia, en Londres y en París. Tenían previsto caminar entre Ponferrada y Santiago, a cientos de kilómetros de donde nos encontrábamos. Pero una recomendación de un amigo en las calles de París les trajo hasta Irún y, de aquí, a pie, a Bilbao. Estaban realmente emocionados con lo que estaban descubriendo: el primer día, sin tener ni la más remota idea de dónde estaban, acabaron de pintxos y zuritos por el casco viejo donostiarra y, aún camino de Markina, saboreaban los sabores de las barras.
Eran profesores y manifestaban una sana curiosidad por conocer todo de nuestra cultura, de nuestra lengua, de nuestras tradiciones, de nuestra forma de ser, de nuestra geografía y de nuestros problemas. Los de España y los de los españoles. Cualquier detalle daba pie a una disertación sobre el significado de una palabra, un determinado uso y costumbre de una región o los productos que debían pedir en cada ciudad. Recuerdo estar un rato hablando acerca del contenido de la palabra cencerro y de cómo se reían cuando llegamos a la acepción " estar como un ". "Why?" preguntaba ella en plena carcajada.
Su plan de viaje era continuar caminando hasta Bilbao, coger un autobús a Ponferrada, continuar caminando hasta Santiago por un camino diferente al que llevábamos, viajar en tren hasta Sevilla, Madrid y volar a los Ángeles. Estaban de viaje de novios y alternaban albergues con pequeños hoteles que les servían para convencerse a sí mismos que estaban de luna de miel.
Recuerdo que pasábamos junto a un precioso caserío vasco en mitad de una ladera. Tenía todos los elementos que definen al perfecto caserío: aislado en mitad del monte, muros de piedra, tejado a dos aguas, su escudo de armas presidiendo la entrada y vacas y ovejas completando el decorado. No veíamos la cocina pero seguro que era la estancia principal del caserío y en ella alguien cocinaría cómo sólo se hace en el norte de España. Antes de que un perro alertase de nuestra presencia me preguntó el americano: " Esto se traspasa de generación en generación ¿no?" Tras mi afirmación estuvimos charlando de lo importante que son las tradiciones y de la falta de ellas que tienen ellos debido a su corta historia.
Y de un tema a otro hasta llegar al plato de jamón, que no sabían lo que era. Estábamos a punto de almorzar y el tema era a la vez sugerente y engorroso. En las mochilas llevábamos lo que podíamos y ese almuerzo discurrió entre plátanos, melocotones y algo de pan con no recuerdo qué mientras imaginábamos un plato de jamón bien cortado, con sus picos de pan y su chato de vino tinto. No les quedó duda y sí muchas ganas. En su próxima parada atacarían al jamón. Aunque también iban advertidos de otra de nuestras características, la picaresca. Así que también sabían que lo que debían huir.
La zapatilla y twitter
Personajes 10
Tanta autovía que nos aleja de las antiguas nacionales y de las travesías urbanas ha hecho que eche de menos aquella mítica publicidad de "Abonad con Nitrato de Chile" donde un señor cabalgaba en negro y amarillo. Yo lo leía y nunca entendía a qué se refería. Me repetía a mi mismo: "¿Nitrato de Chile?" sin saber qué era el nitrato ni por qué lo traían desde Chile. De la misma forma, alejarnos de pueblos y pequeñas ciudades ya sea de Burgos, de Soria o de Guadalajara ya no nos permite leer en las paredes pintadas con "Quintos del 78" y sorprendernos con zapatillas de deporte colgadas en los cables de teléfono que cruzaban, sin orden alguno, la calle mayor.
Cada vez que veo una zapatilla de deporte suelta fuera de su entorno natural imagino de dónde puede salir. Así que cuando me encontré con la italiana en el trayecto que va de la ría de Tina Menor a la de Tina Mayor, caminando con una Assics en la mano, no tuve más remedio que preguntar. Me confesó que se la acababa de encontrar y que, al estar nueva, pensó que se le habría caído a alguien de la mochila. Decidimos continuar juntos hasta el siguiente albergue, en Colombres, por si ahí aparecía el dueño. Quería además, tras una larga etapa desde Cóbreces, abandonar el excesivo asfalto cántabro que, desgraciadamente, tanto me había alejado de la costa los últimos días y que amenazaba con provocar una sobrecarga en el tibial.
La historia de la zapatilla Assics tendría que haber terminado en el albergue de Colombres pero, cómo no podía ser de otro modo, resurgió al cabo de las semanas, en otro lugar y con otros personajes. Habíamos decidido dejarla en la escalera que daba al acceso principal al albergue azul, llamando la atención de todo aquel que decidiera pernoctar.
