sábado, 2 de abril de 2022

Caracoles en el buzón

¿Hace cuánto que no recibes una carta manuscrita? ¿ Hace cuánto que no abres el buzón de tu casa? ¿Recuerdas acaso dónde tienes la llave? ¿Sigue poniendo tu nombre en el buzón? ¿Se mantiene el de aquellos que ya no viven allí?

En el mío, al aire libre, a veces viven caracoles. 

Tal vez ahora, más que nunca, cuando ya no llegan ni facturas de teléfono, ni extractos bancarios, ni catálogos de IKEA, ni el listín telefónico, ni invitaciones de boda… recibir una carta manuscrita o un paquete inesperado puede alegrarnos el día. O la semana. Y no me refiero a los paquetes de Amazon o cualquier otra compra que previamente hemos encargado. Hablo de descubrir en el buzón un sobre con sello al que previamente alguien se ha enfrentado a pecho descubierto y ha dedicado lo mejor de si mismo. Un papel que antes fue blanco y ahora, recorrido con un trazo manuscrito, recoge los mejores deseos, cómplices recuerdos o la más cruda realidad. Preguntas esperando respuestas, respuestas a preguntas pretéritas, confesiones no pedidas.

Un sobre en el que alguien ha escrito tu nombre con la ilusión de que lo abras y descubras. 

Había un momento en los viajes que lo reservábamos a escribir postales a mano con alguno de los rotuladores Edding 1200 azul que preparábamos antes de salir de casa. En mi caso, comprobar que los llevaba en la mochila formaba parte del protocolo previo a la salida. Antes de redactar había que elegir girando aquellos expositores con el precio de la postal arriba. Seleccionábamos varias que, de algún modo, mostraran lo que estábamos disfrutando en un viaje de cualquier tipo. Incluso en los de trabajo encontrábamos el hueco para hacerlo. Postales con imágenes que, previamente, alguien había captado con su cámara antes de que los móviles lo acaparan todo. Montones de postales, algunas en oferta: de las más cuidadas a las más horteras, como aquellas que incorporaban ribetes textiles sobre los trajes regionales. No era raro incluso encontrar algunas ya pasadas de época, decoloradas y que aún mostraban vehículos antiguos alrededor de la Tour Eiffel, ropa de esquí ya en desuso, un policía ordenando el tráfico subido en un pequeño pedestal o playas con bañistas, entre toldos y casetas, con flamantes trajes de baño de rayas.

Calculábamos cuántas teníamos que mandar, seleccionábamos intentando no repetir y, ya en el mostrador, nos las devolvían metidas en un sobre de papel muy fino. Después venían los sellos, franqueo internacional casi siempre.

También las había en blanco y negro, muy cuidadas, casi de cine de autor, incluso raras. Todas estas eran más caras. Y estaban las gratuitas, las de la mesilla del hotel o aquellas que se ofrecían en barras de bares nocturnos y de las que agarrábamos una de cada.

Todos teníamos nuestras manías. Una de las mías era pegar el sello antes de escribir el texto. Esto me obligaba a no cometer errores al hacerlo so riesgo de inutilizarla. No podía mandar postales con tachones.

El espacio para el mensaje quedaba limitado al rectángulo izquierdo del verso de la postal ya que había que ceder la parte derecha, con tres insuficientes renglones preimpresos, al destinatario, la dirección y al sello. La descripción de la imagen, resumida en una línea, estaba arriba o abajo: "Puente sobre el Tajo. Lisboa 1988", "Semana Grande en La Concha, 1979" "Le Saulire, 2740 m". En ese espacio tan limitado había que arreglarse para comprimir todo aquello que queríamos escribir. Era el momento de la caligrafía. Cada uno con la suya: unas con formas redondas, otras más anguladas, cursivas, letras sueltas, attachées..., incluso pattes de mouche imposibles de leer. Durante una época escribí siempre en mayúsculas. Cuando no quedaba más remedio hacíamos girar el texto, retorcíamos la escritura culebreando alrededor de la dirección y el sello mientras apelotonábamos palabras, verbos, puntos y comas.

Se escribía en terrazas de bistrots, en bancos de parques, en los reposabrazos de un tren, en el lomo de una mochila. Los muy escritores o más bohemios se dejaban ver redactando mientras bebían café y miraban al paisanaje. Otros apuraban los últimos minutos de un viaje para que el matasellos demostrase que estuvieron allí. 

