El verano había llegado para quedarse cuando, después de comer, tratabas de escapar a bañarte en la piscina y algún adulto de la familia sentenciaba solemnemente: "Hay que esperar dos horas a que hagas la digestión". Frenazo en seco, suspiro y cabreo. Dos horas en la infancia eran cómo un periodo entre dos pagas extras en la edad adulta. Infinito. Si a eso se le añadía la calorina de las cuatro de la tarde del mes de julio, con las chicharras arreando y ese tórrido olor seco que tienen los pinos en verano, las dos horas de digestión sólo conducían a la desesperación y a la búsqueda de estrategias para saltárselas. Había que infringir la ley cómo fuese. Porque las dos horas de digestión eran cómo las películas de dos rombos. En la piscina de la comunidad se formaban dos grupos: los que teníamos que hacer la digestión, muy numeroso, y los que no. Los que podían ver las pelis de dos rombos y los que no.
Saltarse la norma era lo que hoy en día se considera un deporte de riesgo. Matando el tiempo jugando en círculo a las cartas, los más puristas ponían en circulación leyendas urbanas que hablaban de ahogamientos y desapariciones por el mismísimo hueco de depuradora. Existía incluso la teoría que afirmaba que hasta la cintura podía uno mojarse pero ¡ay de pasar de ahí!. El corte de digestión podía ser seco, instantáneo, fulminante. El corte de digestión y la antitetánica siempre fueron conceptos coetáneos.
Lo primero que te venía a la cabeza era pasear por el borde de la piscina, contando cuadraditos de esos azules que forman el fondo y las paredes de las piscinas, y que alguien te empujase, inocentemente, camiseta y toalla incluidas. Eso anulaba ya el corte de digestión y abría la veda a poner bañarte toda la tarde. Tenías, eso sí, que secar la toalla enrollándola desde cada uno de sus extremos, retorciéndola hasta no poder más. Pero la batalla a las dos horas ya estaba ganada.
Otra de las habituales estrategias escapatorias era autoinvitarte a comer a casa de algún amigo cuyos padres eran más avanzados a los tiempos y veían en eso de la digestión una rémora casi franquista. Una casa sin la norma de la digestión era sinónimo de libertad y ancha es Castilla. Si no había digestión no había ley. Y sin ley, valía todo. Eran casas dónde, si hurgabas en el cuarto de la caldera, dónde se almacenaban los periódicos y las revistas antiguos que luego se vendían al peso, encontrabas algún Playboy, algún Lib o algún Penthouse escondidos entre el Abc y la Hoja del Lunes. Un pequeño Perpignan a escala local.
Las dos horas de digestión en la playa eran una pesadilla aún peor. Si subías a comer a casa, entre una cosa y otra, la cosa se suavizaba y las dos horas se trampeaban. Lo tremendamente grave eran los días en los que se comía en la playa. Lo nuestro era una comida a la norteña, lejos de los festines playeros de otras latitudes que, seguramente, sí que justifican no sólo las dos horas de digestión sino un mes de ayuno y abstinencia. La negociación empezaba en el momento mismo de preparar los bocadillos en la cocina de casa. Un bocadillo no era una comida en si mismo por lo que la digestión no debería durar las consabidas dos horas de reloj. Pero no había manera: con el último bocado se ponía en marcha el cronómetro en una cuenta atrás de 120 minutos que no lograba romper ni la pleamar más viva. Si en un viaje de seis horas el "¿cuánto queda?" empezaba a partir de las dos horas, en una digestión playera lo soltabas ya con el chorizo pamplonica aún en la boca. Creo recordar que si, excepcionalmente, había helado, éste ya no contaba en el cómputo de los minutos.
Reconozco que con el tiempo fuimos logrando ciertas victorias parciales aunque nunca absolutas. Éstas llegaron con el paso del tiempo cuando, súbitamente, quedó abolida la norma sin que hubiese informe alguno de organismo competente que lo justificase. Probablemente, fue nuestra afición a los deportes acuáticos la que logró que la digestión pasará de dos horas a nada en un solo verano. O quizás fue nuestra adolescencia. O la mismísima democracia. O el coñazo que representaba tanto para el que aplicaba la ley cómo para el gobernado. A partir de ese momento ya sólo impedía el baño en el mar, fuese cuando fuese, la bandera roja de lo alto del mástil y el silbato del socorrista.
O por lo menos lo intentaba.
jueves, 20 de julio de 2017
miércoles, 19 de julio de 2017
¿Qué tal vas?
Al llegar, durante ese breve intervalo que hay entre que das el último paso y miras a tu alrededor, surge la oculta emoción. El indescriptible estado de ánimo lucha y consigue mostrarse a través de un abrazo, una mirada, una sonrisa de complicidad o un beso. Suele durar un rato. El suficiente para compartir la felicidad con el que te ha acompañado, con el que acabas de conocer o con el que, sencillamente, pasaba por allí. Y contigo mismo.
miércoles, 12 de julio de 2017
Mientras no nieve, no alarmen
Antes de que vayan conectando con el becario a las cuatro de la tarde a pie de la Torre del Oro de Sevilla y el termómetro marque 48ºC al sol......
Antes de que den paso a la pieza de consejos para no sufrir una insolación ni una deshidratación.....
Antes de que entrevisten a una señora mayor abanicándose, sofocada, sentada en un banco de un parque...
Antes de que enfoquen a unos churumbeles saltando en una fuente de un parque público...
Antes de que entrevisten a un vendedor de ventiladores que ha roto stock....
Antes de que conecten con La Coruña y digan que ellos están fresquitos....