Creo que fue en San Martín dónde sentados en el jardín del albergue conversaba con Antxón, con Iker y con Javier. San Martín de Laspra era, y es, un albergue especial. Se trata del sueño de un hombre que tras recorrer la Costa Norte decidió montar una gran casa para dar servicio a los caminantes. Para que encuentren lo que él disfrutó y lo que también necesitó. Y ciertamente lo consigue. No es en ningún caso un negocio, ni una manera de ganarse la vida. El dueño/hospitalero estuvo mucho tiempo buscando un lugar así hasta que encontró esta antigua casa rectoral adosada a la iglesia de San Martín, junto al cementerio. Es un albergue "de donativo" en el argot del caminante en el cual, por primera y última vez, todos tuvimos habitación individual. O mejor dicho, todos dormimos solos en una habitación.
Esa tarde, entre bocadillos, cervezas y melocotones, alguien preguntó si alguno había coincidido con algún personaje conocido. Y ahí intervino el bueno de Antxón explicando que él reconoció a un muy famoso periodista español, del cual respetaré su anonimato, que caminaba con una chica y acompañado de otros a caballo. En el tramo que lleva a Unquera habían perdido una zapatilla de deporte y andaban buscándola. Ese tramo es exactamente donde coincidí con la italiana y con la zapatilla.
Sorprendidos y entre risas, Antxón decidió twittear la coincidencia nombrando al @periodista que, entre sorprendido y agradecido, continuó la conversación digital de 140 caracteres y quién sabe si recuperó la zapatilla. De lo que no me tengo ninguna duda es que habrá recuperado la sonrisa de su acompañante.
Y que el recuerdo sea eterno
Personajes 9
No hay nada mejor que coincidir con gente que ama a su tierra. Y digo amar y no organizar folklóricas manifestaciones reivindicativas post veraniegas, ni cohibir violentamente al que llega hablando otro idioma, ni subirse a una tribuna amenazando y acusando, ni pensar en viajes sin sentido, ni buscar la diferencia para justificar su propia existencia, ni llenar de banderas recintos que están para otra cosa, ni abuchear al anfitrión por el mero hecho de serlo, ni expulsar emocionalmente al que llega limpio de prejuicios, ni imponer, ni prohibir.
El que ama a su tierra está deseando que llegue el foráneo para enseñársela tratando que el recuerdo sea eterno. Quiere agradar, compartir y que te enamore lo que tiene. Te acompaña y dedica su tiempo a ti. No hay barreras ni siquiera temporales. El tiempo se detiene y hay que disfrutar de todos los pequeños detalles que sólo la cercanía de las personas convierte en instantes imborrables en la vida del que llega. Dejando de lado las consideraciones políticas que todo lo ensucian, lo distorsionan e incluso lo destrozan, este sentimiento de amor a la tierra es especialmente destacable en Euskadi y Asturias. En sus habitantes, en sus tradiciones, en su comida y hasta en sus paisajes salvajes y en sus cuidadas ciudades. Se respira Euskadi y se respira Asturias.
Ni Cecilia Montes Gadea, ni Mónica Montes Gadea, ni Belen Montes Gadea, las MG, han nacido en Tapia de Casariego pero pertenecen a Tapia de Casariego. Aman su tierra de la misma manera que la ama la enfermera de Deba que prolongó su jornada para curarme unas heridas, o el hospitalero de Zarautz que nos organizó a todos para que pudiésemos bañarnos en la playa, o la del albergue de Llanes que no dejó de poner lavadoras para que todos pudiésemos tener ropa limpia, o el del albergue de San Martín que no hacía más que reponer cervezas en su nevera para que nadie pasase sed, o el que cuidaba las vacas ente Avilés y Salinas y me dio media hora de conversación. Hasta el que se bañó a mi lado en la playa de La Arena de Muskiz. Todos buscan que el recién llegado, aunque esté de paso, disfrute unas horas de lo que ellos cuidan cada día. De sus amaneceres, del sol, el viento y la lluvia, de la arena de sus playas, de la comida y la bebida, de sus historias y de su simple compañía.
