sábado, 24 de septiembre de 2016

Tal y cómo, simplemente, imaginé

Personajes 16

Todos lo habíamos imaginado durante días pero no durante todos ellos.

Una tarde, sin quererlo, miras una pared y encuentras retales de una vida en forma de fotos, entradas a espectáculos, viejos billetes de avión, una postal, una acreditación, una pulsera de tela, un billete de dólar, un vale descuento por aquella devolución o un recordatorio de una cita con el médico. Pero los recuerdos no están en las cosas sino en la cabeza y en el alma. Y algunos hasta en las entrañas.

Cuando quedaban pocos días para terminar vi, por primera vez, un mapa en la pared de aquel albergue de Miraz. Tal vez antes ya estuve delante de otros pero fue la primera vez que me paré a recorrer con el dedo y con la mirada el perfil ya conocido y lo poco que quedaba por descubrir. Cómo cualquier mapa colgado en la pared de un lugar público ya había sido recorrido con los ojos, con bolis de colores y con los dedos engrasados de decenas de caminantes que, sin quererlo, también habían dejado su traza. Lo comenté con la rubia alemana de mirada dulce y me acordé de los dos franceses que se lavaban los dientes a la entrada de Zumaia. Uno de ellos tenía rastas y sonreía todo el tiempo. El otro parecía que disfrutaba de la libertad condicional en una película de Clint Eastwood y lo seguía sin remedio. Volví a verlos varias veces más y siempre con la intuición que el forajido iba a fugarse una noche. Sin chica pero fugarse. Y con su chandal del Olympique de Marseille.

Antes de llegar a Miraz, en medio de un bosque al que arribé justo después de rebasar el mojón que indicaba los últimos cien kilómetros, me paró una pareja de ingleses. Venían caminando de frente y desprendían ganas de coger un capazo. Querían contar su historia y los escuché. Llevaban ya años instalados en Ibiza, desde que él se jubiló, y lo habían dejado todo para comprarse una casa grande en mitad de ese bosque, casa que tenían que reconstruir con sus propias manos ya que no tenía ni techo. Con un español que sólo son capaces de hablar los que son muy hijos de su Graciosa Majestad, no dejaron de soltar lo especial que es el Camino del Norte. Me quité la mochila, nos apoyamos en un árbol y hablamos de Saint Jean de Luz, de Donosti, de Zarautz, del mar y las mareas, de los Picos de Europa, de la costa de Llanes, de la playa del Silencio y de la comida. Conocían todo y sólo les faltaba incorporar la musicalidad gallega a su castellano de Bristol mix Ibiza. Están construyendo ellos solos un albergue en mitad del bosque y les prometí volver a inaugurarlo. Cuántas veces han de venir ellos a poner en valor lo que tenemos. Nos costó despedirnos y, aún así, insistieron en que un kilómetro más adelante parase a visitar a una amiga, creo que brasileña, que ofrecía el mejor café de la zona.

Cuando llegué a Miraz, aldea que sólo contaba con un pequeño bar, un cementerio y dos albergues, volví a encontrarme con viejos conocidos que esperaban a que abriesen el albergue "de los ingleses". Ya estaba formada espontáneamente la fila de diez mochilas y veinte botas que indicaba el orden de llegada y, por ende, de ocupación de literas. El albergue lo gestiona una asociación inglesa mediante voluntarios que se turnan cada quince días. El contacto con el exterior se hace a través de una camioneta que cada tarde, a golpe de claxon musical, hace función de supermercado. Si estuviésemos en Madrid, Barcelona o Zaragoza sería una food truck pero en Miraz es la furgoneta de las seis. Así llegaba en mi infancia, a eso de las 16:30, Alfonso, el lechero, con su furgoneta Ebro y con la leche en bolsas de plástico, los huevos y los yogures.

Desde hacía varias jornadas, los días y las noches eran distintos. Alejarse del mar, sin posibilidad alguna de volver a verlo, significaba enfilar la recta final y dejar de ir para empezar a volver.