Antes de apostarse en una gasolinera a la salida de Madrid y asaltar a un señor con camiseta de baloncesto en su operación salida preguntándole si ha hecho la revisión del coche y si lleva provisiones....
Antes que nos muestren una playa de Alicante atiborrada de toallas y municipales en bicicleta y uno de Alcorcón diga que menos mal que pueden escaparse el fin de semana....
Antes de que pongan las previsiones con mapas de España en policromía según las temperaturas previstas en cada región...
Antes de que un grupo de amigos, unos cachitas, otros gorditos, corran gritando hasta la orilla del Mediterráneo en Torremolinos y se lancen todos juntos al agua...
Antes de que otro becario, con más suerte, llegue al interior de Teruel y descubra las delicias de las tardes junto a las pozas y el fresco de la noche...
Antes de recomendar beber agua, no hacer deporte en las horas centrales del día, taparse la cabeza con una gorra o un gorro....
Antes de pontificar sobre el cambio climático y tirar de estadísticas....
Antes de entrevistar a un heladero de Salamanca...
Antes de hablar de la ola de calor, del polvo del desierto y del deshielo de los polos....
Antes de todo ello.....
Recuerden: es verano y siempre ha hecho calor. A algunos no nos gusta pero es así.
El día que nieve podrán abrir el telediario con ello. Mientras tanto, no alarmen.
Antes de que den paso a la pieza de consejos para no sufrir una insolación ni una deshidratación.....
Antes de que entrevisten a una señora mayor abanicándose, sofocada, sentada en un banco de un parque...
Antes de que enfoquen a unos churumbeles saltando en una fuente de un parque público...
Antes de que entrevisten a un vendedor de ventiladores que ha roto stock....
Antes de que conecten con La Coruña y digan que ellos están fresquitos....
Antes de apostarse en una gasolinera a la salida de Madrid y asaltar a un señor con camiseta de baloncesto en su operación salida preguntándole si ha hecho la revisión del coche y si lleva provisiones....
Antes que nos muestren una playa de Alicante atiborrada de toallas y municipales en bicicleta y uno de Alcorcón diga que menos mal que pueden escaparse el fin de semana....
Antes de que pongan las previsiones con mapas de España en policromía según las temperaturas previstas en cada región...
Antes de que un grupo de amigos, unos cachitas, otros gorditos, corran gritando hasta la orilla del Mediterráneo en Torremolinos y se lancen todos juntos al agua...
Antes de que otro becario, con más suerte, llegue al interior de Teruel y descubra las delicias de las tardes junto a las pozas y el fresco de la noche...
Antes de recomendar beber agua, no hacer deporte en las horas centrales del día, taparse la cabeza con una gorra o un gorro....
Antes de pontificar sobre el cambio climático y tirar de estadísticas....
Antes de entrevistar a un heladero de Salamanca...
Antes de hablar de la ola de calor, del polvo del desierto y del deshielo de los polos....
Antes de todo ello.....
Recuerden: es verano y siempre ha hecho calor. A algunos no nos gusta pero es así.
El día que nieve podrán abrir el telediario con ello. Mientras tanto, no alarmen.
viernes, 23 de junio de 2017
jueves, 11 de mayo de 2017
Formación entre fogones
España debe de ser el país en el que la formación y la educación están más contaminados incluso desde la más tierna infancia de nuestros hijos. Se utiliza la formación y educación para trapichear e intercambiar otros cromos con los que satisfacer oscuras necesidades e intereses generalmente vinculados a los poderes de barrio y a los egos de aprendices de la política. Lo más importante que cómo padres, cómo ciudadanos y cómo sociedad podemos dejar a nuestros hijos, y por ende a nuestro país, es su educación y su formación. La herencia económica, el piso de la playa, aquel terreno abandonado en el pueblo o la pequeña mercería del centro los pueden ayudar pero, de la misma manera, los pueden dilapidar y volatilizar. La herencia económica puede, incluso, destrozar sus relaciones familiares para siempre. La buena formación y la buena educación llegan y se quedan.
Desde hace unos días, ciertos medios de comunicación, ciertos comunicadores de lo inmediato y de lo desconocido y, cómo no, las redes sociales se ceban con un Chef muy conocido por su doble condición de cocinero y comunicador. No sé en qué contexto expuso su opinión acerca del papel de los becarios en los restaurantes con estrellas Michelín. Y, sin tiempo de protegerse detrás de una colina y, seguramente, optando por mirar al horizonte, ha visto venir la manada de búfalos a, intentar, destrozarlo.
No soy particularmente seguidor de la cocina de grandes Chefs ni de la cocina moderna. Reconózcome más hombre de tasca, de mesón, de barra o de mesa corrida. De cocina tradicional y de puchero. De cuchara y de platos simples. De tortilla de patata, de croquetas y de txuletón al punto. De calamares y de ensaladilla. Y de albóndigas. Así, simple, sin apellidos, ni "deconstrucciones", ni "desestructuraciones", ni oxigenaciones. Reconozco que la cocina moderna y de diseño tiene su público y que han conseguido crear un producto en el cual se mezclan por igual los buenos ingredientes, el esfuerzo, la investigación, el marketing y la comunicación y la excelente labia de los maestros. Châpeau por ellos porque ellos sí que han sido emprendedores y, la mayoría, viniendo desde abajo. Desde los fogones.