Arribé a Tapia desde Navia, donde había llegado caminando junto a Antxón, un vasco noble de Durango, con el que coincidí varios días. El alojamiento en Navia se antojaba complicado al no haber albergue. Lo resolvimos acudiendo a una pensión del casco viejo en la que nos sorprendió el precio. El mesonero nos incluyó el menú de la comida, por lo que dormir nos salía por escasos 5 euros. A estas alturas cualquiera podrá imaginar la naturaleza del menú: fabada a voluntad, carne con patatas a voluntad, postre a voluntad y vino con casera a voluntad. Literal. Sólo había un pero: el posible ruido ya que era una calle con gran juerga nocturna. ¿Qué era eso del ruido para dos que llevaban cientos de kilómetros en cada pata durmiendo junto a roncadores profesionales? Lo fue. Aunque nos acostamos a las nueve y media, mientras España jugaba un partido de balonmano femenino en Río, a partir de la una de la mañana pudimos prácticamente participar en las conversaciones veraniegas que tenían en la calle, tres pisos más abajo, los jóvenes del lugar y veraneantes de Oviedo. Cuando a las seis de la mañana, cargados con nuestras mochilas, salimos por la puerta de la pensión temimos un abucheo general del personal que aún esperaba, a esas horas, conseguir compañía para dormir, no más: pero no, también amaban su tierra asturiana y recibimos saludos sinceros y algún ofrecimiento variado en forma de vaso de sidra.
Nuestra llegada a Tapia significaba que nos separábamos sin saber si nos volveríamos a ver. Antxón seguía para Ribadeo y yo iba a realizar la única parada del mes. Una caña y un pincho de tortilla en el muelle y un abrazo por el tiempo compartido. Y el deseo de coincidir al final.
Desde el mismo momento en el que pisé las calles de Tapia nuevamente, las MG, el resto de su familia y amigos, pusieron en marcha la maquinaria de la hospitalidad, la generosidad y la complicidad para que el recuerdo no sea recuerdo sin ganas de quedarse ó, cuando menos, volver cuanto antes. El día no tiene paradas sino que es un continuo no parar que suele terminar cómo termine, siempre con risas y guiños al pasado. Aman su tierra y quieren, y consiguen, que la ames. Tenía pensado parar un día con el convencimiento interno que serían dos. Y lo fueron. Parar tres, como lo intentaron, con todo tipo de ofrecimientos, significaba perder el ritmo y romper lo establecido.
Tras una segunda noche de cervezas en el muelle y barbacoa en la casa, me retiré antes de que el árbitro diese por finalizado el partido para no jugar la prórroga.
Saliendo de buena mañana crucé la ría de Ribadeo no sin antes mirar atrás. Se acababa la costa y me metía hacia el interior.
Volver es bueno. Volver andando es mejor
Personajes 8
Volver es bueno. Volver andando es mejor.
Mi padre y yo fuimos a por él a San Sebastián. El bote de remos se quedaba cada noche amarrado en una boya en mitad de la ría. Cada verano, a finales de junio, elegíamos una piedra grande, metros de cabo y la boya y, solemnemente, con la pleamar, reservábamos un lugar en la ría que solía ser enfrente de casa. No había que pedir permiso. Para ir y venir hasta él o bien utilizábamos un piraucho hinchable que botábamos cada mañana en las escaleras que dan acceso a la ría o bien llegábamos hasta él nadando. Aún recuerdo el espeso verdín que cubría los escalones de la ría y que sólo era visible en marea baja. Seguro que en el país de las prohibiciones en el que vivimos a mis padres les caían hoy en día un mínimo de seis años y un día por maltrato infantil, abandono de la prole, explotación de menores y economía sumergida. Y yo lo que simplemente hacía, con diez años escasos, era cruzar remando la ría haciendo llegar en mi bote, hasta la playa de Santiago, a veraneantes amigos que "tomaba prestados" a los Manterola, pasantes oficiales de la ría de Zumaia. Así gané mis primeras perras.
Son los veranos de tres meses que recordé entre Zarautz y Zumaia, Getaria incluida, la mañana dónde ya desaparecieron los insoportables cuarenta grados con los que caminamos la víspera entre San Sebastián y Zarautz. La playa de Zarautz puede ser enorme o no dependiendo de la marea. Pero su malecón, vigilado desde lo lejos por el ratón de Getaria, aún recuerda a las tardes de paseo y de chocolate con churros. La visita a la abuela. Y a Rosario. Y a los veranos de juventud de mi padre que sólo conozco de oídas: la calle Mayor 11, el quiosco de la música, la medusa gigante que enganchó nadando a espalda y que debió ser el acontecimiento de ese verano, las chocolatadas en el monte y el puro. ¡Ay el puro!
Salí a oscuras de Zarautz cuando ya había pescadores aficionados en el recorrido costero que lleva a Getaria. Compartían escenario con algunos corredores, ahora runners, y matrimonios silenciosos que caminan casi al trote. Por motivos obvios, no pude dejar de acordarme de los Martínez de Albornoz al pasar por el puerto. Llegué a Getaria amaneciendo pero con una panadería ya abierta y con los camiones de reparto recorriendo sus callejuelas. En el cruce principal, un grupo de españolas dudaban a esas horas entre abandonar o seguir debido a unas ampollas en los pies de una de ellas. Cruce de sonrisas y qué tengáis un buen día.
