Qué bien cuidan sus calles y sus pueblos en Francia.
Me fijé en ellos porque eran los únicos que caminaban por esa calle a esa hora dónde sólo se escuchan voces desordenadas en un patio de un liceo.
Paseaban para hablar y ambos se escuchaban con una admiración nada habitual. Estaban, seguramente, disfrutando de unos días surgidos de la improvisación y de un arranque de espontaneidad que los permitía mostrarse tal y como eran de verdad.
Era uno de esos momentos en los que las palabras y los silencios logran su objetivo de reflejar las emociones. Sin esquinas ni oscuros ángulos muertos.
Sin detenerse y sin previo aviso, cómo realmente brotan las verdades, le dijo:
"Debo confesarte que en ese momento de la noche, justo antes de dormir, en el que cada uno elige lo que recordar, yo me agarro a ti".
Ya sólo se oyeron pisadas acompasadas y se perdieron en uno de los callejones que llevan al mar.
jueves, 30 de enero de 2020
jueves, 9 de enero de 2020
Un pianista en el Avión
Después de muchos años, ella decidió llamarlo para después escribirle y, más tarde, provocar un encuentro que, en realidad, era una cita casi a ciegas, bajo un enorme anuncio de una exposición del centro de la ciudad. Recorrieron callejuelas sin rumbo ni destino hasta que se dieron cuenta que ninguno había comido. Sin decidirlo, acabaron tomando un bocadillo en un amplio local, tan frío e impersonal, que nunca más regresaron a él. De todos modos, lo importante nunca fue ese bocadillo sino volver a encontrarse.
Solían verse en viejas terrazas, tascas de los centros, casas de comidas donde siempre había alguna mesa calzada con un taco de madera, sillas desparejadas, servilleteros vacíos, menús cantados desde una libreta, tres primeros y tres segundos a elegir, con postre, pan y vino con gaseosa.
Preferían sentarse frente a frente en lugares que, de lo corrientes que parecían, acababan convirtiéndose en imprescindibles para ir recorriendo recuerdos e imaginando sueños que, en realidad, eran deseos.
Aunque no lo compartieron nunca, debió ser en alguna de aquellas sobremesas cuándo él se lo preguntó. Quiso saber si recordaba aquel oscuro local al que se accedía casi con contraseña llamando a una puerta que ocultaba una pesada cortina de felpa rojizo. Estaba en una calle corriente, lejos del bullicio de las zonas de ocio nocturno. Era una calle de un barrio céntrico en el que aún conviven la burguesía tradicional con el comercio de toda la vida. Las franquicias con los mercados. La falsa sonrisa con la carcajada. El plástico con lo noble. Seguramente aún seguirá habiendo alguna mercería con un estudiado escaparate de rebajas anotadas a mano, algún colmado con especialidades astur-leonesas o alguna ferretería en la que un empleado, con bata azul, no habrá aún dejado de vender alcayatas al peso envueltas en papel de estraza.
Eran conscientes de que compartían mucho más de lo que querían y, por ello, no entendían que no hubiesen coincidido años antes en aquel local.
Abría a cualquier hora y dentro no había ni una ventana al exterior. Su oscuridad la acrecentaba una caótica decoración consistente en objetos de cualquier origen que sólo el tiempo se ocupaba de ordenar. Solía acoger a una fauna muy singular y variopinta que hicieron de él un lugar de culto que había conseguido mantenerse alejado del circuito de locales de moda de la época. Sus dueños, una pareja que lo mantuvo abierto durante décadas, dudo que jamás pensase en convertirlo en referencia de nada sino que dejaron que por él fuesen desfilando historias que acogieron como propias.
La barra ocupaba toda la parte izquierda y, al fondo, un viejo piano dotaba de cierta categoría al lugar. Era, junto con los omnipresentes cuencos de pipas, los kikos y la mujer cerillera que organizaba el guardarropa de la entrada, la esencia misma del local que no era ni bar, ni pub, ni café sino todo ello junto.
Tras el cortinón rojizo de la entrada, al que solía seguir una densa e insana humareda, el escenario cabaretero era un verdadero plano de película de éxito en el que todos podíamos convertirnos en personajes secundarios. En una permanente semi oscuridad, una decena de mesas bajas acogían con complicidad a parejas que reían, a grupos dispares y algún desorientado solitario que esperaba un final de novela que nunca llega.
El pianista surgía de algún sitio súbitamente sin que nadie lo reclamase y sin redoble de tambores. Ni siquiera con un cambio de luces. Cruzaba lentamente la sala envuelto en el humo de sus cigarrillos, con una cojera propia del que ha tenido un pasado e innumerables historias que contar o, tal vez, ocultar. Él lo hacía a su manera, humildemente, pero sabiendo que todos esperaban su aparición. Desde su rincón oscuro, caótico y casi escondido, rodeado de cajas de San Miguel, tocaba lo que quería mezclando todo tipo de músicas, épocas y autores. Quizás, eso nunca lo supimos, se fijase en alguna de las mesas en las que grupos, parejas y siempre algún canalla disfrutaban de un ambiente que, en ese instante, no se daban cuenta que era insólito y que iban a recordar para siempre.