El amanecer al salir de Miraz me sorprendió a mí mismo mientras me alejaba de los dos canadienses con los que caminé en la oscuridad. Sin quererlo ni buscarlo pero sobre todo sin poder evitarlo mi única compañía, mientras el sol aparecía a mi espalda, eran unas lágrimas de emoción contenida y una galerna interior de sentimientos compartidos. Y así un rato largo. Y así todos los días hasta el final. Pese a venir preparado nunca pensé que me fuese a dejar vencer por la emoción. Pero sucumbí y me deje llevar porque, además, era la única manera de liberar la carga de sensaciones y sentimientos que se habían acumulado, no en la mochila de Karl, sino en mi corazón.

Todo pudo venirse abajo cuando de repente, en el cruce de Santa Irene, los que veníamos del norte nos incorporamos al camino que viene de Astorga, el llamado Camino Francés. Puñetazo de realidad. A partir de ese momento la tranquilidad, la calma, la relativa soledad y el respeto al entorno y a los demás se convierten en romería, bullicio, barullo, grupos, prisas y ganas de terminar. Era sólo un día, con su noche, y menos mal.

Era un aviso.

El último día madrugué más que de costumbre. Quería evitar a toda costa caminar en modo rebaño lo que no me permitiría concluir cómo deseaba y cómo llevaba días planeando.

Aceleré y llegué en la niebla matinal. Al desaparecer sonó una gaita bajo el arco.

Lo mejor de todo es que pude hacerlo y llegar tal y cómo, simplemente, imaginé.










jueves, 22 de septiembre de 2016

Siniestro Total

Dentro de un mes, casualmente, me vencen tres pólizas de dos motos y de un coche. Todas ellas, así como las de otro coche y el seguro del hogar, las tengo en la misma compañía de seguros, muy conocida, española y con gran presupuesto en marketing. Por mi parte, soy el clásico asegurado chollo, con partes de siniestros casi inexistentes y una antigüedad cercana a los 30 años. Como uno de mis hijos se está sacando el carnet de motocicleta y su intención es conducir mi ya rodada Vespa 125 Pk, solicito a mi compañía que lo incluyan en mi póliza como segundo conductor, conductor esporádico ó cómo ellos estimen conveniente.

"Lo siento, pero no aseguramos ese riesgo"

"¿Cómo?"

"No aseguramos a conductores menores de 25 años en las pólizas de motocicletas"

"Pero, vamos a ver, eso me va a obligar a marcharme de la compañía pudiendo arrastrar al conjunto de mis pólizas..."

No hay manera. Es su política comercial. Esta compañía líder española, con un cliente cautivo como yo, con más de 30 años de antigüedad, prefiere eso a asegurar ese riesgo. Lo que en términos de marketing viene a ser incomprensible: fusilar la fidelidad.

Solicito presupuesto en una segunda compañía puntera, también española, que, además, fue mi primera compañía de seguros precisamente con la Vespa. Y también con un enorme presupuesto de marketing. En su momento, año 1985, contraté la póliza con 18 años sin problema alguno de edad, sexo ó religión. La amable comercial de la minimalista sucursal aporrea varias veces el teclado para que la pantalla le escupa la cifra final:

" La póliza se quedaría en 835 euros "

" Creo que hay un error. Se trata de asegurar una Vespa 125 a terceros no un vehículo a todo riesgo sin franquicia"

" Lo siento no hay ningún error. Son los precios que tenemos para ese seguro"

Yo, con cara de calzoncillo:

" Hombre, yo creo que sería más honesto decir que no quieren asegurarme la moto porque no creo que nadie pague 835 euros por asegurar a terceros una Vespa..."

Cruzo la calle y entro en otra compañía de la que sí diré el nombre: Allianz. Alemana por cierto. Tras exponer mi necesidad y con exquisita amabilidad, la comercial me dice que son 149 euros incluyendo el riesgo del menor de 25 años. Todo facilidades. Ni una pega. Y que siga trayendo pólizas que seguirán haciéndome mejores precios pero sin presión.

Aunque las dos primeras sean ya dos multinacionales con presencia exterior siguen siendo españolas. Dentro de lo que puedo trato de favorecer lo nuestro como un francés siempre defenderá a Peugeot, Air France, Decathlon, su baguette o su pain au chocolat. Lo que convendría es que la Marca España hiciese lo mismo a la hora de tratar a los clientes porque no todo son anuncios ni comunicación en las redes sociales. Todos lo agradeceríamos bastante tirando a mucho.

Hoy, Rafa Nadal ha declarado "Fuera tendría el doble de dinero pero en España tengo el doble de felicidad". Háganle un hueco en esas compañías que algunos sobran y él hace falta.