Frente a la tiranía de la inmediatez actual, entonces calculábamos la hora de recogida en el buzón. Si teníamos prisa, íbamos directamente a la oficina de correos con la idea de que clasificaban antes los envíos. Qué gusto daban esos buzones tan nobles, de boca ancha, incluso con figuras de leones que rugían "Ciudad", "Provincia", "Extranjero". Un acto de despedida y adiós. En ese momento perdíamos el control del envío y no había vuelta atrás. Había quien incluso mandaba un último beso cerrando los ojos. Imaginábamos el recorrido y hasta el día de llegada. Y empezaba la espera de la respuesta. También los retrasos...

No había privacidad en la postal. Cualquiera podía leer lo escrito mucho antes de que el verdadero destinatario la tuviese entre las manos. Remitente y destinatario vivían con ese riesgo de ser descubiertos in fraganti. Se dudaba del cartero, del portero del edificio, del padre o del hermano encargados del buzón o de todos aquellos que veían la correspondencia amontonada en el mueble de la entrada. 

"¡Mira quién te ha escriiiitooo....!". Y a temblar.

Secretos, que no eran tales, al descubierto. La prueba de la postal escrita a mano.

Pero también llegaban cartas en sobres. Blancos si eran terrestres; Bleu, Blanc, Rouge en el marco si eran aéreos. Ya por el peso intuíamos el contenido que no era un simple deseo, un recuerdo o un guiño. En el sobre llegaban frases más hechas, más pensadas y su lectura requería de cierta intimidad y soledad. Ahora escribimos en el teclado, borramos y volvemos a escribir. Entonces, a mano, todo salía más redondo y espontáneo y quizás necesitábamos pensar menos porque todo emanaba con naturalidad. No repasábamos tanto lo escrito porque ya no tenía remedio. No podía haber tachones, si acaso uno muy limpio. Dos obligaban a comenzar de nuevo y entonces nada era igual.

Escribir el remite detrás era delatarse y romper el misterio del envío. Confieso haberlo obviado muchas veces e incluso habérmelo inventado si hacía falta. Y sino, un garabato o una sigla. Una ingenua contraseña. Convivíamos en esa época con las llamadas de teléfono en las que el mayor riesgo era que respondiera el padre y hubiera que colgar de inmediato.

La postal era unidireccional, no se contestaba. Se pinchaba con chinchetas en el tablón de la habitación pasando a ser recuerdo.  La carta personal generalmente sí, dando lugar a largos intercambios que muchos siguen guardando en cajas de zapatos que resisten mudanzas y traslados. Con el tiempo aparecen y alguien las encuentra. Surge entonces la duda de respetar lo que dos compartieron en secreto o, por el contrario, entrar de lleno y sin permiso en una vida ajena y, probablemente, más rica que la del voyeur que las descubre.

Proyectos de amores, amores en la distancia, amores de verano que mueren antes de noviembre, amores que fueron, amores que vuelven. Amores de parejas, amores de familias, amores adolescentes, amores de amigos, amores de hijos y padres, primeros amores.

Cartas de trabajadores que emigraron, de estudiantes que arriesgaron, de viajeros de mochila, de traslados de familias, de vecinos tímidos que se cruzan en la escalera, de compañeros de pupitre, de encuentros casuales.

Rupturas frías. Finales. Y las peores noticias, las que ya no tenían remedio.

Correos, La Poste, US Mail, Deutsche Post, Poste italiane, Royal Mail, Swiss Post, PostNL, PostNord fueron nuestros aliados.

Ahora, sin embargo, seguro que todo nos lo leen en la red y nos lo banalizan en mercancía digital.








sábado, 26 de marzo de 2022

Los nombres que recordamos

Llevamos semanas viéndolos huir y no tengo tan claro que sigamos dándonos cuenta que, detrás de cada rostro, de cada grito, de cada despedida, de cada mirada perdida, de cada suspiro hay un nombre, un apellido, quizás un mote, que para muchos son lo único que les queda. 

Por otros motivos, mi padre me pidió hace unos días un favor. Recordé entonces esto que escribí en 2016 y que me pide que vuelva a publicar. 


