Aquel día decidió no sólo llamarlo sino quedar con él. No hacerlo y seguir confiando en los mensajes escritos en el móvil era una forma de dejadez y de egoísta conveniencia. En algunos casos hasta de cobardía. El teléfono y las redes sociales no servían más que para justificar una falsa cercanía que cada vez era más incómoda. No entendían cómo habían podido llegar a eso. Corrían el riesgo de pasar de lo difuso a lo oscuro. Y de ahí a desaparecer sólo había un paso.
Ceden su sitio las personas a los compromisos, los intereses, las vanidades, las envidias, las sombras y los por si acasos.
Incomprehensiblemente ya le había pasado con quien, tiempo atrás, compartió todo. ¿Cuántos números de teléfono somos capaces de recordar sin mirar una agenda? Números que marcábamos en un teléfono negro de pared, con un auricular muy pesado, metiendo el dedo para hacer girar una rueda hasta un tope cuando aún no había ni prefijos. Pues treinta años después, el suyo aún era capaz de recitarlo dígito a dígito que era como él memorizaba cierto tipo de números. También el DNI. Era incapaz de repetirlos de otro modo.
Lo llamó y quedaron donde siempre para echarse a andar con la complicidad que consiguen los paseos sin rumbo y sin tiempo. Sólo se queda donde siempre con los que se comparte algo más de lo que se puede contar. Un banco de un parque, un cartelón publicitario, un cruce de calles, una barra de un bar o la parada de donde partía el último autobús. Quedar donde siempre es volver al pueblo, volver a las raíces, volver donde se fue feliz o donde se truncó un amor. O ambas cosas. Aunque hayan pasado décadas, todos tenemos a alguien al que, si le decimos donde siempre, allí deberíamos encontrarlo. Otra cosa es que acuda.
Con las pisadas apenas perceptibles y habiendo aún recorrido pocas calles, fueron emergiendo nuevamente las personas que ellos mismos seguían siendo y eso los reconfortaba. Siempre había sido así. Notaban viva la cercanía que provoca el roce tras un tropiezo, una confidencia de última hora, una mano en el hombro o, simplemente, adivinar el final de un recuerdo que el otro recitaba o una ayuda no solicitada. La música de la voz, los viejos latiguillos, el acabar de algunas sílabas y el olor del jabón en la ropa eran los de siempre. El catálogo de anécdotas, aunque repetitivo, seguía provocando tanto sonrisas como carcajadas. A una le seguía otra sin un orden lógico. Saltaban en el tiempo, recorrían el mundo y evocaban el pasado. Compartieron chascarrillos que nadie más entendería.
Le contó que un día la había vuelto a ver. Que se la encontró por la calle cuando ya casi había perdido la esperanza. En realidad no fue fortuito porque fue a buscarla. Reconoció su manera de andar, su bolsa del gimnasio y su gorro amarillo. Sólo fueron capaces de mirarse antes de volver a desaparecer. Nada más. Llegó a pensar que no lo había reconocido pero no era más que una defensa porque la vio llorar. Su ausencia no le atormentaba pero no encontraba razones que la explicaran. Y con la duda pasaban los años.
Se preguntaron por viejos amigos. De alguno tenían noticias porque compartían grupos de whatsapp y, de vez en cuando, reenviaba impulsivamente alguna falsa noticia, un chiste sin gracia o un vídeo lacrimógeno. Pero en realidad no sabían nada de él ni de qué tal le iría en aquel trabajo que tuvo que aceptar marchándose lejos de lo suyo. Lo único que sabían de él era que en su foto de perfil estaba muy deteriorado y que parecía estar irritado con la vida. Pero nada de los motivos y menos de los sentimientos. Sería una pena volver a conectar cuando ya fuese muy tarde.
Ese día caminaron durante horas y se toparon con algunos conocidos con los que cruzaron algo más que un saludo. Frente al mar, una pareja que enseguida adivinaron extranjera miraba lejos. Había un fuerte temporal que hacía más bello al mar. De una antigua casa de piedra salía el olor de un guiso de cuchara que iba a preceder a una larga sobremesa. Olía a chimenea. En una ladera cercana unos críos chillaban mientras un perro jugaba a quitarles la pelota. Las hojas de los árboles ya habían empezado a cubrir los caminos. Sobre la arena de la playa un grupo de surfistas calentaba antes de meterse en las olas. Una familia joven estrenaba bicicletas pedaleando en fila india. Una chica joven acompañaba, empujando una silla de ruedas, a una mujer muy mayor pero aún sonriente. Dos empleados satisfechos repasaban los cubos de la basura y ordenaban la calle. También había quien preparaba el barco para salir a pescar esa noche. Olía a pan. Había mucha vida tranquila.
También hubo silencios que no hizo falta explicar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario