viernes, 13 de enero de 2017

Escalones

Cuando sabía que ya se acercaba bajaba, nervioso y en calcetines, a abrir el portal. Subían juntos la escalera, él de dos en dos escalones, ella de puntillas, para hacer menos ruido, y ambos sonriendo y deseando cerrar la puerta para mirarse a los ojos y decirse hola. Sabían que tras la mirilla del primero, de dónde salían los olores a guiso entre semana, a paella los domingos, estaba la viuda silenciosa que, más tarde, preguntaría a la portera que quién era esa que sube con el del segundo desde hace algún tiempo, bastante más del que pensaban.

Eran capaces de controlar la sonrisa tapándose la boca. Pero jamás pudieron evitar la carcajada espontánea. Explosiva, contagiosa y, sobre todo, cómplice. 

Nunca supo ni quiso preguntar por qué no funcionaba el portero automático. Ni tampoco por qué no existen códigos de acceso, cómo en Francia. Si los que llegaban eran amigos, al oír un silbido pactado les tiraba las llaves atadas con una cuerda que medía medio metro menos que la distancia del balcón hasta el suelo. Aprendió este truco de los estudiantes de Erasmus que rotaban, año tras año, por el tercero izquierda. Nunca lo utilizó con ella. Prefería esperarla en el portal para subir a su lado por la escalera. A ambos les gustaba subir juntos. 

El paso del tiempo pero sobre todo las miles de pisadas habían erosionado los escalones de piedra dejando claro cuál era la línea que seguían la mayoría de los vecinos. La madera del pasamanos, con un juego de colores que se oscurecía al llegar a las curvas de cada rellano, acariciaba suavemente la palma y los dedos de los que subían, despacio y sin prisa, arrastrando la compra diaria. Huellas permanentes de vida. En la escalera, en los pisos, en la portería y en los tendales del patio interior, dónde convivían desde el punto de la mañana sábanas, camisetas, calcetines y secretos de la italiana.

Fuese la hora que fuese siempre había ruidos. Y olores. Seguramente también miradas. 

Y sospechas. 



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