Una hamburguesa en La Colladeta de Cerler, tras una mañana recorriendo al sol la, para mi, estación más cercana a la montaña de todo el Pirineo es algo que nadie debería perderse y que no debería salir en las listas de “las mejores ....” o "Diez must para este invierno”. Esto mejor para otros.
Comerse esa hamburguesa con Guillermo queda reservado a los que pueden permitirse una delicatesen.
Me lo presentó un amigo común en una edición de Fitur cuando aún no existía el AVE a Zaragoza y, tras el acto de Ifema, había que coger un tren a media tarde en Chamartín hasta el Portillo. Hace ya años de aquello. Pronto nos convertimos en pareja de padel manteniendo cierto nivel pero sobre todo estabilidad gracias a mi templanza y, porque no, paciencia. Era otro lujo acabar entre semana, a la noche, con otra hamburguesa del Mostaza entre las manos.
Un día abandonó el padel, deporte social, y se inició en proyectos más duros. Maratones y triatlones. Esfuerzos titánicos. Y no se le da mal, nada mal, a pesar de los entrenamientos condicionados por su trabajo y, ahora, por Jaimico e Inés. Llegamos a compartir uno de los primeros maratones pero eso exige otro artículo del que avanzo el final: yo no pude cruzar la meta.
Sin embargo, no son las hamburguesas, ni los maratones, ni aquel padel lo que hacen de él una persona excepcional, ni un amigo del alma. Guillermo posee y demuestra tener una generosidad sin límite que supera cualquier amistad y que la convierte en el bien más preciado del que se preocupa de los que le rodean. He tenido el privilegio de comprobarlo en primera persona. En lo grande y en lo pequeño. Y siempre se lo agradeceré.
De la misma manera que su clásico “¿Qué pasa, rey?” cuando descuelgo su llamada.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
viernes, 27 de marzo de 2020
jueves, 26 de marzo de 2020
Igualito que en Prudential
Llevábamos casi cinco meses esquiando a diario y Gonzalo, todavía futura promesa del sector financiero y asegurador, solía venir a visitarnos algún fin de semana. Supongo que para él, esquiador como nosotros pero no profesor, venir a vernos a Andorra suponía su válvula de escape semanal. Le costaba poco agarrar su Fiat Uno y tragarse los kilómetros de ida y vuelta y sus varias horas de viaje.
Presentíamos que la temporada iba acabándose y que pronto habría que dedicarse a otras cosas, tal vez más próximas a lo que habíamos estudiado en la Universidad, aunque hubiese sido sin vocación. En cualquier caso, aquella temporada del 91 era lo que siempre habíamos deseado. Llevábamos años dando clase de esquí en diferentes entornos y hacerlo durante todos los días de una temporada, instalándonos en otro país, culminaba un época de nuestras vidas.
Con la nieve ya de primavera, cuando a partir de mediodía las pistas adquieren un aspecto menos seductor, y con tantas horas acumuladas buscamos dónde descansar un rato.
Con todos en el suelo, se hizo un silencio que siempre suele ser anuncio de algo. Lo normal era un anuncio, una propuesta o una simple gilipollez que viniera a recolocar a cada uno en su sitio y a bajarnos de la nube a la que nos hubiésemos subido.
“¡Igualito que en Prudential…!”
A la sentencia inesperada, seca, profunda e incontestable de Gonzalo siguió otro silencio de dos segundos, un cruce de miradas y una carcajada de un minuto.
Como en estos días de encierro, todos buscamos comparar lo que tenemos o dónde estamos con lo que nos gustaría tener o con dónde nos gustaría estar.
“¡Igualito que en Prudential….!”
Aquella inesperada frase, en aquel inesperado momento, consiguió que la grabásemos en nuestra memoria personal y que, cada vez que disfrutamos de un lugar especialmente bello y tranquilo, Txavi o yo la repitamos con una mezcla de humor y nostalgia.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
( nota: Prudential era la empresa financiera y aseguradora dónde trabajaba Gonzalo )
Presentíamos que la temporada iba acabándose y que pronto habría que dedicarse a otras cosas, tal vez más próximas a lo que habíamos estudiado en la Universidad, aunque hubiese sido sin vocación. En cualquier caso, aquella temporada del 91 era lo que siempre habíamos deseado. Llevábamos años dando clase de esquí en diferentes entornos y hacerlo durante todos los días de una temporada, instalándonos en otro país, culminaba un época de nuestras vidas.
