jueves, 31 de diciembre de 2020

No fallemos al 21

Mañana será sólo un día más pero, simbólicamente, nos quitaremos un peso de encima. Hoy arrancamos con ganas la última página de 2020 con la esperanza de que sólo nos queden arañazos y alguna cicatriz.

El año que nunca hubiésemos imaginado: nos deseamos lo mejor y nos trajo lo peor. Toda una traición que nos encontró desprevenidos, poco preparados y mal acostumbrados. Nos puso del revés, nos encerró y jugó con las llaves de nuestra libertad riéndose en nuestra cara ahora tapada.

Pero en definitiva, pese a la pandemia y su gestión, nos encontramos ante la oportunidad de reorganizar nuestra vida, de redefinirla y de unir a todos los actores de nuestro personal pequeño mundo en el que el grande seguirá siendo grande, el pequeño seguirá siendo pequeño pero todos deberíamos seguir siendo complementarios.

Inicia bien el año y ojalá que apenas tengas que mirar hacia atrás.

Desde muy dentro, esta vez sí, mi más sincero deseo de que recuperemos todo lo que necesitamos, volvamos a ver una sonrisa, sentir un abrazo, descubrir una caricia y disfrutar de un beso.

Bienvenido 2021.

No nos falles. No le fallemos.


#SacaLaFelicidadAPasear








viernes, 18 de diciembre de 2020

Ya no llegan postales escritas a mano

Ya no llegan postales escritas a mano y es cuando más las necesitamos.

Hace unos días recibí, como recuerdo de una travesía, esta foto. Sentados en ese mismo banco, almorzando a media mañana, la vimos llegar. Tengo especial debilidad por los montañeros o caminantes solitarios. Siempre los acompaña una conversación para compartir. Espontáneamente, intercambiamos las habituales introducciones con la certeza de que iríamos coincidiendo en nuestra ruta. En cada parada un poco más y cada vez más confianza.

Días después, nos despedimos horas antes de la gran tormenta que ella prefirió retar arriba mientras nosotros optamos por retroceder algo. Esa noche apenas pudimos pegar ojo y la imaginamos sola entre rayos, truenos y trombas de agua que, en lo negro, parecen no tener fin.

Meses después, en mitad de una enorme nevada, ha vuelto a pasar por el lugar en el que nos conocimos. Volvía a pasar sola "con la compañía silenciosa de la nieve". Hizo esta foto y me la mandó como un recuerdo "de felicidad salvaje".

Me la mandó por WhatsApp pero, estoy convencido, que de haber conocido mi dirección, hubiese escrito una postal a mano y la hubiera enviado por correo.


#SacaLaFelicidadAPasear











lunes, 7 de diciembre de 2020

Quedaron donde siempre

Aquel día decidió no sólo llamarlo sino quedar con él. No hacerlo y seguir confiando en los mensajes escritos en el móvil era una forma de dejadez y de egoísta conveniencia. En algunos casos hasta de cobardía. El teléfono y las redes sociales no servían más que para justificar una falsa cercanía que cada vez era más incómoda. No entendían cómo habían podido llegar a eso. Corrían el riesgo de pasar de lo difuso a lo oscuro. Y de ahí a desaparecer sólo había un paso. 

Ceden su sitio las personas a los compromisos, los intereses, las vanidades, las envidias, las sombras y los por si acasos. 

Incomprehensiblemente ya le había pasado con quien, tiempo atrás, compartió todo. ¿Cuántos números de teléfono somos capaces de recordar sin mirar una agenda? Números que marcábamos en un teléfono negro de pared, con un auricular muy pesado, metiendo el dedo para hacer girar una rueda hasta un tope cuando aún no había ni prefijos. Pues treinta años después, el suyo aún era capaz de recitarlo dígito a dígito que era como él memorizaba cierto tipo de números. También el DNI. Era incapaz de repetirlos de otro modo.

Lo llamó y quedaron donde siempre para echarse a andar con la complicidad que consiguen los paseos sin rumbo y sin tiempo. Sólo se queda donde siempre con los que se comparte algo más de lo que se puede contar. Un banco de un parque, un cartelón publicitario, un cruce de calles, una barra de un bar o la parada de donde partía el último autobús. Quedar donde siempre es volver al pueblo, volver a las raíces, volver donde se fue feliz o donde se truncó un amor. O ambas cosas. Aunque hayan pasado décadas, todos tenemos a alguien al que, si le decimos donde siempre, allí deberíamos encontrarlo. Otra cosa es que acuda.

Con las pisadas apenas perceptibles y habiendo aún recorrido pocas calles, fueron emergiendo nuevamente las personas que ellos mismos seguían siendo y eso los reconfortaba. Siempre había sido así. Notaban viva la cercanía que provoca el roce tras un tropiezo, una confidencia de última hora, una mano en el hombro o, simplemente, adivinar el final de un recuerdo que el otro recitaba o una ayuda no solicitada. La música de la voz, los viejos latiguillos, el acabar de algunas sílabas y el olor del jabón en la ropa eran los de siempre. El catálogo de anécdotas, aunque repetitivo, seguía provocando tanto sonrisas como carcajadas. A una le seguía otra sin un orden lógico. Saltaban en el tiempo, recorrían el mundo y evocaban el pasado. Compartieron chascarrillos que nadie más entendería.

Le contó que un día la había vuelto a ver. Que se la encontró por la calle cuando ya casi había perdido la esperanza. En realidad no fue fortuito porque fue a buscarla. Reconoció su manera de andar, su bolsa del gimnasio y su gorro amarillo. Sólo fueron capaces de mirarse antes de volver a desaparecer. Nada más. Llegó a pensar que no lo había reconocido pero no era más que una defensa porque la vio llorar. Su ausencia no le atormentaba pero no encontraba razones que la explicaran. Y con la duda pasaban los años.

Se preguntaron por viejos amigos. De alguno tenían noticias porque compartían grupos de whatsapp y, de vez en cuando, reenviaba impulsivamente alguna falsa noticia, un chiste sin gracia o un vídeo lacrimógeno. Pero en realidad no sabían nada de él ni de qué tal le iría en aquel trabajo que tuvo que aceptar marchándose lejos de lo suyo. Lo único que sabían de él era que en su foto de perfil estaba muy deteriorado y que parecía estar irritado con la vida. Pero nada de los motivos y menos de los sentimientos. Sería una pena volver a conectar cuando ya fuese muy tarde.

Ese día caminaron durante horas y se toparon con algunos conocidos con los que cruzaron algo más que un saludo. Frente al mar, una pareja que enseguida adivinaron extranjera miraba lejos. Había un fuerte temporal que hacía más bello al mar. De una antigua casa de piedra salía el olor de un guiso de cuchara que iba a preceder a una larga sobremesa. Olía a chimenea. En una ladera cercana unos críos chillaban mientras un perro jugaba a quitarles la pelota. Las hojas de los árboles ya habían empezado a cubrir los caminos. Sobre la arena de la playa un grupo de surfistas calentaba antes de meterse en las olas. Una familia joven estrenaba bicicletas pedaleando en fila india. Una chica joven acompañaba, empujando una silla de ruedas, a una mujer muy mayor pero aún sonriente. Dos empleados satisfechos repasaban los cubos de la basura y ordenaban la calle. También había quien preparaba el barco para salir a pescar esa noche. Olía a pan. Había mucha vida tranquila. 

También hubo silencios que no hizo falta explicar.




domingo, 8 de noviembre de 2020

Su rincón de pensar

Si fuese una película, un rato después de sentarse frente al mar estaría hablando con un desconocido desde el banco de al lado mientras el guión los iría acercando entre plano y plano. Acabarían riendo y contándose el pasado sentados alrededor de una pequeña mesa redonda de un bistrot mientras un camarero, con delantal largo, limpiaría una y otra vez la barra de mármol blanco.

Siempre son pequeñas y redondas las mesas de bistrot.