" LA GENTE

He vuelto a pasar por delante decenas de veces y, pese a lo feo y alejado de mi ideal de vida, siempre me debato entre entrar o no. Rara vez lo he hecho. Creo que sólo dos. Lo evita el chocarme de frente con los recuerdos que no han podido ser aniquilados por el paso del tiempo. Dónde había vida en la calle ahora supongo que habrá simple supervivencia. Dónde había personas con nombre, rostro y una historia ahora habrá números, registros y, seguramente, franquicias, anonimato y ruido en el silencio. Habrá datos, o metadatos, o superdatos que, parece ser, es lo único que interesa de nosotros.

Lo suyo era el arte con los dedos de la mano. Lo mismo le daba ritmo a la tijera con el dedo meñique levantado que, a la tarde, desde un sexto por lo menos, salía al balcón con sus solos de trompeta. Música de metal y música de viento. Cuando empezábamos a peinar greñas, mi madre nos mandaba a la peluquería de Alex con una frase grabada en la frente: "corto, hacia un lado y flequillo desigual". Y sonaba la tijera. Era otra época u otro lugar, o ambos a la vez, pero cada persona tenía su nombre y nadie era anónimo. Alex era Alex el peluquero, el de la peluquería Alex, junto a la tienda de chucherías y papelería del Señor Pedro. En la cuesta que llevaba a la iglesia vieja. Digno representante de la palabra oficio, el métier francés de toda la vida. Antes de que la globalización todo lo homogeneizase, detrás de cada uno había un oficio, detrás del oficio, un nombre y detrás del nombre, una persona. Y detrás de la persona, una sonrisa. O un borde, o un cascarrabias, que de todo había, no nos vamos a engañar.

El valor de las personas era otro ya que aún no nos habíamos convertido en simples celdas de Excel, en contactos de WhatsApp o en datos, simples o complejos, al servicio de un ser superior que no sabe que existe la piel, el olor o el sonido. Ni por supuesto las entrañas, el alma o el corazón. Cuenta la leyenda que el hijo de Blas Cuenca, el fontanero que venía lo mismo a arreglar un grifo que goteaba que a reformar un cuarto de baño, se fue a Barcelona a estudiar teleco y que, tras acabar y empezar en una gran empresa, lo dejó todo para volver al negocio de fontanería de su padre, de Blas. El primero de los valientes. Sigue contando la leyenda que cuando por primera vez lo vimos de nuevo volver a casa, tras su paso por la multinacional, portaba con orgullo la caja de herramientas de la que salía, sin orden, un puñado de estopa que se utilizaba entonces para evitar las fugas de agua en las juntas de las cañerías. Y no es leyenda que los fontaneros de entonces tenían un olor característico que permanecía durante horas debajo del fregadero recién arreglado y se expandía por el resto de la casa, al menos durante un día entero.

Alfonso, el lechero, ahora sería uno más de los Food Truck que se instalan en los barrios hipsters de las ciudades para celebrar el enésimo fin de semana gastronómico y que hoy están aquí, mañana allí y nunca en algún sitio. Hamburguesas, zumos de verduras, mejillones con patatas o sushi importado. Pero yo al que recuerdo es a Alfonso, con su furgoneta Ebro de puerta lateral, llegando puntualmente todas las tardes, a eso de las cuatro, a cada casa y sabiendo de antemano cuántas bolsas de leche nos hacían falta, qué días necesitábamos huevos y qué yogures eran nuestros preferidos. Podía llegar sonriendo o cabreado. Tenía derecho a ello. Era una persona con su vida de todos los días, buenos y malos. Pero nunca un desconocido.

Nadie me obligó a aprenderme sus nombres. Ni a memorizarlos. Pero aún soy capaz de ver la cara y la sonrisa de Serrano, el carpintero, llamando a la puerta con su lápiz en la oreja derecha, sus herramientas y su chaquetilla azul. Los lápices de carpintero no eran normales sino ovalados y afilados a navaja. Nunca supe el motivo y siempre lo achaqué a que así era más cómodo para ponerlos en la oreja y que no se cayesen al arreglar la cinta de la persiana de madera o al colocar aquel rodapie.

Lo efímero de entonces se ha convertido en permanente para el resto de la vida y existían relaciones, actitudes y valores que han sobrevivido a la obsolescencia programada del triple salto tecnológico, a las prisas, al éxito inmediato y a la deshumanización de nuestros días. Detrás de todo había personas, aunque las temieses cómo cuando Riofrío, el practicante, llegaba armado de sus jeringas y sus vacunas y nos escondíamos detrás de las cortinas. La antitetánica era la peor. Ya sea por la mordedura del fiero de Atón, un perro que giraba entorno a si mismo para morderse el rabo, o por arañarte con un clavo oxidado en lo alto de la caseta, asomaba la amenaza de la jeringa de Riofrío.

