jueves, 30 de abril de 2020

Barry

Sólo se cumplen 80 años una vez en la vida.

Alguno podrá decir que también 11, y 19, y 32, y 43, y 57, y 71.

Pero que un padre cumpla 80, y en plena forma, sigue siendo una sola vez en la vida. Y, esta vez, celebrándolo de otra manera, muy distinta y alejada de la prevista, con un invitado indiscreto, inesperado y no deseado, pero celebrándolo. Jamás hubiésemos imaginado al bichito este. Si supieses la manía que le tengo.

Por los motivos que fueren, en nuestra casa casi todos tenemos un mote. No creo que ninguno de ellos responda a nada concreto y sobre todos ellos hay leyendas que pretenden justificarlos. A él, desde siempre le tocó ser Barry y lo pasea con orgullo. ¿De dónde salió? Qui le sait...

Tras tantos años juntos, todos los míos más exactamente, podría escribir líneas interminables llenas de anécdotas inolvidables. Pero también se puede ser breve y, simplemente, dar las gracias por darme todo lo que me ha permitido llegar hasta aquí. Yo estoy orgulloso y creo que tú también.

Hoy tendremos que celebrarlo Zoom mediante y aplazamos lo que, con tanta ilusión, tenías previsto. Esperemos que pronto nos quiten los cerrojos y podamos poner rumbo a Zokoa que hace meses que no vas. Estuve la víspera del encierro rescatando a Blanca, que volvía de París, y hay pequeños cambios, todos a mejor pero Vival sigue cerrado.

Hace unos años, cuando recorrí a pie los casi mil kilómetros de la costa norte desde Saint Jean de Luz, partiendo del petit coin, recuerdo haber escrito lo que te pongo a continuación. Traté de mirarlo todo con tus ojos de aquella época.

Tal vez fue aquel bote en la ría de Zumaia el origen de muchas otras cosas.

Felicidades, Barry. Joyeux anniversaire. Zorionak.





Volver es bueno. Volver andando es mejor ( publicado el 29/08/2016 )


Mi padre y yo fuimos a por él a San Sebastián. El bote de remos se quedaba cada noche amarrado en una boya en mitad de la ría. Cada verano, a finales de junio, elegíamos una piedra grande, metros de cabo y la boya y, solemnemente, con la pleamar, reservábamos un lugar en la ría que solía ser enfrente de casa. No había que pedir permiso. Para ir y venir hasta él o bien utilizábamos un piraucho hinchable que botábamos cada mañana en las escaleras que dan acceso a la ría o bien llegábamos hasta él nadando. Aún recuerdo el espeso verdín que cubría los escalones de la ría y que sólo era visible en marea baja. Seguro que en el país de las prohibiciones en el que vivimos,, a mis padres les caían hoy en día un mínimo de seis años y un día por maltrato infantil, abandono de la prole, explotación de menores y economía sumergida. Y yo lo que simplemente hacía, con diez años escasos, era cruzar remando la ría haciendo llegar en mi bote, hasta la playa de Santiago, a veraneantes amigos que "tomaba prestados" a los Manterola, pasantes oficiales de la ría de Zumaia. Así gané mis primeras perras.

Son los veranos de tres meses que recordé entre Zarautz y Zumaia, Getaria incluida, la mañana dónde ya desaparecieron los insoportables cuarenta grados con los que caminamos la víspera entre San Sebastián y Zarautz. La playa de Zarautz puede ser enorme o no dependiendo de la marea. Pero su malecón, vigilado desde lo lejos por el ratón de Getaria, aún recuerda a las tardes de paseo y de chocolate con churros. La visita a la abuela. Y a Rosario. Y a los veranos de juventud de mi padre que sólo conozco de oídas: la calle Mayor 11, el quiosco de la música, la medusa gigante que enganchó nadando a espalda y que debió ser el acontecimiento de ese verano, las chocolatadas en el monte y el puro. ¡Ay el puro!

Salí a oscuras de Zarautz cuando ya había pescadores aficionados en el recorrido costero que lleva a Getaria. Compartían escenario con algunos corredores, ahora runners, y matrimonios silenciosos que caminan casi al trote. Por motivos obvios, no pude dejar de acordarme de los Martínez de Albornoz al pasar por el puerto. Llegué a Getaria amaneciendo pero con una panadería ya abierta y con los camiones de reparto recorriendo sus callejuelas. En el cruce principal, un grupo de españolas dudaban a esas horas entre abandonar o seguir debido a unas ampollas en los pies de una de ellas. Cruce de sonrisas y qué tengáis un buen día. 

Subiendo y bajando un terreno ondulado llegué a Zumaia, cayendo ladera abajo directamente hacia la playa de Santiago y a la casa museo de Zuloaga. En ese momento, recordé cómo volvíamos todos los hermanos a mediodía nadando por la ría aprovechando el flujo de la marea. La playa estaba vacía aún pero pudo escuchar las voces que venían de nuestra zona, pegados a la escollera. Porque esos meses de verano daban derecho a tener un sitio reservado en la playa.

Seguí acercándome al pueblo bordeando lo que ahora es un flamante puerto deportivo y dónde permanece el astillero Balenciaga. La marea estaba baja y pude ver de nuevo el fango dónde buscábamos el cebo, lombrices, que utilizábamos para pescar. Y todas las rocas que recorríamos con nuestros quisquilleros y reteles en busca de cangrejos y quisquillas. Sin olvidar nunca a las obeki. Mira que eran feas pero qué buen papel hacían.