Con la nieve ya de primavera, cuando a partir de mediodía las pistas adquieren un aspecto menos seductor, y con tantas horas acumuladas buscamos dónde descansar un rato.
Con todos en el suelo, se hizo un silencio que siempre suele ser anuncio de algo. Lo normal era un anuncio, una propuesta o una simple gilipollez que viniera a recolocar a cada uno en su sitio y a bajarnos de la nube a la que nos hubiésemos subido.
“¡Igualito que en Prudential…!”
A la sentencia inesperada, seca, profunda e incontestable de Gonzalo siguió otro silencio de dos segundos, un cruce de miradas y una carcajada de un minuto.
Como en estos días de encierro, todos buscamos comparar lo que tenemos o dónde estamos con lo que nos gustaría tener o con dónde nos gustaría estar.
“¡Igualito que en Prudential….!”
Aquella inesperada frase, en aquel inesperado momento, consiguió que la grabásemos en nuestra memoria personal y que, cada vez que disfrutamos de un lugar especialmente bello y tranquilo, Txavi o yo la repitamos con una mezcla de humor y nostalgia.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
( nota: Prudential era la empresa financiera y aseguradora dónde trabajaba Gonzalo )
miércoles, 25 de marzo de 2020
Los padres de Pablo
Hace ya bastantes años, aparqué el coche en la estación de esquí de Piau Engaly junto al vehículo que me indicó un empleado probablemente vestido de azul. Su decisión señalándome impetuosamente ese lugar, en vez de haberme mandado junto a cualquier coche casa o al mismísimo fondo del aparcamiento, fue una especie de premio de bote del euromillón. Resultó que, inesperadamente, los propietarios de aquel otro coche eran una familia que nos «sonábamos» mutuamente porque nuestros hijos compartían entrenamientos de tenis en Zaragoza. Pese a ello jamás habíamos hablado aunque probablemente nos habríamos cruzado en las pistas, vestuarios, bar, piscina.... Muchas veces no nos fijamos en los que realmente tenemos muy cerca.
- «Son los padres de Pablo»
Ese día Pablo esquió con nosotros dando inicio a una larga amistad familiar que perdurará para siempre y seguirá alimentándose de la tortilla de Laly en cualquier salida al monte. Laly tiene, entre otras virtudes, la de hacer las mejores tortilla de patata que uno puede tomar.
Y eso pese a que Laly Josa ha creado una leyenda montañera en torno al Midi d’Ossau que ella bien sabe que no fue para tanto. O tal vez sí y sirve para que resuenen las carcajadas.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
#SacaLaFelicidadAPasear #QuédateEnCasa#YoMeQuedoEnCasa
- «Son los padres de Pablo»
Ese día Pablo esquió con nosotros dando inicio a una larga amistad familiar que perdurará para siempre y seguirá alimentándose de la tortilla de Laly en cualquier salida al monte. Laly tiene, entre otras virtudes, la de hacer las mejores tortilla de patata que uno puede tomar.
Y eso pese a que Laly Josa ha creado una leyenda montañera en torno al Midi d’Ossau que ella bien sabe que no fue para tanto. O tal vez sí y sirve para que resuenen las carcajadas.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
#SacaLaFelicidadAPasear #QuédateEnCasa#YoMeQuedoEnCasa
martes, 24 de marzo de 2020
Lo que pasa en el desierto queda en el desierto
Cuando quisimos volar y casi despegamos.
Iban a ser quince días tirados en el desierto pero nuestra inocencia y falta de experiencia nos obligaron a acortarlos. No fue muy buena idea lo de aprovisionarse en Makro como si no hubiese un mañana olvidando que en el desierto principalmente hace calor.
Nuestro gran olvido fue la sal por lo que una tarde organizamos, supongo que echándolo a suertes, un comando que, con cierta nocturnidad y provistos de un simple cubilete de los carretes de fotos de entonces, se introdujo en las líneas enemigas que eran unas salinas cercanas. Una vez en las enormes dunas de sal, con el cubilete ya lleno, fuimos sorprendidos y fuertemente amonestados por dos vigilantes que, sospecho, aún siguen riéndose de nuestra inocencia.
