Para aquella tarde de un día cualquiera del mes de febrero, decidimos hacer lentejas y nos proveímos de todo lo necesario, sobre todo el chorizo bien picante. Unas lentejas fuertes, de montaña, para tipos ( y tipas ) que lo aguantaban todo, incluidos los incontables días sin dormir más que un par de horas para cumplir con los clientes día, tarde y noche en las pistas, las tiendas y las discotecas. La de la tarde era nuestra comida principal ya que, a mediodía, solíamos estar aún en las pistas aprovechando el tiempo libre del que disponíamos entre los cursillos de la mañana y los de la tarde. No perdonábamos un instante a pesar de que el ciclo semanal, que empezaba el domingo a última hora, se repetía de diciembre a finales de mayo.
Cada cursillista creaba y arrastraba tras de si, después de su semana blanca, una leyenda que se ha venido transmitiendo de boca en boca desde entonces. Entre nosotros era muy habitual designar con un mote a casi todos ellos para reconocerlos rápidamente, cambiarlos de grupo, hacer chascarrillos o, simplemente, sonreír con sus anécdotas.
Esa semana de finales de febrero coincidieron las lentejas y "la del mono blanco" y de ambas nació el relato que más tarde pasó a ser leyenda.
Era principiante, de las que se bajan del autobús con el anorak totalmente abierto, con el gorro ya puesto, con los guantes colgando de la cremallera de un bolsillo, con risa nerviosa y con mirada de descubridora de América. Principiante de las que combinan el material prestado por una compañera de trabajo con las compras en oportunidades del Corte Inglés y con el alquiler de gama baja con las fijaciones sin ajustar. De las que se sienten patosas caminando con las botas todavía sin enganchar. En esos tiempos, la moda imponía las de apertura trasera que, al caminar, hacían del debutante una especie de astronauta pisando pisando fuerte el asfalto al ritmo cansino de un clonc, clonc, clonc característico. "La del mono blanco", que se sabía atractiva, buscaba constantemente la complicidad de su acompañante, principiante también pero de segunda generación: había subido un día "a la nieve" y ya sabía que era blanca y fría y que resbalaba. Poco más le había cundido aquella escapada de domingo con un compañero del instituto con el que se reencontró años después de graduarse.
Todos hemos sido principiantes alguna vez. Ella lo era esa semana. Era debutante adulta.
Cada lunes, los grupos semanales repetían perfiles. Además del solitario, de la familia unida, de los cinco listillos y de la pareja que disfrutaba de su primer viaje en solitario solían destacar los que se habían conocido en el punto de partida, ellos y ellas, y se habían colocado al final del autobús, tonteando desde entonces y convenciendo al guía para que sus habitaciones fuesen contiguas.
Mientras se hacían las lentejas, que habíamos dejado a remojo desde el punto de la mañana hasta nuestra vuelta a las cinco, fuimos poniéndonos al día. Esa semana éramos cinco en el apartamento, ellas dos y nosotros tres. Nos llevábamos bien y aguantábamos sin enfadarnos las bromas que, a veces, eran verdaderas puyas. Había complicidad y nos contábamos casi todo. Sabíamos que algunos de nosotros también teníamos mote.
No recuerdo quién fue a comprar el chorizo pero seguramente no fue el que, tras comprobar que "la del mono blanco" y los otros siete del grupo progresaban correctamente con la cuña, la acompañó en su primer viaje en telesilla. Subir en un remonte es otro de los momentos clave en la vida del principiante. Y más que subir, bajarse al llegar arriba. Durante todo el trayecto a más de cuatro metros del suelo, el máximo temor es "¿qué pasa si no logro bajar?" "¿me pasaré el día subiendo y bajando?". Por ello, salvo los que quieren compartir juntos la incertidumbre y el riesgo de la primera experiencia, los principiantes suelen buscar la complicidad, y la compañía, del profesor. Al final del trayecto y bajarse del telesilla ya habían quedado para esa noche.
Fueron las primeras lentejas y, que yo recuerde, las últimas. Había suficientes cómo para haber invitado a todo el bloque de apartamentos. Olían muy bien. Era plato único así que repetimos antes de tirarnos en los sofás y dejar "para luego" la recogida. Yo las recuerdo cómo exquisitas. Nos dormimos la siesta.
Esa noche fuimos a un lugar nuevo que nos sugirió Víctor, el remontero al cargo del telesquí de debutantes. Él también se había fijado en "la del mono blanco". Tenía una paciencia infinita con todos los debutantes a los acompañaba a la carrera en su primer trayecto en telesquí chillándolos dejarse llevar, mirar al frente, no sentarse y no juntar las rodillas. Llegamos los últimos después de vencer a una persistente pereza y a varios platos de lentejas. La idea de casi todos era dar una vuelta y volver pronto. O eso creíamos. Él tenía una cita que no nos había contado pero que sospechábamos.
Quedar con los cursillistas, a pesar de formar parte de la rutina, era tremendamente peligroso. Todo era susceptible de complicarse y solía cumplirse. Todos éramos jóvenes y con ganas de divertirnos. Para ellos eran sus vacaciones y para nosotros un trabajo deseado para esa época de la vida en la que el futuro es sólo mañana. Quedar por las noches, además, servía para suavizar los pequeños problemas que hubiese podido haber durante el día. Era lo que más tarde el marketing llamó herramienta de fidelización.
"La del mono blanco" no llevaba el mono blanco y vestía cómo visten los cursillistas que al llegar a la salida se presentan con la maleta más grande de su trastero. Ropa muy urbana de sábado por la noche. Destacaba del resto y lo buscaba sin disimulo desde la barra y desde la pista. Hasta que, copa en mano, se acercó y nos preguntó por él con media sonrisa y ningún nervio, temerosa del plantón.
Así nació la leyenda de los platos de lentejas.
Evito detalles pero lo recuperé a medio camino entre el cuarto de baño y la salida de emergencia, rogándome que lo acompañara a casa. Maldecía al chorizo, al picante y a su suerte. Ella no nos vio salir, casi huir.
viernes, 24 de noviembre de 2017
martes, 21 de noviembre de 2017
La espera
Mujer, sola y con capucha, leyendo junto al mar. Al pasar las páginas, piensa en él y recuerda lo que pudo haber sido y, también, lo que fue. El ruido cercano de las olas le ayuda a sonreír. Sigue siendo feliz mientras espera verlo volver.
miércoles, 8 de noviembre de 2017
Tiempo y distancia
Pese a que aquel día también amaneció despejado, de una manera desconocida e inesperada, la distancia dejó de medirse en kilómetros y empezó a transformarse en días que, más tarde, fueron meses y años. Aún así, creían continuamente compartir la certeza de la fragilidad del tiempo y la esperanza de su espontánea ruptura.
Desde muy jóvenes habían tejido redes de colores.
Desde muy jóvenes habían tejido redes de colores.
lunes, 23 de octubre de 2017
Venta a bordo
La desgana con la que A. empuja el carrito de la venta a bordo y el tono cansino de su “¿desean un zumo o un café?” sólo ha recibido cómo respuesta la sonrisa complaciente de la pareja de padres primerizos, y mayores, que ocupan 1C y 1B y que llevan su donuts y su coca cola de casa.
Son primerizos por el bebé que llevan en sus brazos pero, sobre todo, por sus juegos de miradas, susurros y, sobre todo, por no dejar en paz a la cría que va de brazo en brazo, ahora tapada, ahora despierta, con un pijama de animales y suspirando porque la dejen tranquila en su cochecito que anda aparcado en la zona de minusválidos.
Cuándo los he visto aparecer a eso de las 6:54 he temido lo peor. Pero la niña no ha emitido aún ningún ruido y creo que todos , desde 1A a 12C, vamos a nombrarla pasajera del mes.
Regresa A. con su carrito. La ha reclamado una voz metálica ordenando “¡Tripulación preparen operaciones!” Aún así me ha dado tiempo a comprobar las pocas ganas de vender que, además de la propia A., tienen el diseñador del carrito, el responsable comercial de la subcontrata y hasta el mismísimo proveedor de zumos y cafés.
El bebé de 1B no tendrá ni un mes. Apenas puede aún mantener la cabeza erguida ( ya no recuerdo cuando llega ese momento, la verdad). Pero 1B, primeriza de matrícula de honor, tiene tantas ganas de cantarle una canción que la coloca en la mesita y, mirando a los ojos ora de 1C, ora de la cría, la somete a un trote, que acaba en puro galope sioux y con el cuello de la niña que no sabe si seguir el ritmo del caballo o el del balanceo del tren.
Y entonces, en mitad de un túnel, pasó lo que esperábamos. Lloró.
Dice 4C que el hijo de Mía Farrow parece que es hijo de Frank Sinatra. 4B ríe y afirma que eso no lo sabíamos. Toma tú.
Son primerizos por el bebé que llevan en sus brazos pero, sobre todo, por sus juegos de miradas, susurros y, sobre todo, por no dejar en paz a la cría que va de brazo en brazo, ahora tapada, ahora despierta, con un pijama de animales y suspirando porque la dejen tranquila en su cochecito que anda aparcado en la zona de minusválidos.
Cuándo los he visto aparecer a eso de las 6:54 he temido lo peor. Pero la niña no ha emitido aún ningún ruido y creo que todos , desde 1A a 12C, vamos a nombrarla pasajera del mes.
Regresa A. con su carrito. La ha reclamado una voz metálica ordenando “¡Tripulación preparen operaciones!” Aún así me ha dado tiempo a comprobar las pocas ganas de vender que, además de la propia A., tienen el diseñador del carrito, el responsable comercial de la subcontrata y hasta el mismísimo proveedor de zumos y cafés.
El bebé de 1B no tendrá ni un mes. Apenas puede aún mantener la cabeza erguida ( ya no recuerdo cuando llega ese momento, la verdad). Pero 1B, primeriza de matrícula de honor, tiene tantas ganas de cantarle una canción que la coloca en la mesita y, mirando a los ojos ora de 1C, ora de la cría, la somete a un trote, que acaba en puro galope sioux y con el cuello de la niña que no sabe si seguir el ritmo del caballo o el del balanceo del tren.
Y entonces, en mitad de un túnel, pasó lo que esperábamos. Lloró.
