La noche había sido larga, fría y muy ventosa. Por momentos, antes del amanecer, pensó que no podrían seguir hasta que amainase. Al abrir la puerta del viejo refugio se cumplió lo que suele ser habitual: las noches confunden y tienden a aumentar la importancia de las dificultades. Salvo una niebla lejana, todo aparecía despejado.
Se habían acostado pronto, cuando aún no había anochecido. No tardaron en coger el primer sueño de la larga serie en la que se dividen las noches incómodas. A la media hora se abrió la puerta y se asomó el primero de los tres que lo harían en un intervalo de hora y media. Al comprobar que estaba todo ocupado, y ante la disyuntiva de echar el saco al duro cemento o al suelo pastoso, los tres optaron por lo último y acamparon junto al río sin pensar en el frío y la humedad de la madrugada.
A medianoche y sin avisar un fogonazo, mucha luz y un ruido sordo, los despertó. Cómo en una mala película, pero esta vez en serio, la chimenea, atizada por un intenso vendaval, prendió súbitamente despertándolos del cuarto sueño y ahumando el pequeño habitáculo que habían ordenado al llegar a media tarde. Sin opción para apagarlo, estuvieron mirando el fuego consumirse preguntándose cómo había sido posible que se encendiese él solo y agradeciendo haberse despertado.
Ciertas fogatas impregnan un olor a la ropa, el pelo y la piel que perdura más que un mal recuerdo. Por suerte, al cruzar el Collado de Toronez d'as Cabretas surgió el ibón.
viernes, 14 de agosto de 2020
Prendió el fuego y se marchó el olor
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