A ambos les extrañaba que ella no hubiese estado allí nunca porque era el tipo de bar que siempre andaban buscando y que solían encontrar. Quizás era por ello que siempre buscaban sillas desparejadas en locales corrientes.
El pianista se llamaba llamaba César y, con permiso de los dueños, hacía que su música acompañara las noches hasta que, tras la barra, el jefe decidía cerrar. Mientras, cuando él quería, hacía una pausa y cruzaba la calle a echar un café y contar historias al mismo camarero de siempre. Un día hizo la definitiva y todo desapareció.
Solían verse en viejas terrazas, tascas de los centros, casas de comidas donde siempre había alguna mesa calzada con un taco de madera, sillas desparejadas, servilleteros vacíos, menús cantados desde una libreta, tres primeros y tres segundos a elegir, con postre, pan y vino con gaseosa.
Preferían sentarse frente a frente en lugares que, de lo corrientes que parecían, acababan convirtiéndose en imprescindibles para ir recorriendo recuerdos e imaginando sueños que, en realidad, eran deseos.
Aunque no lo compartieron nunca, debió ser en alguna de aquellas sobremesas cuándo él se lo preguntó. Quiso saber si recordaba aquel oscuro local al que se accedía casi con contraseña llamando a una puerta que ocultaba una pesada cortina de felpa rojizo. Estaba en una calle corriente, lejos del bullicio de las zonas de ocio nocturno. Era una calle de un barrio céntrico en el que aún conviven la burguesía tradicional con el comercio de toda la vida. Las franquicias con los mercados. La falsa sonrisa con la carcajada. El plástico con lo noble. Seguramente aún seguirá habiendo alguna mercería con un estudiado escaparate de rebajas anotadas a mano, algún colmado con especialidades astur-leonesas o alguna ferretería en la que un empleado, con bata azul, no habrá aún dejado de vender alcayatas al peso envueltas en papel de estraza.
Eran conscientes de que compartían mucho más de lo que querían y, por ello, no entendían que no hubiesen coincidido años antes en aquel local.
Abría a cualquier hora y dentro no había ni una ventana al exterior. Su oscuridad la acrecentaba una caótica decoración consistente en objetos de cualquier origen que sólo el tiempo se ocupaba de ordenar. Solía acoger a una fauna muy singular y variopinta que hicieron de él un lugar de culto que había conseguido mantenerse alejado del circuito de locales de moda de la época. Sus dueños, una pareja que lo mantuvo abierto durante décadas, dudo que jamás pensase en convertirlo en referencia de nada sino que dejaron que por él fuesen desfilando historias que acogieron como propias.
La barra ocupaba toda la parte izquierda y, al fondo, un viejo piano dotaba de cierta categoría al lugar. Era, junto con los omnipresentes cuencos de pipas, los kikos y la mujer cerillera que organizaba el guardarropa de la entrada, la esencia misma del local que no era ni bar, ni pub, ni café sino todo ello junto.
Tras el cortinón rojizo de la entrada, al que solía seguir una densa e insana humareda, el escenario cabaretero era un verdadero plano de película de éxito en el que todos podíamos convertirnos en personajes secundarios. En una permanente semi oscuridad, una decena de mesas bajas acogían con complicidad a parejas que reían, a grupos dispares y algún desorientado solitario que esperaba un final de novela que nunca llega.
El pianista surgía de algún sitio súbitamente sin que nadie lo reclamase y sin redoble de tambores. Ni siquiera con un cambio de luces. Cruzaba lentamente la sala envuelto en el humo de sus cigarrillos, con una cojera propia del que ha tenido un pasado e innumerables historias que contar o, tal vez, ocultar. Él lo hacía a su manera, humildemente, pero sabiendo que todos esperaban su aparición. Desde su rincón oscuro, caótico y casi escondido, rodeado de cajas de San Miguel, tocaba lo que quería mezclando todo tipo de músicas, épocas y autores. Quizás, eso nunca lo supimos, se fijase en alguna de las mesas en las que grupos, parejas y siempre algún canalla disfrutaban de un ambiente que, en ese instante, no se daban cuenta que era insólito y que iban a recordar para siempre.
A ambos les extrañaba que ella no hubiese estado allí nunca porque era el tipo de bar que siempre andaban buscando y que solían encontrar. Quizás era por ello que siempre buscaban sillas desparejadas en locales corrientes.
El pianista se llamaba llamaba César y, con permiso de los dueños, hacía que su música acompañara las noches hasta que, tras la barra, el jefe decidía cerrar. Mientras, cuando él quería, hacía una pausa y cruzaba la calle a echar un café y contar historias al mismo camarero de siempre. Un día hizo la definitiva y todo desapareció.
sábado, 10 de agosto de 2019
El Pirineo. Un sueño infinito
Recorrer el Pirineo de un extremo al otro, del Cantábrico al Mediterráneo, es mucho más que subir montañas y caminar entre valles. Para muchos de los que tenemos ese reto, existe un componente emocional que hace que la experiencia vaya a permanecer siempre en nuestras vidas ocupando el lugar de lo inexplicable.
Esta primera primera parte de nuestro GR11, la Travesía Pirenaica, fue más corta de lo previsto. Pese a que la idea y lo planificado era llegar hasta Bujaruelo, a las puertas de Ordesa, optamos por parar en Ochagavía debido a la intensa ola de calor que nos sorprendió y nos aconsejó detenernos.