Los días en verano eran más largos que ahora. Sí, también antes nevaba más, hacía más frío y en invierno llovía. Y también, insisto, los días y los veranos eran más largos. Había playa de mañana, Santiago, y playa de tarde, Itzurun. Y después más. Alguna de esas tardes de julio remontábamos solos la ría, a remo, cuatro aprendices de grumete, hasta Bedua, entonces caserío para tortilla y pimientos, y hoy restaurante de renombre. Allí nos esperaba mi madre. Qué levante el dedo quién hoy en día dejaría a cuatro de sus hijos embarcarse en solitario, con un capitán de menos de doce años, remar hasta Bedua por mucha tortilla y pimientos que sigan dando. Salvo que te toque en suerte el juez Calatayud, alguna Asociación de Defensa del Menor y la Fiscalía de Menores reclamarían cárcel y aislamiento por lo menos.

Crucé el puente que da acceso al casco viejo y, sin quererlo ni pensarlo, empecé a canturrear frases sueltas, inconexas, pero con el sentido que tienen los recuerdos de infancia: "E una bolsa de kikos e una pasta". 

Subiendo hacia Arritokieta busqué una frutería. Era una excusa perfecta para hablar un rato con alguien y escuchar nuevamente la musicalidad de su acento vasco. Mientras pedía algún melocotón, algún plátano, un par de tomates y media barra de pan, volví a tener 12 años y volví a ver a la casera que llegaba de buena mañana con sus lecheras, con la leche sin pasteurizar y con cuya nata desayunábamos unas tostadas que nunca jamás volveremos ni a imaginar.

Itzurun, las tardes noches de frontón, las olas en el morro, el estanco de Ismael, el cementerio, la motora. La casa primera, la segunda, la tercera. La casa de los Azkue, la de los Garbayo, la de los del Guayo, la de los Gutierrez y la de los Otaño. La Telmo Deun. El txampero y la aspirina. Los trajes de baño verdes, seis iguales.

Olvidaremos cosas de de juventud pero nunca las de la infancia. Eso lo explica todo. O casi todo.





domingo, 26 de abril de 2020

Bajar para llegar

La desescalada, palabra que nos acompañará durante una temporada hasta que alguien imponga la siguiente, tiene varias fases. Al principio se toma con fuerza e ilusión: hemos hecho cima y, normalmente, no hay que volver a esforzarse en subir. Erróneamente puede creerse que ya se hizo todo el esfuerzo olvidando que la bajada puede ser larga, tediosa, aburrida y, si uno se relaja, hasta peligrosa. Muchos de los rescates son en los descensos y a destiempo.

Sin embargo, solemos saber dónde vamos porque alguien sigue llevando el mando, fijando pautas y marcando ritmos. Confianza y experiencia. Sabemos que al final del camino beberemos una cerveza compartida, miraremos de nuevo hacia arriba y estaremos orgullosos del esfuerzo y de todo lo descubierto.

También nos detendremos de vez en cuando; a veces incluso almorzaremos o nos bañaremos en una poza aunque eso signifique descalzarnos. Nos cruzaremos con algunos que habrán decidido subir a deshoras levantando nuestras dudas por incumplir lo recomendado.

"-¿Dónde irán a estas horas y así equipados?"

El calor, ya de por si incomodo compañero, podrá convertirse en muy incómodo. Incomodísimo. Volveremos a pasar por los mismos lugares pero los miraremos diferente. Es igual pero no es lo mismo.

"-¿Por aquí hemos pasado? ¿Todo esto hemos subido?"

En muchas ocasiones, como en la propia vida, no somos conscientes del camino recorrido ni del esfuerzo invertido.

A ratos charlaremos. Asuntos que van y vienen. Preguntas para provocar sonrisas. Sugerencias para el futuro. Complicidades evidentes que sólo requieren de una mirada o declaraciones que sólo se hacen tumbados.

"-¿Qué tal vas?"

Primero no pensaremos en el final, luego lo intuiremos, nos parecerá verlo entre los árboles y, finalmente, aparecerá ante nuestros ojos aún a mucha distancia aunque ya escuchemos el juego infinito del agua en el río. Lo cruzaremos.

Hay bajadas que se hacen largas y penosas. Sabemos dónde vamos y eso nos impide disfrutar. Tan sólo devoramos kilómetros en mucho silencio. Avanzar para llegar. Algunos acelerarán por inercia, los perderemos de vista hasta que decidan detenerse para reagruparse. Seguiremos bajando. Seguiremos pensando. Miraremos mucho menos que al ascender.

En la llegada todo se acabará y nos quitaremos el peso, a veces con mucho brío pero tratando de mantener un orden. Habremos terminado. Estaremos donde al principio pero más felices, orgullosos de nosotros y de los que lo habrán compartido.

Sentados y descalzos, disfrutaremos. No hay un atardecer igual.



Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa.




miércoles, 22 de abril de 2020

Subiendo

Teníamos por delante una continua subida que solo nos permitía hacernos una idea de lo que nos faltaba hasta poder cambiar de trayectoria. Aún no veíamos la cima. En esos momentos cada cual tira de recursos internos, se los aplica y, chino chino, vamos tirando. ¿En qué iremos pensando?

No creo habérselo preguntado nunca a nadie porque son, probablemente, de los momentos de mayor introspección en los que uno pueda encontrarse. Vamos solos y cargados de nuestra propia vida. De frases, de vivencias, de imágenes, de recuerdos, de deseos y también de algún problema.

Mientras, entre la belleza y el silencio, se busca una referencia y se trasforma en reto. Se alcanza y surge otra. Y así, una detrás de otra, vamos llegando.

Entonces, alcanzada la cima, surge el somos y todo se comparte para después quedarse.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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martes, 21 de abril de 2020

Celebraciones

¿Por qué hay que celebrar especialmente los múltiplos de cinco?

¿Por qué cinco, diez, veinte, veinticinco, cincuenta?