Con la bicicleta, que ahora por suerte ha vuelto para quedarse, íbamos de la Drogue a Tienda Lucy Sol Ongil. La Quiniela se comprobaba en la Hoja del Lunes, único periódico de ese día. El resto de la semana, Doña Emilia nos reservaba encima de una silla el ABC y, a partir de 1976, también El País. Y el domingo, los suplementos. Era la estanquera, la de los periódicos. Creo recordar que al igual que en la mayoría de los comercios, pagábamos la cuenta mes a mes. Se fiaba sin dejar fianza y sin firmar contratos. Al igual que en la farmacia de Lda. B. Martínez, frente a la carnicería de Pepe. Existía la palabra dada y la confianza otorgada.

Hoy en día, si se cae la red informática o el lector de códigos de barras no reconoce el envoltorio de las galletas, no te lo venden. Hasta ahí llega la tontería.

Pepe siempre estaba en alto y pedíamos de abajo a arriba. Se protegía la retaguardia con unos enormes carteles con los nombres del despiece de la vaca, el cerdo y el conejo. "Acércate a Pepe y que te de unos filetes de punta de tapilla y un kilo de carne picada". En el mostrador, las cabezas de los bichos te observaban sacándote la lengua mientras esperabas sentado en un banco corrido apoyando la espalda en la pared. De cuando en cuando, Pepe, desde detrás de las básculas que colgaban del techo, hacía una broma o un chascarrillo mientras envolvía el hígado en ese papel gris algo recio. El hígado se comía, y los sesos y la lengua. No conocíamos aún a la OMS.

Las manos y los labios sabían a pipas, la ropa olía a parque y una farola era mucho más que una plaza mayor. Alrededor de ella había dos o tres bancos de metal que se iban moviendo buscando el sol por las tardes. Tomás, con su cojera, y Benjamín, al que llamábamos Benya, mantenían todo aquello para que los árboles fuesen a la vez porterías y limitadores del terreno de juego. Hasta defensas de vez en cuando si faltaba alguien. O un mismísimo campo de beisbol. Al bueno de Benya no le gustaban nada las cagadas de Wolf. "Todo es bueno para abonar la hierba menos las cagadas de perro y las de conejo". Dixit. Los jardines se regaban por inundación por, sospecho, simple dejadez.

Nuestro héroe local tenía tres cosas: un peculiar lunar encima del labio, una tienda de bicicletas y un récord en el Tour de Francia que creo que aún perdura. José Luis Viejo le metió casi 23 minutos de ventaja al segundo en una etapa siendo, hasta hoy, el fugado que mayor margen ha logrado con respecto al pelotón. Aquella tarde de julio sonaron fuegos artificiales y su tienda surgió cómo lugar de peregrinación para arreglar frenos y desviadores de piñones.

Fueron miles de horas yendo y viniendo al Liceo en aquel Land Rover que, puntualmente, a las siete y media de cada mañana, lloviese, nevase o amenazase calorina de junio, llegaba al mando de Pablo o de Pedro. Nunca entendimos la lógica que hacía que viniese uno u otro pero lo que sí percibíamos era su empatía y cuidado cómo si fuésemos sus propios hijos. Sabían todos nuestros horarios de entrada y salida, tuviésemos tarde libre, saliésemos una hora más tarde o nos quedásemos a entrenar tras las clases. Con ellos vimos crecer esa horrible Nacional II y saltábamos cuando decidían coger un atajo, más aún si era todo terreno. Pablo el serio, callado y responsable. Pedro el grandón, parlanchín y cantarín.

El relevo lo tomó Hilario y subimos a primera división. Discreto, amable, leal, de modales exquisitos y sospecho que absolutamente guardián de cualquier cosa que escuchara al volante, sólo se venía arriba si perdía su equipo de fútbol, a la sazón el Real Madrid. Forofo hasta los huesos pero del fútbol de verdad. No sé qué pensaría ahora.

Por tener, tenían nombre hasta los coches. El Seat 131 Supermirafiori, que casi acaba hundido en el fango de los lodos del pantano de Entrepeñas y que tuvimos que rescatar con la ayuda de un tractor y unas cadenas, tuvo también su época con Sesma y con Patricio, escuderos que fueron de Hilario y de los que guardo menos recuerdos pero mantengo sus nombres y sus rostros. 