También estábamos medio aislados pero no confinados. El sol, el calor y un cierto aburrimiento de días infinitos sin tener nada que hacer dinamitó el grupo que había llegado compacto. Cada uno tiró para dónde le pareció mejor. O dónde pudo porque alguno nos quedamos sin coches y sin esa pésima compra que tuvimos que ir tirando descompuesta por el sol.
Así, Álvaro y yo llegamos, medio en bus, medio andando, hasta Tarifa. Nos diluvió e hizo frío pero vimos el mundial de windsurfing y dormimos bajo un Land Rover muy alto.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
#SacaLaFelicidadAPasear #QuédateEnCasa #YoMeQuedoEnCasa
Iban a ser quince días tirados en el desierto pero nuestra inocencia y falta de experiencia nos obligaron a acortarlos. No fue muy buena idea lo de aprovisionarse en Makro como si no hubiese un mañana olvidando que en el desierto principalmente hace calor.
Nuestro gran olvido fue la sal por lo que una tarde organizamos, supongo que echándolo a suertes, un comando que, con cierta nocturnidad y provistos de un simple cubilete de los carretes de fotos de entonces, se introdujo en las líneas enemigas que eran unas salinas cercanas. Una vez en las enormes dunas de sal, con el cubilete ya lleno, fuimos sorprendidos y fuertemente amonestados por dos vigilantes que, sospecho, aún siguen riéndose de nuestra inocencia.
También estábamos medio aislados pero no confinados. El sol, el calor y un cierto aburrimiento de días infinitos sin tener nada que hacer dinamitó el grupo que había llegado compacto. Cada uno tiró para dónde le pareció mejor. O dónde pudo porque alguno nos quedamos sin coches y sin esa pésima compra que tuvimos que ir tirando descompuesta por el sol.
Así, Álvaro y yo llegamos, medio en bus, medio andando, hasta Tarifa. Nos diluvió e hizo frío pero vimos el mundial de windsurfing y dormimos bajo un Land Rover muy alto.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
#SacaLaFelicidadAPasear #QuédateEnCasa #YoMeQuedoEnCasa
domingo, 22 de marzo de 2020
Aquel galope montuno
Pensábamos en John Wayne y acabé más cerca de ser Paco Martínez Soria.
No estábamos acostumbrados a montar pero organizamos una excursión que incluía barbacoa en mitad del monte. Seríamos seis u ocho trotando y galopando caballos infinitamente más listos y resabiados que nosotros, que éramos jóvenes. En ese tiempo, por suerte no existían aún las reglamentaciones tan estrictas que ahora prohíben disfrutar de tantas cosas.
La vuelta a las cuadras fue muy rápida y no había quién se hiciese con el control de los caballos que actuaban en modo vuelta a casa. Imponían un trote continuo que nadie era capaz de frenar.
Esa noche recuerdo que acudíamos a un concierto en una sala del centro. Desde muy joven disfruté de una Vespa roja que hoy, treinta y cinco años después, sigue respondiendo a su pata de arranque en mi garaje. Lo que iba a ser un simple desplazamiento, aún sin casco obligatorio, se convirtió en un problema que sólo tenía una solución.
Al intentar sentarme en la posición natural de la Vespa ( de frente, rodillas adelante ) tuve que desistir inmediatamente por el enorme dolor que me producía la herida sangrante que se me había formado en toda la zona del culo. Pero una herida no me iba a dejar en casa.
Al puro estilo mujer italiana, con falda de flores, años 50, que viajaba de paquete en la Vespa de Pietro, giré mi cuerpo, dejé caer los pies hacia el lado derecho y, con una elegante rotación de cintura al frente encaré calles y semáforos acordándome de mi galope de principiante.
Llegué, la herida seguía sangrando suavemente y mejor voy a terminar aquí el relato.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
No estábamos acostumbrados a montar pero organizamos una excursión que incluía barbacoa en mitad del monte. Seríamos seis u ocho trotando y galopando caballos infinitamente más listos y resabiados que nosotros, que éramos jóvenes. En ese tiempo, por suerte no existían aún las reglamentaciones tan estrictas que ahora prohíben disfrutar de tantas cosas.