Aunque nos acabó lloviendo y eso, en el fondo, gusta, no creo que hubiese mejor manera de celebrar el vigésimo sexto aniversario de nuestra licenciatura que bajando de Ordesa y bailando sobre un tronco.

En realidad, lo de aniversario era una excusa porque ya habíamos celebrado, también en el monte, el vigésimo quinto. Volvimos a juntarnos porque es lo que desde hace mucho tiempo llevábamos repitiendo aunque cada vez con menor frecuencia.

Organizar para otros es de lo que mayores satisfacciones personales genera. Quizás por eso, de forma natural, me he dedicado a ello de forma personal y profesional desde muy joven.

"- Hay que repetir esto, Koldo.Ve buscando sitio"

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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domingo, 19 de abril de 2020

Bébela con sed

Incorporándome a una de las fases del ciclo del agua.

Nunca me había parado a pensar en ello. Fue uno de mis jefes - he tenido varios, algunos muy buenos jefes y mejores personas - quién me hizo comprender que siempre hay la misma aunque mal distribuida.

Dicen que es incolora, que no tiene olor ni sabor. Pero deben referirse a la del grifo o a la embotellada. Mira cómo cae, respira a su lado, bébela con sed.

Años filtrándose para volver a aparecer y resurgir con brío donde le haya llevado la roca.

Nos mojamos la cara y la escuchamos pasar un buen rato. Descubrimos que también sonaba con ritmo mientras incorporamos nuestra propia letra de la canción. Supimos encajar.

Seguramente sonreía y nos animaba a seguir.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.


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jueves, 16 de abril de 2020

Iñaki Ochoa de Olza

En esta serie de pequeños relatos diarios en época de pandemia, el hilo conductor es la felicidad. La idea me vino, entre otras cosas, tras un mensaje de mi padre cuando le mandé una foto de la que, con el tiempo, ha sido mi última salida al monte.

"Es la imagen de la felicidad", me contestó.

Era una foto espontánea, nada posada, en el entorno y con la gente adecuados.

Qué bueno es reconocer la felicidad en los demás. No confundirla con el interés, el afán de poseer, la lucha por el poder o la riqueza, la notoriedad, el protagonismo desmedido.

Iñaki Ochoa de Olza fue un montañero, alpinista e himalayista navarro que falleció cuando intentaba ascender el Annapurna. Fue protagonista de uno de los rescates (fallido) más heroicos que se recuerdan.

Pasado un tiempo de su muerte, su madre, Pilar Seguín, declaró:

"Los padres lo que queremos es que nuestros hijos sean felices, no abogados".

Toda una declaración.

Ese día no pudimos llegar a la cima. Muchas veces hay que saber decir no para regresar a gusto. Almorzamos en la orilla del ibon. Solos. Dormimos un rato con la tranquilidad que dan los lugares donde no puede llegar todo aquello de lo que nos apartamos.

Al despertar comprobamos que todo seguía igual. No había sido un sueño. Seguíamos bajo el mismo cielo.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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miércoles, 15 de abril de 2020

El consejo del rebeco

"Venid, seguidme y quedaos que lo que veo llegar os encerrará una temporada"

No entendimos los consejos del rebeco.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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Operación Garmo Negro

Aquella vez le pusimos nombre y fue nuestra particular versión del "Salvar al soldado Ryan".

La operación Garmo Negro que, más tarde y por otros motivos, se complicó en la bajada, permitió recolocar piezas que andaban algo revueltas.

Bien es verdad que fue completa cuando, después de cenar, apoyados en un tonel, hicimos balance de todo.

Desde aquella vez, si la situación lo aconseja, montamos operaciones Garmo Negro para celebrar la amistad.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.


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lunes, 13 de abril de 2020

Zabardast

En urdu se dice zabardast.

Cuando se alcanza la cima, sea la que sea, conviene disfrutarlo, mirar bien lo recorrido y preparar la bajada. También comer algo.

No hemos terminado y hay que saber regresar.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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domingo, 12 de abril de 2020

Las calles de tu ciudad

Suelen ser en domingo. Temprano para que protesten los menos. Sí, los hay a los que les molesta que, de vez en cuando, haya personas corriendo por las calles en lugar de coches yendo de compras.

Tras el barullo y los cánticos de la salida, cada uno entra en su silencio. Sólo se escuchan pisadas y respiraciones que se aceleran. Algunos escupen. Otros tosen nerviosos. Cada uno traza su estrategia para recorrer calles silenciosas mientras los semáforos siguen, sin sentido alguno, sus ciclos que nadie respeta.

A pesar del asfalto, los edificios y las curvas en ángulo recto, recorrer así tu ciudad tiene su parte de belleza. Es ella la que te homenajea. El Pilar y su plaza emocionan mientras corres entre ellos.

Nunca he sido de competir contra el cronómetro ni contra nadie en estas pruebas. Tan sólo correr por sentir.

"Lo importante es participar", decía aquella campaña. "Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo", afirmaba Coubertin.

Quedaban pocos kilómetros y me dolía todo. Pensaba en detenerme junto al Ebro cuando escuché una voz, mi nombre y una sonrisa conocida. Una palmada, "¡venga, va!" de Jordi Dalmau y a correr otra vez.

La segunda ayuda fue anónima. Se colocó junto a mi una mujer de la que sólo recuerdo que llevaba un pañuelo en forma de cinta en la frente. Y una voz suave.

"¿Llegamos juntos?"

Y tanto que lo hicimos. Sonriendo y abrazándonos.

"Muchas gracias"

Y desaparecimos para siempre. O hasta ahora.


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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sábado, 11 de abril de 2020

Semana Santa en los Alpes

Por los motivos que fueren, no recuerdo tener constancia de la Semana Santa hasta que, por motivos profesionales, residí en Sevilla tres años y descubrí, con sorpresa, el mundo de las procesiones y su importancia cultural en algunos entornos. Hasta entonces, para mi la Semana Santa era el casi final de la temporada de esquí y los últimos cursillos y viajes de ese año. Podían ser una o dos semanas, generalmente en los Alpes franceses, ya que también entraba en juego la Semana de Pascua de los catalanes si no recuerdo mal.

Hasta ese descubrimiento sevillano, y dejando aparte las semanas de esquí, la Semana Santa eran fundamentalmente dos semanas de vacaciones en el colegio, final del segundo trimestre y ciertos cambios alimenticios: de repente no se comía carne.

Solíamos viajar un par de días antes de las llegadas de los grupos para preparar el desembarco de los miles de esquiadores que, en esa época, salían a esquiar a los Alpes franceses desde España. Se organizaban cientos de viajes desde clubes, asociaciones, universidades, agencias, grupos de amigos etc. Un verdadero micro mundo que generaba una importante actividad económica y cuyo éxito asegurábamos, mayoritariamente, veinteañeros con bastante iniciativa, mucho entusiasmo y poco miedo.

Lo que denominábamos una "entrada" de Semana Santa en una de las principales estaciones francesas ( Valthorens, Tignes, Avoriaz, Les Arcs etc ) era una verdadera operación logística en la que tres o cuatro guías, al mando de un jefe de estación, todos amigos y mucho más, asegurábamos que, en una tarde, tres mil esquiadores acabasen durmiendo en sus apartamentos, con sus fianzas entregadas, sus forfaits en un sobre, sus sábanas listas y sus clases organizadas para el día siguiente a las 10 de la mañana. Toda esta operación, así contada, parece fácil. Pero a veces el ingenio, el temple, la sangre fría, la experiencia y hasta la mismísima Gendarmerie eran necesarios.

Formábamos lo que se llamaba la Escuela Independiente de Esquí y trabajábamos para el Club Independiente de Esquí. Todo muy independiente. Éramos unos avanzados. Tan avanzados que nuestro principal soporte era Ski, Golf &Aventura, otros rompedores de la época visto treinta años después.

Antes de salir para Valthorens, Txavi y yo recogimos toda la documentación en las oficinas centrales del tour operador. Lo habitual era salir sin todo completo y ese viaje no fue la excepción. Nos quedaban doce horas de viaje en el Volkswagen Golf GTI que nos prestó Dña. Marisa. Ese trayecto de más de mil kilómetros, sin GPS, era todo un recorrido cultural alrededor de diferentes Áreas de Servicio: el 103, el Cisne, el área de Pina, La Porta Catalana y la tan recordada de Bourg de Péage. Qué buen bocadillo me tomé allí con nuestro añorado Íñigo. Ésta solía ser la última oportunidad de abastecerse de algo. Desde allí hasta arriba del tirón.

Tanto a la ida como a la vuelta, las áreas de servicio eran auténticos santuarios, puntos de encuentro de decenas de autobuses simultáneamente. A un lado de la barra, los conductores que comían mejor y gratis. A otro lado, los viajeros que pedían cafés y bocadillos. Y fuera, en el suelo sentados, el resto, la mayoría, con lo que traían desde casa. Entre medias quedaban clientes esporádicos, a los que la escena pillaba desprevenidos, y que miraban casi asustados desde alguna mesa apartada.

Con grandes dificultades, y relevándonos cada cincuenta kilómetros, conseguimos llegar a Valthorens, 2300 metros de altura, a las 4 de la mañana. Condujimos toda la noche. Tal y cómo preveíamos, nadie de nuestra organización había previsto nuestra llegada y nuestra aparición por las diferentes recepciones ( Pierre Vacances, Maeva etc ) era contemplada casi como una broma pesada. Ante la perspectiva de pasar unas cuantas horas en el coche, a 15 bajo cero, nos arriesgamos a tocar la campana de lo que hoy sería un Rústico Hotel con Encanto. Recuerdo su fachada alpina con sus plantas colgando de los balcones. Tranquilidad y silencio. Confiábamos, ingenua y desesperadamente, que aquella luz que veíamos fuese la de un recepcionista entregado a la lectura. Una vez me contaron que aún se recuerdan entre los más lugareños los alaridos de Monsieur le Patron surgiendo de entre unas bonitas flores rojas... .

Lo previsto se cumplió. Noche acucurrucados en el Golf GTI de Dña. Marisa, sin encender la calefacción, entre vaho y maldiciones. No hubo un bonito amanecer.

La jornada iba a ser larga. Organizar el desembarco de tres mil tipos que llegan de vacaciones tras más de quince horas de viaje exige y aconseja que los errores sean mínimos. Este tipo de cliente toleraba pocas bromas. Organizar apartamentos, distribuir sábanas, clasificar llaves, poner fotos en forfaits, preparar sobres para las fianzas de veinticinco mil de las entonces pesetas..... todo ello en pocas horas, recorriendo estación arriba, estación abajo, sin dormir, sin comer ..... y sin móvil, no era evidente. Y faltaba lo mejor: que no casasen los listados, que faltasen apartamentos o que la Madame de una inmobiliaria exigiese algún pago que no había llegado a tiempo. Todo ello en pocas horas y con los autobuses, aviones y coches avanzando cómo búfalos en la polvareda.

Pero que nadie se asuste. Todo lo solucionábamos. Para eso nos mandaban allí. Para eso íbamos.

Tras horas de controlado estrés, con una colaboración extrema, el goteo de clientes iba desacelerándose hasta de repente parar. Nos tocaba el gordo si coincidía que ya no quedasen llaves que entregar al tachar el último cliente de la lista. O eso creíamos. Porque entonces podía empezar otra batalla.