Hicimos el recorrido de Zokoa (Francia) al Cabo de Higuer y, de aquí, a Ochagavía. Lo retomaremos en este mismo punto y continuaremos.
Es el sueño infinito porque nunca se irá de nuestras vidas.
"Cuando la montaña y el hombre se encuentran suceden grandes cosas pero sólo si el encuentro es verdadero" (Reinhold Messner, alpinista)
(continúa en el vídeo)
Esta primera primera parte de nuestro GR11, la Travesía Pirenaica, fue más corta de lo previsto. Pese a que la idea y lo planificado era llegar hasta Bujaruelo, a las puertas de Ordesa, optamos por parar en Ochagavía debido a la intensa ola de calor que nos sorprendió y nos aconsejó detenernos.
Hicimos el recorrido de Zokoa (Francia) al Cabo de Higuer y, de aquí, a Ochagavía. Lo retomaremos en este mismo punto y continuaremos.
Es el sueño infinito porque nunca se irá de nuestras vidas.
"Cuando la montaña y el hombre se encuentran suceden grandes cosas pero sólo si el encuentro es verdadero" (Reinhold Messner, alpinista)
(continúa en el vídeo)
miércoles, 31 de julio de 2019
Los enfrentados del vagón
El algoritmo, la mala leche o, seguramente, una combinación de ambos, todo guisado desde un triste despacho de la sede central de la compañía, hace que recurrentemente me toque el peor asiento del tren para afrontar las nueve, sí nueve, horas de viaje entre Gijón y Zaragoza.
El 9D forma parte de ese cuarteto de asientos enfrentados, sin mesilla en medio, que, además, te obliga a viajar contrasentido entre León y Zaragoza. Una ventaja más de esta vergonzosa infraestructura que no forma parte de la España radial y convierte los desplazamientos transversales en lo más parecido a las diligencias del siglo XIX.
Sentado en 9D no puedes estirar las piernas sin entablar una batalla silenciosa con la ocupante de 8D que mantiene contra ti una lógica guerra de posiciones. Encajar los cuatro pies y llegar a un acuerdo tácito es un juego de estrategias desde el primer minuto de viaje. Te despistas y te cogen la posición. Ella, viajera familiar de regreso a Argentina, viene mucho más preparada con un collarín hinchable color lila presagio de un viaje aún más largo. Lo lleva toda la familia, incluidos los cuatro adolescentes que han tenido más suerte con los asientos y que duermen repanchigados desde 7A a 7D. Viajan cómodos, visten chándal.
La batalla de las piernas y de los pies coincide con la del único apoyabrazos abatible que hay en el centro. El que lo coge no lo suelta so pena de llevar el brazo colgando hasta el primer despiste del contrario.
Los asientos normales del tren, todas las filas de 1 a 7, permiten que, poco a poco, uno se vaya construyendo un discreto cubículo al abrigo de curiosos. Nadie se fija en en 4A y 2D. Uno pasa más desapercibido esas filas, con premio añadido si es junto a las ventanas. 9D, como sus otros tres compañeros de zona, es la zona de los parias del tren. Todo aquel que recorre el pasillo lanza una mirada de misericordia a quien lo ocupa mientras, seguramente, piensa en la mala suerte que has tenido en la tómbola de las reservas de la web de Renfe. Es lo que hay. La tarifa Promo no deja elegir, contestas con la mirada y las orejas gachas.
9A a 9D, los castigados del viaje, los niños malos de la clase.
El 9D forma parte de ese cuarteto de asientos enfrentados, sin mesilla en medio, que, además, te obliga a viajar contrasentido entre León y Zaragoza. Una ventaja más de esta vergonzosa infraestructura que no forma parte de la España radial y convierte los desplazamientos transversales en lo más parecido a las diligencias del siglo XIX.
Sentado en 9D no puedes estirar las piernas sin entablar una batalla silenciosa con la ocupante de 8D que mantiene contra ti una lógica guerra de posiciones. Encajar los cuatro pies y llegar a un acuerdo tácito es un juego de estrategias desde el primer minuto de viaje. Te despistas y te cogen la posición. Ella, viajera familiar de regreso a Argentina, viene mucho más preparada con un collarín hinchable color lila presagio de un viaje aún más largo. Lo lleva toda la familia, incluidos los cuatro adolescentes que han tenido más suerte con los asientos y que duermen repanchigados desde 7A a 7D. Viajan cómodos, visten chándal.
La batalla de las piernas y de los pies coincide con la del único apoyabrazos abatible que hay en el centro. El que lo coge no lo suelta so pena de llevar el brazo colgando hasta el primer despiste del contrario.
Los asientos normales del tren, todas las filas de 1 a 7, permiten que, poco a poco, uno se vaya construyendo un discreto cubículo al abrigo de curiosos. Nadie se fija en en 4A y 2D. Uno pasa más desapercibido esas filas, con premio añadido si es junto a las ventanas. 9D, como sus otros tres compañeros de zona, es la zona de los parias del tren. Todo aquel que recorre el pasillo lanza una mirada de misericordia a quien lo ocupa mientras, seguramente, piensa en la mala suerte que has tenido en la tómbola de las reservas de la web de Renfe. Es lo que hay. La tarifa Promo no deja elegir, contestas con la mirada y las orejas gachas.