Sin entrar a discutir los casos particulares en los que, probable y seguramente, habrá abusos, cómo en todos los ámbitos de la vida, qué le pregunten a cualquier estudiante de restauración si le gustaría ser becario de alguno de los mejores Chefs del mundo. Y su respuesta es la que nos debe valer. Pasar de la escuela de restauración de tu pequeña comunidad autónoma a los fogones de aquel caserío del norte de España. Pasar de campo de tierra de polideportivo municipal a estadio 5 Estrellas UEFA.
Creo que si a algún aspirante a tenista profesional le ofreciesen la posibilidad de acompañar y entrenar con Rafa Nadal durante un año, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque encordase sus raquetas entre set y set, podría aprender a ser buen tenista, y mejor persona, junto al mejor.
Creo que si a algún aspirante a músico de una banda de rock le ofreciesen la posibilidad de tocar y estar en el escenario en la gira mundial de Bruce Springsteen, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que trotar por un escenario a media luz, con ropa oscura, para sustituir las guitarras cada vez que Bruce cambiase de canción.
Creo que si a algún apasionado de las nuevas tecnologías le ofreciesen instalarse una año en la sede de Apple compartiendo el desarrollo de nuevos productos, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que pasar el dedo cientos de veces por la pantalla del nuevo iPhone para ver si funciona cuando está mojada.
La formación reglada, en colegios, institutos, universidades y hasta escuelas de negocios, está muy bien pero lejos de ser suficiente. El analfabetismo, en muchos casos, puede ser absoluto al incorporarse a un centro de trabajo. La formación continúa con la práctica y poder hacerlo con los mejores es una suerte. Por ello hay tantos que quieren hacerlo.
Fui becario en el extranjero. Me ayudaron con el alojamiento y la manutención. Y ni se me ocurrió pensar que me explotaban al estilo revolución industrial. Me ayudó a formarme en mi profesión pero sobre todo en la vida. Conozco de primera mano algún restaurante estrella Michelín que cuenta con becarios que se forman trabajando en su cocina, su sala y su bodega de la mano de los que saben. Pondría no una mano sino las dos y los dos pies en el fuego para asegurar que al final de su periodo de formación abandonan las paredes de la casa de esa entrañable familia con una enorme pena por irse pero inmensamente agradecidos por lo recibido. Formación y trato. Seguro.
¿Pagamos cursillos al salir de trabajar por aprender a hacer sushi para las cenas con colegas de los viernes y no estamos dispuestos a completar nuestra formación con los mejores, en sus cocinas, durante un relativo corto periodo de tiempo?
Desde hace unos días, ciertos medios de comunicación, ciertos comunicadores de lo inmediato y de lo desconocido y, cómo no, las redes sociales se ceban con un Chef muy conocido por su doble condición de cocinero y comunicador. No sé en qué contexto expuso su opinión acerca del papel de los becarios en los restaurantes con estrellas Michelín. Y, sin tiempo de protegerse detrás de una colina y, seguramente, optando por mirar al horizonte, ha visto venir la manada de búfalos a, intentar, destrozarlo.
No soy particularmente seguidor de la cocina de grandes Chefs ni de la cocina moderna. Reconózcome más hombre de tasca, de mesón, de barra o de mesa corrida. De cocina tradicional y de puchero. De cuchara y de platos simples. De tortilla de patata, de croquetas y de txuletón al punto. De calamares y de ensaladilla. Y de albóndigas. Así, simple, sin apellidos, ni "deconstrucciones", ni "desestructuraciones", ni oxigenaciones. Reconozco que la cocina moderna y de diseño tiene su público y que han conseguido crear un producto en el cual se mezclan por igual los buenos ingredientes, el esfuerzo, la investigación, el marketing y la comunicación y la excelente labia de los maestros. Châpeau por ellos porque ellos sí que han sido emprendedores y, la mayoría, viniendo desde abajo. Desde los fogones.
Sin entrar a discutir los casos particulares en los que, probable y seguramente, habrá abusos, cómo en todos los ámbitos de la vida, qué le pregunten a cualquier estudiante de restauración si le gustaría ser becario de alguno de los mejores Chefs del mundo. Y su respuesta es la que nos debe valer. Pasar de la escuela de restauración de tu pequeña comunidad autónoma a los fogones de aquel caserío del norte de España. Pasar de campo de tierra de polideportivo municipal a estadio 5 Estrellas UEFA.
Creo que si a algún aspirante a tenista profesional le ofreciesen la posibilidad de acompañar y entrenar con Rafa Nadal durante un año, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque encordase sus raquetas entre set y set, podría aprender a ser buen tenista, y mejor persona, junto al mejor.
Creo que si a algún aspirante a músico de una banda de rock le ofreciesen la posibilidad de tocar y estar en el escenario en la gira mundial de Bruce Springsteen, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que trotar por un escenario a media luz, con ropa oscura, para sustituir las guitarras cada vez que Bruce cambiase de canción.
Creo que si a algún apasionado de las nuevas tecnologías le ofreciesen instalarse una año en la sede de Apple compartiendo el desarrollo de nuevos productos, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que pasar el dedo cientos de veces por la pantalla del nuevo iPhone para ver si funciona cuando está mojada.
La formación reglada, en colegios, institutos, universidades y hasta escuelas de negocios, está muy bien pero lejos de ser suficiente. El analfabetismo, en muchos casos, puede ser absoluto al incorporarse a un centro de trabajo. La formación continúa con la práctica y poder hacerlo con los mejores es una suerte. Por ello hay tantos que quieren hacerlo.