La vuelta a las cuadras fue muy rápida y no había quién se hiciese con el control de los caballos que actuaban en modo vuelta a casa. Imponían un trote continuo que nadie era capaz de frenar.
Esa noche recuerdo que acudíamos a un concierto en una sala del centro. Desde muy joven disfruté de una Vespa roja que hoy, treinta y cinco años después, sigue respondiendo a su pata de arranque en mi garaje. Lo que iba a ser un simple desplazamiento, aún sin casco obligatorio, se convirtió en un problema que sólo tenía una solución.
Al intentar sentarme en la posición natural de la Vespa ( de frente, rodillas adelante ) tuve que desistir inmediatamente por el enorme dolor que me producía la herida sangrante que se me había formado en toda la zona del culo. Pero una herida no me iba a dejar en casa.
Al puro estilo mujer italiana, con falda de flores, años 50, que viajaba de paquete en la Vespa de Pietro, giré mi cuerpo, dejé caer los pies hacia el lado derecho y, con una elegante rotación de cintura al frente encaré calles y semáforos acordándome de mi galope de principiante.
Llegué, la herida seguía sangrando suavemente y mejor voy a terminar aquí el relato.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
jueves, 19 de marzo de 2020
Porque la vida va de personas (Saquemos la felicidad a pasear)
Cuando al atardecer, aquellos cinco franceses surgieron de la nada, cargados con tres cajas de cervezas frías, volvimos a creer en todo.
Habíamos estado caminando cerca de nueve horas sin tener claro dónde íbamos a dormir esa noche. No era algo que nos preocupase especialmente porque llevábamos con nosotros todo lo que necesitábamos para recorrer una gran parte de la Transpirenaica.
La cabaña era simple, muy básica, aunque en según qué circunstancias, era puro lujo. Techo cerrado, una litera de las que no dejan de rechinar toda la noche, limpia y hasta una mesa que no llegamos a utilizar. No íbamos a estar más que unas horas así que para nosotros era casi un resort todo incluido, sin pulsera de colores ni daiquiri en la piscina. Lo malo es que no había nada más incluido. Ni siquiera esa cerveza con la que sueñas en cada paso que vas dando, sobre todo en los infinitos tramos de bajada. Cómo en la vida, hay que saber que bajar no es como subir: suele ser mucho más aburrido, largo e incluso peligroso. Subir es duro pero es camino de ida, de descubrir, de pensar en llegar a lo bello, de sentir el aliento del compañero, de ayudarse mutuamente porque la ruta vale lo que el compañero más débil, de ilusión. Bajar es muchas veces volver al coche y acabar.
Descalzo y sin camiseta decidí levantarme y dirigirme a ellos con la cartera en el bolsillo. Al verme acercar noté cómo sus rostros expresaban la sorpresa y hasta cierto temor ante lo desconocido. Alguno incluso mascullaba algo que no pude escuchar. Iba decidido a pagar lo que fuese por una de aquellas botellas que, seguramente, estaban destinadas a alguna juerga nocturna para celebrar la luna llena, el trabajo de alguno o una cutre despedida de soltero. Muy educadamente, y casi pidiendo perdón, les pedí que si me vendían alguna, aunque fuese sólo una, para compartir con mi compañero. Y fue entonces cuando se produjo el milagro.
"- ¿Vender? De ninguna manera. Manu dale cuatro." ( Acheter? Pas du tout. Manu donne-lui quatre. )
Esas cervezas, como todas aquellas pequeñas cosas que se comparten con los que realmente te importan, son lo que no valoramos hasta que no las tenemos o hasta que un virus, cuyo origen nunca sabremos, trata de robarnos la esperanza sabiendo que no lo conseguirá.
Ahora que nos damos cuenta de lo importante de lo simple, de lo pequeño y de lo insignificante de lo grande y superfluo, cuando salgamos de esta, espero que haya más grupos como el de Manu que, cuando alguien vaya a pedirles la ayuda que a ellos les sobraba, sepan mostrarse empáticos, generosos y solidarios con los que tienen cerca.
Porque la vida va de personas.
Habíamos estado caminando cerca de nueve horas sin tener claro dónde íbamos a dormir esa noche. No era algo que nos preocupase especialmente porque llevábamos con nosotros todo lo que necesitábamos para recorrer una gran parte de la Transpirenaica.