Pero ni era un personaje, ni había guión ni mucho menos acompañante. Había un bistrot cerrado. Había mesas apiladas. Pero tampoco había un camarero con delantal largo sirviendo deux pressions s´il vous plaît.

Estaba en la desescalada, o en la nueva normalidad, o en alguna de las fases, o como quisieran titularla en una rueda de prensa un ministro con gafas y un burócrata experto, y había salido de su pequeño comercio a descansar en su rincón de pensar. En ese sentido tenía suerte y era consciente: sus camisetas se seguían vendiendo, su actual pareja era veterinario y sus hijos estaban independizados cerca de su casa. En cierto modo, unos privilegiados que supieron elegir el lugar donde vivir y que no se vieron encerrados durante semanas entre murallas de hormigón, rayos de sol sólo al amanecer, árboles obedientes y alineados y sonidos feos y ordenados en el caos. También olía bien. A humedad fresca, a limpio continuo.

En realidad su vida había cambiado poco porque seguía manteniendo sus rutinas. Quizás le faltaba la compañía de los visitantes de temporada, los asiduos de los fines de semana y la posibilidad de improvisar. Las normas cambiaban cada semana y ya no sabían si estaban confinados perimetralmente, sólo localmente o absolutamente encerrados. Tenían la montaña cerca, la veían desde su casa pero no podían acercarse. Vivir sin orden y sin agenda era lo que le había traído hasta aquí cuando se separó de su anterior pareja. Se seguían llevando bien, no fue traumático porque ya no había pasión, tan sólo inercia, respeto y cierta comodidad.

Sin acompañante en el banco de al lado, su rincón de pensar la llevó a mirar lejos donde nacía el oleaje que tanto le fascinaba. Adoraba el caos, ver crecer la ola y la fuerza salvaje del agua contra las rocas. Cada vez que el mar se mostraba poderoso pensaba en cómo sería una noche de tormenta allá dentro sin ni siquiera poder imaginar, encerrados en la bodega, que, en algún sitio, seguiría habiendo tierra firme como refugio. Conocía suficientes historias de marinos y marineros. El caos de una tormenta y el miedo de todos pero, sobre todo, del novato o primerizo. Sólo la experiencia, la calma, la valentía, la humildad, el respeto y la empatía del capitán podía encontrar la salida.

Volvió a casa subiendo la empinada pendiente que le permitía mirar lejos y pensar en los millones de personas que vivían tras las mascarillas desde hace meses. Era algo fácil de imaginar en bruto pero muy complicado de pensar en la gente que conocía y quería y que ya hacía tanto tiempo que no veía. Se había acostumbrado a ver a los más próximos con la cara tapada pero todo le impedía asumir que sus familiares, sus amigos de siempre, sus antiguos vecinos, sus compañeros de universidad y trabajos, sus rivales deportivos... todos se cubrían la cara. Ponía nombres pero no podía poner máscaras. Ponía nombres y quería poner besos y abrazos.

"¿Y todo esto acabará poco a poco, como amaina un temporal, o llegará un día en el que, al despertarnos, al igual que en otros momentos históricos, alguien anunciará que la guerra ha terminado? ¿Habrá un fotógrafo preparado para captar un imagen de todos abrazándonos y tirando mascarillas como aquella de Times Square tras la Segunda Guerra Mundial?"

Después de tanta incertidumbre, tristeza y sufrimiento quizás un anuncio con sorpresa y grandes titulares provoque una mayor dosis de alegría sin que nadie se vaya apropiando, día tras día, a pequeños sorbos, con pocas verdades y golpes de Twitter, de la esperanza de la gente.

Antes de llegar a su casa siguió con sus rutinas. La boulangerie aún estaba abierta y sus baguettes preparadas. Recordó que no quedaba fromage y compró uno nuevo y dos de los de siempre, del terroir. Vino aún tenían. 

Ese día venían sus hijos.

Tampoco ese día vieron los telediarios.






lunes, 2 de noviembre de 2020

Ya no hay jefe de estación con gorra roja y banderín

Este verano del Covid, me escribía una amiga desde un tren con destino a Zaragoza recordándome aquella serie de artículos sobre el AVE que escribí hace ya cierto tiempo y que están al inicio de este blog. Me contaba una anécdota que estaba viviendo en ese mismo momento con una pasajera del coche 7, 8A, que, en plena pandemia, y con parte de Aragón volviendo a la fase 2, flexible en aquellos días, se negaba a ponerse la mascarilla cómo ya le habían solicitado, e insistido varias veces, tanto el revisor como dos pasajeros encorbatados en pleno julio y ella misma. Cuando hace unos años escribía aquello para entretenerme en mis idas y vueltas a Zaragoza, trataba de reflejar situaciones reales que la fauna viajera, por ocio, trabajo o vicio, escenificaba en los vagones o andenes de una manera natural y, casi siempre, sin respeto alguno al de al lado.

El verano, con todas sus facetas además de las propias vacaciones, convierte a los medios de transporte en escenarios en los que todos, y ahí me incluyo, creamos personajes, lucimos vestimentas y vivimos situaciones en las que podemos ser actores principales, secundarios o meros espectadores.

Los trenes y los autobuses, tradicionalmente más variopintos, siempre han dado mucho juego aunque de un tiempo a esta parte, los aeropuertos y aviones recuperan muy veloces el terreno. Prueben a observar una terminal en verano y lo comentamos.

Con lo que más hemos perdido ha sido con la desaparición de aquellos trenes nocturnos en los que no sólo se viajaba. Me fascinaba el ambiente nocturno previo a la salida de aquellos expresos. Las grandes estaciones en edificios singulares ( Gare du Nord, Austerlitz, Milano Centrale, Antwerpen Central, Atocha, Gare de Lyon, Amsterdam Centraal...) adquirían una personalidad propia cuando caía la noche y, en sus aledaños, viejas tascas y muchos tugurios adoptaban a viajeros de mochila, representantes de comercio y matrimonios mayores que se mezclaban con los habituales de las noches más sórdidas, casi siempre inofensivos pero a veces complicados. Calles oscuras, cubos de la basura, sospechosas pensiones y compradores de oro.

Entre ruidos y luces de ciudad que se apagaban, a bordo de aquellos expresos dejabas un país una tarde y amanecías en otro a la mañana siguiente habiendo, entre medias, disfrutado de toda una pequeña vida. O de una odisea que podía empezar en el mismo andén si, horas antes de embarcar, ya abundaban los viajeros y las mochilas, conscientes todos del abordaje que se preparaba con la apertura de las puertas. Sólo los privilegiados de la Compagnie Internationale des Wagons Lits, con sus vagones separados del resto y tripulación muy elegante, escapaban del asalto a los compartimentos de segunda sin reserva. No coger asiento podía significar viajar horas y horas en ese frío espacio entre coche y coche, donde coincidían puerta de acceso y cuarto de baño.

Los viajes eran largos, muy largos y ruidosos, y pese a la noche y la oscuridad eran pocos los afortunados que conseguían enlazar horas de sueño en aquellos asientos de ocho butacas enfrentadas entre si, con los portaequipajes superiores repletos de mochilas. Siempre colgaba alguna cincha de la que nadie se responsabilizaba. A veces hasta sonaba un despertador que nadie apagaba. Con suerte, en algunos trayectos, el compartimento no se llenaba y podíamos semi tumbarnos hasta que, en una solitaria estación de un pueblo alemán, subía algún solitario que siempre, a las cuatro de la mañana, escogía tu compartimento para ocupar una butaca. De dónde vendría a esas horas se convertía en un debate que el nocturno e indeseado viajero no solía entender. Tampoco parecía importarle. Las lenguas, como las monedas, eran diferentes y dificultaban los intercambios. Sorprendentemente, en alguna ocasión, el visitante nocturno era originario de Benavente y, tras la exaltación inicial del vínculo común, iniciaba el relato de su vida que solía empezar con la emigración forzosa de sus antepasados. 