Fui becario en el extranjero. Me ayudaron con el alojamiento y la manutención. Y ni se me ocurrió pensar que me explotaban al estilo revolución industrial. Me ayudó a formarme en mi profesión pero sobre todo en la vida. Conozco de primera mano algún restaurante estrella Michelín que cuenta con becarios que se forman trabajando en su cocina, su sala y su bodega de la mano de los que saben. Pondría no una mano sino las dos y los dos pies en el fuego para asegurar que al final de su periodo de formación abandonan las paredes de la casa de esa entrañable familia con una enorme pena por irse pero inmensamente agradecidos por lo recibido. Formación y trato. Seguro.
¿Pagamos cursillos al salir de trabajar por aprender a hacer sushi para las cenas con colegas de los viernes y no estamos dispuestos a completar nuestra formación con los mejores, en sus cocinas, durante un relativo corto periodo de tiempo?
Cómo en todo lo que afecta a la educación, los franceses lo tienen más claro y a eso lo llaman "stage". Yo lo fui y mis hijos lo han tenido que ser ya en su periodo escolar cómo parte de su formación.
Existen enormes abusos en las condiciones laborales de muchas personas, en muchos ámbitos y sectores de la economía. Seguramente también en algunos trabajos asalariados camuflados en becarios. Pero quizás tomándonos la educación y la formación en serio fuésemos capaces de acabar con ello en un futuro.
Existen enormes abusos en las condiciones laborales de muchas personas, en muchos ámbitos y sectores de la economía. Seguramente también en algunos trabajos asalariados camuflados en becarios. Pero quizás tomándonos la educación y la formación en serio fuésemos capaces de acabar con ello en un futuro.
martes, 9 de mayo de 2017
Gradas vacías
Supongamos un torneo o campeonato deportivo
de máxima categoría.
Supongamos una estrategia y política
comercial y de patrocinios que busca maximizar los ingresos por dichos
conceptos planteando para ello una serie de beneficios en hospitality o
relaciones públicas que otorga a dichos patrocinadores una serie de ventajas en
las mejores entradas o palcos.
Supongamos que dicha gestión comercial es un
éxito económico.
Supongamos que dichas entradas o palcos se
encuentran en la zona prioritaria del tiro de cámara televisiva que retransmite
dicho acontecimiento.
Supongamos que ese conjunto de entradas
compradas por patrocinadores se distribuye entre clientes a los que:
a.- les importa un carajo el deporte en
cuestión.
b.- el deporte en cuestión no entra dentro de
sus prioridades del día
c.- a los compradores de entradas de palcos
sólo les interesa el postureo, el decir "yo estuve allí cuando jugó
ÉL", el regalar entradas a sus clientes por política de relaciones
públicas o el pasar las horas en las zonas de ocio y restauración que, a veces,
rozan lo obsceno.
Supongamos que hay cientos de verdaderos
aficionados a ese deporte, desde niños de escuelas deportivas, a jóvenes que ya
compiten, a adultos que tienen que hacer un esfuerzo en sus economías y
logística para acudir, a veteranos que tienen más complicado acceder al mercado
de venta anticipada que no pueden pagar los precios de dichas entradas o que,
simplemente, éstas están agotadas.
Supongamos que gran parte de esos eventos
requieren, casi siempre justificadamente, de una fuerte inyección de recursos
públicos que, sin duda, tienen su retorno en forma de mejor imagen de ciudad,
alta ocupación hotelera, presencia en medios, mayor consumo en restauración y
todo tipo de servicios complementarios, creación de empleo ocasional etc etc
Dicho esto, la imagen televisiva de ese vacío
generalizado de, cuando menos, las zonas principales, ergo las de mejor calidad
de visión, genera una devaluación de la imagen del producto, un desapego de los
verdaderos amantes del deporte, un desinterés informativo y un rechazo popular
a la organización de dichos acontecimientos en los que se requiere financiación
pública en beneficio, directo, de unos pocos.
Esta situación, una vez que se produce, trata
de solucionarse rápida y urgentemente, mediante el relleno ficticio a base de
escolares, militares u otros colectivos fácilmente controlables en detrimento
de los verdaderos amantes del deporte. Tal suele ser la improvisación que, en
un muy importante evento internacional, el primer día los soldados convocados
iban vestidos con su ropa militar. El cante fue muy sonado y al día siguiente
relucieron camisetas de colorines y gorras varias.
En todo caso, la reutilización de esas
entradas vendidas pero no usadas es muy complicada sin mediar un sistema de
redistribución en el que todos han de colaborar. Lógicamente, nunca se sabe si
una entrada va a ser utilizada o no y, por lo tanto, no pueden reasignarse a
nuevos usuarios mediante una reventa legal o invitación "social" sin
el visto bueno previo del titular legal de la entrada o invitación.
En muchísimos países de nuestra órbita
economía, social y cultural se ha instaurado, peligrosamente, un rechazo
ciudadano a los eventos deportivos de primer nivel en parte, aunque no
exclusivamente, por estas situaciones. Al mismo tiempo, se está produciendo un
desplazamiento organizativo hacia países con otros regímenes y con abundancia
de recursos económicos.
En cualquier caso, es una verdadera pena que,
mientras unos atletas están dando lo mejor de si mismos en una pista, el máximo
de su esfuerzo físico, con su orgullo profesional y su respeto a sus reales
aficionados y a las marcas que los pagan, el graderío principal esté sólo
ocupado por las azafatas y personal auxiliar que, se supone, ha de atender a
los que deberían estar allí.