Además han debido coincidir por los pasillos.


viernes, 9 de septiembre de 2016

No seas motivao

Personajes 15


Juntos decidieron que de este año no pasaba. Ya era hora de aprender aunque no es nada fácil para alguien que se acerca a los cincuenta. El surf necesita muchas horas de práctica, mucho tesón, muchas caídas mientras ves que el de al lado lo hace fácil y, además, sonríe. Algunos hasta chillan de felicidad cuando han llegado al pico y cogen la ola de su vida.

Equilibrio en el desequilibrio. Cómo la vida.

Eran tres y él cada mañana preparaba comida para cuatro. Nadie se dio cuenta del detalle hasta que, a mediodía, se sentaron a almorzar. Seguían con sus trajes de baño, sus neoprenos cubriendo sólo las piernas y habían dejado colocadas sus tablas en la arena. Muy cerca de ellos había un camino por el que, de tanto en tanto, pasaban otro tipo de personas con botas, mochila, calor y hambre. Se produce entonces esa situación en la que se coincide con otros, en el mismo sitio y a la misma hora y, sin embargo, en universos diferentes. Es la misma sensación que se tiene a las 6:00 de la mañana cuando unos vuelven de juerga y otros salen recién duchados, desayunados y equipados para esquiar. O para entrar en el primer turno de la fábrica. Miradas esquivas, algún resoplido y negación con la cabeza.

Muy pocos caminantes decidían acercarse hasta la playa. Cuando llevas cinco horas andando, a pesar de sentir la llamada del mar y estar deseándolo, uno tiene una natural pereza a despojarse de la ropa, desatarse cordones, quitarse las botas y los calcetines y tirarse al agua. Salvo que se vaya bien acompañado o que el calor sea insoportable.

Mientras sus hijos desenvolvían sus bocadillos, tiraban de la anilla del Kas de naranja y escondían sus cabezas, él se levantó y se dirigió hacia el caminante que llegaba solo. Comidas de playa de norte.

"¿Qué haces, papá? ¡No seas motivao!" "¡Ni se te ocurra!"

No los hizo caso, levantó el brazo y chilló lo que tantas veces había ensayado mentalmente:

"De peregrino a peregrino, ¿quieres comer con nosotros?"

Medio sorprendido, preguntándose si se refería a él y muy agradecido se sentó con ellos en una mesa de madera con banco corrido en la que alguien ya había dejado su huella a navajazos con esa doble intención de pasar a la posteridad y, al mismo tiempo, destrozar mobiliario y hasta patrimonio.

"Cari y yo, julio 2013".

Para vencer la lógica inicial timidez de sus hijos, el padre utilizaba bromas y preguntas que captasen la atención de los chicos. Mientras, el recién llegado sacó restos de frutos secos y algo de chocolate. Hablaron de las vacaciones, de surf y también de esquí, de las playas de Cantabria y de los Pirineos. Y luego llegó el turno de las anécdotas, argucia ésta que nunca falla y más si son del ámbito deportivo. En breve empezaban los Juegos de Río y eso permite mantener horas y horas de conversación ya sea en el banco corrido de una playa cántabra, paseando por el centro de una capital, en un restaurante argentino o recorriendo Ordesa en primavera. Qué fácil es captar su atención si bajas a su terreno.

Aquella era la primera vez que invitaban a un recién llegado que ni siquiera llega sino que pasa y no se va a quedar más que un rato. No sería la última: el padre había decidido que así iban a ser todos sus medio días, compartiendo bocadillo, fruta y bebida. A cambio sus hijos recibirían una cara de sorpresa, un agradecimiento en cualquier idioma y una hora de relatos. Y un curso acelerado de normalidad, de hospitalidad con el que llega por muy diferente que sea.

La generosidad espontánea e inesperada es la mejor recibida. Y mucho más si es necesitada.

La vida siguió y la llegada de un grupo de surferos con lo que parecía ser un instructor a la cabeza hizo que los tres saliesen corriendo en busca de sus tablas y, creo, tras una rubia.

"¿Por qué no te quedas?"

"No puedo. Tengo que seguir"






lunes, 5 de septiembre de 2016

Nadie camina solo

Personajes 14

Nadie camina solo sino que lo hace con su historia, con el relato que, seguramente, sólo él conoce y, lo que es más importante, nadie osa preguntar.