Dice 4C que el hijo de Mía Farrow parece que es hijo de Frank Sinatra. 4B ríe y afirma que eso no lo sabíamos. Toma tú.
sábado, 5 de agosto de 2017
Experiencia de compra
La culpa no fue del Cha Cha Cha sino de Enrique Iglesias y su "experiencia religiosa". Fue un adelantado y un precursor del mundo experiencias.
Leo:
"Hoy el consumidor busca vivir una experiencia de compra diferente cuándo va al súper y, por eso, todas las cadenas están mejorando sus espacios e incorporando servicios para fidelizarlos, como puestos de degustación: secciones de productos premium o robots que asesoran sobre los productos"
Y pienso:
Debo de ser muy raro o ya estoy fuera.
¿Y yo que cuando voy al súper es por pura necesidad de hacer la compra para llenar la nevera y despensa, que me hago el remolón hasta que no queda más remedio, que elijo aquel en el que la pueda hacer más rápido y económico con una calidad aceptable, que recorro cómo un autómata los pasillos repitiendo el mismo circuito que la vez anterior, que, en un enorme porcentaje, repito los mismos productos, que intento esquivar todo aquello que sospecho me quieren encasquetar y que, al salir, siento una especie de liberación?
¿O acaso es esta liberación tras el paso por la cajera la verdadera "experiencia de compra diferente"?
Decididamente, eso de buscar una experiencia de compra, expresión, por cierto, un tanto cursi y pretenciosa, traducción literal de un término marketiniano anglosajón, lo dejo mejor para actividades que realmente merecen la pena.
Vivir una experiencia en Mercadona no lo es. Aunque los Pegamoides ya lo cantaron antes.
Por cierto, ¿se incluye en el proceso de experiencia de compra el momento de llegar a casa, descargar las bolsas del coche, subir a la cocina, sacar, desembalar y ordenar todo?
Leo:
"Hoy el consumidor busca vivir una experiencia de compra diferente cuándo va al súper y, por eso, todas las cadenas están mejorando sus espacios e incorporando servicios para fidelizarlos, como puestos de degustación: secciones de productos premium o robots que asesoran sobre los productos"
Y pienso:
Debo de ser muy raro o ya estoy fuera.
¿Y yo que cuando voy al súper es por pura necesidad de hacer la compra para llenar la nevera y despensa, que me hago el remolón hasta que no queda más remedio, que elijo aquel en el que la pueda hacer más rápido y económico con una calidad aceptable, que recorro cómo un autómata los pasillos repitiendo el mismo circuito que la vez anterior, que, en un enorme porcentaje, repito los mismos productos, que intento esquivar todo aquello que sospecho me quieren encasquetar y que, al salir, siento una especie de liberación?
¿O acaso es esta liberación tras el paso por la cajera la verdadera "experiencia de compra diferente"?
Decididamente, eso de buscar una experiencia de compra, expresión, por cierto, un tanto cursi y pretenciosa, traducción literal de un término marketiniano anglosajón, lo dejo mejor para actividades que realmente merecen la pena.
Vivir una experiencia en Mercadona no lo es. Aunque los Pegamoides ya lo cantaron antes.
Por cierto, ¿se incluye en el proceso de experiencia de compra el momento de llegar a casa, descargar las bolsas del coche, subir a la cocina, sacar, desembalar y ordenar todo?
jueves, 20 de julio de 2017
Corte de digestión
El verano había llegado para quedarse cuando, después de comer, tratabas de escapar a bañarte en la piscina y algún adulto de la familia sentenciaba solemnemente: "Hay que esperar dos horas a que hagas la digestión". Frenazo en seco, suspiro y cabreo. Dos horas en la infancia eran cómo un periodo entre dos pagas extras en la edad adulta. Infinito. Si a eso se le añadía la calorina de las cuatro de la tarde del mes de julio, con las chicharras arreando y ese tórrido olor seco que tienen los pinos en verano, las dos horas de digestión sólo conducían a la desesperación y a la búsqueda de estrategias para saltárselas. Había que infringir la ley cómo fuese. Porque las dos horas de digestión eran cómo las películas de dos rombos. En la piscina de la comunidad se formaban dos grupos: los que teníamos que hacer la digestión, muy numeroso, y los que no. Los que podían ver las pelis de dos rombos y los que no.
Saltarse la norma era lo que hoy en día se considera un deporte de riesgo. Matando el tiempo jugando en círculo a las cartas, los más puristas ponían en circulación leyendas urbanas que hablaban de ahogamientos y desapariciones por el mismísimo hueco de depuradora. Existía incluso la teoría que afirmaba que hasta la cintura podía uno mojarse pero ¡ay de pasar de ahí!. El corte de digestión podía ser seco, instantáneo, fulminante. El corte de digestión y la antitetánica siempre fueron conceptos coetáneos.
Lo primero que te venía a la cabeza era pasear por el borde de la piscina, contando cuadraditos de esos azules que forman el fondo y las paredes de las piscinas, y que alguien te empujase, inocentemente, camiseta y toalla incluidas. Eso anulaba ya el corte de digestión y abría la veda a poner bañarte toda la tarde. Tenías, eso sí, que secar la toalla enrollándola desde cada uno de sus extremos, retorciéndola hasta no poder más. Pero la batalla a las dos horas ya estaba ganada.
Otra de las habituales estrategias escapatorias era autoinvitarte a comer a casa de algún amigo cuyos padres eran más avanzados a los tiempos y veían en eso de la digestión una rémora casi franquista. Una casa sin la norma de la digestión era sinónimo de libertad y ancha es Castilla. Si no había digestión no había ley. Y sin ley, valía todo. Eran casas dónde, si hurgabas en el cuarto de la caldera, dónde se almacenaban los periódicos y las revistas antiguos que luego se vendían al peso, encontrabas algún Playboy, algún Lib o algún Penthouse escondidos entre el Abc y la Hoja del Lunes. Un pequeño Perpignan a escala local.
Las dos horas de digestión en la playa eran una pesadilla aún peor. Si subías a comer a casa, entre una cosa y otra, la cosa se suavizaba y las dos horas se trampeaban. Lo tremendamente grave eran los días en los que se comía en la playa. Lo nuestro era una comida a la norteña, lejos de los festines playeros de otras latitudes que, seguramente, sí que justifican no sólo las dos horas de digestión sino un mes de ayuno y abstinencia. La negociación empezaba en el momento mismo de preparar los bocadillos en la cocina de casa. Un bocadillo no era una comida en si mismo por lo que la digestión no debería durar las consabidas dos horas de reloj. Pero no había manera: con el último bocado se ponía en marcha el cronómetro en una cuenta atrás de 120 minutos que no lograba romper ni la pleamar más viva. Si en un viaje de seis horas el "¿cuánto queda?" empezaba a partir de las dos horas, en una digestión playera lo soltabas ya con el chorizo pamplonica aún en la boca. Creo recordar que si, excepcionalmente, había helado, éste ya no contaba en el cómputo de los minutos.
Reconozco que con el tiempo fuimos logrando ciertas victorias parciales aunque nunca absolutas. Éstas llegaron con el paso del tiempo cuando, súbitamente, quedó abolida la norma sin que hubiese informe alguno de organismo competente que lo justificase. Probablemente, fue nuestra afición a los deportes acuáticos la que logró que la digestión pasará de dos horas a nada en un solo verano. O quizás fue nuestra adolescencia. O la mismísima democracia. O el coñazo que representaba tanto para el que aplicaba la ley cómo para el gobernado. A partir de ese momento ya sólo impedía el baño en el mar, fuese cuando fuese, la bandera roja de lo alto del mástil y el silbato del socorrista.
O por lo menos lo intentaba.
Saltarse la norma era lo que hoy en día se considera un deporte de riesgo. Matando el tiempo jugando en círculo a las cartas, los más puristas ponían en circulación leyendas urbanas que hablaban de ahogamientos y desapariciones por el mismísimo hueco de depuradora. Existía incluso la teoría que afirmaba que hasta la cintura podía uno mojarse pero ¡ay de pasar de ahí!. El corte de digestión podía ser seco, instantáneo, fulminante. El corte de digestión y la antitetánica siempre fueron conceptos coetáneos.
Lo primero que te venía a la cabeza era pasear por el borde de la piscina, contando cuadraditos de esos azules que forman el fondo y las paredes de las piscinas, y que alguien te empujase, inocentemente, camiseta y toalla incluidas. Eso anulaba ya el corte de digestión y abría la veda a poner bañarte toda la tarde. Tenías, eso sí, que secar la toalla enrollándola desde cada uno de sus extremos, retorciéndola hasta no poder más. Pero la batalla a las dos horas ya estaba ganada.
Otra de las habituales estrategias escapatorias era autoinvitarte a comer a casa de algún amigo cuyos padres eran más avanzados a los tiempos y veían en eso de la digestión una rémora casi franquista. Una casa sin la norma de la digestión era sinónimo de libertad y ancha es Castilla. Si no había digestión no había ley. Y sin ley, valía todo. Eran casas dónde, si hurgabas en el cuarto de la caldera, dónde se almacenaban los periódicos y las revistas antiguos que luego se vendían al peso, encontrabas algún Playboy, algún Lib o algún Penthouse escondidos entre el Abc y la Hoja del Lunes. Un pequeño Perpignan a escala local.
Las dos horas de digestión en la playa eran una pesadilla aún peor. Si subías a comer a casa, entre una cosa y otra, la cosa se suavizaba y las dos horas se trampeaban. Lo tremendamente grave eran los días en los que se comía en la playa. Lo nuestro era una comida a la norteña, lejos de los festines playeros de otras latitudes que, seguramente, sí que justifican no sólo las dos horas de digestión sino un mes de ayuno y abstinencia. La negociación empezaba en el momento mismo de preparar los bocadillos en la cocina de casa. Un bocadillo no era una comida en si mismo por lo que la digestión no debería durar las consabidas dos horas de reloj. Pero no había manera: con el último bocado se ponía en marcha el cronómetro en una cuenta atrás de 120 minutos que no lograba romper ni la pleamar más viva. Si en un viaje de seis horas el "¿cuánto queda?" empezaba a partir de las dos horas, en una digestión playera lo soltabas ya con el chorizo pamplonica aún en la boca. Creo recordar que si, excepcionalmente, había helado, éste ya no contaba en el cómputo de los minutos.