Hasta las propias marcas patrocinadoras del
evento, legítimas titulares de esas sillas vacías, deberían insistir en no ver
sus anuncios rodeados de huecos fantasmas. Aunque sólo sea por aquello de "por
el interés te quiero Andrés".
lunes, 8 de mayo de 2017
Aquella manera de viajar
Andaba el otro día por uno de esos talleres de barrio donde el mismo empleado que te recibe en mono azul, analiza tu problema, piensa en las alternativas más razonables y te invita a lo que se supone es su despacho mientras se limpia las manos lo que más que le permite un trapo negro antes de coger una libreta dónde deja impregnadas, entre otras cosas, sus huellas dactilares. Ese momento suele coincidir con alguna llamada telefónica de esas que resuenan en estéreo por todo el taller y que te permite descubrir debajo de un montón de papeles que, aquello que en su día instaló con esmero un operario de Telefónica, es ahora un cacharro sucio que, sorpresivamente, aún permite recibir llamadas. De lo que tengo más dudas es que el teclado permita teclear algo diferente al 112. El clásico taller alejado del quirófano aséptico que tratan de imponer los concesionarios y las marcas oficiales cuyo objetivo es clavarte en lo más alto del lomo un rejón a lo Manolete hasta dejarte seco en su sala de espera con sofás, tele, máquina de café, revistas de coches y camiones y alguna oferta de chequeo pre ITV. El clásico taller, efectivamente, en el que aún quedan posters de Firestone del año 1987, con meses de enero a diciembre alegremente ilustrados y no sigo para que nadie pida la guillotina para mi.
Medio desintegrado y en uno de los rincones de aquel taller intuí, lo que debió ser un clásico de su época, un viejo 600, que me hizo pensar en cómo han cambiado nuestras formas de viajar. Lejos quedan ya aquellas travesías que duraban jornadas enteras y que empezaban muy de madrugada y acababan antes de la cena, cuando no duraban dos días con su noche. Recuerdo viajes de salir aún en pijama, despertar en ruta, cambiarnos de ropa y desayunar, aguantar una calorina de cuando hacía calor de asfalto, volver a cambiarnos y casi llegar otra vez en pijama. De viajar en dos coches porque Wolf, nuestro perro que no mascota porque era un perro, ocupaba, cómo un señor, toda la parte trasera de un Skoda que merece un artículo completo. El Skoda, no el bueno de Wolf. Bueno, quizás los dos. Viajes que se planificaban de acuerdo con las previsiones de Mariano Medina, el verdadero hombre del tiempo, y los avisos de operación salida cuando aún no había becarios en la gasolinera de Repsol en salida de la Nacional I. De esa combinación salía el resultado: se cargaba el coche la víspera y se salía a las 5:30. Y sin rechistar.
De muy joven le cogí el gusto a eso de viajar. El solo hecho de pensarlo ya me alegraba. Prepararlo, me ponía. Luego, casi todas las vísperas, te entraban la duda y la pereza propias de las salidas que desaparecían en cuanto te ponías en marcha para, incluso, no querer volver. Durante años, un grupo numeroso de elegidos para la gloria, después amigos del alma, nos dedicamos a combinar viajes, montañas, nieves, clientes, Alpes y movidas, muchas movidas de las que después se llamaron marrones y que en aquellos tiempos se llamaban "overbookings", visitas a la gendarmería, retrasos, caos invernales y hasta manifestaciones de clientes en la avenida principal de Valthorens.
Entonces se viajaba diferente, de una manera que ahora ha desaparecido o por lo menos se encuentra en franca desaparición sin que ninguna ONG la proteja. La Nacional II, Madrid-Barcelona, que entonces no siempre era autovía y sólo autopista desde pasado Zaragoza, área de Pina, era una procesión de buses destino a los Alpes. Los nuestros eran Juliá. Miles y miles de esquiadores que se metían entre pecho y espalda 1.500 km después de haber cazado alguna de las centenares de ofertas que se colgaban en facultades, clubes de esquí, agencias y hasta en farolas cercanas a algún semáforo. Todos en ruta y coincidiendo en lugares de culto como el bar de Esteras de Medinaceli, el área del Cisne del km 308, el área de Pina, la Puerta Catalana y hasta el Carrefour de Bourg de Péage, ya en Francia. Autobuses cargados mucho más allá de lo legal, con equipaje rellenando el hueco de la escalera posterior, gente durmiendo a lo largo del pasillo, fumaderos en la siniestra parte posterior, romances que nacían tapándose con los anoraks y chóferes que eran héroes.
Los que nos dedicábamos a aquello e íbamos al mando de las tropas éramos jóvenes, muy jóvenes, con menos de 23 años y asumíamos riesgos de los que no éramos conscientes y, si lo éramos, no nos importaba. Seguro que hoy en día, en nuestro querido país de las prohibiciones, se exigen titulaciones de todo tipo. Éramos profesores de esquí, guías de autobús, jefes de estación y responsable de estación teniendo a nuestro cargo hasta 3000 clientes que iban llegando, felices y contentos, no todos cierto es, a cualquiera de las estaciones en las que nos ocupábamos de resolver lo que años después se llamaron marrones y que, en nuestro caso, solían ser marrones muy oscuros.
Yo reconozco que formaba parte de un grupo privilegiado, con gente muy profesional, que fuimos capaces de resolver todo tipo de embrollos propios de aquella forma de viajar ya en desuso. También reconozco que estábamos muy bien pagados y que, siendo todos estudiantes universitarios, nos encontrábamos en junio con las cuentas corrientes muy saneadas pudiendo plantearnos otro tipo de viajes y compras de otro modo impensables. En el curriculum de infinidad de buenos profesionales actuales aparecerá esta experiencia ya antigua pero a veces más mucho más formativa que cualquier aula visigoda en la que nos explicaban la IS LM o la campana de Gauss.