Todavía no existían las franquicias ni los centros de las ciudades compartían tantos escaparates o rótulos como ahora. Disfrutábamos de la diferencia y de los descubrimientos. Viajar una noche significaba no sólo cambiar de país sino llegar, de buena hora, a una cultura totalmente distinta en la que lo primero que urgía era cambiar moneda. Solían abundar esos puestos casi ambulantes con su clásico: CAMBIO-CHANGE-EXCHANGE-WECHSEL y con las banderas de los países, al estilo de los menús de los platos combinados de los restaurantes de turistas. Infructuosamente, siempre intentábamos que no nos timasen mucho con los tipos de cambio y las comisiones. Siempre, en cada cambio, algo perdíamos. Tanto al llegar cómo al salir. Salvo el enterado del grupo, nunca sabíamos si éramos vendedor o comprador de divisas ni el tipo de cambio correcto a aplicar. 

Éramos mucho más permisivos y tolerantes y mucho menos exigentes. No existía el compromiso de puntualidad y dábamos por hecho que habría retraso. Pero no pasaba nada porque aprovechábamos el tiempo. Aquellas paradas en mitad de la niebla francesa permitían asomar la cabeza en la nada y respirar olores que aún nos eran ajenos. También se acababa el agua de las cantimploras y no podíamos reponerla salvo en aquella estación de la entonces Yugoslavia en la que, a la carrera, y jugándonos quedarnos en tierra de nadie, nos arriesgamos con aquel grifo de un inmundo cuarto de baño croata.

Viajar no era sólo desplazarse. Las noches en los trenes eran pedazos de vida en los que aparecían personas, en los que se descubrían lugares, en los que se pasaba bien e, incluso, mal. Olores de tren, ruidos de tren, luces de tren. Gracias a aquellos vagones, que convertíamos en habitaciones, ahorrábamos en pensiones. Tras el primer sueño, llegaba el revisor a taladrar el billete. Tras el segundo, ya muy entrada la noche, en alguna frontera austriaca entraba una pareja de policías pidiendo pasaportes. Ni una risita a destiempo.

Ahora, años después, mientras en algunos países vuelven a plantearse la vuelta de aquellos expresos nocturnos, miro los trenes de nuestras modernas estaciones con cierta añoranza. Velocidad contra calma. Puntualidad contra descubrimiento. Pasajeros contra viajeros. Silencio contra chu cu chu. Nadie mira por la ventana porque sólo quieren llegar.

Salvo en las pequeñas estaciones de pueblos, ya no hay despedidas en los andenes ni poesía silenciosa en una parada prolongada en un solitario apeadero cuando no ha amanecido. Ya no hay llegadas cuando la ciudad despierta y el largo convoy suelta el último soplido.

Ya no hay jefe de estación con gorra roja y banderín.











martes, 27 de octubre de 2020

La fila de 1941

Hace unas semanas, mientras hacíamos fila para comprar el pan, vi cómo se acercaba un hombre mayor al que presumí mucha vida debajo de la gorra que le cubría la cabeza. Era una de esas gorras que no todo el mundo puede ponerse al salir de casa pero que todos admiramos en los que las llevan con naturalidad. Yo estaba el penúltimo y sólo me seguía un veinteañeros ajeno a lo que le rodeaba. El hombre de la gorra me saludó, lo saludé y buscó la conversación.

"- La última vez que hice fila en la calle para comprar el pan fue en el 41. ¿Qué te parece?"

Lo dijo con tristeza y un leve movimiento de cabeza.

Fue imposible no imaginar a ese niño con pantalón corto en aquella fila gris de la posguerra seguramente mucho más triste y solitaria.

Nada hacía presagiar que, unas semanas después, escucharíamos el toque de queda.

Volveré a hacer fila en el mismo sitio parar tratar de encontrar al señor mayor de la gorra. Lo esperaré al salir de la panadería y lo acompañaré caminando. Quiero que me lo cuente todo. Que me lo cuente él en lugar de los que dicen que se lo han dicho.

Hace algunas semanas más miraba Ordesa desde arriba, de norte a sur, y seguía siendo todo tan bello. Cuando dentro de unos años esté en una fila de una panadería se lo contaré al penúltimo.

#SacaLaFelicidadAPasear










miércoles, 9 de septiembre de 2020

Cartas, respuestas y silencios

Pensó que debía escribir una carta y ordenó mentalmente sus ideas. Buscó su dirección y redactó educada, directa y convincentemente, a mano y con su mejor letra, todo aquello que le dictaron cabeza y corazón. Solía utilizar papel crema verjurado de alto gramaje y sobre americano a juego. Con algo de suerte no hubo tachones y lo logró a la primera. No le gustó cómo quedó escrita la dirección en el sobre y tuvo que volver a hacerlo. También puso el remite por detrás aunque con menos esmero. Lo último era ir a un estanco a pedir un sello. Todos los estancos solían oler igual. La estanquera sacó de un cajón una carpeta azul de cartón, bastante usada, y de ella una gran sábana de sellos. Pagó con monedas y, apoyado en el mostrador, pasó la lengua por el reverso de uno de ellos que conmemoraba algún centenario de algún monumento de alguna ciudad de interior. Lo colocó en el ángulo superior derecho del sobre y buscó un buzón. Confirmó el horario de recogidas y se despidió de la carta confiando en que fuese la definitiva. Sonó el metal que protegía la boca de envíos nacionales. ⁣

Días después recibió su contestación y sólo eso ya fue suficiente. Faltaba conocer el contenido. Lo leyó en la intimidad. Una y otra vez. ⁣

Hoy en día, con mil excusas poco convincentes, ya muy pocos contestan y eso explica muchas cosas.

#SacaLaFelicidadAPasear







domingo, 6 de septiembre de 2020

El Pirineo. Un sueño infinito (2)

Habían pasado doce meses de los cuales nos hubiese gustado borrar los cinco últimos.

Un año antes nos habíamos citado en el mismo lugar. Eso era lo más seguro que teníamos. Nada ni nadie lo debía impedir. Lo que no sospechamos es que lo último que íbamos a hacer antes de volver a caminar de este a oeste el Pirineo era quitarnos una mascarilla. O una puta mascarilla que es cómo se las conoce popularmente porque, se pongan cómo se pongan, aunque obligatorias y aconsejables son un coñazo. 

Nos taparán la cara ocultando sonrisas pero no nos robarán ni las pisadas ni las huellas.

Así lo hicimos. Las guardamos en alguno de los compartimentos de la mochila y quedó aparcado el Covid. O la Covid. O cómo quieran llamarlo. No volvimos a hablar de él hasta que terminamos. Es una de las ventajas del aislamiento natural no forzado y de la falta de información constante. 

“-¡Viva la falta de cobertura, Movistar!”

Somos animales sociales y rápidamente nos acostumbramos y nos adaptamos al medio en el que estamos. Ni una palabra, ni un pronóstico, ni un recuerdo de esos tristes meses de primavera. Ni un comentario acerca de la enésima ocurrencia de los que nos gobiernan, de los que se oponen y de los que comentan en las tertulias. Ni un sólo tuit. Ni una estadística. Nos sobra mucho ahí fuera, incluso nos sobran muchos, y con qué poco se puede disfrutar tanto.   

Subimos y bajamos y nos cruzamos con otros que también lo hacían. Valoramos lo cercano y lo inmediato, lo auténtico y lo sencillo, lo que realmente merece la pena para seguir descubriendo la belleza que nos rodea y la felicidad del esfuerzo personal compartido. Nos ayudaron sin tener que solicitarlo y compartimos con los que creímos que lo necesitaban.

Se mantiene y perdura, a pesar de todo, el hábito del saludo al cruzarse con alguien. Sea en el idioma que sea: el va dónde tú vienes. Ambos conocemos una parte, la que el otro desconoce. Ella era alemana y llevaba muchas semanas sola. Nos entretuvimos un rato compartiendo lo que sabíamos del recorrido que le faltaba. Tenía ganas de llegar al Cantábrico para bañarse.