9A a 9D, los castigados del viaje, los niños malos de la clase.
9C, a mi derecha, me acompaña sin rechistar. Ha elegido una postura y, estoicamente, ha fijado su mirada en el infinito que termina en la puerta corredera que separa los vagones. Lleva rebequita sobre los hombros porque sabe que el aire acondicionado de los trenes juega malas pasadas. No creo que en ningún momento adopte posiciones que exijan gran flexibilidad. Por teléfono, sus dos hijas ya le han llamado para confirmar que todo esté correcto. Avisará cuándo llegue aún no sé adónde.
Al otro lado del pasillo, 9B ha sacado esta mañana del cajón los pantalones pirueta y la camiseta de tirantes como los que Nike obligó a Nadal a utilizar allá por 2005. Siempre pensé que a él no le gustaban. Y mucho menos a Tío Toni. Defiendo la libertad a vestirse como cada uno se sienta más cómodo pero hay ciertas cosas que deberían estar penadas. No todo el mundo puede llevar todo. El verano y sus cosas.
9D va marcha atrás la mayor parte del viaje. Al mirar por la ventanilla, mientras todos avanzan, él retrocede.
No deberían vender esa fila al igual que en los aviones no hay fila 13.
9D va marcha atrás la mayor parte del viaje. Al mirar por la ventanilla, mientras todos avanzan, él retrocede.
No deberían vender esa fila al igual que en los aviones no hay fila 13.
miércoles, 19 de junio de 2019
Mi particular tío Toni
Hacía mucho tiempo que no sabía de él. Hace unas semanas, una amiga que teníamos en común me contó que ya no se encontraba bien y que todo estaba complicándose. Entendí que se estaba yendo y así se lo hice saber a mis hermanos.
Desde hace unos días Catete ya no está.
Un buen entrenador es aquel que consigue transmitirte pasión por el deporte y gracias al cual uno acude a entrenar muchas más horas de las que marca su planificación personal. Catete era nuestro entrenador de tenis pero nos hacía amar el deporte en el sentido amplio, fomentándonos cualquier otro tipo de actividad, incluida la preparación física de pretemporada. Entendía el deporte como escuela formativa y de valores.
A diferencia de muchos de los que hay ahora, no nos entrenaba para su lucimiento personal ni fomentaba la competición y la victoria cómo único objetivo. Quería que jugásemos y que lo hiciéramos bien. Que nos esforzáramos divirtiéndonos. Y que disfrutáramos.
No conozco a nadie que abandonase el tenis por culpa de sus entrenamientos: jamás hubo un desprecio hacia nadie, ni una mirada por encima del hombro, ni una exigencia injustificada, ni un "tú no vales", ni una odiosa comparación. De vez en cuando había alguna bronca, sí, pero sus sesiones siempre acababan con sonrisas, bromas y un "os espero mañana". Sabía perfectamente combinar el rigor y la disciplina con el placer de entrenar. Amaba lo que hacía.
Su voz se oía de pista a pista y aún escucho sus risas llamándonos a cada uno por nuestro nombre o, cariñosamente, por nuestro apellido. Cuántas emociones y cuántos sentimientos aún perduran entre ese rectángulo con red que configura una simple pista de tenis. Él a un lado, nosotros al otro sin darnos cuenta que teníamos enfrente a uno de los mejores.
Gracias Catete. Ninguno fuimos Rafa Nadal pero todos tuvimos en ti a nuestro particular tío Toni.
viernes, 8 de marzo de 2019
Mientras baja el sol
A esa hora de la tarde, en la que el tiempo se torna en fresco, ya se habían cubierto con las capuchas de las sudaderas, encogido los hombros y juntado las piernas. Él incluso se frotaba rápidamente una mano contra la otra buscando algo de calor y calmar su nerviosismo. El último baño les hacía combinar el temblor con la sonrisa. Aún no se habían rozado porque estaban sentados frente a frente en una trabajada mesa de madera con dos bancos corridos. Todavía quedaba a sus pies algo de hierba pero estaba vieja y seca. Pinchaba y no invitaba a caminar descalzos que es cómo uno se siente libre. Seguían con chanclas, pelo mojado y algo de arena entre los dedos de los pies.
Habían bebido unas cervezas y sacado de sus mochilas la comida que aún les quedaba. Todo está bueno cuando se está a gusto. Hasta el queso y el chocolate que se derriten cuando más pega el sol y, después, cuesta separar de su incómodo envoltorio de plástico. La cerveza caliente, no. Por eso se había acercado a un kiosko cercano que estaba a punto de cerrar. En realidad, la dueña los estaba siguiendo desde hacía un rato, sabía que acabarían yendo a comprar algo y por eso no tuvo prisa en bajar la persiana.