Aquella mañana del día uno de enero me llamó mi amigo Manolo desde el aeropuerto de Barajas para prevenirme que en su avión, destino a los Alpes franceses, no habían sido capaces de cargar todo el equipaje y que se habían quedado en Madrid decenas de bolsas de esquís. Conocida era la afición de plantarse en los Alpes con, entre otras cosas, latas tamaño XXL de Fabada Litoral, toneladas de macarrones y litros de tomate Orlando. Como si no hubiese un mañana o cómo si fuésemos a convocar a media Alta Saboya incluidas danesas u holandeses. Me insistía Manolo que tuviese cuidado y que revisase todo antes de la facturación. A la tarde recorrí toda la fila de clientes advirtiendo de la limitación de equipaje: una maleta, la bolsa de esquís y la bolsa de botas. El resto se quedaba en España, cómo cualquier otra cosa fácilmente detectable por los perros aunque se metiese en el tubo de pasta de dientes. Al mismo tiempo, que uno era ya perro viejo, advertí a la compañía aérea que no quería ni una sola bolsa de esquís de la tropa de Manolo sin que antes hubiese cabido todo lo mío. Lo dije una vez, dos veces y tres veces: en la facturación, en el embarque y en la misma puerta del avión. Y siempre me prometieron que sí. Y ya se sabe para qué se promete: para mentir.
Con el avión ya separado del finger y empezando a recular, miré por la ventanilla y reconocí, sin dudarlo, en un carro de esos de maletas decenas de bolsas de esquís, entre ellas la mía, lo que confirmó mi temor. Algún cliente también lo vio y mi nombre empezó a retumbar desde la fila 1 hasta la 30. "¡Koldo! ¡Koldo! ¡Los esquís!". Tras mirar a la azafata, o bien me escondía debajo del asiento o bien organizaba un motín al comandante con el riesgo de jugármela. "Creo que son los de la mañana...." conseguí decir con un hilo de voz y la sangre de horchata.
El aterrizaje en Chambéry ( Francia ) confirmó lo que no tenía ninguna duda. La cinta empezó a escupir bolsas de esquís que nadie recogía porque, sencillamente, eran de los clientes de la mañana. Cinco minutos antes se había colocado a mi lado el director del aeropuerto, muy cómplice, soplándome el secreto al oído y dándome otros cinco minutos para idear cómo aplacar el motín de Esquilache, versión aeropuerto de Chambéry, que se avecinaba. Entre el director, algún cliente comprensivo y con horas de viaje y yo mismo subido en un mostrador pudimos aplacar la revuelta, prometer que al día siguiente tendrían los esquís en sus estaciones sugiriendo que todos aquellos que habían metido pijamas, braguitas, neceseres y pastillas junto con esquís, bastones y fijaciones tirasen de solidaridad viajera.
Pero cómo todo lo que puede romperse una vez puede romperse otra, la paz viajera no terminó así. La salida de la terminal fue bucólica. Enero, post navidad, decoración de colores y nevando. Vamos, la clásica postal. Faltaban, menos mal, los villancicos. Grupos de amigos deseando llegar sus destinos, familias planeando su primera jornada de esquí, palmadas a mi espalda, "Koldo no te preocupes.....". Con todos ya embarcados en sus autobuses y antes de dar la consabida orden de salida se me acerca un gendarme con pinta de capitán general de todos los ejércitos de la OTAN y se me cuadra inquiriéndome:
- "Bonsoir. Le responsable?"
- "Le responsable c´est moi", le dije
Pues bien, la orden era que tenía que advertir a todos aquellos que esperaban sentados en los autobuses, cerca de 300 personas que ya habían asumido que dormirían sin esquís, braguitas, neceseres y pastillas, que no iban a llegar a sus destinos debido al paquetón al puro estilo alpino que estaba cayendo y que la opción, no discutible, era dormir en polideportivos, trenes y, algún privilegiado, en hoteles de carretera. Todo ello organizado por Protección Civil.
- "¿¿¿Todos????
- "Todos menos los que vayan a Méribel"
Mira tú. Justo dónde iba a ir yo pero después de subirme a todos y cada uno de los autobuses, agarrar el micrófono y echar la culpa a lo bonita que es la nieve cuando cae cómo puños a esas horas de la noche. Y lógicamente, tras escuchar todo tipo de lindeces en todo tipo lenguas, dialectos y jergas desde el fondo de cada autobús.
Tras aguantar varias horas de atasco en la autopista, durante las cuales Monsieur le Chauffeur impidió cualquier intento de bajar a hacer pis, hacerme con el control emocional del grupo y ofrecer hasta mi mismísimo pijama si hacia falta, iniciamos la subida a Méribel. Y claro, ahí estaban, otra vez los gendarmes con lo que más me temía a esas horas de la noche: poner las cadenas.
Cualquiera que se haya dedicado mínimamente a esto o haya viajado sabe que poner ese tipo de cadenas es cualquier cosa menos algo simple, limpio y rápido. Y más aún cuando Monsieur le Chauffeur te advierte con cara de calzoncillo, a las 2 de la mañana, en plena nevada, con varios motines a bordo y con cuarenta caras mirándote desde lo alto del autobús, pegados a los cristales con caras amenazantes, que sólo tiene una. Horreur.
Sólo se me ocurrió una frase mientras le miraba entre incrédulo, cabreado, muerto de hambre y cubierto por la nieve: "c´est ton problème" "Estos y yo dormimos arriba, sí o sí". Y así lo hicimos, haciendo cima a no sé que hora, con algún que otro susto, cuando todos dormían desde hacía horas en los apartamentos de Pierre Vacances.