Desde una de las oficinas de apartamentos de la calle principal de Valthorens salí a tomar el aire. Nada más abrir la puerta, percibí cierto tumulto que capitaneaba un pequeño grupo. Venían directos y chillaban mi nombre:

"¿Dónde está ese Koldo?"

Horreur. Se venía el lío. El remate.

Se trataba de un numeroso grupo de clientes de una agencia de León que habían tomado el mando rebajando al guía del grupo. Creo que éste incluso lo agradeció. Por lo que fuere, sus expectativas no coincidían con lo encontrado. Eso solía ser habitual en todo este proceso: apartamentos más pequeños, menos intimidad, no hay lavadora, las camas son de matrimonio, está lejos del remonte.... Pero su agresividad era diferente. Eran mineros que, semanas antes habían tenido fuertes conflictos por la reconversión de su sector e incluso habían caminado hasta La Moncloa desde el Bierzo. Entendidos, en una palabra.

La revuelta, justificada, ruidosa y con bastones incluidos, estaba motivada por el estado lamentable de algunos de los apartamentos que uno de los proveedores había vendido al tour operador. Calmados los ánimos y revisado el problema, en un auténtico alarde de truco de magia, conseguimos recolocarlos asumiendo nosotros mismos el traslado de equipajes y sábanas. A mano, por supuesto. Y sin móvil, recordad. Ni tabletas ni un jefe al que recurrir.

Al cabo de unos días cenábamos todos juntos.

Eramos muy jóvenes, casi todos universitarios, vestíamos casi siempre uniformes rojos, nos gustaba mucho lo que hacíamos, nos pagaban bien porque trabajábamos muy bien, los clientes nos solían apreciar tanto que algunos se convirtieron en amigos e incluso parejas de algunos de nosotros, hasta padres o madres de sus hijos.

Una vez, después de unos años, una pareja me paró en los pasillos de un Cortefiel.

"¡Koldo!"

"¡Hombre! ¡Qué alegría, los del episodio de Avoriaz!.  ¡De vaya lío os saqué! ¿Qué hacéis aquí y juntos?"

"¿Recuerdas que ni nos conocíamos? ¡"Pues después de aquello nos casamos!"

Hace unos años conseguí reunir a muchos de los que formamos aquel grupo. Nos hizo ilusión. No había pasado el tiempo.


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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viernes, 10 de abril de 2020

Para salir de la niebla

Hoy llueve.

Aquel día también llovía pero bastó cambiar de valle para, una vez fuera de la niebla, comprobar que era, pese a densa, pasajera y superable.

Teníamos ventaja. Contábamos con alguien que domina su trabajo, que entiende de riesgos, que aporta soluciones, que sabe lo que pisa.

Pero sobre todo con alguien que se preocupa por el grupo, que transmite total confianza y que entiende de empatía. Alguien que jamás te meterá en un lío e intentará salvarse él y su perro.

Se puede salir de una densa niebla y volver a la belleza. Pero antes y mejor en buenas manos y mejor cabeza.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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jueves, 9 de abril de 2020

Las madres / La gente.2


Voy a recuperar un viejo artículo de 2016.

Todo este sinsentido que estamos viviendo desde hace un mes y que, de ninguna manera, nos hubiésemos imaginado el 31 de diciembre, cuando nos deseábamos lo mejor para 2020, espero que nos esté acercando a lo que tenemos más próximo y vemos tan lejos. Las personas o, lo que tanto llaman, la gente.

De las cosas que más agradezco en mi vida es haber vivido mi infancia en un pueblo y haber recibido una educación francesa. En aquella época formadora de todo lo que somos más tarde, las madres estuvieron al mando de las tropas infantiles y eran las que más horas pasaban con nosotros. No lo veo como crítica hacia el papel de nuestros padres. Era otra época que no se debería juzgar con valores de ahora. Ellos también tenían lo suyo para sacarnos adelante.

El poder jugar en la calle, ir en bicicleta sin semáforos ni pasos de peatones, desaparecer sin pedir permiso, fabricarnos arcos y usarlos contra nosotros mismos, correr, evitar la mordedura de un perro... todo ello era posible mientras nuestras madres estaban al sol, juntando un par de bancos, haciendo chaquetas de punto, cosiendo coderas, a sus cosas y sin meterse en las nuestras. Eso creíamos y pienso que era así.

Ni nos hiperprotegían ni necesitaban sesudas normas ministeriales - Europa era aún una entelequia y Bruselas algo que estaba muy lejos - que dijesen qué comer, a qué jugar, cómo vestirnos o a quién acercarnos. Lo tenían todo bastante claro y sabían a qué hora había que comer. Les bastaba con salir a la puerta y pegar un grito para tenernos a todos sentados en la mesa.

Nunca nos habría podido pasar nada. Y si nos hubiera pasado, todos teníamos un nombre, éramos hijos de alguien y vivíamos en algún sitio. Alguien nos hubiese ayudado o dado un merecido bofetón. Al mismo tiempo, podíamos saludar por su nombre al que nos cruzábamos, al de la tienda dónde entrábamos e, incluso, al que no conocíamos de nada.

Eran, son, la generación de padres y madres que ahora se están marchando solos y que algunos quieren usar cómo moneda de cambio para la salvación de una economía que fueron ellos quiénes echaron a andar y que nos ofrecieron cómo regalo. A ver qué dejamos nosotros.

No todos crecemos igual. A mi, gracias a lo que nos dieron los míos, me gusta que las personas tengan nombre y no cargo, me gustan las cosas con nombre de persona y lo que más recuerdo son los lugares con nombre. Valoro lo auténtico y lo cercano aunque esté en la lejanía.

Yo, por suerte y convicción, también pude elegir un pueblo para mis hijos y una educación francesa. Espero también haber acertado.