Subiendo y bajando un terreno ondulado llegué a Zumaia, cayendo ladera abajo directamente hacia la playa de Santiago y a la casa museo de Zuloaga. En ese momento recordé cómo volvíamos todos los hermanos a mediodía nadando por la ría aprovechando el flujo de la marea. La playa estaba vacía aún pero pudo escuchar las voces que venían de nuestra zona, pegados a la escollera. Porque esos meses de verano daban derecho a tener un sitio reservado en la playa.
Seguí acercándome al pueblo bordeando lo que ahora es un flamante puerto deportivo y dónde permanece el astillero Balenciaga. La marea estaba baja y pude ver de nuevo el fango dónde buscábamos el cebo, lombrices, que utilizábamos para pescar. Y todas las rocas que recorríamos con nuestros quisquilleros y reteles en busca de cangrejos y quisquillas. Sin olvidar nunca a las obeki. Mira que eran feas pero qué buen papel hacían.
Los días en verano eran más largos que ahora. Sí, también antes nevaba más, hacía más frío y en invierno llovía. Y también, insisto, los días y los veranos eran más largos. Había playa de mañana, Santiago, y playa de tarde, Itzurun. Y después más. Alguna de esas tardes de julio remontábamos solos la ría, a remo, cuatro aprendices de grumete, hasta Bedua, entonces caserío para tortilla y pimientos, y hoy restaurante de renombre. Allí nos esperaba mi madre. Qué levante el dedo quién hoy en día dejaría a cuatro de sus hijos embarcarse en solitario, con un capitán de menos de doce años, remar hasta Bedua por mucha tortilla y pimientos que sigan dando. Salvo que te toque en suerte el juez Calatayud, alguna Asociación de Defensa del Menor y la Fiscalía de Menores reclamarían cárcel y aislamiento por lo menos.
Crucé el puente que da acceso al casco viejo y, sin quererlo ni pensarlo, empecé a canturrear frases sueltas, inconexas, pero con el sentido que tienen los recuerdos de infancia: "E una bolsa de kikos e una pasta".
Subiendo hacia Arritokieta busqué una frutería. Era una excusa perfecta para hablar un rato con alguien y escuchar nuevamente la musicalidad de su acento vasco. Mientras pedía algún melocotón, algún plátano, un par de tomates y media barra de pan volví a tener 12 años y volví a ver a la casera que llegaba de buena mañana con sus lecheras, con la leche sin pasteurizar y con cuya nata desayunábamos unas tostadas que nunca jamás volveremos ni a imaginar.
Itzurun, las tardes noches de frontón, las olas en el morro, el estanco de Ismael, el cementerio, la motora. La casa primera, la segunda, la tercera. La casa de los Azkue, la de los Garbayo, la de los del Guayo, la de los Gutierrez y la de los Otaño. La Telmo Deun. El txampero y la aspirina. Los trajes de baño verdes, seis iguales.
Olvidaremos cosas de de juventud pero nunca las de la infancia. Eso lo explica todo. O casi todo.
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Un lujo de líder
Un pequeño apunte ahora que ya se han acabado los Juegos y cuando ya calientan en pista los campeonatos de las categorías inferiores: alevines, infantiles y cadetes.
Convendría que todos los involucrados en el deporte de base, incluidos entrenadores, revisasen el comportamiento ejemplar que ha tenido uno de los mejores jugadores de baloncesto de las últimas décadas y que ha sabido asumir sin levantar la voz y siempre de manera positiva y constructiva el rol que le tenía reservado su entrenador. Me refiero a José Manuel Calderón.
Sin pataletas futboleras ha respetado escrupulosamente las decisiones de Scariolo mostrando públicamente compromiso y disponibilidad para participar en lo que hiciese falta. Sin una mala cara. Sin cuchichear con otro jugador. Animando y apoyando.
Un lujo de líder.
Un lujo de entrenador conseguir esa actitud.
Un lujo de compañeros mantener esa cohesión
Así se consiguen éxitos. Alejando complicadores. Acercando facilitadores.
B A L O N C E S T O
La mochila de Karl
Personajes 7
Salí convencido de que lo mejor era hacerlo en solitario. Caminar casi 900 km por todo tipo de terrenos, dormir con las mínimas comodidades, en el sentido urbano de las comodidades, comer sin orden y no dejarse influir por la meteorología obliga a ir tomando decisiones permanentemente que es mucho mejor no tener que ir negociando. Eso no quería decir que no estuviese preparado a todo tipo de intercambios.
Elegí que el primer día de marcha fuese desde la puerta de la casa familiar en Zokoa, enclave situado en la bahía de Saint Jean de Luz, junto al río Untxin, lugar con una enorme carga emocional por múltiples razones, especialmente una. Salir desde tu misma puerta, cerrando tú mismo la puerta con llave, y echar a andar es algo que pocas veces se puede disfrutar. Desde allí mismo enganché La Corniche bajo la cual el Atlántico está a punto de juntarse con el Cántabrico: inmensidad a mis pies y ante mi mirada. Respiré todo lo que pude y chillé lo que debía.
La travesía de Irún, punto de inicio del Camino del Norte de numerosos extranjeros, me hizo coincidir con el alemán en la Oficina de Turismo. No sé por qué me cayó bien desde el primer momento y, casi sin decirnos nada, comenzamos a caminar juntos para salir de Irún dirección a Hondarribia y de ahí hacia el Monasterio de Guadalupe y el Monte Jaizkibel.
Era el primer día de marcha de ambos y aún éramos novatos en los usos y costumbres de la cosa. No teníamos aún adquiridos los códigos no escritos ya que éstos suelen aparecer el tercer día, pasada la segunda noche. Conversamos acerca de temas bastante superficiales y terrenales: de dónde veníamos, nuestras profesiones, el calor que hacía y, finalmente, el asunto que, sin quererlo, nos ha unido para siempre pese a que lo único que sé de él es su nombre, Karl, que empieza por la misma letra que el mío. Lo que nos unió fue su mochila roja.
El francés que venía de Nantes, la china que trabajaba en París, la pareja de alemanes con un drama familiar a cuestas, el hospitalero voluntario de Vitoria, el matrimonio sometido a la voluntad del niño de trece años... Empezaban a brotar historias a mi alrededor. Episodios de vida hechos realidad a través de personas que surgen de la nada y que desaparecen a la mañana siguiente. Y no sólo caminantes: en Pasaia, en la plaza del supermercado, fui consciente de la triste vida portuaria encarnada en decenas de tripulantes rusos, o de cualquier ex república soviética, que mataban su tarde bebiendo cerveza mientras frente a ellos pasaba alguna mujer africana ofreciendo algo más que su sonrisa.
Karl y yo analizamos nuestras mochilas y ambos concluimos que la suya era más apropiada para lo que teníamos entre manos lo que me hizo mirar con malos ojos a la mía. Hablamos de litros, de bolsillos, de pesos, de comodidad, de cinchas....todo un tratado. Cualquiera que me conozca un poco sabe que he sido mucho tiempo un hombre a una mochila pegado.
Esa noche Karl recibió una llamada que le obligó a volverse a Alemania al día siguiente. Me lo confesó de buena mañana al mismo tiempo que me explicó lo que había pensado: me daba su mochila para que al menos así algo de él recorriese la costa norte tal y cómo llevaba planeando desde enero. No había opción a la negociación. Era así. Orden germánico.
Hicimos el cambio en Donosti. Metí mi equipaje en su mochila y facturé la mía en un Alsa destino a Zaragoza. Gané en comodidad y, sobre todo, adquirí la responsabilidad de cumplir con el deseo de Karl que se unía a los míos propios. Intercambiamos mochila por sueño, por deseo, por ilusión.
Ni un día dejé de pensar en él. No quisimos establecer ningún vínculo más. No sé nada de él ni él de mi. Así no habría presión me dijo al despedirse. En ese momento reconozco que no sentí emoción ya que apenas habíamos tenido trato. Tan sólo sorpresa y agradecimiento. Pero a medida que iba avanzando la mochila iba adquiriendo vida. Ya no era sólo una herramienta más: dejaba de ser objeto. Ya era parte de mi. Al terminar, la estuve mirando en aquella terraza antes de que llegase la polaca. Ambos habíamos cumplido. Karl había recorrido la Costa Norte cómo ambos habíamos pensado.
Yo no sé dónde parará Karl pero estoy seguro que su mochila, si la dejo suelta, sabe volver a casa. Por Navidad o por Tutatis
Banda sonora de la serie y de la vida
Entre amaneceres, paisajes, personajes, sueños, olas, cervezas y sonrisas una banda sonora sirve de guión. De la serie y de la vida.
Vaya memo
Personajes 6
Cuando allá por el mes de abril le propusieron caminar durante un mes por la costa norte española, lo último que debió imaginar fue que lo haría en silencio o, mejor dicho, con su silencio.