La cabaña era simple, muy básica, aunque en según qué circunstancias, era puro lujo. Techo cerrado, una litera de las que no dejan de rechinar toda la noche, limpia y hasta una mesa que no llegamos a utilizar. No íbamos a estar más que unas horas así que para nosotros era casi un resort todo incluido, sin pulsera de colores ni daiquiri en la piscina. Lo malo es que no había nada más incluido. Ni siquiera esa cerveza con la que sueñas en cada paso que vas dando, sobre todo en los infinitos tramos de bajada. Cómo en la vida, hay que saber que bajar no es como subir: suele ser mucho más aburrido, largo e incluso peligroso. Subir es duro pero es camino de ida, de descubrir, de pensar en llegar a lo bello, de sentir el aliento del compañero, de ayudarse mutuamente porque la ruta vale lo que el compañero más débil, de ilusión. Bajar es muchas veces volver al coche y acabar.
Descalzo y sin camiseta decidí levantarme y dirigirme a ellos con la cartera en el bolsillo. Al verme acercar noté cómo sus rostros expresaban la sorpresa y hasta cierto temor ante lo desconocido. Alguno incluso mascullaba algo que no pude escuchar. Iba decidido a pagar lo que fuese por una de aquellas botellas que, seguramente, estaban destinadas a alguna juerga nocturna para celebrar la luna llena, el trabajo de alguno o una cutre despedida de soltero. Muy educadamente, y casi pidiendo perdón, les pedí que si me vendían alguna, aunque fuese sólo una, para compartir con mi compañero. Y fue entonces cuando se produjo el milagro.
"- ¿Vender? De ninguna manera. Manu dale cuatro." ( Acheter? Pas du tout. Manu donne-lui quatre. )
Esas cervezas, como todas aquellas pequeñas cosas que se comparten con los que realmente te importan, son lo que no valoramos hasta que no las tenemos o hasta que un virus, cuyo origen nunca sabremos, trata de robarnos la esperanza sabiendo que no lo conseguirá.
Ahora que nos damos cuenta de lo importante de lo simple, de lo pequeño y de lo insignificante de lo grande y superfluo, cuando salgamos de esta, espero que haya más grupos como el de Manu que, cuando alguien vaya a pedirles la ayuda que a ellos les sobraba, sepan mostrarse empáticos, generosos y solidarios con los que tienen cerca.
Porque la vida va de personas.
jueves, 30 de enero de 2020
Confesiones en una calle francesa
Qué bien cuidan sus calles y sus pueblos en Francia.
Me fijé en ellos porque eran los únicos que caminaban por esa calle a esa hora dónde sólo se escuchan voces desordenadas en un patio de un liceo.
Paseaban para hablar y ambos se escuchaban con una admiración nada habitual. Estaban, seguramente, disfrutando de unos días surgidos de la improvisación y de un arranque de espontaneidad que los permitía mostrarse tal y como eran de verdad.
Era uno de esos momentos en los que las palabras y los silencios logran su objetivo de reflejar las emociones. Sin esquinas ni oscuros ángulos muertos.
Sin detenerse y sin previo aviso, cómo realmente brotan las verdades, le dijo:
"Debo confesarte que en ese momento de la noche, justo antes de dormir, en el que cada uno elige lo que recordar, yo me agarro a ti".
Ya sólo se oyeron pisadas acompasadas y se perdieron en uno de los callejones que llevan al mar.
Me fijé en ellos porque eran los únicos que caminaban por esa calle a esa hora dónde sólo se escuchan voces desordenadas en un patio de un liceo.
Paseaban para hablar y ambos se escuchaban con una admiración nada habitual. Estaban, seguramente, disfrutando de unos días surgidos de la improvisación y de un arranque de espontaneidad que los permitía mostrarse tal y como eran de verdad.
Era uno de esos momentos en los que las palabras y los silencios logran su objetivo de reflejar las emociones. Sin esquinas ni oscuros ángulos muertos.
Sin detenerse y sin previo aviso, cómo realmente brotan las verdades, le dijo:
"Debo confesarte que en ese momento de la noche, justo antes de dormir, en el que cada uno elige lo que recordar, yo me agarro a ti".
Ya sólo se oyeron pisadas acompasadas y se perdieron en uno de los callejones que llevan al mar.
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