“-En unos días estás en el Cabo de Higuer. Acampa junto al mar y podrás bajar a bañarte.

- Eso es fantástico.”

Realmente le quedaba más de lo estimado pero eso no le importaba. Son encuentros cortos e inesperados que cuentan como horas.   

Disfrutamos de la belleza de la tormenta que no acaba y del inesperado frío de la madrugada cuando aún el sol duda entre sonreír o simplemente guiñar con complicidad entre nubes que se agarran a las cimas. Del barro y del calor. Del amanecer y de pelar un melocotón en la orilla de un río. De las rocas y las cumbres. De bajadas infinitas y del peso de la mochila. De las vacas y de las distancias que no acababan. Del agua fría y del cansancio. Del almuerzo de media mañana y del sonido de la alborada.

Salimos de Ochagavía y tuvimos que parar en Respomuso mirando al Tebarray y a las tormentas seguras. Ya estamos citados de nuevo y ojalá pudiésemos volver a coincidir con el francés de Saint Jean Pied de Port que nan tiene su tienda para peregrinos, con los cinco vascos de Elgoibar, más jóvenes y más rápidos, con Carlos, el de la tienda ligera que nos calentó agua una muy fría mañana, con María, la profesora que amaneció entre vacas y retó a la tormenta, con los que nos dieron todo su agua en el refugio de Aguas Tuertas...

Hay tanto que recorrer y tanto que contar. Míralo.

#SacaLaFelicidadAPasear







viernes, 21 de agosto de 2020

Despertar

Aún no asomaba el sol y la temperatura se resistía a subir. El cielo estaba limpio, azul de mañana. Sabía que el día sería caluroso pero esas últimas horas de la noche habían sido muy frías y mantener el sueño no había sido fácil. Apurar no servía de nada y lo mejor era activarse. Caminar muy temprano es muy agradecido y permite evitar el calor de las cuatro de la tarde.⁣⁣

⁣⁣

Él llevaba años repitiendo las mismas rutinas al amanecer. No tenían nada que ver con ordenar su habitación, ni preparar un desayuno complicado, ni ponerse a hacer abdominales. Se despertaba y, ante su ausencia, hablaba sin esperar una respuesta que nunca llegaba, preguntándole si aún recordaba aquella noche, víspera de cumplir un sueño. ⁣⁣


Le costaba interpretar el silencio y la distancia que estaba convencido eran muy frágiles y que se romperían con una simple mirada aunque fuese casual o furtiva.

⁣⁣

Solía abrazar la esperanza y se respondía a si mismo que sí, que cómo iba a haberlo olvidado, que lo dibujaba cada madrugada en ese intervalo que existe entre que se apaga la lámpara de la mesilla y se engancha el sueño cuando uno aún elige lo que recuerda. 


Cuando asomó el primer rayo de sol estimó cuánto tiempo le costaría ⁣⁣vencer a la sombra de aquel pico del que no sabía su nombre. Quería saber cuánto tiempo quedaba para que empezase a calentar el día. 

⁣⁣

⁣⁣

 #SacaLaFelicidadAPasear⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣






viernes, 14 de agosto de 2020

Prendió el fuego y se marchó el olor

La noche había sido larga, fría y muy ventosa. Por momentos, antes del amanecer, pensó que no podrían seguir hasta que amainase. Al abrir la puerta del viejo refugio se cumplió lo que suele ser habitual: las noches confunden y tienden a aumentar la importancia de las dificultades. Salvo una niebla lejana, todo aparecía despejado. ⁣

Se habían acostado pronto, cuando aún no había anochecido. No tardaron en coger el primer sueño de la larga serie en la que se dividen las noches incómodas. A la media hora se abrió la puerta y se asomó el primero de los tres que lo harían en un intervalo de hora y media. Al comprobar que estaba todo ocupado, y ante la disyuntiva de echar el saco al duro cemento o al suelo pastoso, los tres optaron por lo último y acamparon junto al río sin pensar en el frío y la humedad de la madrugada. ⁣

A medianoche y sin avisar un fogonazo, mucha luz y un ruido sordo, los despertó. Cómo en una mala película, pero esta vez en serio, la chimenea, atizada por un intenso vendaval, prendió súbitamente despertándolos del cuarto sueño y ahumando el pequeño habitáculo que habían ordenado al llegar a media tarde. Sin opción para apagarlo, estuvieron mirando el fuego consumirse preguntándose cómo había sido posible que se encendiese él solo y agradeciendo haberse despertado. ⁣

Ciertas fogatas impregnan un olor a la ropa, el pelo y la piel que perdura más que un mal recuerdo. Por suerte, al cruzar el Collado de Toronez d'as Cabretas surgió el ibón. ⁣



domingo, 24 de mayo de 2020

Entre fases, un epílogo

A punto de avanzar a la 2, me sigo quedando con lo que teníamos tiempo atrás cuando no había que mantener distancias, ni pedir permisos, ni respetar protocolos.

Cuando hace 73, ¡setenta y tres! días empecé con esta serie en Instagram ( @kpn67) y Facebook, tenía claro que iba a ser largo pero no tanto. He tratado de aportar algo que diluyese la insoportable tensión que se nos venía encima con el único objetivo de mantener una estabilidad emocional hasta el final de cada jornada de encierro.

No encender la televisión desde el 15 de marzo, leer los titulares de la prensa nacional sólo en diagonal, vivir en lo que algunos llaman "en provincias", informarme con Heraldo de Aragón y El Comercio, considera a Twitter cómo el lugar donde muchos sólo vierten su odio para alimentar su ego y no creerme las proclamas interesadas de nuestros políticos han sido las clavijas en las que me he agarrado.

Nosotros en Asturias llevamos ya dos semanas en la fase 1 y hemos recobrado una cierta normalidad a pesar de las incomodísimas mascarillas y ciertos ridículos protocolos.

Entramos mañana en la fase 2 y ya podemos volver al monte.

Por lo tanto, ya no me quedo en casa.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear


⁣⁣⁣⁣⁣

sábado, 23 de mayo de 2020

Vuelve la vida

Lo bueno del paso del tiempo es que pone las cosas en su sitio.

Hace unas semanas agoreros, videntes, plumillas y algún vendedor de humo aseguraban que las mesas de los bares tendrían mamparas para separar a los comensales. Yo sólo he visto cómo, con naturalidad, la gente se sienta en las terrazas.

Ahora es el turno de los drones, las aplicaciones y los datos para vigilar las playas. Esperemos que vuelvan las toallas y los castillos de arena.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa





jueves, 7 de mayo de 2020

Gente de paseo

Solía ser bien avanzada la tarde, normalmente un domingo. Vivíamos en la calle Mayor de Jaca y ya no quedaban turistas ni visitantes de fin de semana. Habíamos comido tranquilamente y leído los periódicos y suplementos que aún comprábamos en papel. ⁣

Cuando ya la tarde enfilaba ese punto de no retorno a partir del cual te dejas ir y sólo se rompe con el despertador del lunes, solía surgir la propuesta:⁣

“- Estos niños tendrán que salir ¿no?”⁣

Forma parte del catálogo de grandes frases familiares. ⁣

Era hora de dar un paseo, calle Mayor arriba y abajo, Paseo de invierno, Regimiento Galicia, columpios frente al Gran Hotel, Catedral.... y así hasta regresar. ⁣

Este mes de mayo hemos recuperado el paseo y con él el saludo sincero y espontáneo con aquellos con los que te cruzas. Es habitual hacerlo en la montaña y es bonito hacerlo en la ciudad pese a la sorpresa de algunos. ⁣

Esperemos que dure. ⁣

Ayer el mar estaba en una intensa y sorprendente calma. ⁣

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes. ⁣⁣⁣


#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa⁣⁣⁣




miércoles, 6 de mayo de 2020

Amigos

Llegamos a las fases. Es curioso cómo surgen determinadas palabras en nuestras conversaciones cotidianas y se quedan una temporada. Ahora son las fases y, con ellas, asoma la vida. ⁣