Los vi por primera vez cuando se refugiaron de la lluvia en el albergue de Soto de Luiña y ella tuvo la mala suerte de caer en la litera contigua a la del Transiberiano italiano. Llegaba agotada y se metió en su saco, aún mojada, buscando recuperarse de las ocho horas de marcha, la lluvia y, me temo, de la insoportable compañía del alemán con camiseta del Barça. Eran muy jóvenes, calculo que veintipocos. Ella impactaba y no dejó de hacerlo nunca. Lo que no fuimos capaces de adivinar a lo largo de semanas es qué les unía. Y digo fuimos porque esta pareja daba que hablar: a todos los que coincidimos con ellos en algún momento nos llamó la atención que nunca les vimos cruzarse una palabra.
La vida en un albergue da pie a infinitas posibilidades de hablar. Un día, mientras hacía la colada en Cadavedo, coincidí con él en el lavadero. Ya nos habíamos duchado y él se había enfundado la camiseta del Manchester City. " Barça y City. A este le pone Guardiola", pensé. Para romper ese muro de silencio se me ocurrió preguntarle acerca de sus inquietudes futboleras, tema éste, por cierto, inexistente desde que eché a andar.
- Are you Barça fan?
Lo más que hizo fue mirarme y asentir con los ojos mientras seguía frotando con la pastilla de Chimbo las franjas blaugranas y el Qatar Foundation.
Cada uno busca su silencio dónde prefiere encontrarlo. Los hay que lo intentan en un monasterio zen, otros se embarcan rumbo al Gran Sol a pescar merluza, otros debajo de una ola o la corriente de un río mientras chillan lo que desean, también los hay que prefieren el chunda chunda de una discoteca de Ibiza y hasta los que se pierden en la Gran Vía de cualquier ciudad, capital de provincia o no. Silencio no es soledad ni soledad es silencio.
De lo que estoy seguro es que la rubia alemana de mirada dulce no esperaba ese silencio seco recorriendo la costa norte. Coincidí con ellos cuatro o cinco tardes con sus noches. Lo que al principio parecía una relación sentimental rápidamente fue tornando en otra cosa: hermanos, compañeros de piso o hasta fruto de la red de contactos Meetic. Ella buscaba, tímidamente, conversar con cualquiera. Él huía de todos y se escondía bajo unos cascos de música. No los vimos cruzarse ni una palabra, ni una mínima muestra de cariño o cercanía.
En Meriz comí con ellos y hablé con ella. Me contó que venían de cerca de Colonia y que habían llegado a Bilbao en avión. Conseguimos reírnos al recordar los ronquidos del italiano y cómo ella, que había llegado a Soto de Luiña desde Avilés, tuvo que acarrear con el colchón a las 3 de la mañana y huir hasta cerca de la entrada. Después de comer cogió su toalla y se tumbó al sol. No pude evitar pensar en lo que estaría soñando.
La última vez que los vi fue en la playa de Tapia de Casariego. Se habían juntado con otros alemanes y ella sonreía sobre la arena comiéndose un helado. Parecía feliz. Cómo no podía ser de otra manera él permanecía ajeno buscando una respuesta en la subida de la marea.
Salvo que hubiese algo oculto y de naturaleza grave o muy grave que justificase todo, no dejé de pensar "Vaya memo".
Optimismo polaco
Personajes 5
Seguramente hace falta ser polaca, pero de la mismísima Gdánsk, y haber tenido un abuelo estibador portuario durante las revueltas de Lech Walesa para decidir comprar una sandía seis kilómetros antes del albergue en el que vas a pernoctar y añadir su peso al de la mochila. La estuvimos comiendo a media tarde mientras los rezagados seguían lavando la camiseta, calcetines y calzoncillos/braguitas usados por la mañana en el clásico protocolo de medio día: llegar, ocupar litera, ducharse y lavar ropa. Me contó, en francés y en inglés, que llevaba unos años en París, alternando meses de aupair con temporadas de camarera de bistrot. Esto último puede sonar muy romántico sino fuera porque su sueño era ser médico. Hasta ese momento no había podido planteárselo por esa injusticia que se llama nota de acceso y que rompe verdaderas vocaciones. Sin embargo hacía un día que había recibido la llamada que llevaba años esperando y que le confirmaba que en septiembre empezaría sus estudios de medicina. Volvía a Polonia, dejaba París.
Sentados en el suelo, yo cortaba su sandía y ella hablaba por teléfono con alguien que la hacía sonreír, que no carcajear. Sonrisa de felicidad al teléfono que sólo puede conseguir quien realmente te ama. A pesar de hablar en polaco estoy convencido que se entendían. Nunca he comprendido cómo la gente puede comunicarse en esos idiomas tan lejanos de los que no sé decir ni "hola". A veces pienso que se lo inventan.
