sábado, 11 de abril de 2020

Semana Santa en los Alpes

Por los motivos que fueren, no recuerdo tener constancia de la Semana Santa hasta que, por motivos profesionales, residí en Sevilla tres años y descubrí, con sorpresa, el mundo de las procesiones y su importancia cultural en algunos entornos. Hasta entonces, para mi la Semana Santa era el casi final de la temporada de esquí y los últimos cursillos y viajes de ese año. Podían ser una o dos semanas, generalmente en los Alpes franceses, ya que también entraba en juego la Semana de Pascua de los catalanes si no recuerdo mal.

Hasta ese descubrimiento sevillano, y dejando aparte las semanas de esquí, la Semana Santa eran fundamentalmente dos semanas de vacaciones en el colegio, final del segundo trimestre y ciertos cambios alimenticios: de repente no se comía carne.

Solíamos viajar un par de días antes de las llegadas de los grupos para preparar el desembarco de los miles de esquiadores que, en esa época, salían a esquiar a los Alpes franceses desde España. Se organizaban cientos de viajes desde clubes, asociaciones, universidades, agencias, grupos de amigos etc. Un verdadero micro mundo que generaba una importante actividad económica y cuyo éxito asegurábamos, mayoritariamente, veinteañeros con bastante iniciativa, mucho entusiasmo y poco miedo.

Lo que denominábamos una "entrada" de Semana Santa en una de las principales estaciones francesas ( Valthorens, Tignes, Avoriaz, Les Arcs etc ) era una verdadera operación logística en la que tres o cuatro guías, al mando de un jefe de estación, todos amigos y mucho más, asegurábamos que, en una tarde, tres mil esquiadores acabasen durmiendo en sus apartamentos, con sus fianzas entregadas, sus forfaits en un sobre, sus sábanas listas y sus clases organizadas para el día siguiente a las 10 de la mañana. Toda esta operación, así contada, parece fácil. Pero a veces el ingenio, el temple, la sangre fría, la experiencia y hasta la mismísima Gendarmerie eran necesarios.

Formábamos lo que se llamaba la Escuela Independiente de Esquí y trabajábamos para el Club Independiente de Esquí. Todo muy independiente. Éramos unos avanzados. Tan avanzados que nuestro principal soporte era Ski, Golf &Aventura, otros rompedores de la época visto treinta años después.

Antes de salir para Valthorens, Txavi y yo recogimos toda la documentación en las oficinas centrales del tour operador. Lo habitual era salir sin todo completo y ese viaje no fue la excepción. Nos quedaban doce horas de viaje en el Volkswagen Golf GTI que nos prestó Dña. Marisa. Ese trayecto de más de mil kilómetros, sin GPS, era todo un recorrido cultural alrededor de diferentes Áreas de Servicio: el 103, el Cisne, el área de Pina, La Porta Catalana y la tan recordada de Bourg de Péage. Qué buen bocadillo me tomé allí con nuestro añorado Íñigo. Ésta solía ser la última oportunidad de abastecerse de algo. Desde allí hasta arriba del tirón.

Tanto a la ida como a la vuelta, las áreas de servicio eran auténticos santuarios, puntos de encuentro de decenas de autobuses simultáneamente. A un lado de la barra, los conductores que comían mejor y gratis. A otro lado, los viajeros que pedían cafés y bocadillos. Y fuera, en el suelo sentados, el resto, la mayoría, con lo que traían desde casa. Entre medias quedaban clientes esporádicos, a los que la escena pillaba desprevenidos, y que miraban casi asustados desde alguna mesa apartada.

Con grandes dificultades, y relevándonos cada cincuenta kilómetros, conseguimos llegar a Valthorens, 2300 metros de altura, a las 4 de la mañana. Condujimos toda la noche. Tal y cómo preveíamos, nadie de nuestra organización había previsto nuestra llegada y nuestra aparición por las diferentes recepciones ( Pierre Vacances, Maeva etc ) era contemplada casi como una broma pesada. Ante la perspectiva de pasar unas cuantas horas en el coche, a 15 bajo cero, nos arriesgamos a tocar la campana de lo que hoy sería un Rústico Hotel con Encanto. Recuerdo su fachada alpina con sus plantas colgando de los balcones. Tranquilidad y silencio. Confiábamos, ingenua y desesperadamente, que aquella luz que veíamos fuese la de un recepcionista entregado a la lectura. Una vez me contaron que aún se recuerdan entre los más lugareños los alaridos de Monsieur le Patron surgiendo de entre unas bonitas flores rojas... .

Lo previsto se cumplió. Noche acucurrucados en el Golf GTI de Dña. Marisa, sin encender la calefacción, entre vaho y maldiciones. No hubo un bonito amanecer.

La jornada iba a ser larga. Organizar el desembarco de tres mil tipos que llegan de vacaciones tras más de quince horas de viaje exige y aconseja que los errores sean mínimos. Este tipo de cliente toleraba pocas bromas. Organizar apartamentos, distribuir sábanas, clasificar llaves, poner fotos en forfaits, preparar sobres para las fianzas de veinticinco mil de las entonces pesetas..... todo ello en pocas horas, recorriendo estación arriba, estación abajo, sin dormir, sin comer ..... y sin móvil, no era evidente. Y faltaba lo mejor: que no casasen los listados, que faltasen apartamentos o que la Madame de una inmobiliaria exigiese algún pago que no había llegado a tiempo. Todo ello en pocas horas y con los autobuses, aviones y coches avanzando cómo búfalos en la polvareda.

Pero que nadie se asuste. Todo lo solucionábamos. Para eso nos mandaban allí. Para eso íbamos.

Tras horas de controlado estrés, con una colaboración extrema, el goteo de clientes iba desacelerándose hasta de repente parar. Nos tocaba el gordo si coincidía que ya no quedasen llaves que entregar al tachar el último cliente de la lista. O eso creíamos. Porque entonces podía empezar otra batalla.

Desde una de las oficinas de apartamentos de la calle principal de Valthorens salí a tomar el aire. Nada más abrir la puerta, percibí cierto tumulto que capitaneaba un pequeño grupo. Venían directos y chillaban mi nombre:

"¿Dónde está ese Koldo?"

Horreur. Se venía el lío. El remate.

Se trataba de un numeroso grupo de clientes de una agencia de León que habían tomado el mando rebajando al guía del grupo. Creo que éste incluso lo agradeció. Por lo que fuere, sus expectativas no coincidían con lo encontrado. Eso solía ser habitual en todo este proceso: apartamentos más pequeños, menos intimidad, no hay lavadora, las camas son de matrimonio, está lejos del remonte.... Pero su agresividad era diferente. Eran mineros que, semanas antes habían tenido fuertes conflictos por la reconversión de su sector e incluso habían caminado hasta La Moncloa desde el Bierzo. Entendidos, en una palabra.

La revuelta, justificada, ruidosa y con bastones incluidos, estaba motivada por el estado lamentable de algunos de los apartamentos que uno de los proveedores había vendido al tour operador. Calmados los ánimos y revisado el problema, en un auténtico alarde de truco de magia, conseguimos recolocarlos asumiendo nosotros mismos el traslado de equipajes y sábanas. A mano, por supuesto. Y sin móvil, recordad. Ni tabletas ni un jefe al que recurrir.

Al cabo de unos días cenábamos todos juntos.

Eramos muy jóvenes, casi todos universitarios, vestíamos casi siempre uniformes rojos, nos gustaba mucho lo que hacíamos, nos pagaban bien porque trabajábamos muy bien, los clientes nos solían apreciar tanto que algunos se convirtieron en amigos e incluso parejas de algunos de nosotros, hasta padres o madres de sus hijos.

Una vez, después de unos años, una pareja me paró en los pasillos de un Cortefiel.

"¡Koldo!"

"¡Hombre! ¡Qué alegría, los del episodio de Avoriaz!.  ¡De vaya lío os saqué! ¿Qué hacéis aquí y juntos?"

"¿Recuerdas que ni nos conocíamos? ¡"Pues después de aquello nos casamos!"

Hace unos años conseguí reunir a muchos de los que formamos aquel grupo. Nos hizo ilusión. No había pasado el tiempo.


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa








No hay comentarios:

Publicar un comentario