Nombres que no sólo son nombres. Personas que fueron y que están. Hasta el mismísimo macarra que, en aquella atracción de feria, se subía a aporrear un punching de boxeo con el codo, o con el puño, mientras giraba y giraba. La Ola se llamaba la atracción. Él era simplemente el macarra que miraba por encima del hombro y que competía en chulería con su compadre el de los coches de choque que se subía detrás de las guapas agarrado a ese palo del que salían chispas. Y te regañaba si chocabas de frente.

Era otra época de la que algo habría que tratar de recuperar para que "la gente" no sólo sea base de fácil discurso político de algunos en La Sexta.

No íbamos a un peluquero, ni llamábamos a un fontanero o a un carpintero. Íbamos a Alex o llamábamos a Blas Cuenca o a Serrano. La leche la traía Alfonso y Emilia nos guardaba el periódico.

Y Benjamín nos llenaba la cocina de berenjenas y tomates y recolectaba las aceitunas que nos devolvía en garrafas de aceite. Es normal que aún mi padre recuerde cómo lloraba el día que se despidieron cuando los de Gil Stauffer cargaron los capitonés con la mudanza destino a Francia.

E Hilario era todo un señor.

La gente. Las personas y no los datos."












viernes, 25 de marzo de 2022

¿Cómo te llamo?

Fue ella quien me eligió a mi. En cualquier caso, fue fácil pues no había otra persona más a esa hora de la mañana en esa aldea de Somiedo. 

No llevaba ni diez minutos caminando. No la vi llegar a mis espaldas. Tan sólo escuché un ladrido que más tarde entendí que era su saludo de bienvenida. Me rebasó apenas sin mirar, se colocó delante de mi y no tuve ninguna duda de que íbamos a compartir el día, durase lo que durase, fuésemos donde fuésemos. 

No supe cómo llamarla puesto que Canela fue otra inesperada compañera en otro lugar. Mantuvimos siempre un cierto respeto sin que ninguno invadiese el espacio del otro. Nos miramos a los ojos que ella tenía algo ensangrentados. Sería la edad. Era perra y sé que me confesó que nunca quiso ser mascota. Era perra y era libre, por eso pudo venirse conmigo. Era perra y le gustaba seguir siéndolo. 

Siempre tuvo claro el camino que íbamos a seguir y apenas se separó de mi. Me respetó hasta los errores, eso sí, indicándome cómo salir de ellos. En una de las cumbres coincidimos con dos montañeras con las que compartimos un rato y alguna anécdota. Seguíamos la misma ruta e íbamos a la misma cima. Pero no las siguió a ellas. Ella me había elegido a mi y ella siguió conmigo. Y así hicimos todas las cumbres del día. 

A nuestro regreso, a unos doscientos metros de la aldea, echó a correr sin avisar y la perdí de vista. 

”Ha vuelto a casa. Misión cumplida. Siempre la recordaré”

Supuse que habría regresado con los suyos que, seguro, no la echaron de menos en toda la jornada. 

Pero no: me esperó en la primera casa, me vio llegar y arrancó a correr hacia mi como el que espera a un familiar que regresa de un largo viaje. 

Sonreí y la pude acariciar por primera vez. 

Nunca pidió nada. 

#SacaLaFelicidadAPasear⁣⁣⁣







sábado, 5 de febrero de 2022

Conversaciones


Si percibía que iba bien, se situaba delante para marcar un ritmo constante. Si flojeaba, se ponía detrás para que fuese ella la que eligiese el paso adecuado. En ambos casos, se hablaban sin poder verse las caras. No hacía falta porque no estaban en terreno hostil ni incómodo. 

”¿Vas bien?”

”Sí, sí. Pero tira tú si quieres que yo voy a mi ritmo”

Ni caso y continuaban juntos. 

El silencio formaba parte de la constante conversación. Largos silencios que también tienen sujeto, verbo y predicado e, incluso, construcciones más complejas. A él le gustaba romperlo sin avisar. 

”¿Tú sabes que te quiero mucho, no?”

A veces se detenía, se giraba y la miraba para anunciarlo jugando a cierta solemnidad. Otras lo hacia sin dejar de caminar como el que pregunta si aún queda agua en la mochila. Esto a ella le llenaba el alma. 

Y pasaban a otro tema o a otro silencio. 