Ahora estamos encerrados y, además de lugares y momentos, recordamos a personas. A ver si cuando salgamos seguimos llamándolas por su nombre.




LA GENTE ( publicado el 10/10/2016 )

He vuelto a pasar por delante decenas de veces y, pese a lo feo y alejado de mi ideal de vida, siempre me debato entre entrar o no. Rara vez lo he hecho. Creo que sólo dos. Lo evita el chocarme de frente con los recuerdos que no han podido ser aniquilados por el paso del tiempo. Dónde había vida en la calle ahora supongo que habrá simple supervivencia. Dónde había personas con nombre, rostro y una historia ahora habrá números, registros y, seguramente, franquicias, anonimato y ruido en el silencio. Habrá datos, o metadatos, o superdatos que, parece ser, es lo único que interesa de nosotros.

Lo suyo era el arte con los dedos de la mano. Lo mismo le daba ritmo a la tijera con el dedo meñique levantado que, a la tarde, desde un sexto por lo menos, salía al balcón con sus solos de trompeta. Música de metal y música de viento. Cuando empezábamos a peinar greñas, mi madre nos mandaba a la peluquería de Alex con una frase grabada en la frente: "corto, hacia un lado y flequillo desigual". Y sonaba la tijera. Era otra época u otro lugar, o ambos a la vez, pero cada persona tenía su nombre y nadie era anónimo. Alex era Alex el peluquero, el de la peluquería Alex, junto a la tienda de chucherías y papelería del Señor Pedro. En la cuesta que llevaba a la iglesia vieja. Digno representante de la palabra oficio, el métier francés de toda la vida. Antes de que la globalización todo lo homogeneizase, detrás de cada uno había un oficio, detrás del oficio, un nombre y detrás del nombre, una persona. Y detrás de la persona, una sonrisa. O un borde, o un cascarrabias, que de todo había, no nos vamos a engañar.

El valor de las personas era otro ya que aún no nos habíamos convertido en simples celdas de Excel, en contactos de WhatsApp o en datos, simples o complejos, al servicio de un ser superior que no sabe que existe la piel, el olor o el sonido. Ni por supuesto las entrañas, el alma o el corazón. Cuenta la leyenda que el hijo de Blas Cuenca, el fontanero que venía lo mismo a arreglar un grifo que goteaba que a reformar un cuarto de baño, se fue a Barcelona a estudiar teleco y que, tras acabar y empezar en una gran empresa, lo dejó todo para volver al negocio de fontanería de su padre, de Blas. El primero de los valientes. Sigue contando la leyenda que cuando por primera vez lo vimos de nuevo volver a casa, tras su paso por la multinacional, portaba con orgullo la caja de herramientas de la que salía, sin orden, un puñado de estopa que se utilizaba entonces para evitar las fugas de agua en las juntas de las cañerías. Y no es leyenda que los fontaneros de entonces tenían un olor característico que permanecía durante horas debajo del fregadero recién arreglado y se expandía por el resto de la casa, al menos durante un día entero.

Alfonso, el lechero, ahora sería uno más de los Food Truck que se instalan en los barrios hipsters de las ciudades para celebrar el enésimo fin de semana gastronómico y que hoy están aquí, mañana allí y nunca en algún sitio. Hamburguesas, zumos de verduras, mejillones con patatas o sushi importado. Pero yo al que recuerdo es a Alfonso, con su furgoneta Ebro de puerta lateral, llegando puntualmente todas las tardes, a eso de las cuatro, a cada casa y sabiendo de antemano cuántas bolsas de leche nos hacían falta, qué días necesitábamos huevos y qué yogures eran nuestros preferidos. Podía llegar sonriendo o cabreado. Tenía derecho a ello. Era una persona con su vida de todos los días, buenos y malos. Pero nunca un desconocido.

Nadie me obligó a aprenderme sus nombres. Ni a memorizarlos. Pero aún soy capaz de ver la cara de Serrano, el carpintero, llamando a la puerta con su lápiz en la oreja derecha, sus herramientas y su chaquetilla azul. Los lápices de carpintero no eran normales sino ovalados y afilados a navaja. Nunca supe el motivo y siempre lo achaqué a que así era más cómodo para ponerlos en la oreja y que no se cayesen al arreglar la cinta de la persiana de madera o al colocar aquel rodapie.

Lo efímero de entonces se ha convertido en permanente para el resto de la vida y existían relaciones, actitudes y valores que han sobrevivido a la obsolescencia programada del triple salto tecnológico, a las prisas, al éxito inmediato y a la deshumanización de nuestros días. Detrás de todo había personas, aunque las temieses cómo cuando Riofrío, el practicante, llegaba armado de sus jeringas y sus vacunas y nos escondíamos atrás de las cortinas. La antitetánica era la peor. Ya sea por la mordedura del fiero de Atón, un perro que giraba entorno a si mismo para morderse el rabo, o por arañarte con un clavo oxidado en lo alto de la caseta, asomaba la amenaza de la jeringa de Riofrío.

Con la bicicleta, que ahora por suerte ha vuelto para quedarse, íbamos de la Drogue a Tienda Lucy Sol Ongil. La Quiniela se comprobaba en la Hoja del Lunes, único periódico de ese día. El resto de la semana Doña Emilia nos reservaba encima de una silla el ABC y, a partir de 1976, también El País. Y el domingo, los suplementos. Era la estanquera, la de los periódicos. Creo recordar que al igual que en la mayoría de los comercios, pagábamos la cuenta mes a mes. Se fiaba sin dejar fianza y sin firmar contratos. Al igual que en la farmacia de Lda. B. Martínez, frente a la carnicería de Pepe. Existía la palabra dada y la confianza otorgada.