El día tuvo aún su momento de máxima emoción cuando al cerrar la puerta de mi apartamento, y antes de apagar la luz, me di cuenta que había perdido la mochila con todas las fianzas de todos los apartamentos. Un dineral. Esa noche no dormí: simplemente planifiqué mi huida a las islas Fidji.
( dedicado a todos aquellos que, a pesar de tantos marrones, disfrutamos de años inolvidables creando vínculos que permanecen para siempre. Por aquellos viajes que, además, hacíamos sin móvil )
Medio desintegrado y en uno de los rincones de aquel taller intuí, lo que debió ser un clásico de su época, un viejo 600, que me hizo pensar en cómo han cambiado nuestras formas de viajar. Lejos quedan ya aquellas travesías que duraban jornadas enteras y que empezaban muy de madrugada y acababan antes de la cena, cuando no duraban dos días con su noche. Recuerdo viajes de salir aún en pijama, despertar en ruta, cambiarnos de ropa y desayunar, aguantar una calorina de cuando hacía calor de asfalto, volver a cambiarnos y casi llegar otra vez en pijama. De viajar en dos coches porque Wolf, nuestro perro que no mascota porque era un perro, ocupaba, cómo un señor, toda la parte trasera de un Skoda que merece un artículo completo. El Skoda, no el bueno de Wolf. Bueno, quizás los dos. Viajes que se planificaban de acuerdo con las previsiones de Mariano Medina, el verdadero hombre del tiempo, y los avisos de operación salida cuando aún no había becarios en la gasolinera de Repsol en salida de la Nacional I. De esa combinación salía el resultado: se cargaba el coche la víspera y se salía a las 5:30. Y sin rechistar.
De muy joven le cogí el gusto a eso de viajar. El solo hecho de pensarlo ya me alegraba. Prepararlo, me ponía. Luego, casi todas las vísperas, te entraban la duda y la pereza propias de las salidas que desaparecían en cuanto te ponías en marcha para, incluso, no querer volver. Durante años, un grupo numeroso de elegidos para la gloria, después amigos del alma, nos dedicamos a combinar viajes, montañas, nieves, clientes, Alpes y movidas, muchas movidas de las que después se llamaron marrones y que en aquellos tiempos se llamaban "overbookings", visitas a la gendarmería, retrasos, caos invernales y hasta manifestaciones de clientes en la avenida principal de Valthorens.
Entonces se viajaba diferente, de una manera que ahora ha desaparecido o por lo menos se encuentra en franca desaparición sin que ninguna ONG la proteja. La Nacional II, Madrid-Barcelona, que entonces no siempre era autovía y sólo autopista desde pasado Zaragoza, área de Pina, era una procesión de buses destino a los Alpes. Los nuestros eran Juliá. Miles y miles de esquiadores que se metían entre pecho y espalda 1.500 km después de haber cazado alguna de las centenares de ofertas que se colgaban en facultades, clubes de esquí, agencias y hasta en farolas cercanas a algún semáforo. Todos en ruta y coincidiendo en lugares de culto como el bar de Esteras de Medinaceli, el área del Cisne del km 308, el área de Pina, la Puerta Catalana y hasta el Carrefour de Bourg de Péage, ya en Francia. Autobuses cargados mucho más allá de lo legal, con equipaje rellenando el hueco de la escalera posterior, gente durmiendo a lo largo del pasillo, fumaderos en la siniestra parte posterior, romances que nacían tapándose con los anoraks y chóferes que eran héroes.
Los que nos dedicábamos a aquello e íbamos al mando de las tropas éramos jóvenes, muy jóvenes, con menos de 23 años y asumíamos riesgos de los que no éramos conscientes y, si lo éramos, no nos importaba. Seguro que hoy en día, en nuestro querido país de las prohibiciones, se exigen titulaciones de todo tipo. Éramos profesores de esquí, guías de autobús, jefes de estación y responsable de estación teniendo a nuestro cargo hasta 3000 clientes que iban llegando, felices y contentos, no todos cierto es, a cualquiera de las estaciones en las que nos ocupábamos de resolver lo que años después se llamaron marrones y que, en nuestro caso, solían ser marrones muy oscuros.
Yo reconozco que formaba parte de un grupo privilegiado, con gente muy profesional, que fuimos capaces de resolver todo tipo de embrollos propios de aquella forma de viajar ya en desuso. También reconozco que estábamos muy bien pagados y que, siendo todos estudiantes universitarios, nos encontrábamos en junio con las cuentas corrientes muy saneadas pudiendo plantearnos otro tipo de viajes y compras de otro modo impensables. En el curriculum de infinidad de buenos profesionales actuales aparecerá esta experiencia ya antigua pero a veces más mucho más formativa que cualquier aula visigoda en la que nos explicaban la IS LM o la campana de Gauss.