#SacaLaFelicidadAPasear⁣⁣⁣⁣

⁣⁣⁣⁣

viernes, 31 de diciembre de 2021

Qué suerte la nuestra

Fue un día de noviembre de este 2021, que esperábamos mejor, ya terminando. Llegó después diciembre y lo empeoró. Amanecí con dudas, algo de pereza y una patada al edredón. Al primer paso le sigue otro y, aunque estaba solo, conduje una hora y media para después enfilar una larga pero constante subida. A veces lo solemos llamar patear.

Esa noche nevó, hacía frío y alguien había abierto ya una huella. En cierto modo, y pese a ser de un desconocido, seguirla da siempre algo de confianza porque el pasado siempre enseña.

Subiendo se piensa, generalmente, bien. También se mira con ojos de querer compartir y uno suele sorprenderse hablando con alguien que está lejos de allí. No es extraño recibir respuestas que alientan.

A media mañana, con un sol que no nos iba a calentar, nos juntamos cinco desconocidos en la cumbre. Seguramente, si coincidiésemos de nuevo, no nos volveríamos a reconocer. El de azul giró sobre si mismo, miró lejos y habló claro: 

"Qué bonito está todo. Qué suerte tenemos de estar aquí, ahora". 

Lo escuchamos en silencio. 

Vuelvo a hacerlo ahora según escribo. No fue un comentario más. De alguna manera, todos asentimos y agradecimos que pusiera letra a esa canción. Fue lo más real y sincero que he escuchado entre la niebla de la pandemia.

Detrás de la ventana espera un nuevo año para el que seguro que ya has recibido muchos deseos de felicidad, amor, trabajo y salud. Yo, además, voy a aprovechar para animarte a dar esa patada al edredón y recibir preparado al día de mañana.

2022: aquí nos tienes a todos. Estamos listos y nos necesitamos. Es aquí y es ahora.


#SacaLaFelicidadAPasear







martes, 19 de octubre de 2021

¿Cómo llevarle la contraria?

La bajada había sido larga. Estuve un buen rato sopesando el parar o no para liberarme de la pequeña piedra que, intuía, me estaba abrasando el dedo meñique del pie izquierdo. Sin embargo, sólo pensar en quitarme la mochila y desatar las botas me mantuvo firme caminando ladera abajo soportando esa fina pero aguda molestia. De vez en cuando, trataba inútilmente de mover el pie o dar pequeños golpes con el lateral de la bota sin conseguir resultado alguno. En un momento dado, me dije a mí mismo que no había otra opción que aguantar hasta llegar al final y que me fuese olvidando de las molestias  

No me había fijado en él sentado sobre un viejo tronco al borde de la carretera.

Sí que saludé a todos los que subían a deshoras. Algunos incluso preguntaban cuánto quedaba hasta el refugio con un sorprendente entusiasmo que me producía cierta sorpresa mezclada con incredulidad.

"¿Dónde irán a estas horas y con niños tan pequeños?"

Me debía de haber estado siguiendo con la mirada desde hacía un rato. La bajada era limpia y permitía observar todo el recorrido. Parecía bien equipado.

- "Quelle chance vous avez de pouvoir marcher comme ça. Profitez-en!" ( Qué suerte tiene de poder caminar así. ¡Aprovéchelo! )

Es lo primero que me dijo. Mantuvo una mirada limpia a la que que yo contesté con una leve sonrisa.

- "¡Merci Monsieur!. Desde luego. Hay que aprovechar mientras se pueda."

El idioma francés, con sus formas de respeto, sigue manteniendo una corrección entre desconocidos que provoca una mayor cercanía que la que se pretende con el falso e inmediato tuteo. Se notaba que tenía ganas de compartir algún rato de conversación. Desconocía qué hacía allí solo ni cuánto tiempo llevaba mirando a la montaña.

Hacía un día azul. Ni una nube. Durante toda mi bajada sólo escuché los cencerros de algunos caballos pastando y las hélices del helicóptero de rescate de la Gendarmerie. Alguien habría tenido problemas en el Midi d´Ossau, majestuosa mole que destaca en todo el valle.