Detrás de cada uno hay cientos de razones superfluas y sin interés y una principal que lo envuelve todo y que consigue que el guión de cada día tenga sus personajes, sus escenarios, su luz y su oscuridad, su banda sonora, su puente y su estrella. Y sus títulos de crédito con los agradecimientos.

Hablé muy poco con él aquella tarde de julio sentados delante del albergue de Boo de Piélagos, dónde yo dormiría y él abandonaría después de charlar, cargar su móvil y rellenar agua. Hablamos de su mochila, que era enorme, y de la funda de guitarra que llevaba adosada a ella. Era una funda rígida que pesaría unos tres kilos. Todo ello, junto con guitarra y mochila a su espalda. Hablamos de su calzado, unas simples suelas que sujetaba a su pie y espinilla con unas correas artesanales. Todo hecho por él mismo. Sin preguntar, todo ello explicaba su historia. La que yo imaginé. La que seguro que tenía.

Era italiano. Tenía rastas y también cargaba con una hamaca que colgaba entre árboles para dormir.

Al cabo de un rato de conversación nos dimos cuenta que habíamos coincidido ese amanecer, a las 5:10 de la mañana, en el albergue de Güemes. Yo me desperté esperando encontrarme con lo que uno suele esperarse encontrar a las 5:10 de la mañana: oscuridad, fresco, algún ruido lejano que has de descifrar y algún otro caminante preparando su equipaje. En cambio esa mañana me encontré con un  italiano con rastas, haciendo el pino contra una pared, apoyando la cabeza en una toalla y todo su equipaje, muy poco ordenado, desperdigado por el césped. No intercambiamos palabras. Yo lo miraba  mientras recogía mis cosas y él pasaba del pino a un especie de flexiones. No quise molestar ni distraer. Al iniciar mi marcha él seguía a lo suyo. No pensé que volvería a encontrarlo.

El mismo respeto que se tiene con los aspectos más básicos: con el silencio en la noche, con la limpieza del entorno, con la distribución de las literas, con la seguridad de las pertenencias... el mismo respeto, decía, se tiene con la historia de cada uno. A lo largo de largas conversaciones ya sea caminando, comiendo, descansando, cada uno va dejando asomar pequeños retales de su relato sin, casi nunca, caer en la tentación de la sobreexposición. Pero tampoco nadie va a jugar al Loco de la Colina y preguntar, tras un largo silencio,  "¿Y tú por qué lo haces, por qué estás aquí". O por lo menos así, de primeras.

Muchas historias tienen que ver con fracasos, desengaños, incertidumbres. También con sueños, con deseos, esperanzas. Muy pocas, o ninguna, con ovaciones, banderas, pancartas, himnos o brazos repletos de tatuajes. Aunque sí con alguno, discreto y en su sitio. No busquen rarezas, ni ascetas, ni entregados a una causa perdida, ni fervorosos seguidores religiosos. Pero tampoco busquen que les cuenten sus motivos, que los hay y grandes. Ni que nadie les cuente su vida. Nadie empieza vacío.

Con el móvil ya cargado, siguió caminando a la hora que ya casi nadie lo hace. Antes sacó la guitarra. Le comenté que era una de mis vocaciones frustradas. Tocó un rato, tarareo otro y no dejó de sonreír. Ni yo, ni él, teníamos ni idea de dónde iba a dormir.

No le pregunté pero pensé que su historia tenía que ver con qué poco hace falta para poder ser feliz.






jueves, 1 de septiembre de 2016

El último amanecer tranquilo

Personajes 13


Vamos llegando.

El alicantino de Elda se había separado del grupo con el que estaba caminando porque empezó a darse cuenta que aquello se convertía en unas vacaciones y se alejaba de su deseo inicial. Tras varios días juntos los dejó marchar para que siempre le llevaran una etapa de adelanto. Me contó que habían formado una especie de familia: una americana, una alemana y, creo que un inglés. Tejieron una curiosa red en la que cada uno jugaba un rol: pareja, hermano, novia del hermano, prima, amigo y uno que pasaba por allí. En el fondo me perdí en la explicación pero no hacía falta estar muy leído para darse uno cuenta que se estaba encariñando demasiado con una de ellas. Eso creo que fue lo que le asustó. Lo que me quedó claro es que él se había arrepentido de haberlos dejado marchar y quería, a toda costa, recuperarlos antes del final.