Reconozco que con el tiempo fuimos logrando ciertas victorias parciales aunque nunca absolutas. Éstas llegaron con el paso del tiempo cuando, súbitamente, quedó abolida la norma sin que hubiese informe alguno de organismo competente que lo justificase. Probablemente, fue nuestra afición a los deportes acuáticos la que logró que la digestión pasará de dos horas a nada en un solo verano. O quizás fue nuestra adolescencia. O la mismísima democracia. O el coñazo que representaba tanto para el que aplicaba la ley cómo para el gobernado. A partir de ese momento ya sólo impedía el baño en el mar, fuese cuando fuese, la bandera roja de lo alto del mástil y el silbato del socorrista.
O por lo menos lo intentaba.
miércoles, 19 de julio de 2017
¿Qué tal vas?
Al llegar, durante ese breve intervalo que hay entre que das el último paso y miras a tu alrededor, surge la oculta emoción. El indescriptible estado de ánimo lucha y consigue mostrarse a través de un abrazo, una mirada, una sonrisa de complicidad o un beso. Suele durar un rato. El suficiente para compartir la felicidad con el que te ha acompañado, con el que acabas de conocer o con el que, sencillamente, pasaba por allí. Y contigo mismo.
miércoles, 12 de julio de 2017
Mientras no nieve, no alarmen
Antes de que vayan conectando con el becario a las cuatro de la tarde a pie de la Torre del Oro de Sevilla y el termómetro marque 48ºC al sol......
Antes de que den paso a la pieza de consejos para no sufrir una insolación ni una deshidratación.....
Antes de que entrevisten a una señora mayor abanicándose, sofocada, sentada en un banco de un parque...
Antes de que enfoquen a unos churumbeles saltando en una fuente de un parque público...
Antes de que entrevisten a un vendedor de ventiladores que ha roto stock....
Antes de que conecten con La Coruña y digan que ellos están fresquitos....
Antes de apostarse en una gasolinera a la salida de Madrid y asaltar a un señor con camiseta de baloncesto en su operación salida preguntándole si ha hecho la revisión del coche y si lleva provisiones....
Antes que nos muestren una playa de Alicante atiborrada de toallas y municipales en bicicleta y uno de Alcorcón diga que menos mal que pueden escaparse el fin de semana....
Antes de que pongan las previsiones con mapas de España en policromía según las temperaturas previstas en cada región...
Antes de que un grupo de amigos, unos cachitas, otros gorditos, corran gritando hasta la orilla del Mediterráneo en Torremolinos y se lancen todos juntos al agua...
Antes de que otro becario, con más suerte, llegue al interior de Teruel y descubra las delicias de las tardes junto a las pozas y el fresco de la noche...
Antes de recomendar beber agua, no hacer deporte en las horas centrales del día, taparse la cabeza con una gorra o un gorro....
Antes de pontificar sobre el cambio climático y tirar de estadísticas....
Antes de entrevistar a un heladero de Salamanca...
Antes de hablar de la ola de calor, del polvo del desierto y del deshielo de los polos....
Antes de todo ello.....
Recuerden: es verano y siempre ha hecho calor. A algunos no nos gusta pero es así.
El día que nieve podrán abrir el telediario con ello. Mientras tanto, no alarmen.
Antes de que den paso a la pieza de consejos para no sufrir una insolación ni una deshidratación.....
Antes de que entrevisten a una señora mayor abanicándose, sofocada, sentada en un banco de un parque...
Antes de que enfoquen a unos churumbeles saltando en una fuente de un parque público...
Antes de que entrevisten a un vendedor de ventiladores que ha roto stock....
Antes de que conecten con La Coruña y digan que ellos están fresquitos....
Antes de apostarse en una gasolinera a la salida de Madrid y asaltar a un señor con camiseta de baloncesto en su operación salida preguntándole si ha hecho la revisión del coche y si lleva provisiones....
Antes que nos muestren una playa de Alicante atiborrada de toallas y municipales en bicicleta y uno de Alcorcón diga que menos mal que pueden escaparse el fin de semana....
Antes de que pongan las previsiones con mapas de España en policromía según las temperaturas previstas en cada región...
Antes de que un grupo de amigos, unos cachitas, otros gorditos, corran gritando hasta la orilla del Mediterráneo en Torremolinos y se lancen todos juntos al agua...
Antes de que otro becario, con más suerte, llegue al interior de Teruel y descubra las delicias de las tardes junto a las pozas y el fresco de la noche...
Antes de recomendar beber agua, no hacer deporte en las horas centrales del día, taparse la cabeza con una gorra o un gorro....
Antes de pontificar sobre el cambio climático y tirar de estadísticas....
Antes de entrevistar a un heladero de Salamanca...
Antes de hablar de la ola de calor, del polvo del desierto y del deshielo de los polos....
Antes de todo ello.....
Recuerden: es verano y siempre ha hecho calor. A algunos no nos gusta pero es así.
El día que nieve podrán abrir el telediario con ello. Mientras tanto, no alarmen.
viernes, 23 de junio de 2017
jueves, 11 de mayo de 2017
Formación entre fogones
España debe de ser el país en el que la formación y la educación están más contaminados incluso desde la más tierna infancia de nuestros hijos. Se utiliza la formación y educación para trapichear e intercambiar otros cromos con los que satisfacer oscuras necesidades e intereses generalmente vinculados a los poderes de barrio y a los egos de aprendices de la política. Lo más importante que cómo padres, cómo ciudadanos y cómo sociedad podemos dejar a nuestros hijos, y por ende a nuestro país, es su educación y su formación. La herencia económica, el piso de la playa, aquel terreno abandonado en el pueblo o la pequeña mercería del centro los pueden ayudar pero, de la misma manera, los pueden dilapidar y volatilizar. La herencia económica puede, incluso, destrozar sus relaciones familiares para siempre. La buena formación y la buena educación llegan y se quedan.
Desde hace unos días, ciertos medios de comunicación, ciertos comunicadores de lo inmediato y de lo desconocido y, cómo no, las redes sociales se ceban con un Chef muy conocido por su doble condición de cocinero y comunicador. No sé en qué contexto expuso su opinión acerca del papel de los becarios en los restaurantes con estrellas Michelín. Y, sin tiempo de protegerse detrás de una colina y, seguramente, optando por mirar al horizonte, ha visto venir la manada de búfalos a, intentar, destrozarlo.
No soy particularmente seguidor de la cocina de grandes Chefs ni de la cocina moderna. Reconózcome más hombre de tasca, de mesón, de barra o de mesa corrida. De cocina tradicional y de puchero. De cuchara y de platos simples. De tortilla de patata, de croquetas y de txuletón al punto. De calamares y de ensaladilla. Y de albóndigas. Así, simple, sin apellidos, ni "deconstrucciones", ni "desestructuraciones", ni oxigenaciones. Reconozco que la cocina moderna y de diseño tiene su público y que han conseguido crear un producto en el cual se mezclan por igual los buenos ingredientes, el esfuerzo, la investigación, el marketing y la comunicación y la excelente labia de los maestros. Châpeau por ellos porque ellos sí que han sido emprendedores y, la mayoría, viniendo desde abajo. Desde los fogones.
Sin entrar a discutir los casos particulares en los que, probable y seguramente, habrá abusos, cómo en todos los ámbitos de la vida, qué le pregunten a cualquier estudiante de restauración si le gustaría ser becario de alguno de los mejores Chefs del mundo. Y su respuesta es la que nos debe valer. Pasar de la escuela de restauración de tu pequeña comunidad autónoma a los fogones de aquel caserío del norte de España. Pasar de campo de tierra de polideportivo municipal a estadio 5 Estrellas UEFA.
Creo que si a algún aspirante a tenista profesional le ofreciesen la posibilidad de acompañar y entrenar con Rafa Nadal durante un año, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque encordase sus raquetas entre set y set, podría aprender a ser buen tenista, y mejor persona, junto al mejor.
Creo que si a algún aspirante a músico de una banda de rock le ofreciesen la posibilidad de tocar y estar en el escenario en la gira mundial de Bruce Springsteen, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que trotar por un escenario a media luz, con ropa oscura, para sustituir las guitarras cada vez que Bruce cambiase de canción.
Creo que si a algún apasionado de las nuevas tecnologías le ofreciesen instalarse una año en la sede de Apple compartiendo el desarrollo de nuevos productos, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que pasar el dedo cientos de veces por la pantalla del nuevo iPhone para ver si funciona cuando está mojada.
La formación reglada, en colegios, institutos, universidades y hasta escuelas de negocios, está muy bien pero lejos de ser suficiente. El analfabetismo, en muchos casos, puede ser absoluto al incorporarse a un centro de trabajo. La formación continúa con la práctica y poder hacerlo con los mejores es una suerte. Por ello hay tantos que quieren hacerlo.
Fui becario en el extranjero. Me ayudaron con el alojamiento y la manutención. Y ni se me ocurrió pensar que me explotaban al estilo revolución industrial. Me ayudó a formarme en mi profesión pero sobre todo en la vida. Conozco de primera mano algún restaurante estrella Michelín que cuenta con becarios que se forman trabajando en su cocina, su sala y su bodega de la mano de los que saben. Pondría no una mano sino las dos y los dos pies en el fuego para asegurar que al final de su periodo de formación abandonan las paredes de la casa de esa entrañable familia con una enorme pena por irse pero inmensamente agradecidos por lo recibido. Formación y trato. Seguro.
¿Pagamos cursillos al salir de trabajar por aprender a hacer sushi para las cenas con colegas de los viernes y no estamos dispuestos a completar nuestra formación con los mejores, en sus cocinas, durante un relativo corto periodo de tiempo?
Desde hace unos días, ciertos medios de comunicación, ciertos comunicadores de lo inmediato y de lo desconocido y, cómo no, las redes sociales se ceban con un Chef muy conocido por su doble condición de cocinero y comunicador. No sé en qué contexto expuso su opinión acerca del papel de los becarios en los restaurantes con estrellas Michelín. Y, sin tiempo de protegerse detrás de una colina y, seguramente, optando por mirar al horizonte, ha visto venir la manada de búfalos a, intentar, destrozarlo.
