miércoles, 9 de septiembre de 2020

Cartas, respuestas y silencios

Pensó que debía escribir una carta y ordenó mentalmente sus ideas. Buscó su dirección y redactó educada, directa y convincentemente, a mano y con su mejor letra, todo aquello que le dictaron cabeza y corazón. Solía utilizar papel crema verjurado de alto gramaje y sobre americano a juego. Con algo de suerte no hubo tachones y lo logró a la primera. No le gustó cómo quedó escrita la dirección en el sobre y tuvo que volver a hacerlo. También puso el remite por detrás aunque con menos esmero. Lo último era ir a un estanco a pedir un sello. Todos los estancos solían oler igual. La estanquera sacó de un cajón una carpeta azul de cartón, bastante usada, y de ella una gran sábana de sellos. Pagó con monedas y, apoyado en el mostrador, pasó la lengua por el reverso de uno de ellos que conmemoraba algún centenario de algún monumento de alguna ciudad de interior. Lo colocó en el ángulo superior derecho del sobre y buscó un buzón. Confirmó el horario de recogidas y se despidió de la carta confiando en que fuese la definitiva. Sonó el metal que protegía la boca de envíos nacionales. ⁣

Días después recibió su contestación y sólo eso ya fue suficiente. Faltaba conocer el contenido. Lo leyó en la intimidad. Una y otra vez. ⁣

Hoy en día, con mil excusas poco convincentes, ya muy pocos contestan y eso explica muchas cosas.

#SacaLaFelicidadAPasear







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