Pepe siempre estaba en alto y pedíamos de abajo a arriba. Se protegía la retaguardia con unos enormes carteles con los nombres del despiece de la vaca, el cerdo y el conejo. "Acércate a Pepe y que te de unos filetes de punta de tapilla y un kilo de carne picada". En el mostrador, las cabezas de los bichos te observaban sacándote la lengua mientras esperabas sentado en un banco corrido apoyando la espalda en la pared. De cuando en cuando, Pepe, desde detrás de las básculas que colgaban del techo, hacía una broma o un chascarrillo mientras envolvía el hígado en ese papel gris algo recio. El hígado se comía, y los sesos y la lengua. No conocíamos aún a la OMS.

Las manos y los labios sabían a pipas, la ropa olía a parque y una farola era mucho más que una plaza mayor. Alrededor de ella había dos o tres bancos de metal que se iban moviendo buscando el sol por las tardes. Tomás, con su cojera, y Benjamín, al que llamábamos Benya, mantenían todo aquello para que los árboles fuesen a la vez porterías y limitadores del terreno de juego. Hasta defensas de vez en cuando si faltaba alguien. O un mismísimo campo de beisbol. Al bueno de Benya no le gustaban nada las cagadas de Wolf. "Todo es bueno para abonar la hierba menos las cagadas de perro y las de conejo". Dixit. Los jardines se regaban por inundación por, sospecho, simple dejadez.

Nuestro héroe local tenía tres cosas: un peculiar lunar encima del labio, una tienda de bicicletas y un récord en el Tour de Francia que creo que aún perdura. José Luis Viejo le metió casi 23 minutos de ventaja al segundo en una etapa siendo, hasta hoy, el fugado que mayor margen ha logrado con respecto al pelotón. Aquella tarde de julio sonaron fuegos artificiales y su tienda surgió cómo lugar de peregrinación para arreglar frenos y desviadores de piñones.

Fueron miles de horas yendo y viniendo en aquel Land Rover que, puntualmente, a las siete y media de cada mañana, lloviese, nevase o amenazase calorina de junio, llegaba al mando de Pablo o de Pedro. Nunca entendimos la lógica que hacía que viniese uno u otro pero lo que sí percibíamos era su empatía y cuidado cómo si fuésemos sus propios hijos. Sabían todos nuestro horarios de entrada y salida, tuviésemos tarde libre, saliésemos una hora más tarde o nos quedásemos a entrenar tras las clases. Con ellos vimos crecer esa horrible Nacional II y saltábamos cuando decidían coger un atajo, más aún si era todo terreno. Pablo el serio, callado y responsable. Pedro el grandón, parlanchín y cantarín.

El relevo lo tomó Hilario y subimos a primera división.

Nombres que no sólo son nombres. Personas que fueron y que están. Hasta el mismísimo macarra que, en aquella atracción de feria, se subía a aporrear un punching de boxeo con el codo, o con el puño, mientras giraba y giraba. La Ola se llamaba la atracción. Él era simplemente el macarra que miraba por encima del hombro y que competía en chulería con su compadre el de los coches de choque que se subía detrás de las guapas agarrado a ese palo del que salían chispas. Y te regañaba si chocabas de frente.

Era otra época de la que algo habría que tratar de recuperar para que "la gente" no sólo sea base de fácil discurso político de algunos en La Sexta.

No íbamos a un peluquero, ni llamábamos a un fontanero o a un carpintero. Íbamos a Alex o llamábamos a Blas Cuenca o a Serrano. La leche la traía Alfonso y Emilia nos guardaba el periódico.

Y Benjamín nos llenaba la cocina de berenjenas y tomates. E Hilario era todo un señor.

La gente. Las personas y no los datos.





miércoles, 8 de abril de 2020

Coger un capazo a tiempo

"¿Venís de arriba? ¿Nos queda mucho?"

La respuesta siempre suele ser optimista.

Coger un capazo en plena subida con alguno al que llevas un rato siguiendo con la mirada permite, además de descansar sin remordimientos, ver lo que falta con sus ojos. Él viene de dónde tú vas. Siempre suele ser más optimista su visión porque, de alguna manera, él también desea que lo pises con tus pies.

"No queda nada. Lo que ves y ya llegas. Unos treinta minutos"

Suele ser algo más. Bastante más porque siempre hay camino que no ves. Pero eso ya lo sabes y cuentas con ello.

"Suerte. Disfruta"

"Aupa"

Entre medias nos contamos media vida con la complicidad de los amigos de siempre. Con mucha suerte podremos coincidir más tarde en el refugio pero seguramente no nos volveremos a ver jamás.

Hay encuentros fortuitos en los lugares adecuados y en los momentos oportunos. Conversaciones que jamás se producirían en un andén, en un semáforo o en un atasco.

Lugares en los que hablar con alguien no es pedir, no es negociar, no es engañar. Son lugares en los que hablar es casi siempre dar.

Saquemos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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martes, 7 de abril de 2020

El rodillo

Creo que llegados al día veintipico ya podemos reconocer, sin rubor pero con conocimiento, que hacer rodillo con la bici es muy aburrido.

Menos mal que pude conseguir uno unos días antes de encerrarnos. Gracias a eso puedo seguir con las rutinas deportivas. Pero es tremendamente aburrido y me cuesta tanto creer que alguien se divierta aún poniéndose en la pantalla de la tableta el recorrido de la Quebrantahuesos o la etapa reina del Tour...

A partir del minuto 35 ya hay que tirar de recuerdos. Todos disponemos de una despensa llena.

Yo suelo buscar en la estantería de las delicatessen. Y, entonces, los minutos empiezan a volar.