El viejo kiosko llevaba ahí desde siempre. Pese a retirarlo en octubre para volver a instalarlo en abril, seguía manteniendo la misma estructura, las mismas pegatinas de Miko y Coca Cola y las mismas estanterías desde donde ofrecía latas de bebida, botellines de agua y golosinas sin marca. Cada año el mismo ritual que comenzaba con una mano de pintura en la chapa exterior y una revisión de las persianas de metal. Hasta su jubilación lo regentó su padre. Ahora lo hacía ella que había vuelto a su pueblo saturada de la ciudad donde todas las promesas y todo lo bueno de los inicios se transformaron en pocos años en gris, ruido, humo y soledad. Decidió volver y no mirar atrás.
Sin que nadie pareciera darse cuenta, ellos tampoco, el ir y venir de las olas era lo que más se escuchaba a esa hora de la tarde. La pleamar era a las ocho y, en esa playa, las olas de la marea alta rompían con violencia al llegar a la orilla. Nada que ver con la bajamar que obligaba a los surfistas a meterse más de cien metros en el mar para llegar hasta el pico. También eran más audibles el graznido de las gaviotas, el motor de gasolina de la vieja segadora que alguien empujaba en un jardín vecino, las cuatro desagradables motos acuáticas en la lejanía y hasta el silencio de un barco de vela que regresaba lentamente a puerto.
Las playas del norte tienen dos vidas: amplias con marea baja, pequeñas cuando la pleamar trata de inundarlas.
A esa hora de la tarde también salen los pescadores a faenar.
En un rato ya no quedaría nadie alrededor de ellos. Dos alemanes cargaban aún en el techo de su Volkswagen Caravelle sus tablas mientras cuatro perros correteaban en busca de nada. Había algunos coches más pero no parecían tener dueños ya que el único grupo de adolescentes que jugaban un improvisado voleibol tenía sus bicicletas sobre la arena. Siempre hay una pareja que no juega y que se protege y oculta con la toalla más grande. Nadie dudaba que alguna de las jugadoras acabaría perseguida en una eléctrica y zigzagueante carrera por alguno de los adolescentes y ambos, juntos, debajo de una ola.
Junto a la escuela de surf, sus encargados regaban tablas, inventos y neoprenos. Todo quedaba alineado dentro de la caseta y listo para los alumnos del día siguiente. Algún cartel en la pared anunciaba un campeonato local de final de temporada. Los socorristas ya habían recogido y no quedaba más que una silla de vigilancia sin bandera amarilla. En unos días ellos desaparecerían para no volver hasta el año siguiente y con ello la obligación de bañarse en una zona acotada.
Ya no quedaban turistas de agosto y eso cambiaba el paisaje dejando aparecer los colores y las luces de septiembre.
Se habían quedado pues contándose historias, recordando sus inicios, repitiéndose las mismas anécdotas y, más que nada, mirándose. Se estaban quedando solos. La risa los delataba y los hacía sentir cómplices. Lo mejor de todo era cuando coincidían al mismo tiempo en alguna respuesta y ambos exclamaban: "¡Toma!". Pensé que era parte de su código no pactado. Hacía poco tiempo que se habían reencontrado y era como si no hubiesen pasado tantos años. Debían ser sus primeras vacaciones juntos, las mismas que habían ido dibujando en sus paseos de invierno mientras buscaban donde comer albóndigas y ensaladilla y beber tinto de verano. La suerte había hecho su trabajo y les tocaba a ellos aprovechar el viento a favor. Sabían que ahora su diversión sería diferente pero sería la suya.
A su alrededor todo había ido desapareciendo siguiendo la misma rutina cotidiana pero con diferentes actores. Seguía habiendo huellas de aquellos que habían pasado la tarde tirados frente al mar. Esas huellas sólo las borraría la noche y, al amanecer, ya no quedarían restos de nada.
Un poco más allá había un pequeño hotel con terraza. Ambos lo miraron y yo aceleré la marcha para alejarme de allí.
Habían bebido unas cervezas y sacado de sus mochilas la comida que aún les quedaba. Todo está bueno cuando se está a gusto. Hasta el queso y el chocolate que se derriten cuando más pega el sol y, después, cuesta separar de su incómodo envoltorio de plástico. La cerveza caliente, no. Por eso se había acercado a un kiosko cercano que estaba a punto de cerrar. En realidad, la dueña los estaba siguiendo desde hacía un rato, sabía que acabarían yendo a comprar algo y por eso no tuvo prisa en bajar la persiana.
El viejo kiosko llevaba ahí desde siempre. Pese a retirarlo en octubre para volver a instalarlo en abril, seguía manteniendo la misma estructura, las mismas pegatinas de Miko y Coca Cola y las mismas estanterías desde donde ofrecía latas de bebida, botellines de agua y golosinas sin marca. Cada año el mismo ritual que comenzaba con una mano de pintura en la chapa exterior y una revisión de las persianas de metal. Hasta su jubilación lo regentó su padre. Ahora lo hacía ella que había vuelto a su pueblo saturada de la ciudad donde todas las promesas y todo lo bueno de los inicios se transformaron en pocos años en gris, ruido, humo y soledad. Decidió volver y no mirar atrás.