No soy particularmente seguidor de la cocina de grandes Chefs ni de la cocina moderna. Reconózcome más hombre de tasca, de mesón, de barra o de mesa corrida. De cocina tradicional y de puchero. De cuchara y de platos simples. De tortilla de patata, de croquetas y de txuletón al punto. De calamares y de ensaladilla. Y de albóndigas. Así, simple, sin apellidos, ni "deconstrucciones", ni "desestructuraciones", ni oxigenaciones. Reconozco que la cocina moderna y de diseño tiene su público y que han conseguido crear un producto en el cual se mezclan por igual los buenos ingredientes, el esfuerzo, la investigación, el marketing y la comunicación y la excelente labia de los maestros. Châpeau por ellos porque ellos sí que han sido emprendedores y, la mayoría, viniendo desde abajo. Desde los fogones.
Sin entrar a discutir los casos particulares en los que, probable y seguramente, habrá abusos, cómo en todos los ámbitos de la vida, qué le pregunten a cualquier estudiante de restauración si le gustaría ser becario de alguno de los mejores Chefs del mundo. Y su respuesta es la que nos debe valer. Pasar de la escuela de restauración de tu pequeña comunidad autónoma a los fogones de aquel caserío del norte de España. Pasar de campo de tierra de polideportivo municipal a estadio 5 Estrellas UEFA.
Creo que si a algún aspirante a tenista profesional le ofreciesen la posibilidad de acompañar y entrenar con Rafa Nadal durante un año, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque encordase sus raquetas entre set y set, podría aprender a ser buen tenista, y mejor persona, junto al mejor.
Creo que si a algún aspirante a músico de una banda de rock le ofreciesen la posibilidad de tocar y estar en el escenario en la gira mundial de Bruce Springsteen, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que trotar por un escenario a media luz, con ropa oscura, para sustituir las guitarras cada vez que Bruce cambiase de canción.
Creo que si a algún apasionado de las nuevas tecnologías le ofreciesen instalarse una año en la sede de Apple compartiendo el desarrollo de nuevos productos, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que pasar el dedo cientos de veces por la pantalla del nuevo iPhone para ver si funciona cuando está mojada.
La formación reglada, en colegios, institutos, universidades y hasta escuelas de negocios, está muy bien pero lejos de ser suficiente. El analfabetismo, en muchos casos, puede ser absoluto al incorporarse a un centro de trabajo. La formación continúa con la práctica y poder hacerlo con los mejores es una suerte. Por ello hay tantos que quieren hacerlo.
Fui becario en el extranjero. Me ayudaron con el alojamiento y la manutención. Y ni se me ocurrió pensar que me explotaban al estilo revolución industrial. Me ayudó a formarme en mi profesión pero sobre todo en la vida. Conozco de primera mano algún restaurante estrella Michelín que cuenta con becarios que se forman trabajando en su cocina, su sala y su bodega de la mano de los que saben. Pondría no una mano sino las dos y los dos pies en el fuego para asegurar que al final de su periodo de formación abandonan las paredes de la casa de esa entrañable familia con una enorme pena por irse pero inmensamente agradecidos por lo recibido. Formación y trato. Seguro.
¿Pagamos cursillos al salir de trabajar por aprender a hacer sushi para las cenas con colegas de los viernes y no estamos dispuestos a completar nuestra formación con los mejores, en sus cocinas, durante un relativo corto periodo de tiempo?
Cómo en todo lo que afecta a la educación, los franceses lo tienen más claro y a eso lo llaman "stage". Yo lo fui y mis hijos lo han tenido que ser ya en su periodo escolar cómo parte de su formación.
Existen enormes abusos en las condiciones laborales de muchas personas, en muchos ámbitos y sectores de la economía. Seguramente también en algunos trabajos asalariados camuflados en becarios. Pero quizás tomándonos la educación y la formación en serio fuésemos capaces de acabar con ello en un futuro.
Existen enormes abusos en las condiciones laborales de muchas personas, en muchos ámbitos y sectores de la economía. Seguramente también en algunos trabajos asalariados camuflados en becarios. Pero quizás tomándonos la educación y la formación en serio fuésemos capaces de acabar con ello en un futuro.
martes, 9 de mayo de 2017
Gradas vacías
Supongamos un torneo o campeonato deportivo
de máxima categoría.
Supongamos una estrategia y política
comercial y de patrocinios que busca maximizar los ingresos por dichos
conceptos planteando para ello una serie de beneficios en hospitality o
relaciones públicas que otorga a dichos patrocinadores una serie de ventajas en
las mejores entradas o palcos.
Supongamos que dicha gestión comercial es un
éxito económico.
Supongamos que dichas entradas o palcos se
encuentran en la zona prioritaria del tiro de cámara televisiva que retransmite
dicho acontecimiento.
Supongamos que ese conjunto de entradas
compradas por patrocinadores se distribuye entre clientes a los que:
a.- les importa un carajo el deporte en
cuestión.
b.- el deporte en cuestión no entra dentro de
sus prioridades del día
c.- a los compradores de entradas de palcos
sólo les interesa el postureo, el decir "yo estuve allí cuando jugó
ÉL", el regalar entradas a sus clientes por política de relaciones
públicas o el pasar las horas en las zonas de ocio y restauración que, a veces,
rozan lo obsceno.
Supongamos que hay cientos de verdaderos
aficionados a ese deporte, desde niños de escuelas deportivas, a jóvenes que ya
compiten, a adultos que tienen que hacer un esfuerzo en sus economías y
logística para acudir, a veteranos que tienen más complicado acceder al mercado
de venta anticipada que no pueden pagar los precios de dichas entradas o que,
simplemente, éstas están agotadas.
Supongamos que gran parte de esos eventos
requieren, casi siempre justificadamente, de una fuerte inyección de recursos
públicos que, sin duda, tienen su retorno en forma de mejor imagen de ciudad,
alta ocupación hotelera, presencia en medios, mayor consumo en restauración y
todo tipo de servicios complementarios, creación de empleo ocasional etc etc
Dicho esto, la imagen televisiva de ese vacío
generalizado de, cuando menos, las zonas principales, ergo las de mejor calidad
de visión, genera una devaluación de la imagen del producto, un desapego de los
verdaderos amantes del deporte, un desinterés informativo y un rechazo popular
a la organización de dichos acontecimientos en los que se requiere financiación
pública en beneficio, directo, de unos pocos.
Esta situación, una vez que se produce, trata
de solucionarse rápida y urgentemente, mediante el relleno ficticio a base de
escolares, militares u otros colectivos fácilmente controlables en detrimento
de los verdaderos amantes del deporte. Tal suele ser la improvisación que, en
un muy importante evento internacional, el primer día los soldados convocados
iban vestidos con su ropa militar. El cante fue muy sonado y al día siguiente
relucieron camisetas de colorines y gorras varias.
En todo caso, la reutilización de esas
entradas vendidas pero no usadas es muy complicada sin mediar un sistema de
redistribución en el que todos han de colaborar. Lógicamente, nunca se sabe si
una entrada va a ser utilizada o no y, por lo tanto, no pueden reasignarse a
nuevos usuarios mediante una reventa legal o invitación "social" sin
el visto bueno previo del titular legal de la entrada o invitación.
En muchísimos países de nuestra órbita
economía, social y cultural se ha instaurado, peligrosamente, un rechazo
ciudadano a los eventos deportivos de primer nivel en parte, aunque no
exclusivamente, por estas situaciones. Al mismo tiempo, se está produciendo un
desplazamiento organizativo hacia países con otros regímenes y con abundancia
de recursos económicos.
En cualquier caso, es una verdadera pena que,
mientras unos atletas están dando lo mejor de si mismos en una pista, el máximo
de su esfuerzo físico, con su orgullo profesional y su respeto a sus reales
aficionados y a las marcas que los pagan, el graderío principal esté sólo
ocupado por las azafatas y personal auxiliar que, se supone, ha de atender a
los que deberían estar allí.
Hasta las propias marcas patrocinadoras del
evento, legítimas titulares de esas sillas vacías, deberían insistir en no ver
sus anuncios rodeados de huecos fantasmas. Aunque sólo sea por aquello de "por
el interés te quiero Andrés".
lunes, 8 de mayo de 2017
Aquella manera de viajar
Andaba el otro día por uno de esos talleres de barrio donde el mismo empleado que te recibe en mono azul, analiza tu problema, piensa en las alternativas más razonables y te invita a lo que se supone es su despacho mientras se limpia las manos lo que más que le permite un trapo negro antes de coger una libreta dónde deja impregnadas, entre otras cosas, sus huellas dactilares. Ese momento suele coincidir con alguna llamada telefónica de esas que resuenan en estéreo por todo el taller y que te permite descubrir debajo de un montón de papeles que, aquello que en su día instaló con esmero un operario de Telefónica, es ahora un cacharro sucio que, sorpresivamente, aún permite recibir llamadas. De lo que tengo más dudas es que el teclado permita teclear algo diferente al 112. El clásico taller alejado del quirófano aséptico que tratan de imponer los concesionarios y las marcas oficiales cuyo objetivo es clavarte en lo más alto del lomo un rejón a lo Manolete hasta dejarte seco en su sala de espera con sofás, tele, máquina de café, revistas de coches y camiones y alguna oferta de chequeo pre ITV. El clásico taller, efectivamente, en el que aún quedan posters de Firestone del año 1987, con meses de enero a diciembre alegremente ilustrados y no sigo para que nadie pida la guillotina para mi.
Medio desintegrado y en uno de los rincones de aquel taller intuí, lo que debió ser un clásico de su época, un viejo 600, que me hizo pensar en cómo han cambiado nuestras formas de viajar. Lejos quedan ya aquellas travesías que duraban jornadas enteras y que empezaban muy de madrugada y acababan antes de la cena, cuando no duraban dos días con su noche. Recuerdo viajes de salir aún en pijama, despertar en ruta, cambiarnos de ropa y desayunar, aguantar una calorina de cuando hacía calor de asfalto, volver a cambiarnos y casi llegar otra vez en pijama. De viajar en dos coches porque Wolf, nuestro perro que no mascota porque era un perro, ocupaba, cómo un señor, toda la parte trasera de un Skoda que merece un artículo completo. El Skoda, no el bueno de Wolf. Bueno, quizás los dos. Viajes que se planificaban de acuerdo con las previsiones de Mariano Medina, el verdadero hombre del tiempo, y los avisos de operación salida cuando aún no había becarios en la gasolinera de Repsol en salida de la Nacional I. De esa combinación salía el resultado: se cargaba el coche la víspera y se salía a las 5:30. Y sin rechistar.