- "Venía mucho a esta montaña. Nos gustaba mucho subir por ese lado de la ladera para después bajar al otro lado del valle y llegar a los lagos de Bious Artigues y de Ayous. Ahora ya no puedo pero me suben hasta aquí para que pueda verlos a ustedes. Le llevo siguiendo desde que apareció por allí arriba - me dijo señalando a lo lejos - y tiene mucha suerte de poder caminar así. Aproveche, no deje de hacerlo"

Ahora sí que me quité la mochila y me acomodé cerca de él. Le describí lo que había hecho durante el día y él disfrutaba contándome anécdotas. Parecía recorrer el terreno buscando en sus recuerdos y se le iluminaban los ojos cuando le describía lo que, sin duda alguna, conocía mejor que yo.

- ¿Sabe Ud? Yo ya tengo noventa y dos años y no podría hacer esos esfuerzos. ¿A qué no lo parece? Estoy muy bien pero ya no podré volver allí arriba"

Tenía un aspecto envidiable y aparentaba veinte años menos. Se levantó e hizo flexiones con las piernas para demostrármelo entre risas.

- "Soy de Pau, a una hora de aquí. Allí es todo plano. Y sigo caminando mis cinco kilómetros diarios"

- "Tiene Ud. suerte. Pau es una ciudad magnífica. Seguro que camina Ud. a lo largo del río"

- "Lo hago a diario, cinco kilómetros", insistió.

- "No deje de hacerlo mientras pueda", le respondí.

- "Me gusta venir aquí. Ya sólo miro y también respiro. Me gusta la montaña cuando hace algo de frío: tiene un olor que atrapa."

Me explicó que uno de sus nietos le hacía de chófer. Aun así, me confesó que sube menos de lo que le gustaría pero que trataría de seguir manteniendo este hábito.

A lo lejos vio venir un coche naranja. Ya volvían puntualmente a recogerle.

Se levantó, se acercó a mi y me cogió del brazo.

- "Muchas gracias por este rato. Ha sido Ud. muy agradable. Recuerde lo que le ha dicho este viejo de noventa y dos años: aproveche y no deje de hacerlo. Tiene Ud. mucha suerte de poder caminar así"

Observé con qué cariño le saludó su nieto, cómo se instaló en el asiento del copiloto e imaginé su conversación de bajada hacia Pau.

Me dirigí a mi coche sin perder de vista el suyo. Ya no me molestaba la piedra en la bota.

¿Quién le va a llevar ahora la contraria?


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jueves, 10 de junio de 2021

Tarde de música en un callejón

Era una tarde de junio y el calor no perdonaba creando esa situación en la que todo molesta. El calor y yo siempre nos hemos llevado regular tirando a mal y tenemos nuestra particular pelea. ⁣
Llevaba un rato sonando la música pero tardé un rato en percibirla y aún un poco más en sentirme atrapado por ella. Él tocaba la guitarra y ambos cantaban. Eran dos voces claras, limpias, redondas y potentes. Llegaban al alma como pocas cosas son capaces de hacerlo. Combinaban versiones con temas propios. A veces se corregían, ”sobra una nota. Volvemos a empezar”. Seguían cantando y, sobre todo, disfrutaban desde el anonimato de una ventana abierta a un tórrido calor de junio. ⁣
Decidí abrir mi ventana y apostarme en ella. Abandoné todo lo que estaba haciendo para escucharlos sin que ellos ni siquiera sospecharan que tenían a alguien haciéndolo. Cantaban para ellos pero creo que éramos muchos los que los disfrutábamos. Yo, sin ver a nadie más, intuía que éramos muchos entregados a sus voces que llenaban el estrecho y vacío callejón. ⁣
Sentí la necesidad de agradecérselo y decidí escribirles una nota manuscrita que les dejaría por debajo de su puerta. Ya había localizado donde vivían y merecían un aplauso. Ser capaz de tocar así la guitarra será siempre mi asignatura pendiente. ⁣
Mientras la escribía escuché un portazo que los delataba: salían de su casa. ⁣
No tardé ni tres minutos en llegar a su puerta. Para mi enorme sorpresa alguien había tenido la misma idea que yo y ya les había dejado una nota pegada a su entrada. Sonreí e introduje la mía por debajo de la puerta. Un simple papel escrito a mano con mi rotulador Edding 1200 azul. ⁣
Marché a la calle y me los crucé en el portal. No había duda de que eran ellos. Volvían felices con un par de botellas de agua y algo de comida. Nos saludamos pero sólo yo sabía que en unos minutos iban a comprobar, a través de esas notas manuscritas, que nos habían hecho disfrutar con sus voces, su guitarra y su complicidad. ⁣


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