La polaca emanaba optimismo y "buen rollo". Pero no un buen rollismo de anuncio de Damm en la Costa Brava, Mediterráneamente, ni de "Vuelve a casa vuelve por Navidad". Buen rollismo de verdad, del que se siente, del que tiene sentido, del que se queda y no se evapora tras una siesta de verano. Su sonrisa y su mirada no ocultaban cuchilladas por la espalda, ni amistades de conveniencia sino cercanía, sinceridad y felicidad. Hablamos de su sueño de fonendoscopios y batas blancas, de su barra del bistrot, de su familia parisina y en eso nos enteramos de que en el pueblo en el que estábamos había un curso de alto rendimiento de música de cámara. Esa noche los alumnos actuaban gratuitamente en un escenario público y cerramos el día entre violines, violas y violonchelos. Y entre rayos de tormenta que finalmente no cayó.
Le perdí la pista al día siguiente pero volvió a aparecer unas semanas más tarde. Se había enganchado provisionalmente con un grupo de alemanes con los que fue avanzando. No me extraña que todos la adoptasen.
El último día, ya alcanzado mi objetivo, descansaba en una terraza bebiendo una jarra de cerveza. Desde allí veía llegar a viejos conocidos de ruta. Y apareció ella. Cojeaba desde hacía días cómo me anunció en el albergue de Mondoñedo, unos días antes, a las 5:30 de la mañana alumbrándonos con un frontal mientas se masajeaba la tibia. Temía no terminar y estuve animándola. Nos cruzamos la mirada y nos fundimos en un abrazo. Compartíamos emoción y no hizo falta explicarlo. Sé que no volveremos a vernos jamás. Esa fue seguramente nuestra despedida.
La relatividad del ronquido
Personajes 4
Un ronquido desvela, varios mosquean pero muchos hacen que todo se relativice, incluido el silencio. Esto es cierto excepto cuando el roncador solitario es un italiano sexagenario y gruñón que llega a última hora a un albergue ya repleto de unos 60 caminantes.
Se presentó el último o, mejor dicho, el penúltimo con ese aire despechado y pelín chulesco que suelen tener los penúltimos. Siempre hay uno que llega más tarde y que les quita ese honor y protagonismo.
El tipo de mochila define perfectamente al porteador de la misma manera que el chucho cursi con lazo define a su dueña. El italiano cargaba con la clásica mochila antigua, destartalada y "customizada". Le había añadido una especie de gancho en su parte superior y dos ruedas en la inferior. Al día siguiente descubrí la utilidad del apaño.
Las horas libres de la tarde dan rienda suelta a la observación que después permite poner motes e incluso elucubrar sobre la vida de los que te rodean. Así me encontraba ante el italiano gruñón que iba a destrozar el descanso de treinta caminantes obligando a la alemana que llegó la última a, literalmente, acarrear con el colchón a las 3:17 y mudarse a la entrada del albergue. No sé si la molestaban los ronquidos del italiano o si temía que la arrollase el mismísimo Transiberiano que no dejaba de anunciar su paso en túneles, puentes y apeaderos.
Al día siguiente, muy de buena hora, varios salimos de Soto de Luiña sin haber pegado ojo. Todos sabíamos que huíamos de él. Ni hablar de volver a compartir silencio por mucho que ruidos y olores se relativicen en la habitación múltiple de un albergue. Tras tres horas de calma norteña recorriendo playas solitarias y acantilados que nos regalaban nuestro objetivo, surgió de la nada: había atajado y nos había alcanzado. Caminaba tirando de su mochila que se había convertido en un remolque que enganchaba en su cinturón. Nosotros embarrados, él con las zapatillas limpias.
Paramos para esquivarlo. Pero el gruñón también resultó observador y nos pilló. Se despidió de nosotros cómo llegó: despechado, chulesco, amenazante y con una brusca y sonora peineta al aire.
Ella pelaba los melocotones con los dedos
Personajes 3
Pelaba los melocotones de tal manera que no sabía si era delicada o todo lo contrario. Cuando un melocotón lleva varias horas, o días, en un bolsillo de la mochila pierde la tersura de la piel y un simple pellizco de pulgar e índice permite tirar de ella dejando al descubierto la carne ya pringosa. Yo prefiero los melocotones más duros.
Alfredo Landa las buscaba entre las tumbonas de Torremolinos pero yo me topé con la sueca en el descenso del Alto de Aretxabalagana hacia Lezama. Yo venía pisando barro y charcos desde hacía un par de horas mientras disfrutaba del txirimiri en la cara. La sueca andaba metida en un lío: no podía bajar porque iba calzada con unas simples zapatillas de correr con ninguna capacidad de agarre o sujeción. Envuelta en su capa verde y protegiendo el resto de sus cosas con bolsas de plástico confirmaba su origen sueco por los mechones rubios mojados sobre la frente, la claridad azulada de su mirada y la piel clara de sus manos.
Le ayudé a bajar y juntos seguimos caminando.
En este caso la conversación no empezó por el clásico "Where are you from?" sino por un solidario " Do you need some help?"
Era joven, no pasaba de los treinta. Ya había recorrido muchos países y transmitía la cercanía y la seguridad que sólo el viaje en solitario proporciona. Preguntaba y escuchaba.
Al llegar a Lezama me quedé guardando la vez en la fila de espera para entrar al albergue. Ella se fue a comprar. A su vuelta devoró tres melocotones maduros que pelaba con la delicadeza del que descubre su personal secreto. No se relacionó con nadie más. Durmió en la litera de debajo mío envuelta de pies a la cabeza en su saco.
Salí temprano y no volví a verla. La sueca parecía débil pero estoy seguro que llegó al final con sus zapatillas de atletismo que me confesó no poder sustituir por otras en Bilbao por falta de dinero.
El pasillo de la casa de Manuel Fonseca, Manolo
Personajes 2
Cruzar el Sella, así como bajarlo, es cómo pasear por el pasillo de la casa de Manuel Fonseca, Manolo.
Manolo es de aquellas personas que por algún motivo aparecen en la vida de uno y se instalan para siempre. Lo conozco desde aquel 1994 en el que profesionalmente aterricé en eso que se autodenomina Movimiento Olímpico. Él dirigía los destinos del deporte español después de triunfar en la organización de los Juegos de Barcelona. Yo, aprendiz de casi todo, participaba en la primera de mis candidaturas olímpicas en Jaca. Tenía en aquel momento una jefa que nos impedía relacionarnos con el exterior. Sin embargo, en el Congreso del Centenario del Comité Olímpico Internacional en París, conseguí burlar la prohibición y pude conocerlo personalmente.
Años después, mientras yo participaba en la Candidatura olímpica de Sevilla, Manolo me ofreció colaborar con él en una nueva Candidatura en Jaca. Empezaba así una relación que rápidamente se transformó en una amistad con raíces.
No creo que ninguno de sus colaboradores haya dicho jamás aquello de "el capullo de mi jefe" porque Manolo no es jefe. Es alguien que sabe trasmitir cómo nadie pasión por un proyecto mientras hace de la delegación de responsabilidades y de la absoluta confianza su manera de trabajar. Pero también, y más importante, es alguien por el que los hijos de uno siguen preguntando.
Lo llamé al acercarme a Ribadesella un día lluvioso de finales de julio. Yo sabía que sólo uno sus entrenamiento para el descenso del Sella, que se celebraba una semana después, impediría compartir fabada, cachopo y sidra. Hubo suerte. Había entrenado el día anterior y, por primera vez en dos semanas, me vi sentado en una mesa con mantel y vaso de cristal. Conversando, y riendo, con Manolo.
Y además me trajo el tubo de Physiorelax que tan bien me ha venido hasta el último día.
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Unos seis kilómetros o seis abundantes
Personajes.
Deberían quedar unos seis o siete kilómetros para llegar a Villaviciosa. Era el momento de decidir entre dormir en Sebrayo, albergue situado en mitad de la nada y al que llega una camioneta con comida por la tarde ( que no esa modernez marketiniana del food truck), o continuar a la villa del Gaitero.
Los últimos kilómetros de cada día, tras ocho horas de pateo, siempre se hacen eternos: es más, juraría que son mucho más largos que los recorridos a las seis de la mañana. Consciente de que eran seis quería que alguien me lo confirmase con la esperanza de que me dijera que eran cuatro.
La señora era la clásica paisana mayor, hija de paisana, madre de paisana y, seguramente, abuela de nieta huida, erróneamente, hacia el barullo de la ciudad. Estaba en un huerto pegado al borde del camino.
"¡Buenos días!"
"¿Cómo cuánto quedará para Vsllaviciosa?"
"Ya estás casi. Unos seis kilómetros o seis abundantes"
Seis abundantes. No pude evitar sonreír hasta llegar a Villaviciosa a pesar de confirmarse la abundancia.
*( los cercanos a Asturias que traten de aplicar la musicalidad a las frases de la señora )
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