Sea el tipo de comercio que sea, uno se siente mejor cuando le saludan por su nombre. A ellos, los de las tiendas, bares, pequeños hoteles.. nadie les ha dado instrucciones de marketing para que lo hagan. Es su manera espontánea de manifestar cercanía, amabilidad sincera, ganas de agradar. Quizás la autenticidad de las personas. ⁣

Aún a día de hoy, me recorre un hormigueo cuando, al entrar en mi habitual panadería, desde el fondo una voz cantarina me saluda:⁣

”- ¡Buenos días Koldo. Hoy no llamaste para reservar tu pan! ”⁣

Sólo les había dicho mi nombre una vez. Y lo recuerdan siempre. ⁣

No les dejemos resbalar. Son nuestros amigos. ⁣

“Yo no considero un héroe aquel que se queda con su amigo; consideraría un gilipollas a aquel que no lo hiciera”⁣

Horia Colibasanu ( montañero, himalayista y escalador ). ⁣

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes. ⁣⁣



#VolveremosSiTúVuelves ⁣
⁣⁣
#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa⁣⁣




lunes, 4 de mayo de 2020

El verbo desconfinar

Desconfinar es un verbo que no aparece en el diccionario de la RAE y que es un derivado de confinar. Con el prefijo "des" adquiere el sentido contrario.

Se conjuga igual.

Hoy me he levantado con la sensación de estar desconfinándonos. Al menos eso percibo aunque acepto la cierta subjetividad que le acompaña. Este lunes no es igual porque este fin de semana hemos recuperado algo de libertad.

Estos dos últimos días he vuelto a ver a personas que siguen vistiendo igual. Tal vez algo más deportivamente, es verdad. Efecto Decathlon. Por un momento llegué a pensar que, con tanto mensaje tecnológico extremo, al salir me encontraría tipos vestidos a lo Guerra de las Galaxias y con naves ejerciendo de autobuses. Y no ha sido así. Incluso muchos han preferido retroceder y recuperar antiguas bicicletas de los trasteros que seguro han tenido que aprender a reparar. Modelos de hace treinta o cuarenta años que, aunque chirriando por falta de engrase, venían a servir como la última bicicleta eléctrica. Puede ser una señal de que, pese a todo, tenemos un pasado que sabremos valorar.

Las personas, mis vecinos, conocidos o no, deseaban hablar a pesar de haber estado machacando el móvil, las tabletas y los ordenadores durante días y días. Nos comunicábamos pero nada puede sustituir el coger un capazo inesperado y no querer acabarlo. Una sonrisa no es un emoticono amarillo ni la alegría una flamenca o unas jarras de cerveza brindando en un teclado. Un beso no es un circulo amarillo en el que un programador dispuso unos corazones. Aunque se pongan siete seguidos. No es lo mismo.

Ahí fuera sigue habiendo tiendas con empleados esperando, bares, gimnasios, estadios y pabellones con canastas. Sigue habiendo montañas casi en primavera, playas con surferos, caminos con barro. Incluso molestos coches y autobuses municipales. Hay semáforos que cambian de color y regulan los pasos de cebra. Y carriles bici. Hay quioscos donde venden helados que anuncian en unos grandes cartelones. Y oficinas de correos. Las terrazas tienen mesas y sillas. Y alguna sombrilla. Los contenedores de reciclaje no han desaparecido y en las gasolineras siguen sirviendo diésel. Hay hoteles grandes y pequeños, casas rurales para descansar o escapar. Suenan instrumentos tocados por músicos. Incluso la local parece más cercana.

Sigue estando todo como lo dejamos. No deberíamos dejarlo caer porque es nuestra vida. Y es bonita.

Por cierto, ni rastro de naves especiales ni de tipos vestidos de robot paseando mecanicamente.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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domingo, 3 de mayo de 2020

Los esfuerzos dirigidos

Hace ya doce años - jodo cómo vuela el tiempo - el día de la apertura al público de la Expo 2008 de Zaragoza, opté por situarme solo en un lugar donde poder disfrutar de la entrada del primer visitante. Era una manera de vivir el resultado y el esfuerzo de mucha gente. Todos los que directa o indirectamente habíamos colaborado en ese esfuerzo colectivo alcanzábamos el objetivo que, sin lugar a dudas, iba a marcar el futuro de nuestra ciudad.

Cuando el primer visitante rebasó el control de acceso, avanzó y empezó a girar la cabeza buscando y descubriendo el recinto que habíamos preparado durante años, me emocioné y no quise retener unas lágrimas de felicidad que recorrieron mis mejillas.

Ayer, a primera hora, me preparé para salir a correr. Llevamos medio centenar de días de esfuerzo colectivo para luchar contra el bicho. Esto también marcará el futuro no sólo de nuestro país sino del mundo entero. Vivo en una zona poco poblada así que tardé unos minutos en cruzarme con alguien.

Los vi venir. Era una pareja que, sin duda, también había salido a caminar y recuperar algo de su libertad. A medida que nos acercábamos sentí la emoción y el cosquilleo de un reencuentro furtivo. Al cruzarnos nos miramos sonriendo y tan sólo nos dijimos buenos días. Desconozco qué pensaron pero yo esta vez tampoco reprimí esas lágrimas felicidad. Son bonitas.

Ambos esfuerzos colectivos merecieron mucho la pena. Dejando al margen la gravedad, ojalá que este segundo hubiese estado dirigido con la misma profesionalidad, compromiso, constancia, empatía, claridad de ideas, seriedad, competencia y espíritu colectivo que el de 2008. Me hubiese emocionado igual pero ahora tal vez tuviese más confianza y menos tristeza por lo que tenemos.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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sábado, 2 de mayo de 2020

Por fin a correr

Voy a salir a correr y sentirme libre.

Aunque en estos ya casi cincuenta días lo más emocionante que he hecho ha sido ir a Mercadona, a la panadería, dos veces a la farmacia y a subir la compra a mis suegros, ahora, al ponerme las zapatillas, una camiseta, un par de calcetines, una gorra y el cinturón para el móvil, empiezo a saborear lo que es la libertad.

En las películas americanas se tira mucho de eso que llaman "la condicional" o "la vigilada", en las que asignan una especie de acompañante permanente. A nosotros nos pretenden acompañar también pero no para reinsertarnos sino para tratar de domesticarnos.

Voy a correr. Y a sentir cómo me abofetea el viento en la cara. Ojalá que, incluso, lloviese y volviese chipiao. Qué no quedase nada seco.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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jueves, 30 de abril de 2020

Barry

Sólo se cumplen 80 años una vez en la vida.

Alguno podrá decir que también 11, y 19, y 32, y 43, y 57, y 71.

Pero que un padre cumpla 80, y en plena forma, sigue siendo una sola vez en la vida. Y, esta vez, celebrándolo de otra manera, muy distinta y alejada de la prevista, con un invitado indiscreto, inesperado y no deseado, pero celebrándolo. Jamás hubiésemos imaginado al bichito este. Si supieses la manía que le tengo.

Por los motivos que fueren, en nuestra casa casi todos tenemos un mote. No creo que ninguno de ellos responda a nada concreto y sobre todos ellos hay leyendas que pretenden justificarlos. A él, desde siempre le tocó ser Barry y lo pasea con orgullo. ¿De dónde salió? Qui le sait...

Tras tantos años juntos, todos los míos más exactamente, podría escribir líneas interminables llenas de anécdotas inolvidables. Pero también se puede ser breve y, simplemente, dar las gracias por darme todo lo que me ha permitido llegar hasta aquí. Yo estoy orgulloso y creo que tú también.