Sin que nadie pareciera darse cuenta, ellos tampoco, el ir y venir de las olas era lo que más se escuchaba a esa hora de la tarde. La pleamar era a las ocho y, en esa playa, las olas de la marea alta rompían con violencia al llegar a la orilla. Nada que ver con la bajamar que obligaba a los surfistas a meterse más de cien metros en el mar para llegar hasta el pico. También eran más audibles el graznido de las gaviotas, el motor de gasolina de la vieja segadora que alguien empujaba en un jardín vecino, las cuatro desagradables motos acuáticas en la lejanía y hasta el silencio de un barco de vela que regresaba lentamente a puerto.
Las playas del norte tienen dos vidas: amplias con marea baja, pequeñas cuando la pleamar trata de inundarlas.
A esa hora de la tarde también salen los pescadores a faenar.
En un rato ya no quedaría nadie alrededor de ellos. Dos alemanes cargaban aún en el techo de su Volkswagen Caravelle sus tablas mientras cuatro perros correteaban en busca de nada. Había algunos coches más pero no parecían tener dueños ya que el único grupo de adolescentes que jugaban un improvisado voleibol tenía sus bicicletas sobre la arena. Siempre hay una pareja que no juega y que se protege y oculta con la toalla más grande. Nadie dudaba que alguna de las jugadoras acabaría perseguida en una eléctrica y zigzagueante carrera por alguno de los adolescentes y ambos, juntos, debajo de una ola.
Junto a la escuela de surf, sus encargados regaban tablas, inventos y neoprenos. Todo quedaba alineado dentro de la caseta y listo para los alumnos del día siguiente. Algún cartel en la pared anunciaba un campeonato local de final de temporada. Los socorristas ya habían recogido y no quedaba más que una silla de vigilancia sin bandera amarilla. En unos días ellos desaparecerían para no volver hasta el año siguiente y con ello la obligación de bañarse en una zona acotada.
Ya no quedaban turistas de agosto y eso cambiaba el paisaje dejando aparecer los colores y las luces de septiembre.
Se habían quedado pues contándose historias, recordando sus inicios, repitiéndose las mismas anécdotas y, más que nada, mirándose. Se estaban quedando solos. La risa los delataba y los hacía sentir cómplices. Lo mejor de todo era cuando coincidían al mismo tiempo en alguna respuesta y ambos exclamaban: "¡Toma!". Pensé que era parte de su código no pactado. Hacía poco tiempo que se habían reencontrado y era como si no hubiesen pasado tantos años. Debían ser sus primeras vacaciones juntos, las mismas que habían ido dibujando en sus paseos de invierno mientras buscaban donde comer albóndigas y ensaladilla y beber tinto de verano. La suerte había hecho su trabajo y les tocaba a ellos aprovechar el viento a favor. Sabían que ahora su diversión sería diferente pero sería la suya.
A su alrededor todo había ido desapareciendo siguiendo la misma rutina cotidiana pero con diferentes actores. Seguía habiendo huellas de aquellos que habían pasado la tarde tirados frente al mar. Esas huellas sólo las borraría la noche y, al amanecer, ya no quedarían restos de nada.
Un poco más allá había un pequeño hotel con terraza. Ambos lo miraron y yo aceleré la marcha para alejarme de allí.
miércoles, 29 de agosto de 2018
La tarjeta de visita
Antes de salir, en algún libro había leído que, al atravesar el túnel de la Foz de Lumbier dejaríamos de recibir luz por delante y por detrás. Entonces, en plena oscuridad y a pesar de seguir pedaleando, perderíamos el equilibrio. Sin remedio, echaríamos el pie a tierra.
No recuerdo bien en qué momento nos fijamos en él. Podría haber compartido vagón con nosotros desde el inicio o podría haberse subido en la última estación. Me extrañó no haberme detenido antes en él ya que acostumbro a fijarme, analizar e imaginar historias de todo aquel que me acompaña, anónimamente, en un viaje. En su caso, no apareció ante mi hasta que se dirigió a nosotros.
Sentados en el suelo del andén, Rafa y yo estuvimos esperando pacientemente la salida del Canfranero de la vieja estación de El Portillo de Zaragoza. Puede que sea este tren lo único que no ha evolucionado desde entonces ya que tanto su recorrido hasta Jaca y Canfranc cómo su material mucho me temo que siguen siendo los mismos que hace veintiocho años. Dejamos las bicicletas en el compartimento indicado y nos dispusimos a pasar las horas hasta destino recorriendo Huesca de sur a norte.
Separados por un pasillo que sólo recorría el revisor, iba sentado junto a nosotros en ese tipo de butacas que enfrentaban a cuatro viajeros. Iba solo y, por lo tanto, ni había saludado ni había pedido a nadie con la mirada que bajase los pies del sillón. Las ventanas de aquellos trenes aún se abrían aunque hubiese que forzar un poco el mecanismos de arriba hacia abajo. Las cortina de los asientos anteriores no dejaban de volar porque nadie se levantaba a cerrar la ventana de un tren en pleno verano. Los asientos de skay de color burdeos que imitaban al cuero no disponían de apoyabrazos centrales y en ellos siempre había alguien que había dejado la quemadura intencionada de algún Ducados. Y los quintos del 85 una pintada. Y Pablo amaría por siempre a Patri.
Siempre olía igual en esos trenes y siempre tenían retraso.
