miércoles, 29 de agosto de 2018

La tarjeta de visita

Antes de salir, en algún libro había leído que, al atravesar el túnel de la Foz de Lumbier dejaríamos de recibir luz por delante y por detrás. Entonces, en plena oscuridad y a pesar de seguir pedaleando, perderíamos el equilibrio. Sin remedio, echaríamos el pie a tierra.

No recuerdo bien en qué momento nos fijamos en él. Podría haber compartido vagón con nosotros desde el inicio o podría haberse subido en la última estación. Me extrañó no haberme detenido antes en él ya que acostumbro a fijarme, analizar e imaginar historias de todo aquel que me acompaña, anónimamente, en un viaje. En su caso, no apareció ante mi hasta que se dirigió a nosotros.

Sentados en el suelo del andén, Rafa y yo estuvimos esperando pacientemente la salida del Canfranero de la vieja estación de El Portillo de Zaragoza. Puede que sea este tren lo único que no ha evolucionado desde entonces ya que tanto su recorrido hasta Jaca y Canfranc cómo su material mucho me temo que siguen siendo los mismos que hace veintiocho años. Dejamos las bicicletas en el compartimento indicado y nos dispusimos a pasar las horas hasta destino recorriendo Huesca de sur a norte.

Separados por un pasillo que sólo recorría el revisor, iba sentado junto a nosotros en ese tipo de butacas que enfrentaban a cuatro viajeros. Iba solo y, por lo tanto, ni había saludado ni había pedido a nadie con la mirada que bajase los pies del sillón. Las ventanas de aquellos trenes aún se abrían aunque hubiese que forzar un poco el mecanismos de arriba hacia abajo. Las cortina de los asientos anteriores no dejaban de volar porque nadie se levantaba a cerrar la ventana de un tren en pleno verano. Los asientos de skay de color burdeos que imitaban al cuero no disponían de apoyabrazos centrales y en ellos siempre había alguien que había dejado la quemadura intencionada de algún Ducados. Y los quintos del 85 una pintada. Y Pablo amaría por siempre a Patri.

Siempre olía igual en esos trenes y siempre tenían retraso.

Cuando de repente se dirigió a nosotros por nuestros nombres nos dimos cuenta de que había estado escuchando todas nuestras conversaciones. Seguramente escuchó cómo le conté a Rafa que una de nuestras travesuras de juventud consistía en bajar hasta a las vías de cerca de nuestra casa, esperar que llegase a lo lejos un tren, colocar una moneda de 25 pesetas en uno de los raíles y esperar que el mercancías la chafase para después levantarla, totalmente plana y lisa, como gran trofeo.

Hablaba con enorme corrección. Nos doblaba en edad por lo que dirigió la conversación por dónde quiso, nos fue preguntando sin que le diésemos importancia a las respuestas. Para crear mayor cercanía y complicidad nos contó que había tenido un accidente y que, pese a las lesiones evidentes en una de sus piernas, iba a llegar a Santiago con su bicicleta y a su ritmo. No tenía prisa pero quería llegar. Fue más tarde cuando descubrimos su rudimentaria BH equipada con un cajón de plástico de frutería sobre el transportín.

Llegamos a Canfranc habiéndole contado nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro esperado y sin tener ni idea de quién era él. Logró crear confianza. Era evidente que allí, al iniciar la bajada hasta Jaca, se separarían nuestros caminos y nuestras vidas. Ya hablaríamos de él después de cenar en aquel bar de la calle Ramón y Cajal, junto al Ayuntamiento y la Torre de la Cárcel. El primero que encontramos. Las cervezas hicieron el resto y nos centramos en él, en su bicicleta imposible, en hasta dónde llegaría y en qué habría sido de él esa noche ya que no estaba en nuestro albergue. Es muy posible que hasta riésemos de algún detalle de su equipaje.

Durante muchos años recorrí casi a diario esa misma calle sin dejar de mirar la entrada del Bar Marboré.

Pedaleamos durante varios días por el Camino aragonés hasta empalmar en Puente la Reina con el francés suponiendo que siempre iría por detrás de nosotros. No viajábamos rápido e incluso nos perdimos en el entorno del pantano de Yesa y el pueblo de Artieda. No recuerdo dónde pero una tarde descubrimos su bicicleta al llegar a nuestro final de etapa. Allí estaba, apoyada contra la pared, y él ya deshaciendo su curioso equipaje en una litera. Nos reconocimos de inmediato y nos saludamos, él tan tranquilo, extrañados nosotros. No era posible. Ni podía habernos adelantado ni le habíamos visto en varios días.

Esa noche cenamos con él en la mesa de fuera del albergue. Era julio y el sol tardaba en desaparecer. Nos confesó que por culpa de la lesión había acortado alguna etapa en autobús. Retomó la conversación del tren cómo si no hubiesen pasado días. Hacía un mes escaso que habíamos acabado nuestras carreras universitarias y disponíamos de largos meses por delante antes de incorporarnos al servicio militar aún obligatorio. Ninguno teníamos muy claro dónde queríamos empezar a trabajar. Lo veíamos aún lejano y no sentíamos ninguna presión pese a ser de una generación en la que se nos intentó inculcar el triunfo profesional y económico cómo la base toda felicidad. Eran los años de los Mario Conde, Abelló y los Albertos, previos a la crisis de 1993.

El tipo era de los que cualquiera incluiría en la categoría de raro pero con gran cultura y curiosidad. Preguntaba con sentido. A algún sitio quería llegar pero no éramos capaces de ubicarlo en ningún universo concreto.

Los tres éramos conscientes de que nuestros caminos se habían cruzado por azar y pronto se iban a separar pero sentíamos que algo de nosotros le interesaba. La conversación posterior a la cena iba perdiendo interés y los silencios eran cada vez mayores. Ya habíamos repasado todo y Rafa y yo ya comenzábamos a dejarlo fuera de nuestros diálogos. Analizábamos las siguientes etapas y no contábamos con él. Mientras recogía sus restos de la cena presentí que iba a decirnos algo. Que tenía ganas de descubrirnos lo que habíamos sido incapaces de preguntar.

"Si cuándo acabéis y volváis a casa os interesa trabajar, venid a verme. Tal vez os interese. Contamos con muchos licenciados cómo vosotros"

Nos dio una sola tarjeta de visita estropeada por el tiempo.

No nos interesó saber quién era él porque lo que bloqueó nuestra mirada fue un logotipo y una palabra.

CESID.

No volvimos a vernos.





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