Hoy tendremos que celebrarlo Zoom mediante y aplazamos lo que, con tanta ilusión, tenías previsto. Esperemos que pronto nos quiten los cerrojos y podamos poner rumbo a Zokoa que hace meses que no vas. Estuve la víspera del encierro rescatando a Blanca, que volvía de París, y hay pequeños cambios, todos a mejor pero Vival sigue cerrado.

Hace unos años, cuando recorrí a pie los casi mil kilómetros de la costa norte desde Saint Jean de Luz, partiendo del petit coin, recuerdo haber escrito lo que te pongo a continuación. Traté de mirarlo todo con tus ojos de aquella época.

Tal vez fue aquel bote en la ría de Zumaia el origen de muchas otras cosas.

Felicidades, Barry. Joyeux anniversaire. Zorionak.





Volver es bueno. Volver andando es mejor ( publicado el 29/08/2016 )


Mi padre y yo fuimos a por él a San Sebastián. El bote de remos se quedaba cada noche amarrado en una boya en mitad de la ría. Cada verano, a finales de junio, elegíamos una piedra grande, metros de cabo y la boya y, solemnemente, con la pleamar, reservábamos un lugar en la ría que solía ser enfrente de casa. No había que pedir permiso. Para ir y venir hasta él o bien utilizábamos un piraucho hinchable que botábamos cada mañana en las escaleras que dan acceso a la ría o bien llegábamos hasta él nadando. Aún recuerdo el espeso verdín que cubría los escalones de la ría y que sólo era visible en marea baja. Seguro que en el país de las prohibiciones en el que vivimos,, a mis padres les caían hoy en día un mínimo de seis años y un día por maltrato infantil, abandono de la prole, explotación de menores y economía sumergida. Y yo lo que simplemente hacía, con diez años escasos, era cruzar remando la ría haciendo llegar en mi bote, hasta la playa de Santiago, a veraneantes amigos que "tomaba prestados" a los Manterola, pasantes oficiales de la ría de Zumaia. Así gané mis primeras perras.

Son los veranos de tres meses que recordé entre Zarautz y Zumaia, Getaria incluida, la mañana dónde ya desaparecieron los insoportables cuarenta grados con los que caminamos la víspera entre San Sebastián y Zarautz. La playa de Zarautz puede ser enorme o no dependiendo de la marea. Pero su malecón, vigilado desde lo lejos por el ratón de Getaria, aún recuerda a las tardes de paseo y de chocolate con churros. La visita a la abuela. Y a Rosario. Y a los veranos de juventud de mi padre que sólo conozco de oídas: la calle Mayor 11, el quiosco de la música, la medusa gigante que enganchó nadando a espalda y que debió ser el acontecimiento de ese verano, las chocolatadas en el monte y el puro. ¡Ay el puro!

Salí a oscuras de Zarautz cuando ya había pescadores aficionados en el recorrido costero que lleva a Getaria. Compartían escenario con algunos corredores, ahora runners, y matrimonios silenciosos que caminan casi al trote. Por motivos obvios, no pude dejar de acordarme de los Martínez de Albornoz al pasar por el puerto. Llegué a Getaria amaneciendo pero con una panadería ya abierta y con los camiones de reparto recorriendo sus callejuelas. En el cruce principal, un grupo de españolas dudaban a esas horas entre abandonar o seguir debido a unas ampollas en los pies de una de ellas. Cruce de sonrisas y qué tengáis un buen día. 

Subiendo y bajando un terreno ondulado llegué a Zumaia, cayendo ladera abajo directamente hacia la playa de Santiago y a la casa museo de Zuloaga. En ese momento, recordé cómo volvíamos todos los hermanos a mediodía nadando por la ría aprovechando el flujo de la marea. La playa estaba vacía aún pero pudo escuchar las voces que venían de nuestra zona, pegados a la escollera. Porque esos meses de verano daban derecho a tener un sitio reservado en la playa.

Seguí acercándome al pueblo bordeando lo que ahora es un flamante puerto deportivo y dónde permanece el astillero Balenciaga. La marea estaba baja y pude ver de nuevo el fango dónde buscábamos el cebo, lombrices, que utilizábamos para pescar. Y todas las rocas que recorríamos con nuestros quisquilleros y reteles en busca de cangrejos y quisquillas. Sin olvidar nunca a las obeki. Mira que eran feas pero qué buen papel hacían.

Los días en verano eran más largos que ahora. Sí, también antes nevaba más, hacía más frío y en invierno llovía. Y también, insisto, los días y los veranos eran más largos. Había playa de mañana, Santiago, y playa de tarde, Itzurun. Y después más. Alguna de esas tardes de julio remontábamos solos la ría, a remo, cuatro aprendices de grumete, hasta Bedua, entonces caserío para tortilla y pimientos, y hoy restaurante de renombre. Allí nos esperaba mi madre. Qué levante el dedo quién hoy en día dejaría a cuatro de sus hijos embarcarse en solitario, con un capitán de menos de doce años, remar hasta Bedua por mucha tortilla y pimientos que sigan dando. Salvo que te toque en suerte el juez Calatayud, alguna Asociación de Defensa del Menor y la Fiscalía de Menores reclamarían cárcel y aislamiento por lo menos.

Crucé el puente que da acceso al casco viejo y, sin quererlo ni pensarlo, empecé a canturrear frases sueltas, inconexas, pero con el sentido que tienen los recuerdos de infancia: "E una bolsa de kikos e una pasta". 

Subiendo hacia Arritokieta busqué una frutería. Era una excusa perfecta para hablar un rato con alguien y escuchar nuevamente la musicalidad de su acento vasco. Mientras pedía algún melocotón, algún plátano, un par de tomates y media barra de pan, volví a tener 12 años y volví a ver a la casera que llegaba de buena mañana con sus lecheras, con la leche sin pasteurizar y con cuya nata desayunábamos unas tostadas que nunca jamás volveremos ni a imaginar.

Itzurun, las tardes noches de frontón, las olas en el morro, el estanco de Ismael, el cementerio, la motora. La casa primera, la segunda, la tercera. La casa de los Azkue, la de los Garbayo, la de los del Guayo, la de los Gutierrez y la de los Otaño. La Telmo Deun. El txampero y la aspirina. Los trajes de baño verdes, seis iguales.

Olvidaremos cosas de de juventud pero nunca las de la infancia. Eso lo explica todo. O casi todo.





domingo, 26 de abril de 2020

Bajar para llegar

La desescalada, palabra que nos acompañará durante una temporada hasta que alguien imponga la siguiente, tiene varias fases. Al principio se toma con fuerza e ilusión: hemos hecho cima y, normalmente, no hay que volver a esforzarse en subir. Erróneamente puede creerse que ya se hizo todo el esfuerzo olvidando que la bajada puede ser larga, tediosa, aburrida y, si uno se relaja, hasta peligrosa. Muchos de los rescates son en los descensos y a destiempo.

Sin embargo, solemos saber dónde vamos porque alguien sigue llevando el mando, fijando pautas y marcando ritmos. Confianza y experiencia. Sabemos que al final del camino beberemos una cerveza compartida, miraremos de nuevo hacia arriba y estaremos orgullosos del esfuerzo y de todo lo descubierto.

También nos detendremos de vez en cuando; a veces incluso almorzaremos o nos bañaremos en una poza aunque eso signifique descalzarnos. Nos cruzaremos con algunos que habrán decidido subir a deshoras levantando nuestras dudas por incumplir lo recomendado.

"-¿Dónde irán a estas horas y así equipados?"

El calor, ya de por si incomodo compañero, podrá convertirse en muy incómodo. Incomodísimo. Volveremos a pasar por los mismos lugares pero los miraremos diferente. Es igual pero no es lo mismo.

"-¿Por aquí hemos pasado? ¿Todo esto hemos subido?"

En muchas ocasiones, como en la propia vida, no somos conscientes del camino recorrido ni del esfuerzo invertido.

A ratos charlaremos. Asuntos que van y vienen. Preguntas para provocar sonrisas. Sugerencias para el futuro. Complicidades evidentes que sólo requieren de una mirada o declaraciones que sólo se hacen tumbados.