Cuando de repente se dirigió a nosotros por nuestros nombres nos dimos cuenta de que había estado escuchando todas nuestras conversaciones. Seguramente escuchó cómo le conté a Rafa que una de nuestras travesuras de juventud consistía en bajar hasta a las vías de cerca de nuestra casa, esperar que llegase a lo lejos un tren, colocar una moneda de 25 pesetas en uno de los raíles y esperar que el mercancías la chafase para después levantarla, totalmente plana y lisa, como gran trofeo.
Hablaba con enorme corrección. Nos doblaba en edad por lo que dirigió la conversación por dónde quiso, nos fue preguntando sin que le diésemos importancia a las respuestas. Para crear mayor cercanía y complicidad nos contó que había tenido un accidente y que, pese a las lesiones evidentes en una de sus piernas, iba a llegar a Santiago con su bicicleta y a su ritmo. No tenía prisa pero quería llegar. Fue más tarde cuando descubrimos su rudimentaria BH equipada con un cajón de plástico de frutería sobre el transportín.
Llegamos a Canfranc habiéndole contado nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro esperado y sin tener ni idea de quién era él. Logró crear confianza. Era evidente que allí, al iniciar la bajada hasta Jaca, se separarían nuestros caminos y nuestras vidas. Ya hablaríamos de él después de cenar en aquel bar de la calle Ramón y Cajal, junto al Ayuntamiento y la Torre de la Cárcel. El primero que encontramos. Las cervezas hicieron el resto y nos centramos en él, en su bicicleta imposible, en hasta dónde llegaría y en qué habría sido de él esa noche ya que no estaba en nuestro albergue. Es muy posible que hasta riésemos de algún detalle de su equipaje.
Durante muchos años recorrí casi a diario esa misma calle sin dejar de mirar la entrada del Bar Marboré.
Pedaleamos durante varios días por el Camino aragonés hasta empalmar en Puente la Reina con el francés suponiendo que siempre iría por detrás de nosotros. No viajábamos rápido e incluso nos perdimos en el entorno del pantano de Yesa y el pueblo de Artieda. No recuerdo dónde pero una tarde descubrimos su bicicleta al llegar a nuestro final de etapa. Allí estaba, apoyada contra la pared, y él ya deshaciendo su curioso equipaje en una litera. Nos reconocimos de inmediato y nos saludamos, él tan tranquilo, extrañados nosotros. No era posible. Ni podía habernos adelantado ni le habíamos visto en varios días.
Esa noche cenamos con él en la mesa de fuera del albergue. Era julio y el sol tardaba en desaparecer. Nos confesó que por culpa de la lesión había acortado alguna etapa en autobús. Retomó la conversación del tren cómo si no hubiesen pasado días. Hacía un mes escaso que habíamos acabado nuestras carreras universitarias y disponíamos de largos meses por delante antes de incorporarnos al servicio militar aún obligatorio. Ninguno teníamos muy claro dónde queríamos empezar a trabajar. Lo veíamos aún lejano y no sentíamos ninguna presión pese a ser de una generación en la que se nos intentó inculcar el triunfo profesional y económico cómo la base toda felicidad. Eran los años de los Mario Conde, Abelló y los Albertos, previos a la crisis de 1993.
El tipo era de los que cualquiera incluiría en la categoría de raro pero con gran cultura y curiosidad. Preguntaba con sentido. A algún sitio quería llegar pero no éramos capaces de ubicarlo en ningún universo concreto.
Los tres éramos conscientes de que nuestros caminos se habían cruzado por azar y pronto se iban a separar pero sentíamos que algo de nosotros le interesaba. La conversación posterior a la cena iba perdiendo interés y los silencios eran cada vez mayores. Ya habíamos repasado todo y Rafa y yo ya comenzábamos a dejarlo fuera de nuestros diálogos. Analizábamos las siguientes etapas y no contábamos con él. Mientras recogía sus restos de la cena presentí que iba a decirnos algo. Que tenía ganas de descubrirnos lo que habíamos sido incapaces de preguntar.
"Si cuándo acabéis y volváis a casa os interesa trabajar, venid a verme. Tal vez os interese. Contamos con muchos licenciados cómo vosotros"
Nos dio una sola tarjeta de visita estropeada por el tiempo.
No nos interesó saber quién era él porque lo que bloqueó nuestra mirada fue un logotipo y una palabra.
CESID.
No volvimos a vernos.
No recuerdo bien en qué momento nos fijamos en él. Podría haber compartido vagón con nosotros desde el inicio o podría haberse subido en la última estación. Me extrañó no haberme detenido antes en él ya que acostumbro a fijarme, analizar e imaginar historias de todo aquel que me acompaña, anónimamente, en un viaje. En su caso, no apareció ante mi hasta que se dirigió a nosotros.
Sentados en el suelo del andén, Rafa y yo estuvimos esperando pacientemente la salida del Canfranero de la vieja estación de El Portillo de Zaragoza. Puede que sea este tren lo único que no ha evolucionado desde entonces ya que tanto su recorrido hasta Jaca y Canfranc cómo su material mucho me temo que siguen siendo los mismos que hace veintiocho años. Dejamos las bicicletas en el compartimento indicado y nos dispusimos a pasar las horas hasta destino recorriendo Huesca de sur a norte.