De muy joven le cogí el gusto a eso de viajar. El solo hecho de pensarlo ya me alegraba. Prepararlo, me ponía. Luego, casi todas las vísperas, te entraban la duda y la pereza propias de las salidas que desaparecían en cuanto te ponías en marcha para, incluso, no querer volver. Durante años, un grupo numeroso de elegidos para la gloria, después amigos del alma, nos dedicamos a combinar viajes, montañas, nieves, clientes, Alpes y movidas, muchas movidas de las que después se llamaron marrones y que en aquellos tiempos se llamaban "overbookings", visitas a la gendarmería, retrasos, caos invernales y hasta manifestaciones de clientes en la avenida principal de Valthorens.
Entonces se viajaba diferente, de una manera que ahora ha desaparecido o por lo menos se encuentra en franca desaparición sin que ninguna ONG la proteja. La Nacional II, Madrid-Barcelona, que entonces no siempre era autovía y sólo autopista desde pasado Zaragoza, área de Pina, era una procesión de buses destino a los Alpes. Los nuestros eran Juliá. Miles y miles de esquiadores que se metían entre pecho y espalda 1.500 km después de haber cazado alguna de las centenares de ofertas que se colgaban en facultades, clubes de esquí, agencias y hasta en farolas cercanas a algún semáforo. Todos en ruta y coincidiendo en lugares de culto como el bar de Esteras de Medinaceli, el área del Cisne del km 308, el área de Pina, la Puerta Catalana y hasta el Carrefour de Bourg de Péage, ya en Francia. Autobuses cargados mucho más allá de lo legal, con equipaje rellenando el hueco de la escalera posterior, gente durmiendo a lo largo del pasillo, fumaderos en la siniestra parte posterior, romances que nacían tapándose con los anoraks y chóferes que eran héroes.
Los que nos dedicábamos a aquello e íbamos al mando de las tropas éramos jóvenes, muy jóvenes, con menos de 23 años y asumíamos riesgos de los que no éramos conscientes y, si lo éramos, no nos importaba. Seguro que hoy en día, en nuestro querido país de las prohibiciones, se exigen titulaciones de todo tipo. Éramos profesores de esquí, guías de autobús, jefes de estación y responsable de estación teniendo a nuestro cargo hasta 3000 clientes que iban llegando, felices y contentos, no todos cierto es, a cualquiera de las estaciones en las que nos ocupábamos de resolver lo que años después se llamaron marrones y que, en nuestro caso, solían ser marrones muy oscuros.
Yo reconozco que formaba parte de un grupo privilegiado, con gente muy profesional, que fuimos capaces de resolver todo tipo de embrollos propios de aquella forma de viajar ya en desuso. También reconozco que estábamos muy bien pagados y que, siendo todos estudiantes universitarios, nos encontrábamos en junio con las cuentas corrientes muy saneadas pudiendo plantearnos otro tipo de viajes y compras de otro modo impensables. En el curriculum de infinidad de buenos profesionales actuales aparecerá esta experiencia ya antigua pero a veces más mucho más formativa que cualquier aula visigoda en la que nos explicaban la IS LM o la campana de Gauss.
Aquella mañana del día uno de enero me llamó mi amigo Manolo desde el aeropuerto de Barajas para prevenirme que en su avión, destino a los Alpes franceses, no habían sido capaces de cargar todo el equipaje y que se habían quedado en Madrid decenas de bolsas de esquís. Conocida era la afición de plantarse en los Alpes con, entre otras cosas, latas tamaño XXL de Fabada Litoral, toneladas de macarrones y litros de tomate Orlando. Como si no hubiese un mañana o cómo si fuésemos a convocar a media Alta Saboya incluidas danesas u holandeses. Me insistía Manolo que tuviese cuidado y que revisase todo antes de la facturación. A la tarde recorrí toda la fila de clientes advirtiendo de la limitación de equipaje: una maleta, la bolsa de esquís y la bolsa de botas. El resto se quedaba en España, cómo cualquier otra cosa fácilmente detectable por los perros aunque se metiese en el tubo de pasta de dientes. Al mismo tiempo, que uno era ya perro viejo, advertí a la compañía aérea que no quería ni una sola bolsa de esquís de la tropa de Manolo sin que antes hubiese cabido todo lo mío. Lo dije una vez, dos veces y tres veces: en la facturación, en el embarque y en la misma puerta del avión. Y siempre me prometieron que sí. Y ya se sabe para qué se promete: para mentir.
Con el avión ya separado del finger y empezando a recular, miré por la ventanilla y reconocí, sin dudarlo, en un carro de esos de maletas decenas de bolsas de esquís, entre ellas la mía, lo que confirmó mi temor. Algún cliente también lo vio y mi nombre empezó a retumbar desde la fila 1 hasta la 30. "¡Koldo! ¡Koldo! ¡Los esquís!". Tras mirar a la azafata, o bien me escondía debajo del asiento o bien organizaba un motín al comandante con el riesgo de jugármela. "Creo que son los de la mañana...." conseguí decir con un hilo de voz y la sangre de horchata.
El aterrizaje en Chambéry ( Francia ) confirmó lo que no tenía ninguna duda. La cinta empezó a escupir bolsas de esquís que nadie recogía porque, sencillamente, eran de los clientes de la mañana. Cinco minutos antes se había colocado a mi lado el director del aeropuerto, muy cómplice, soplándome el secreto al oído y dándome otros cinco minutos para idear cómo aplacar el motín de Esquilache, versión aeropuerto de Chambéry, que se avecinaba. Entre el director, algún cliente comprensivo y con horas de viaje y yo mismo subido en un mostrador pudimos aplacar la revuelta, prometer que al día siguiente tendrían los esquís en sus estaciones sugiriendo que todos aquellos que habían metido pijamas, braguitas, neceseres y pastillas junto con esquís, bastones y fijaciones tirasen de solidaridad viajera.
Pero cómo todo lo que puede romperse una vez puede romperse otra, la paz viajera no terminó así. La salida de la terminal fue bucólica. Enero, post navidad, decoración de colores y nevando. Vamos, la clásica postal. Faltaban, menos mal, los villancicos. Grupos de amigos deseando llegar sus destinos, familias planeando su primera jornada de esquí, palmadas a mi espalda, "Koldo no te preocupes.....". Con todos ya embarcados en sus autobuses y antes de dar la consabida orden de salida se me acerca un gendarme con pinta de capitán general de todos los ejércitos de la OTAN y se me cuadra inquiriéndome:
- "Bonsoir. Le responsable?"
- "Le responsable c´est moi", le dije
Pues bien, la orden era que tenía que advertir a todos aquellos que esperaban sentados en los autobuses, cerca de 300 personas que ya habían asumido que dormirían sin esquís, braguitas, neceseres y pastillas, que no iban a llegar a sus destinos debido al paquetón al puro estilo alpino que estaba cayendo y que la opción, no discutible, era dormir en polideportivos, trenes y, algún privilegiado, en hoteles de carretera. Todo ello organizado por Protección Civil.
- "¿¿¿Todos????
- "Todos menos los que vayan a Méribel"
Mira tú. Justo dónde iba a ir yo pero después de subirme a todos y cada uno de los autobuses, agarrar el micrófono y echar la culpa a lo bonita que es la nieve cuando cae cómo puños a esas horas de la noche. Y lógicamente, tras escuchar todo tipo de lindeces en todo tipo lenguas, dialectos y jergas desde el fondo de cada autobús.
Tras aguantar varias horas de atasco en la autopista, durante las cuales Monsieur le Chauffeur impidió cualquier intento de bajar a hacer pis, hacerme con el control emocional del grupo y ofrecer hasta mi mismísimo pijama si hacia falta, iniciamos la subida a Méribel. Y claro, ahí estaban, otra vez los gendarmes con lo que más me temía a esas horas de la noche: poner las cadenas.
Cualquiera que se haya dedicado mínimamente a esto o haya viajado sabe que poner ese tipo de cadenas es cualquier cosa menos algo simple, limpio y rápido. Y más aún cuando Monsieur le Chauffeur te advierte con cara de calzoncillo, a las 2 de la mañana, en plena nevada, con varios motines a bordo y con cuarenta caras mirándote desde lo alto del autobús, pegados a los cristales con caras amenazantes, que sólo tiene una. Horreur.
Sólo se me ocurrió una frase mientras le miraba entre incrédulo, cabreado, muerto de hambre y cubierto por la nieve: "c´est ton problème" "Estos y yo dormimos arriba, sí o sí". Y así lo hicimos, haciendo cima a no sé que hora, con algún que otro susto, cuando todos dormían desde hacía horas en los apartamentos de Pierre Vacances.
El día tuvo aún su momento de máxima emoción cuando al cerrar la puerta de mi apartamento, y antes de apagar la luz, me di cuenta que había perdido la mochila con todas las fianzas de todos los apartamentos. Un dineral. Esa noche no dormí: simplemente planifiqué mi huida a las islas Fidji.
( dedicado a todos aquellos que, a pesar de tantos marrones, disfrutamos de años inolvidables creando vínculos que permanecen para siempre. Por aquellos viajes que, además, hacíamos sin móvil )
Medio desintegrado y en uno de los rincones de aquel taller intuí, lo que debió ser un clásico de su época, un viejo 600, que me hizo pensar en cómo han cambiado nuestras formas de viajar. Lejos quedan ya aquellas travesías que duraban jornadas enteras y que empezaban muy de madrugada y acababan antes de la cena, cuando no duraban dos días con su noche. Recuerdo viajes de salir aún en pijama, despertar en ruta, cambiarnos de ropa y desayunar, aguantar una calorina de cuando hacía calor de asfalto, volver a cambiarnos y casi llegar otra vez en pijama. De viajar en dos coches porque Wolf, nuestro perro que no mascota porque era un perro, ocupaba, cómo un señor, toda la parte trasera de un Skoda que merece un artículo completo. El Skoda, no el bueno de Wolf. Bueno, quizás los dos. Viajes que se planificaban de acuerdo con las previsiones de Mariano Medina, el verdadero hombre del tiempo, y los avisos de operación salida cuando aún no había becarios en la gasolinera de Repsol en salida de la Nacional I. De esa combinación salía el resultado: se cargaba el coche la víspera y se salía a las 5:30. Y sin rechistar.
De muy joven le cogí el gusto a eso de viajar. El solo hecho de pensarlo ya me alegraba. Prepararlo, me ponía. Luego, casi todas las vísperas, te entraban la duda y la pereza propias de las salidas que desaparecían en cuanto te ponías en marcha para, incluso, no querer volver. Durante años, un grupo numeroso de elegidos para la gloria, después amigos del alma, nos dedicamos a combinar viajes, montañas, nieves, clientes, Alpes y movidas, muchas movidas de las que después se llamaron marrones y que en aquellos tiempos se llamaban "overbookings", visitas a la gendarmería, retrasos, caos invernales y hasta manifestaciones de clientes en la avenida principal de Valthorens.
Entonces se viajaba diferente, de una manera que ahora ha desaparecido o por lo menos se encuentra en franca desaparición sin que ninguna ONG la proteja. La Nacional II, Madrid-Barcelona, que entonces no siempre era autovía y sólo autopista desde pasado Zaragoza, área de Pina, era una procesión de buses destino a los Alpes. Los nuestros eran Juliá. Miles y miles de esquiadores que se metían entre pecho y espalda 1.500 km después de haber cazado alguna de las centenares de ofertas que se colgaban en facultades, clubes de esquí, agencias y hasta en farolas cercanas a algún semáforo. Todos en ruta y coincidiendo en lugares de culto como el bar de Esteras de Medinaceli, el área del Cisne del km 308, el área de Pina, la Puerta Catalana y hasta el Carrefour de Bourg de Péage, ya en Francia. Autobuses cargados mucho más allá de lo legal, con equipaje rellenando el hueco de la escalera posterior, gente durmiendo a lo largo del pasillo, fumaderos en la siniestra parte posterior, romances que nacían tapándose con los anoraks y chóferes que eran héroes.
Los que nos dedicábamos a aquello e íbamos al mando de las tropas éramos jóvenes, muy jóvenes, con menos de 23 años y asumíamos riesgos de los que no éramos conscientes y, si lo éramos, no nos importaba. Seguro que hoy en día, en nuestro querido país de las prohibiciones, se exigen titulaciones de todo tipo. Éramos profesores de esquí, guías de autobús, jefes de estación y responsable de estación teniendo a nuestro cargo hasta 3000 clientes que iban llegando, felices y contentos, no todos cierto es, a cualquiera de las estaciones en las que nos ocupábamos de resolver lo que años después se llamaron marrones y que, en nuestro caso, solían ser marrones muy oscuros.
Yo reconozco que formaba parte de un grupo privilegiado, con gente muy profesional, que fuimos capaces de resolver todo tipo de embrollos propios de aquella forma de viajar ya en desuso. También reconozco que estábamos muy bien pagados y que, siendo todos estudiantes universitarios, nos encontrábamos en junio con las cuentas corrientes muy saneadas pudiendo plantearnos otro tipo de viajes y compras de otro modo impensables. En el curriculum de infinidad de buenos profesionales actuales aparecerá esta experiencia ya antigua pero a veces más mucho más formativa que cualquier aula visigoda en la que nos explicaban la IS LM o la campana de Gauss.
Aquella mañana del día uno de enero me llamó mi amigo Manolo desde el aeropuerto de Barajas para prevenirme que en su avión, destino a los Alpes franceses, no habían sido capaces de cargar todo el equipaje y que se habían quedado en Madrid decenas de bolsas de esquís. Conocida era la afición de plantarse en los Alpes con, entre otras cosas, latas tamaño XXL de Fabada Litoral, toneladas de macarrones y litros de tomate Orlando. Como si no hubiese un mañana o cómo si fuésemos a convocar a media Alta Saboya incluidas danesas u holandeses. Me insistía Manolo que tuviese cuidado y que revisase todo antes de la facturación. A la tarde recorrí toda la fila de clientes advirtiendo de la limitación de equipaje: una maleta, la bolsa de esquís y la bolsa de botas. El resto se quedaba en España, cómo cualquier otra cosa fácilmente detectable por los perros aunque se metiese en el tubo de pasta de dientes. Al mismo tiempo, que uno era ya perro viejo, advertí a la compañía aérea que no quería ni una sola bolsa de esquís de la tropa de Manolo sin que antes hubiese cabido todo lo mío. Lo dije una vez, dos veces y tres veces: en la facturación, en el embarque y en la misma puerta del avión. Y siempre me prometieron que sí. Y ya se sabe para qué se promete: para mentir.
Con el avión ya separado del finger y empezando a recular, miré por la ventanilla y reconocí, sin dudarlo, en un carro de esos de maletas decenas de bolsas de esquís, entre ellas la mía, lo que confirmó mi temor. Algún cliente también lo vio y mi nombre empezó a retumbar desde la fila 1 hasta la 30. "¡Koldo! ¡Koldo! ¡Los esquís!". Tras mirar a la azafata, o bien me escondía debajo del asiento o bien organizaba un motín al comandante con el riesgo de jugármela. "Creo que son los de la mañana...." conseguí decir con un hilo de voz y la sangre de horchata.
El aterrizaje en Chambéry ( Francia ) confirmó lo que no tenía ninguna duda. La cinta empezó a escupir bolsas de esquís que nadie recogía porque, sencillamente, eran de los clientes de la mañana. Cinco minutos antes se había colocado a mi lado el director del aeropuerto, muy cómplice, soplándome el secreto al oído y dándome otros cinco minutos para idear cómo aplacar el motín de Esquilache, versión aeropuerto de Chambéry, que se avecinaba. Entre el director, algún cliente comprensivo y con horas de viaje y yo mismo subido en un mostrador pudimos aplacar la revuelta, prometer que al día siguiente tendrían los esquís en sus estaciones sugiriendo que todos aquellos que habían metido pijamas, braguitas, neceseres y pastillas junto con esquís, bastones y fijaciones tirasen de solidaridad viajera.
Pero cómo todo lo que puede romperse una vez puede romperse otra, la paz viajera no terminó así. La salida de la terminal fue bucólica. Enero, post navidad, decoración de colores y nevando. Vamos, la clásica postal. Faltaban, menos mal, los villancicos. Grupos de amigos deseando llegar sus destinos, familias planeando su primera jornada de esquí, palmadas a mi espalda, "Koldo no te preocupes.....". Con todos ya embarcados en sus autobuses y antes de dar la consabida orden de salida se me acerca un gendarme con pinta de capitán general de todos los ejércitos de la OTAN y se me cuadra inquiriéndome:
- "Bonsoir. Le responsable?"
- "Le responsable c´est moi", le dije
Pues bien, la orden era que tenía que advertir a todos aquellos que esperaban sentados en los autobuses, cerca de 300 personas que ya habían asumido que dormirían sin esquís, braguitas, neceseres y pastillas, que no iban a llegar a sus destinos debido al paquetón al puro estilo alpino que estaba cayendo y que la opción, no discutible, era dormir en polideportivos, trenes y, algún privilegiado, en hoteles de carretera. Todo ello organizado por Protección Civil.
- "¿¿¿Todos????
- "Todos menos los que vayan a Méribel"
Mira tú. Justo dónde iba a ir yo pero después de subirme a todos y cada uno de los autobuses, agarrar el micrófono y echar la culpa a lo bonita que es la nieve cuando cae cómo puños a esas horas de la noche. Y lógicamente, tras escuchar todo tipo de lindeces en todo tipo lenguas, dialectos y jergas desde el fondo de cada autobús.
Tras aguantar varias horas de atasco en la autopista, durante las cuales Monsieur le Chauffeur impidió cualquier intento de bajar a hacer pis, hacerme con el control emocional del grupo y ofrecer hasta mi mismísimo pijama si hacia falta, iniciamos la subida a Méribel. Y claro, ahí estaban, otra vez los gendarmes con lo que más me temía a esas horas de la noche: poner las cadenas.
Cualquiera que se haya dedicado mínimamente a esto o haya viajado sabe que poner ese tipo de cadenas es cualquier cosa menos algo simple, limpio y rápido. Y más aún cuando Monsieur le Chauffeur te advierte con cara de calzoncillo, a las 2 de la mañana, en plena nevada, con varios motines a bordo y con cuarenta caras mirándote desde lo alto del autobús, pegados a los cristales con caras amenazantes, que sólo tiene una. Horreur.
Sólo se me ocurrió una frase mientras le miraba entre incrédulo, cabreado, muerto de hambre y cubierto por la nieve: "c´est ton problème" "Estos y yo dormimos arriba, sí o sí". Y así lo hicimos, haciendo cima a no sé que hora, con algún que otro susto, cuando todos dormían desde hacía horas en los apartamentos de Pierre Vacances.
El día tuvo aún su momento de máxima emoción cuando al cerrar la puerta de mi apartamento, y antes de apagar la luz, me di cuenta que había perdido la mochila con todas las fianzas de todos los apartamentos. Un dineral. Esa noche no dormí: simplemente planifiqué mi huida a las islas Fidji.
( dedicado a todos aquellos que, a pesar de tantos marrones, disfrutamos de años inolvidables creando vínculos que permanecen para siempre. Por aquellos viajes que, además, hacíamos sin móvil )
viernes, 5 de mayo de 2017
A la sombra del Monte Oroel
En aquellos tiempos yo era aún un jovenzano, muy jovenzano, poco más de lo que puede ser mi hija hoy en día. Había terminado mis estudios universitarios, aquellos de los de sin vocación, había tenido una corta, del verbo cortísima, experiencia bancaria en Teruel y andaba especializándome en lo que después ha sido mi profesión y mi pasión. Bueno, una de ellas. Eran los tiempos en lo que aún se leían los periódicos en papel antes de que el periodismo derivase a la triste realidad actual. Vamos, que los llevabas orgulloso debajo del brazo y no casi escondidos como hoy en día. Siempre recordaré que yo empezaba a leer "El País" por el final acabando en "Internacional" que es lo que ocupaba las primeras páginas. En uno de esos breves de la sección de deportes descubrí que "Jaca quiere optar a la organización de los Juegos Olímpicos de invierno de 2002". Y así empezó todo.