Aquella mañana del día uno de enero me llamó mi amigo Manolo desde el aeropuerto de Barajas para prevenirme que en su avión, destino a los Alpes franceses, no habían sido capaces de cargar todo el equipaje y que se habían quedado en Madrid decenas de bolsas de esquís. Conocida era la afición de plantarse en los Alpes con, entre otras cosas, latas tamaño XXL de Fabada Litoral, toneladas de macarrones y litros de tomate Orlando. Como si no hubiese un mañana o cómo si fuésemos a convocar a media Alta Saboya incluidas danesas u holandeses. Me insistía Manolo que tuviese cuidado y que revisase todo antes de la facturación. A la tarde recorrí toda la fila de clientes advirtiendo de la limitación de equipaje: una maleta, la bolsa de esquís y la bolsa de botas. El resto se quedaba en España, cómo cualquier otra cosa fácilmente detectable por los perros aunque se metiese en el tubo de pasta de dientes. Al mismo tiempo, que uno era ya perro viejo, advertí a la compañía aérea que no quería ni una sola bolsa de esquís de la tropa de Manolo sin que antes hubiese cabido todo lo mío. Lo dije una vez, dos veces y tres veces: en la facturación, en el embarque y en la misma puerta del avión. Y siempre me prometieron que sí. Y ya se sabe para qué se promete: para mentir.
Con el avión ya separado del finger y empezando a recular, miré por la ventanilla y reconocí, sin dudarlo, en un carro de esos de maletas decenas de bolsas de esquís, entre ellas la mía, lo que confirmó mi temor. Algún cliente también lo vio y mi nombre empezó a retumbar desde la fila 1 hasta la 30. "¡Koldo! ¡Koldo! ¡Los esquís!". Tras mirar a la azafata, o bien me escondía debajo del asiento o bien organizaba un motín al comandante con el riesgo de jugármela. "Creo que son los de la mañana...." conseguí decir con un hilo de voz y la sangre de horchata.
El aterrizaje en Chambéry ( Francia ) confirmó lo que no tenía ninguna duda. La cinta empezó a escupir bolsas de esquís que nadie recogía porque, sencillamente, eran de los clientes de la mañana. Cinco minutos antes se había colocado a mi lado el director del aeropuerto, muy cómplice, soplándome el secreto al oído y dándome otros cinco minutos para idear cómo aplacar el motín de Esquilache, versión aeropuerto de Chambéry, que se avecinaba. Entre el director, algún cliente comprensivo y con horas de viaje y yo mismo subido en un mostrador pudimos aplacar la revuelta, prometer que al día siguiente tendrían los esquís en sus estaciones sugiriendo que todos aquellos que habían metido pijamas, braguitas, neceseres y pastillas junto con esquís, bastones y fijaciones tirasen de solidaridad viajera.
Pero cómo todo lo que puede romperse una vez puede romperse otra, la paz viajera no terminó así. La salida de la terminal fue bucólica. Enero, post navidad, decoración de colores y nevando. Vamos, la clásica postal. Faltaban, menos mal, los villancicos. Grupos de amigos deseando llegar sus destinos, familias planeando su primera jornada de esquí, palmadas a mi espalda, "Koldo no te preocupes.....". Con todos ya embarcados en sus autobuses y antes de dar la consabida orden de salida se me acerca un gendarme con pinta de capitán general de todos los ejércitos de la OTAN y se me cuadra inquiriéndome:
- "Bonsoir. Le responsable?"
- "Le responsable c´est moi", le dije
Pues bien, la orden era que tenía que advertir a todos aquellos que esperaban sentados en los autobuses, cerca de 300 personas que ya habían asumido que dormirían sin esquís, braguitas, neceseres y pastillas, que no iban a llegar a sus destinos debido al paquetón al puro estilo alpino que estaba cayendo y que la opción, no discutible, era dormir en polideportivos, trenes y, algún privilegiado, en hoteles de carretera. Todo ello organizado por Protección Civil.
- "¿¿¿Todos????
- "Todos menos los que vayan a Méribel"
Mira tú. Justo dónde iba a ir yo pero después de subirme a todos y cada uno de los autobuses, agarrar el micrófono y echar la culpa a lo bonita que es la nieve cuando cae cómo puños a esas horas de la noche. Y lógicamente, tras escuchar todo tipo de lindeces en todo tipo lenguas, dialectos y jergas desde el fondo de cada autobús.
Tras aguantar varias horas de atasco en la autopista, durante las cuales Monsieur le Chauffeur impidió cualquier intento de bajar a hacer pis, hacerme con el control emocional del grupo y ofrecer hasta mi mismísimo pijama si hacia falta, iniciamos la subida a Méribel. Y claro, ahí estaban, otra vez los gendarmes con lo que más me temía a esas horas de la noche: poner las cadenas.
Cualquiera que se haya dedicado mínimamente a esto o haya viajado sabe que poner ese tipo de cadenas es cualquier cosa menos algo simple, limpio y rápido. Y más aún cuando Monsieur le Chauffeur te advierte con cara de calzoncillo, a las 2 de la mañana, en plena nevada, con varios motines a bordo y con cuarenta caras mirándote desde lo alto del autobús, pegados a los cristales con caras amenazantes, que sólo tiene una. Horreur.
Sólo se me ocurrió una frase mientras le miraba entre incrédulo, cabreado, muerto de hambre y cubierto por la nieve: "c´est ton problème" "Estos y yo dormimos arriba, sí o sí". Y así lo hicimos, haciendo cima a no sé que hora, con algún que otro susto, cuando todos dormían desde hacía horas en los apartamentos de Pierre Vacances.
El día tuvo aún su momento de máxima emoción cuando al cerrar la puerta de mi apartamento, y antes de apagar la luz, me di cuenta que había perdido la mochila con todas las fianzas de todos los apartamentos. Un dineral. Esa noche no dormí: simplemente planifiqué mi huida a las islas Fidji.
( dedicado a todos aquellos que, a pesar de tantos marrones, disfrutamos de años inolvidables creando vínculos que permanecen para siempre. Por aquellos viajes que, además, hacíamos sin móvil )
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