Recuperar treinta kilómetros a pie no es nada fácil cuando, además, no podía localizarlos porque en sus primeros días decidió deshacerse del smartphone y agenciarse un viejo Nokia que ni siquiera tenía activadas las llamadas internacionales. No quería que whatsapp le tentase con el pasado del que intentaba huir. Lo conocí llegando a Sobrado dos Monxes cuando le acompañaba Saioa, una vitoriana que también caminaba sola cómo la mayoría en el camino del norte. Gracias a ella, a su iPhone y a las coincidencias de la vida supieron dónde se encontraba la familia imaginaria y, así, el alicantino diseñó su estrategia para coincidir con ellos antes de Pedrouzo. Y lo consiguió. Sin esperárselo, la alemana, la americana y el inglés, creo, se encontraron con él que los recibió a pie de camino con un cencerro y una pancarta hecha por él mismo. Me aparté de él un rato antes para no ser un estorbo emocional y permitir que las miradas que debían encontrarse de nuevo lo hiciesen libremente.

La noche antes del reencuentro habíamos dormido los tres en Boimorto. En mi caso había desoído los consejos del dueño del supermercado de Sobrado dos Monxes quién, tras comprar pan, atún y tomate, me aconsejó no ir hasta allí porque no tendría ni tienda ni bar ni casi alguien con quien intercambiar palabra. Me insistió en que pernoctase en su pueblo dónde, además, la piscina era gratuita. Tuve mis dudas pero me venció mi lado contestatario pensando que lo que él quería es que el poco gasto que fuera hacer lo hiciese en Sobrado. Mucho me acordé de él, su supermercado y sus cámaras con latas de Estrella Galicia en ese trayecto que fue caluroso e infinito. Temeroso de que al final fuese real lo del aislamiento y no pensando más que en una jarra de cerveza de medio litro, fría, un kilómetro antes de Boimorto me paré en lo que supuse sería el último bar de este peculiar far west. Apoyado en la barra, bajo la mirada constante del tabernero, su mujer y tres parroquianos en silencio creí ser John Wayne a la busca del malo malísimo.

En ese albergue enorme, moderno, limpio y solitario no dormimos esa noche más que siete personas de las que sólo tres hablamos entre nosotros. Por separado salimos a la búsqueda del bar más cercano que resultó estar a unos 15 minutos del albergue. El Vilanova fue un descubrimiento en el que de seis a ocho y media me instalé a beber más cerveza, tomar una hamburguesa cómo hacía tiempo que no probaba y meterme una sobredosis de Juegos Olímpicos. Sólo el consejo de la camarera evitó que, además, metiese mano a la tortilla de patata.

En ese momento ya sabíamos que, al día siguiente, no teníamos que seguir el trazado oficial que, por motivos pienso económicos, se alarga sin sentido hasta Arzúa. La variante de Boimorto-Santa Irene tenía toda la pinta de ser el trazado original y, por otro lado, lógico. Pero en estos casos lo mejor es preguntar. La hospitalera era una chica joven, voluntaria y de pocas, muy pocas palabras. Su ilusión era practicar idiomas con aquellos que iban llegando a su pueblo. Nada que ver con su madre que apareció a última hora por el albergue, tal vez buscando conversación con aquellos a los que no va a volver a ver nunca más. Ayudándose de un pequeño croquis nos insistió en seguir la variante de Santa Irene y que no se nos ocurriese seguir lo que indican los planos. "Hacedme caso y encontraréis sombra. He visto cómo se ha puesto el sol y mañana hará calor"

El alicantino y yo coincidimos a las seis de la mañana ya con el frontal encendido. No lo habíamos previsto pero ambos estábamos seguros de que caminaríamos juntos esa primera parte de esta penúltima etapa. En el momento ese en el que el amanecer ya es imparable pero que aún quedan sombras de la noche nos separamos unos metros. Apenas nos conocíamos de unas horas, pero creo que ambos empezamos a sentir que era el final. No hicieron falta palabras ni siquiera miradas para que durante treinta minutos cada uno cerrase la puerta y abriese la ventana.

Era el último amanecer tranquilo.