Con la ingenuidad y los arrestos propios de la edad, se me ocurrió enviar una carta manuscrita al entonces alcalde de Jaca sin recordar en estos momentos si conocía o no su nombre que, a la sazón, era Armando Abadía. Papel satinado y rugoso ligeramente amarillento, cómo mandaban los manuales de la época, caligrafía correcta y alineada, nada de tachones ni Tippex ( lo que te obligaba a empezar una y otra vez), sobre americano del mismo color que los folios, plegado perfecto dejando ver el nombre del destinatario y la fecha, sello para provincias previa comprobación del peso de la misiva, fe en nuestro servicio de Correos y para allá que salió una carta con mi curriculum, en máximo dos hojas, presentándome y ofreciéndome para la causa olímpica.
Recuerdo estar comiendo, unos días después, en la cocina de casa de mis padres, dónde vivía tras mi experiencia invernal turolense en la O.P. del Banco Santander, cuando sonó el teléfono a eso de las 14:30. Era un teléfono negro de esos de pared, que se colgaba por arriba, sonaba con mil decibelios y pesaba un quintal. Y con una rueda giratoria que vete tú a explicarle a nuestros hijos que era con lo que se marcaban los números que no se almacenaban en ninguna memoria más que en la tuya propia. Ah, y con un cable recubierto con una especie de tela negra y un característico olor y tacto a teléfono negro de pared. Era el entonces Director General de Deportes del Gobierno de Aragón, y ahora amigo, que me convocaba para una reunión. A los pocos días ya estaba yo en Jaca, acogido por mi amigo Julián, embarcándome profesionalmente en lo que en nuestro argot se denomina Movimiento Olímpico y, sobre todo, personalmente en una ciudad y una región insustituibles.
Fue una primera época, más breve y alocada, a la que siguió, tras una temporada entre Barcelona y Sevilla, otra mucho más larga, intensa, entrañable y emotiva unos años después y que se convirtió en la razón del resto de mis días.
Entre las vivencias más emocionantes que he compartido con familiares, amigos, compañeros o simplemente conocidos se encuentra, en lugar privilegiado, la celebración de la fiesta local por antonomasia de Jaca, la Fiesta del Primer Viernes de Mayo. Siendo Jaca el lugar que pude elegir para vivir durante esos años de la existencia de uno mismo que marcan el camino para siempre, siendo el lugar dónde mis hijos dieron sus primeros, segundos y terceros pasos, donde aprendieron a hablar y a mirar, siendo el lugar en el que nunca nos sentimos forasteros en nuestra casa de la calle Mayor, compartiendo vecindad, pared y casi balcón con una familia de verdaderas buenas personas como son los Sánchez Cruzat, los amaneceres de cada Primer Viernes de Mayo eran, y siguen siendo, especiales.
Pasarán los años y seguiré asomándome desde cualquier balcón a la calle Mayor dónde el pueblo jaqués y jacetano, con una sola voz, arrancará el "Arriba bravos jacetanos..."
Y entonces me acordaré de Pitu, de Julián, de Chefe, de Rebeca, de Luis, de Manen, de Ana Belén, de Alicia, de Juan, de Cocol, de Quique, de Iñaki, de José Luis, de Manolo, de Maruja, de Begoña, de Virginia, de Ana, de Ventura, de Cristina, de Toña, de Eduardo, de Damián, de Jorge, de Nuria, de Javier, de Carlos, de Katia, de Enrique, de Lluís, de Cuqui, de Antonio, de José María y de tantos y tantos otros que hoy, allí, aquí o allá seguro se siguen emocionando mientras tararean, comparten o chillan ".... Jaca libre sabe vivir a la sombra del Monte Oroel...".
Con la ingenuidad y los arrestos propios de la edad, se me ocurrió enviar una carta manuscrita al entonces alcalde de Jaca sin recordar en estos momentos si conocía o no su nombre que, a la sazón, era Armando Abadía. Papel satinado y rugoso ligeramente amarillento, cómo mandaban los manuales de la época, caligrafía correcta y alineada, nada de tachones ni Tippex ( lo que te obligaba a empezar una y otra vez), sobre americano del mismo color que los folios, plegado perfecto dejando ver el nombre del destinatario y la fecha, sello para provincias previa comprobación del peso de la misiva, fe en nuestro servicio de Correos y para allá que salió una carta con mi curriculum, en máximo dos hojas, presentándome y ofreciéndome para la causa olímpica.
Recuerdo estar comiendo, unos días después, en la cocina de casa de mis padres, dónde vivía tras mi experiencia invernal turolense en la O.P. del Banco Santander, cuando sonó el teléfono a eso de las 14:30. Era un teléfono negro de esos de pared, que se colgaba por arriba, sonaba con mil decibelios y pesaba un quintal. Y con una rueda giratoria que vete tú a explicarle a nuestros hijos que era con lo que se marcaban los números que no se almacenaban en ninguna memoria más que en la tuya propia. Ah, y con un cable recubierto con una especie de tela negra y un característico olor y tacto a teléfono negro de pared. Era el entonces Director General de Deportes del Gobierno de Aragón, y ahora amigo, que me convocaba para una reunión. A los pocos días ya estaba yo en Jaca, acogido por mi amigo Julián, embarcándome profesionalmente en lo que en nuestro argot se denomina Movimiento Olímpico y, sobre todo, personalmente en una ciudad y una región insustituibles.
Fue una primera época, más breve y alocada, a la que siguió, tras una temporada entre Barcelona y Sevilla, otra mucho más larga, intensa, entrañable y emotiva unos años después y que se convirtió en la razón del resto de mis días.
Entre las vivencias más emocionantes que he compartido con familiares, amigos, compañeros o simplemente conocidos se encuentra, en lugar privilegiado, la celebración de la fiesta local por antonomasia de Jaca, la Fiesta del Primer Viernes de Mayo. Siendo Jaca el lugar que pude elegir para vivir durante esos años de la existencia de uno mismo que marcan el camino para siempre, siendo el lugar dónde mis hijos dieron sus primeros, segundos y terceros pasos, donde aprendieron a hablar y a mirar, siendo el lugar en el que nunca nos sentimos forasteros en nuestra casa de la calle Mayor, compartiendo vecindad, pared y casi balcón con una familia de verdaderas buenas personas como son los Sánchez Cruzat, los amaneceres de cada Primer Viernes de Mayo eran, y siguen siendo, especiales.
Pasarán los años y seguiré asomándome desde cualquier balcón a la calle Mayor dónde el pueblo jaqués y jacetano, con una sola voz, arrancará el "Arriba bravos jacetanos..."
Y entonces me acordaré de Pitu, de Julián, de Chefe, de Rebeca, de Luis, de Manen, de Ana Belén, de Alicia, de Juan, de Cocol, de Quique, de Iñaki, de José Luis, de Manolo, de Maruja, de Begoña, de Virginia, de Ana, de Ventura, de Cristina, de Toña, de Eduardo, de Damián, de Jorge, de Nuria, de Javier, de Carlos, de Katia, de Enrique, de Lluís, de Cuqui, de Antonio, de José María y de tantos y tantos otros que hoy, allí, aquí o allá seguro se siguen emocionando mientras tararean, comparten o chillan ".... Jaca libre sabe vivir a la sombra del Monte Oroel...".
sábado, 29 de abril de 2017
Puertos y mareas
Me gustan gustan los puertos del Norte allí dónde la vida va transcurriendo y organizándose en función del ciclo de las mareas.
Los puertos donde suben y bajan las mareas, donde aún huele a mar y donde siguen arreando las drizas contra los mástiles cuando el sonido de la mañana aún es hueco. Los diques donde la gente pasea con chaqueta al hombro, por si acaso refresca, y donde las olas rompen con ganas contra las escolleras que desde hace siglos va poniendo el hombre. Y el suelo mojado y con charcos.
Los puertos que tienen cerca una playa donde esas mismas mareas vienen y van y donde los amantes hacen planes de viajar y de estar mientras dibujan líneas sin sentido en la arena mojada. Y unas rocas que se cubren de agua y de efímera espuma que impiden pasar más allá. Playas que son o no dependiendo del ciclo que les toque. Misma playa, diferente mirada. Marea alta, marea baja. Pleamar, bajamar. Y el surfista que sabe buscar.
Me gustan los puertos del Norte donde la lluvia es deseada tras cinco días de sol. Donde el mal tiempo es bueno, donde aún sabe a sal y existe el fresco. Donde el mar es azul y la tierra es verde. Y donde ambos se buscan para fundirse sin rechistar. Donde no hay franquicias y permanece lo local. Donde hay vasos de sidra, de txacoli y de cerveza que llenan de vida las tardes al acoger a los que pasean y a los que saben que allí encontrarán a un amigo.
Me gustan los puertos donde dentro está la calma mientras fuera atiza la mar como a la buena gente la vida. Los barcos atracados y las txalupas sobre el fango. Me gusta la galerna que amenaza y descarga, el verdín, las gaviotas, las boyas, las amarras y un pescador solitario dibujando miradas mientras espera al amigo que salió de madrugada y al que devolverá la misma mañana. Son valientes, solitarios y bravos en la fragilidad de sus barcos que siempre son verdes, rojos o azules. Me gustan los remeros y el antiguo astillero. Y ese barco suspendido en una grúa que, indefenso, enseña sus tripas sin pudor.
Me gustan los puertos que apagan las luces porque no son de diseño ni de plástico ni de cristal y saben que hay que descansar. Me gusta la piedra gastada por el tiempo, por el agua y por la edad. No hay aristas y todo es redondo para nada ocultar. Al fondo, con marea alta, los locales saben de dónde saltar desafiando al prohibido bañarse que mandaron instaurar desde el despacho de la autoridad. De ahí se tiraba mi padre y de ahí me verá saltar. Las escaleras que resbalan y la taberna de aquel tal. Y el faro solitario al que nadie osó entrar y que cada día alguien hace girar.