"-¿Qué tal vas?"

Primero no pensaremos en el final, luego lo intuiremos, nos parecerá verlo entre los árboles y, finalmente, aparecerá ante nuestros ojos aún a mucha distancia aunque ya escuchemos el juego infinito del agua en el río. Lo cruzaremos.

Hay bajadas que se hacen largas y penosas. Sabemos dónde vamos y eso nos impide disfrutar. Tan sólo devoramos kilómetros en mucho silencio. Avanzar para llegar. Algunos acelerarán por inercia, los perderemos de vista hasta que decidan detenerse para reagruparse. Seguiremos bajando. Seguiremos pensando. Miraremos mucho menos que al ascender.

En la llegada todo se acabará y nos quitaremos el peso, a veces con mucho brío pero tratando de mantener un orden. Habremos terminado. Estaremos donde al principio pero más felices, orgullosos de nosotros y de los que lo habrán compartido.

Sentados y descalzos, disfrutaremos. No hay un atardecer igual.



Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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miércoles, 22 de abril de 2020

Subiendo

Teníamos por delante una continua subida que solo nos permitía hacernos una idea de lo que nos faltaba hasta poder cambiar de trayectoria. Aún no veíamos la cima. En esos momentos cada cual tira de recursos internos, se los aplica y, chino chino, vamos tirando. ¿En qué iremos pensando?

No creo habérselo preguntado nunca a nadie porque son, probablemente, de los momentos de mayor introspección en los que uno pueda encontrarse. Vamos solos y cargados de nuestra propia vida. De frases, de vivencias, de imágenes, de recuerdos, de deseos y también de algún problema.

Mientras, entre la belleza y el silencio, se busca una referencia y se trasforma en reto. Se alcanza y surge otra. Y así, una detrás de otra, vamos llegando.

Entonces, alcanzada la cima, surge el somos y todo se comparte para después quedarse.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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martes, 21 de abril de 2020

Celebraciones

¿Por qué hay que celebrar especialmente los múltiplos de cinco?

¿Por qué cinco, diez, veinte, veinticinco, cincuenta?

Aunque nos acabó lloviendo y eso, en el fondo, gusta, no creo que hubiese mejor manera de celebrar el vigésimo sexto aniversario de nuestra licenciatura que bajando de Ordesa y bailando sobre un tronco.

En realidad, lo de aniversario era una excusa porque ya habíamos celebrado, también en el monte, el vigésimo quinto. Volvimos a juntarnos porque es lo que desde hace mucho tiempo llevábamos repitiendo aunque cada vez con menor frecuencia.

Organizar para otros es de lo que mayores satisfacciones personales genera. Quizás por eso, de forma natural, me he dedicado a ello de forma personal y profesional desde muy joven.

"- Hay que repetir esto, Koldo.Ve buscando sitio"

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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domingo, 19 de abril de 2020

Bébela con sed

Incorporándome a una de las fases del ciclo del agua.

Nunca me había parado a pensar en ello. Fue uno de mis jefes - he tenido varios, algunos muy buenos jefes y mejores personas - quién me hizo comprender que siempre hay la misma aunque mal distribuida.

Dicen que es incolora, que no tiene olor ni sabor. Pero deben referirse a la del grifo o a la embotellada. Mira cómo cae, respira a su lado, bébela con sed.

Años filtrándose para volver a aparecer y resurgir con brío donde le haya llevado la roca.

Nos mojamos la cara y la escuchamos pasar un buen rato. Descubrimos que también sonaba con ritmo mientras incorporamos nuestra propia letra de la canción. Supimos encajar.

Seguramente sonreía y nos animaba a seguir.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.


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jueves, 16 de abril de 2020

Iñaki Ochoa de Olza

En esta serie de pequeños relatos diarios en época de pandemia, el hilo conductor es la felicidad. La idea me vino, entre otras cosas, tras un mensaje de mi padre cuando le mandé una foto de la que, con el tiempo, ha sido mi última salida al monte.

"Es la imagen de la felicidad", me contestó.

Era una foto espontánea, nada posada, en el entorno y con la gente adecuados.

Qué bueno es reconocer la felicidad en los demás. No confundirla con el interés, el afán de poseer, la lucha por el poder o la riqueza, la notoriedad, el protagonismo desmedido.

Iñaki Ochoa de Olza fue un montañero, alpinista e himalayista navarro que falleció cuando intentaba ascender el Annapurna. Fue protagonista de uno de los rescates (fallido) más heroicos que se recuerdan.

Pasado un tiempo de su muerte, su madre, Pilar Seguín, declaró:

"Los padres lo que queremos es que nuestros hijos sean felices, no abogados".

Toda una declaración.

Ese día no pudimos llegar a la cima. Muchas veces hay que saber decir no para regresar a gusto. Almorzamos en la orilla del ibon. Solos. Dormimos un rato con la tranquilidad que dan los lugares donde no puede llegar todo aquello de lo que nos apartamos.

Al despertar comprobamos que todo seguía igual. No había sido un sueño. Seguíamos bajo el mismo cielo.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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miércoles, 15 de abril de 2020

El consejo del rebeco

"Venid, seguidme y quedaos que lo que veo llegar os encerrará una temporada"

No entendimos los consejos del rebeco.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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Operación Garmo Negro

Aquella vez le pusimos nombre y fue nuestra particular versión del "Salvar al soldado Ryan".

La operación Garmo Negro que, más tarde y por otros motivos, se complicó en la bajada, permitió recolocar piezas que andaban algo revueltas.

Bien es verdad que fue completa cuando, después de cenar, apoyados en un tonel, hicimos balance de todo.

Desde aquella vez, si la situación lo aconseja, montamos operaciones Garmo Negro para celebrar la amistad.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.


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lunes, 13 de abril de 2020

Zabardast

En urdu se dice zabardast.

Cuando se alcanza la cima, sea la que sea, conviene disfrutarlo, mirar bien lo recorrido y preparar la bajada. También comer algo.

No hemos terminado y hay que saber regresar.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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domingo, 12 de abril de 2020

Las calles de tu ciudad

Suelen ser en domingo. Temprano para que protesten los menos. Sí, los hay a los que les molesta que, de vez en cuando, haya personas corriendo por las calles en lugar de coches yendo de compras.

Tras el barullo y los cánticos de la salida, cada uno entra en su silencio. Sólo se escuchan pisadas y respiraciones que se aceleran. Algunos escupen. Otros tosen nerviosos. Cada uno traza su estrategia para recorrer calles silenciosas mientras los semáforos siguen, sin sentido alguno, sus ciclos que nadie respeta.

A pesar del asfalto, los edificios y las curvas en ángulo recto, recorrer así tu ciudad tiene su parte de belleza. Es ella la que te homenajea. El Pilar y su plaza emocionan mientras corres entre ellos.

Nunca he sido de competir contra el cronómetro ni contra nadie en estas pruebas. Tan sólo correr por sentir.

"Lo importante es participar", decía aquella campaña. "Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo", afirmaba Coubertin.

Quedaban pocos kilómetros y me dolía todo. Pensaba en detenerme junto al Ebro cuando escuché una voz, mi nombre y una sonrisa conocida. Una palmada, "¡venga, va!" de Jordi Dalmau y a correr otra vez.

La segunda ayuda fue anónima. Se colocó junto a mi una mujer de la que sólo recuerdo que llevaba un pañuelo en forma de cinta en la frente. Y una voz suave.

"¿Llegamos juntos?"

Y tanto que lo hicimos. Sonriendo y abrazándonos.

"Muchas gracias"

Y desaparecimos para siempre. O hasta ahora.


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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sábado, 11 de abril de 2020

Semana Santa en los Alpes

Por los motivos que fueren, no recuerdo tener constancia de la Semana Santa hasta que, por motivos profesionales, residí en Sevilla tres años y descubrí, con sorpresa, el mundo de las procesiones y su importancia cultural en algunos entornos. Hasta entonces, para mi la Semana Santa era el casi final de la temporada de esquí y los últimos cursillos y viajes de ese año. Podían ser una o dos semanas, generalmente en los Alpes franceses, ya que también entraba en juego la Semana de Pascua de los catalanes si no recuerdo mal.

Hasta ese descubrimiento sevillano, y dejando aparte las semanas de esquí, la Semana Santa eran fundamentalmente dos semanas de vacaciones en el colegio, final del segundo trimestre y ciertos cambios alimenticios: de repente no se comía carne.

Solíamos viajar un par de días antes de las llegadas de los grupos para preparar el desembarco de los miles de esquiadores que, en esa época, salían a esquiar a los Alpes franceses desde España. Se organizaban cientos de viajes desde clubes, asociaciones, universidades, agencias, grupos de amigos etc. Un verdadero micro mundo que generaba una importante actividad económica y cuyo éxito asegurábamos, mayoritariamente, veinteañeros con bastante iniciativa, mucho entusiasmo y poco miedo.

Lo que denominábamos una "entrada" de Semana Santa en una de las principales estaciones francesas ( Valthorens, Tignes, Avoriaz, Les Arcs etc ) era una verdadera operación logística en la que tres o cuatro guías, al mando de un jefe de estación, todos amigos y mucho más, asegurábamos que, en una tarde, tres mil esquiadores acabasen durmiendo en sus apartamentos, con sus fianzas entregadas, sus forfaits en un sobre, sus sábanas listas y sus clases organizadas para el día siguiente a las 10 de la mañana. Toda esta operación, así contada, parece fácil. Pero a veces el ingenio, el temple, la sangre fría, la experiencia y hasta la mismísima Gendarmerie eran necesarios.

Formábamos lo que se llamaba la Escuela Independiente de Esquí y trabajábamos para el Club Independiente de Esquí. Todo muy independiente. Éramos unos avanzados. Tan avanzados que nuestro principal soporte era Ski, Golf &Aventura, otros rompedores de la época visto treinta años después.

Antes de salir para Valthorens, Txavi y yo recogimos toda la documentación en las oficinas centrales del tour operador. Lo habitual era salir sin todo completo y ese viaje no fue la excepción. Nos quedaban doce horas de viaje en el Volkswagen Golf GTI que nos prestó Dña. Marisa. Ese trayecto de más de mil kilómetros, sin GPS, era todo un recorrido cultural alrededor de diferentes Áreas de Servicio: el 103, el Cisne, el área de Pina, La Porta Catalana y la tan recordada de Bourg de Péage. Qué buen bocadillo me tomé allí con nuestro añorado Íñigo. Ésta solía ser la última oportunidad de abastecerse de algo. Desde allí hasta arriba del tirón.

Tanto a la ida como a la vuelta, las áreas de servicio eran auténticos santuarios, puntos de encuentro de decenas de autobuses simultáneamente. A un lado de la barra, los conductores que comían mejor y gratis. A otro lado, los viajeros que pedían cafés y bocadillos. Y fuera, en el suelo sentados, el resto, la mayoría, con lo que traían desde casa. Entre medias quedaban clientes esporádicos, a los que la escena pillaba desprevenidos, y que miraban casi asustados desde alguna mesa apartada.

Con grandes dificultades, y relevándonos cada cincuenta kilómetros, conseguimos llegar a Valthorens, 2300 metros de altura, a las 4 de la mañana. Condujimos toda la noche. Tal y cómo preveíamos, nadie de nuestra organización había previsto nuestra llegada y nuestra aparición por las diferentes recepciones ( Pierre Vacances, Maeva etc ) era contemplada casi como una broma pesada. Ante la perspectiva de pasar unas cuantas horas en el coche, a 15 bajo cero, nos arriesgamos a tocar la campana de lo que hoy sería un Rústico Hotel con Encanto. Recuerdo su fachada alpina con sus plantas colgando de los balcones. Tranquilidad y silencio. Confiábamos, ingenua y desesperadamente, que aquella luz que veíamos fuese la de un recepcionista entregado a la lectura. Una vez me contaron que aún se recuerdan entre los más lugareños los alaridos de Monsieur le Patron surgiendo de entre unas bonitas flores rojas... .

Lo previsto se cumplió. Noche acucurrucados en el Golf GTI de Dña. Marisa, sin encender la calefacción, entre vaho y maldiciones. No hubo un bonito amanecer.

La jornada iba a ser larga. Organizar el desembarco de tres mil tipos que llegan de vacaciones tras más de quince horas de viaje exige y aconseja que los errores sean mínimos. Este tipo de cliente toleraba pocas bromas. Organizar apartamentos, distribuir sábanas, clasificar llaves, poner fotos en forfaits, preparar sobres para las fianzas de veinticinco mil de las entonces pesetas..... todo ello en pocas horas, recorriendo estación arriba, estación abajo, sin dormir, sin comer ..... y sin móvil, no era evidente. Y faltaba lo mejor: que no casasen los listados, que faltasen apartamentos o que la Madame de una inmobiliaria exigiese algún pago que no había llegado a tiempo. Todo ello en pocas horas y con los autobuses, aviones y coches avanzando cómo búfalos en la polvareda.

Pero que nadie se asuste. Todo lo solucionábamos. Para eso nos mandaban allí. Para eso íbamos.

Tras horas de controlado estrés, con una colaboración extrema, el goteo de clientes iba desacelerándose hasta de repente parar. Nos tocaba el gordo si coincidía que ya no quedasen llaves que entregar al tachar el último cliente de la lista. O eso creíamos. Porque entonces podía empezar otra batalla.

Desde una de las oficinas de apartamentos de la calle principal de Valthorens salí a tomar el aire. Nada más abrir la puerta, percibí cierto tumulto que capitaneaba un pequeño grupo. Venían directos y chillaban mi nombre:

"¿Dónde está ese Koldo?"

Horreur. Se venía el lío. El remate.

Se trataba de un numeroso grupo de clientes de una agencia de León que habían tomado el mando rebajando al guía del grupo. Creo que éste incluso lo agradeció. Por lo que fuere, sus expectativas no coincidían con lo encontrado. Eso solía ser habitual en todo este proceso: apartamentos más pequeños, menos intimidad, no hay lavadora, las camas son de matrimonio, está lejos del remonte.... Pero su agresividad era diferente. Eran mineros que, semanas antes habían tenido fuertes conflictos por la reconversión de su sector e incluso habían caminado hasta La Moncloa desde el Bierzo. Entendidos, en una palabra.

La revuelta, justificada, ruidosa y con bastones incluidos, estaba motivada por el estado lamentable de algunos de los apartamentos que uno de los proveedores había vendido al tour operador. Calmados los ánimos y revisado el problema, en un auténtico alarde de truco de magia, conseguimos recolocarlos asumiendo nosotros mismos el traslado de equipajes y sábanas. A mano, por supuesto. Y sin móvil, recordad. Ni tabletas ni un jefe al que recurrir.

Al cabo de unos días cenábamos todos juntos.

Eramos muy jóvenes, casi todos universitarios, vestíamos casi siempre uniformes rojos, nos gustaba mucho lo que hacíamos, nos pagaban bien porque trabajábamos muy bien, los clientes nos solían apreciar tanto que algunos se convirtieron en amigos e incluso parejas de algunos de nosotros, hasta padres o madres de sus hijos.

Una vez, después de unos años, una pareja me paró en los pasillos de un Cortefiel.

"¡Koldo!"

"¡Hombre! ¡Qué alegría, los del episodio de Avoriaz!.  ¡De vaya lío os saqué! ¿Qué hacéis aquí y juntos?"

"¿Recuerdas que ni nos conocíamos? ¡"Pues después de aquello nos casamos!"

Hace unos años conseguí reunir a muchos de los que formamos aquel grupo. Nos hizo ilusión. No había pasado el tiempo.


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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