Separados por un pasillo que sólo recorría el revisor, iba sentado junto a nosotros en ese tipo de butacas que enfrentaban a cuatro viajeros. Iba solo y, por lo tanto, ni había saludado ni había pedido a nadie con la mirada que bajase los pies del sillón. Las ventanas de aquellos trenes aún se abrían aunque hubiese que forzar un poco el mecanismos de arriba hacia abajo. Las cortina de los asientos anteriores no dejaban de volar porque nadie se levantaba a cerrar la ventana de un tren en pleno verano. Los asientos de skay de color burdeos que imitaban al cuero no disponían de apoyabrazos centrales y en ellos siempre había alguien que había dejado la quemadura intencionada de algún Ducados. Y los quintos del 85 una pintada. Y Pablo amaría por siempre a Patri.
Siempre olía igual en esos trenes y siempre tenían retraso.
Cuando de repente se dirigió a nosotros por nuestros nombres nos dimos cuenta de que había estado escuchando todas nuestras conversaciones. Seguramente escuchó cómo le conté a Rafa que una de nuestras travesuras de juventud consistía en bajar hasta a las vías de cerca de nuestra casa, esperar que llegase a lo lejos un tren, colocar una moneda de 25 pesetas en uno de los raíles y esperar que el mercancías la chafase para después levantarla, totalmente plana y lisa, como gran trofeo.
Hablaba con enorme corrección. Nos doblaba en edad por lo que dirigió la conversación por dónde quiso, nos fue preguntando sin que le diésemos importancia a las respuestas. Para crear mayor cercanía y complicidad nos contó que había tenido un accidente y que, pese a las lesiones evidentes en una de sus piernas, iba a llegar a Santiago con su bicicleta y a su ritmo. No tenía prisa pero quería llegar. Fue más tarde cuando descubrimos su rudimentaria BH equipada con un cajón de plástico de frutería sobre el transportín.
Llegamos a Canfranc habiéndole contado nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro esperado y sin tener ni idea de quién era él. Logró crear confianza. Era evidente que allí, al iniciar la bajada hasta Jaca, se separarían nuestros caminos y nuestras vidas. Ya hablaríamos de él después de cenar en aquel bar de la calle Ramón y Cajal, junto al Ayuntamiento y la Torre de la Cárcel. El primero que encontramos. Las cervezas hicieron el resto y nos centramos en él, en su bicicleta imposible, en hasta dónde llegaría y en qué habría sido de él esa noche ya que no estaba en nuestro albergue. Es muy posible que hasta riésemos de algún detalle de su equipaje.
Durante muchos años recorrí casi a diario esa misma calle sin dejar de mirar la entrada del Bar Marboré.
Pedaleamos durante varios días por el Camino aragonés hasta empalmar en Puente la Reina con el francés suponiendo que siempre iría por detrás de nosotros. No viajábamos rápido e incluso nos perdimos en el entorno del pantano de Yesa y el pueblo de Artieda. No recuerdo dónde pero una tarde descubrimos su bicicleta al llegar a nuestro final de etapa. Allí estaba, apoyada contra la pared, y él ya deshaciendo su curioso equipaje en una litera. Nos reconocimos de inmediato y nos saludamos, él tan tranquilo, extrañados nosotros. No era posible. Ni podía habernos adelantado ni le habíamos visto en varios días.
Esa noche cenamos con él en la mesa de fuera del albergue. Era julio y el sol tardaba en desaparecer. Nos confesó que por culpa de la lesión había acortado alguna etapa en autobús. Retomó la conversación del tren cómo si no hubiesen pasado días. Hacía un mes escaso que habíamos acabado nuestras carreras universitarias y disponíamos de largos meses por delante antes de incorporarnos al servicio militar aún obligatorio. Ninguno teníamos muy claro dónde queríamos empezar a trabajar. Lo veíamos aún lejano y no sentíamos ninguna presión pese a ser de una generación en la que se nos intentó inculcar el triunfo profesional y económico cómo la base toda felicidad. Eran los años de los Mario Conde, Abelló y los Albertos, previos a la crisis de 1993.
El tipo era de los que cualquiera incluiría en la categoría de raro pero con gran cultura y curiosidad. Preguntaba con sentido. A algún sitio quería llegar pero no éramos capaces de ubicarlo en ningún universo concreto.
Los tres éramos conscientes de que nuestros caminos se habían cruzado por azar y pronto se iban a separar pero sentíamos que algo de nosotros le interesaba. La conversación posterior a la cena iba perdiendo interés y los silencios eran cada vez mayores. Ya habíamos repasado todo y Rafa y yo ya comenzábamos a dejarlo fuera de nuestros diálogos. Analizábamos las siguientes etapas y no contábamos con él. Mientras recogía sus restos de la cena presentí que iba a decirnos algo. Que tenía ganas de descubrirnos lo que habíamos sido incapaces de preguntar.
"Si cuándo acabéis y volváis a casa os interesa trabajar, venid a verme. Tal vez os interese. Contamos con muchos licenciados cómo vosotros"
Nos dio una sola tarjeta de visita estropeada por el tiempo.
No nos interesó saber quién era él porque lo que bloqueó nuestra mirada fue un logotipo y una palabra.
CESID.
No volvimos a vernos.
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