Me gusta su amanecer. Sus saludos cotidianos. Su vuelta al orden y a la vida y el revuelo de sus gaviotas cuando nada las hace callar. Y las redes en el suelo pendientes de remendar o listas para embarcar. Y hasta el viejo surtidor de gasoil.
Amanece pronto en los puertos y el día es más largo que más allá.
Tienen cuatro mareas. Inspiran y expiran. Cogen y dan. Y saben cómo sonar.
Me gustan las mareas y saber que vas a estar.
Los puertos donde suben y bajan las mareas, donde aún huele a mar y donde siguen arreando las drizas contra los mástiles cuando el sonido de la mañana aún es hueco. Los diques donde la gente pasea con chaqueta al hombro, por si acaso refresca, y donde las olas rompen con ganas contra las escolleras que desde hace siglos va poniendo el hombre. Y el suelo mojado y con charcos.
Los puertos que tienen cerca una playa donde esas mismas mareas vienen y van y donde los amantes hacen planes de viajar y de estar mientras dibujan líneas sin sentido en la arena mojada. Y unas rocas que se cubren de agua y de efímera espuma que impiden pasar más allá. Playas que son o no dependiendo del ciclo que les toque. Misma playa, diferente mirada. Marea alta, marea baja. Pleamar, bajamar. Y el surfista que sabe buscar.
Me gustan los puertos del Norte donde la lluvia es deseada tras cinco días de sol. Donde el mal tiempo es bueno, donde aún sabe a sal y existe el fresco. Donde el mar es azul y la tierra es verde. Y donde ambos se buscan para fundirse sin rechistar. Donde no hay franquicias y permanece lo local. Donde hay vasos de sidra, de txacoli y de cerveza que llenan de vida las tardes al acoger a los que pasean y a los que saben que allí encontrarán a un amigo.
Me gustan los puertos donde dentro está la calma mientras fuera atiza la mar como a la buena gente la vida. Los barcos atracados y las txalupas sobre el fango. Me gusta la galerna que amenaza y descarga, el verdín, las gaviotas, las boyas, las amarras y un pescador solitario dibujando miradas mientras espera al amigo que salió de madrugada y al que devolverá la misma mañana. Son valientes, solitarios y bravos en la fragilidad de sus barcos que siempre son verdes, rojos o azules. Me gustan los remeros y el antiguo astillero. Y ese barco suspendido en una grúa que, indefenso, enseña sus tripas sin pudor.
Me gustan los puertos que apagan las luces porque no son de diseño ni de plástico ni de cristal y saben que hay que descansar. Me gusta la piedra gastada por el tiempo, por el agua y por la edad. No hay aristas y todo es redondo para nada ocultar. Al fondo, con marea alta, los locales saben de dónde saltar desafiando al prohibido bañarse que mandaron instaurar desde el despacho de la autoridad. De ahí se tiraba mi padre y de ahí me verá saltar. Las escaleras que resbalan y la taberna de aquel tal. Y el faro solitario al que nadie osó entrar y que cada día alguien hace girar.
Me gusta su amanecer. Sus saludos cotidianos. Su vuelta al orden y a la vida y el revuelo de sus gaviotas cuando nada las hace callar. Y las redes en el suelo pendientes de remendar o listas para embarcar. Y hasta el viejo surtidor de gasoil.
Amanece pronto en los puertos y el día es más largo que más allá.
Tienen cuatro mareas. Inspiran y expiran. Cogen y dan. Y saben cómo sonar.
Me gustan las mareas y saber que vas a estar.
domingo, 29 de enero de 2017
Una cualidad: la experiencia
La experiencia ni viene de serie, ni se aprende en la Universidad, ni se compra, ni te cae del cielo, ni te la regalan los amigos. Cuando menos, te la trabajas tú mismo con los años.
La experiencia, esa cualidad que sólo se valora en la adversidad.
#VamosRafa #SoyDeRafa #GraciasRafa
La experiencia, esa cualidad que sólo se valora en la adversidad.
#VamosRafa #SoyDeRafa #GraciasRafa
miércoles, 25 de enero de 2017
Y mientras tanto, ahí fuera....
"¿Te imaginas que estás dónde tú quieres estar, te caes y no hay ninguna mano que te ayude? Entonces el dolor es doble"
Escuché esta frase a un paseante anónimo hace un par de semanas mientras corría una mañana soleada, sin cierzo, por la orilla del Canal. Eran cinco y conversaban mientras caminaban. Cinco vidas, cinco historias en cada uno de ellos.
Nos alejamos y ya tuve a qué darle vueltas durante mi ida y mi vuelta. Y desde entonces varias veces al día.
No sé si ayer Mariano lo vio caer pero lo fue a ayudar para que no sufriera. O sufriera menos. Sin conocerlo. Seguramente le dio tiempo a pensar que era injusto. Seguramente su mujer, Isabel, lo miró angustiada.
A ese hombre, mayor, lo estaban agrediendo en Getafe. Impunemente, en plena tarde y a las puertas de una parada de Metro.
Mariano era un hombre trabajador, afable, responsable y bueno. Formaba parte de eso llaman "la gente" y que a muchos les viene muy grande. Se acercó a ayudar, a poner cordura, sentido común. Y ya no está.
Escuché esta frase a un paseante anónimo hace un par de semanas mientras corría una mañana soleada, sin cierzo, por la orilla del Canal. Eran cinco y conversaban mientras caminaban. Cinco vidas, cinco historias en cada uno de ellos.
Nos alejamos y ya tuve a qué darle vueltas durante mi ida y mi vuelta. Y desde entonces varias veces al día.
No sé si ayer Mariano lo vio caer pero lo fue a ayudar para que no sufriera. O sufriera menos. Sin conocerlo. Seguramente le dio tiempo a pensar que era injusto. Seguramente su mujer, Isabel, lo miró angustiada.
A ese hombre, mayor, lo estaban agrediendo en Getafe. Impunemente, en plena tarde y a las puertas de una parada de Metro.
Mariano era un hombre trabajador, afable, responsable y bueno. Formaba parte de eso llaman "la gente" y que a muchos les viene muy grande. Se acercó a ayudar, a poner cordura, sentido común. Y ya no está.
viernes, 13 de enero de 2017
Escalones
Cuando sabía que ya se acercaba bajaba, nervioso y en calcetines, a abrir el portal. Subían juntos la escalera, él de dos en dos escalones, ella de puntillas, para hacer menos ruido, y ambos sonriendo y deseando cerrar la puerta para mirarse a los ojos y decirse hola. Sabían que tras la mirilla del primero, de dónde salían los olores a guiso entre semana, a paella los domingos, estaba la viuda silenciosa que, más tarde, preguntaría a la portera que quién era esa que sube con el del segundo desde hace algún tiempo, bastante más del que pensaban.
Eran capaces de controlar la sonrisa tapándose la boca. Pero jamás pudieron evitar la carcajada espontánea. Explosiva, contagiosa y, sobre todo, cómplice.
Nunca supo ni quiso preguntar por qué no funcionaba el portero automático. Ni tampoco por qué no existen códigos de acceso, cómo en Francia. Si los que llegaban eran amigos, al oír un silbido pactado les tiraba las llaves atadas con una cuerda que medía medio metro menos que la distancia del balcón hasta el suelo. Aprendió este truco de los estudiantes de Erasmus que rotaban, año tras año, por el tercero izquierda. Nunca lo utilizó con ella. Prefería esperarla en el portal para subir a su lado por la escalera. A ambos les gustaba subir juntos.
El paso del tiempo pero sobre todo las miles de pisadas habían erosionado los escalones de piedra dejando claro cuál era la línea que seguían la mayoría de los vecinos. La madera del pasamanos, con un juego de colores que se oscurecía al llegar a las curvas de cada rellano, acariciaba suavemente la palma y los dedos de los que subían, despacio y sin prisa, arrastrando la compra diaria. Huellas permanentes de vida. En la escalera, en los pisos, en la portería y en los tendales del patio interior, dónde convivían desde el punto de la mañana sábanas, camisetas, calcetines y secretos de la italiana.
Fuese la hora que fuese siempre había ruidos. Y olores. Seguramente también miradas.
Y sospechas.
miércoles, 4 de enero de 2017
El Renault 18 de Julián
Recuerdo que era fin de semana porque tuvimos que parar el coche en Alcolea del Pinar, donde conocen el significado de la palabra frío ya que éste se inventó en su vecina Molina de Aragón. En el momento justo en el que empezó a nevar, unos kilómetros más allá del Área 103, el limpiaparabrisas del Renault 18 familiar, color marrón, dejó de funcionar. Ingenuamente pensamos que ese sábado, a mediodía, encontraríamos un taller abierto con ganas y con repuestos. Por eso sé que era fin de semana: porque seguimos viajando, en plena nevada de enero, un invierno de los de entonces, con el coche cargado de de bolsas, botas y esquís y los ojos puestos en Andorra. Y en el cristal cubierto de nieve.
Semanas después abrí las contraventanas de la habitación del Hotel Marco Polo de La Massana con la sonrisa que se abren las contraventanas cuando ha estado nevando desde la tarde anterior y los partes meteo han anunciado sol para esa mañana. Aparcado donde siempre, al borde de la carretera, con el morro enfilando hacia arriba, el Renault 18 familiar, color marrón, ya no pudo subir más. Sospechamos que por despecho la cuña del quitanieves, literalmente, le partió el motor en forma de V. Y allí estábamos los cinco, junto con Marc, el maître, otra vez mirando el cristal cubierto de nieve en el que alguien había escrito "me gustas".
Semanas después abrí las contraventanas de la habitación del Hotel Marco Polo de La Massana con la sonrisa que se abren las contraventanas cuando ha estado nevando desde la tarde anterior y los partes meteo han anunciado sol para esa mañana. Aparcado donde siempre, al borde de la carretera, con el morro enfilando hacia arriba, el Renault 18 familiar, color marrón, ya no pudo subir más. Sospechamos que por despecho la cuña del quitanieves, literalmente, le partió el motor en forma de V. Y allí estábamos los cinco, junto con Marc, el maître, otra vez mirando el cristal cubierto de nieve en el que alguien había escrito "me gustas".
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