O, por lo menos, eso intento.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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lunes, 6 de abril de 2020

Bonita palabra es escampar

Hicimos caso al guarda del refugio e iniciamos inmediatamente el descenso. Iba a ser bastante largo así que, en silencio, los tres nos pusimos en fila, se nos tensaron los músculos y subimos el ritmo. En ciertos momentos, cuando las cosas se complican, suelen coincidir las conclusiones: lo importante es que alguien las aplique.

Nadie dudaba de que nos iba a pillar la tormenta pero cuanto más abajo, mejor.

Hasta ese momento todo había sido primaveral. Habíamos madrugado bastante para poder llegar hasta la cima. La previsión meteorológica no incluía tormentas lo que nunca significa que no puedan organizarse y liártela. Íbamos convenientemente equipados, disfrutando y con los ojos bien abiertos.

"Démonos vida"

Jamás he visto caer tanto agua con tan mala leche. En unos segundos aquello se convirtió en un campo de batalla en el que de nada servía ni correr, ni buscar, ni siquiera pensar en dónde refugiarse. No había nada más que cielo negro abriéndose las tripas para que escaparan rayos y sonasen truenos. Latigazos. Unos cerca, otros más lejos. No había nada dónde guarecernos. Sabía que encontraríamos un refugio más abajo pero quedaba un rato bien largo.

Hay tormentas que parecen ser la última, la que no tendrá un fin ni un después. Ésta lo era.

El grupo es lo que cuenta y lo que hay que mantener. Cuando aquello arreció nos juntamos unos segundos, nos protegimos del viento, nos abrazamos, algo nos dijimos que no recuerdo y ya no quedó duda de que llegaríamos abajo. Nos habíamos armado de confianza.

En cualquier caso, todo seguía muy oscuro.

Desde algún lado que nunca entendimos apareció una pareja desorientada. Nos debieron ver a lo lejos y esperaron que llegásemos. Aún teníamos que cruzar un pequeño nevero y no tenían claro cómo hacerlo. Hay ciertas cosas que juntos, mejor. No hicieron falta palabras. A partir de ese momento fuimos cinco. Lo cruzamos sin problemas y ya sólo quedaba caminar. En realidad hubo alguno pero pronto lo olvidamos.

Los que ya se habían refugiado nos divisaron antes que nosotros a ellos. Según nos contaron, nos veían desde hacía rato pero nosotros sólo los imaginábamos. Desde una pequeña ventana lateral iban contando los pequeños grupos que llegaban. Nosotros fuimos los últimos.

Era una muy simple construcción para ganaderos. Algo sucia, la verdad. Hay gente que nunca piensa que tras ellos vienen otros y que sus restos de basura no aportan nada bueno. Hay gente que no sabe qué huellas dejar y sólo dejan sus restos de suciedad. Física y de la otra que es peor.

Esa borda no tenía nada pero en aquel momento lo tenía todo. Tenía un techo y un grupo de gente que, sonriendo y animando, nos acogió al llegar, nos hizo hueco al fondo y nos acompañó mientras escampaba. Tratamos de secarnos, rescatar algo de ropa seca de la mochila y esperar.

Decidimos organizarnos y salir juntos. En varios grupos y en una larga fila, uno por uno, fuimos llegando al puente que cruza el río Ara en Bujaruelo.

Es un puente románico del siglo XIII por el que han cruzado miles de contrabandistas, peregrinos y los últimos, hasta ese momento, fuimos nosotros levantando los brazos al cielo.

Empezaba a escampar.


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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sábado, 4 de abril de 2020

Por fin los sarrios

Por fin los sarrios.

Extrañamente no huyeron sino que quisieron acompañarnos en la bajada. Seguro que ellos también deseaban hacerlo junto a nosotros. Quizás sintieron nuestra alegría de estar ahí con ellos y nadie más.

Estuvieron observándonos en nuestra lenta subida. Ellos lo hubieran hecho de otro modo. Pero ellos pueden. Nosotros necesitamos recursos físico y técnicos y seguir una huella que traza zetas.

Era una manada numerosa y ese día pudimos disfrutar de algo que difícilmente se repetirá. Normalmente miran y huyen. Ese día miraron, esperaron y nos invitaron a seguirlos.

Hasta abajo, cuando decidieron volver a subir y nosotros a sonreír.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

( mientras escribía este post no he dejado de tararear a @McEnroebanda, @PalmeraSmith y @TheNewRaemon en su "Por fin los ciervos")

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viernes, 3 de abril de 2020

Durandal

Casi todos los años subimos a buscar a Durandal.

Qué bien que no la encontramos. Así hay que seguir buscando. Y volviendo.

Saquemos todos las felicidad a pasear en estos días más tristes.

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jueves, 2 de abril de 2020

Instantes

Son mucho más que instantes congelados. La mayoría de las veces son consecuencia de decisiones conjuntas, pensadas y optimistas.

Si aquel día, bajo una lluvia que ocultaba cualquier posibilidad de que el cielo despejase, no hubiésemos decidido equiparnos y tirar para arriba ni hubiéramos conocido a Canelo ni disfrutado de un silencio abrumador.

Todo invitaba a quedarse para no regresar a lo que, sin saberlo, se avecinaba.

A la vuelta, ya en el coche, comentamos:

"Qué habrá pasado hoy? En ningún instante he pensado en otra cosa que no fuese en el disfrute de dónde estábamos. Qué lejos hemos estado de todo"

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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miércoles, 1 de abril de 2020

Tanto por venir

Aún, en algún valle, queda tanto viento por venir a encontrarnos de frente.

Aún, en alguna nube, queda tanto agua que caer sobre nuestra cara sonriente.

Aún, en cualquier cordillera, quedan cimas que alcanzar con nuestras botas embarradas.

Aún, en cualquier costa, queda tanta arena que sentir contra los pies descalzos.

Qué nada, ni sobre todo nadie, nos robe la esperanza.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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