martes, 31 de marzo de 2020

Breves encuentros inesperados

A Hélène nos la cruzamos en la montaña y la conocimos en el refugio. En la cena, al principio sin muchas ganas y luego en confianza, nos confesó que había sido fisio en Damasco y, con la guerra en los talones, inició una marcha a pie para llegar hasta París. No sé cuántos países pretendía cruzar. No quiso entrar en detalles pero tuvo que cambiar drásticamente de planes mientras atravesaba Turquía. Por su cara, mientras cenábamos macarrones en Bachimaña, casi que pudimos adivinar los oscuros, seguro que sórdidos, motivos y preferimos centrarnos en el pollo con patatas que había de segundo. Llegó a París en avión y asustada. Ahora, tras montar su propia consulta en alguna zona de la banlieue, cruzaba el Pirineo a pie, en solitario.

La noche anterior conoció a Philippe en el Refugio de Respomuso.

A Philippe también nos lo cruzamos en la montaña y también lo conocimos en el refugio. Antes de cenar se empeñó en beber sangría pero lo convencimos de que, allí arriba, iba a ser más fácil un tinto de verano. Se bebió varios y habló y habló. No quiso cenar con nosotros ni con Hélène ni con los cuatro catalanes con los que compartimos mesa. Se hizo su propia sopa de fideos pero antes nos desveló que era artista. Pintaba y confeccionaba artesanía que vendía a turistas occidentales en las calles de alguna ciudad de Vietnam. Hasta que conoció a Hélène también cruzaba el Pirineo en solitario.

Caminaban juntos. Bajaban mientras subíamos.

Nos los habíamos cruzado en la montaña y coincidimos en el refugio. Se habían quedado sin pilas para los frontales y Hélène me preguntó que dónde podría conseguir unas. Siempre llevo de repuesto y le ofrecí cuatro. Firmemente, sólo quiso aceptarlas si las pagaba y, ante mi negativa, nos hicimos amigos.

Esa noche nevó. Era pronto para las primeras nevadas. A principio de septiembre no suele nevar en el Pirineo.

No suena igual la lluvia que la nieve y, desde bien entrada la noche, tuve la certeza de que el día amanecería blanco, obligándonos a cambiar los planes. A nosotros y, sobre todo, a ellos.

Desayunamos. Ya no había tanta prisa.

Pronto nos dimos cuenta de que tanto Philippe como Hélène iban a necesitar ayuda. Iban pésimamente equipados y peor informados. El temporal iba para largo, ellos eran inexpertos y su travesía una quimera. Los convencimos para que nos siguieran.

Bajamos hasta la Casa de Piedra en el Balneario de Panticosa. Este refugio, pese a ser totalmente accesible en coche, sigue manteniendo su carisma y su encanto y ha resistido a la presión de las prisas, las obras y las malas intenciones.

Almorzamos. Ya había incluso menos prisa. De su terraza no quieres irte jamás.

Nos despedimos de ellos en la estación de autobuses de Sabiñánigo desde dónde los embarcamos a Canfranc y Oloron.

Horas después nos escribieron cada uno desde un lugar distinto. No me sorprendió. Cuando los vimos subirse al autobús supimos que todo había terminado.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa





lunes, 30 de marzo de 2020

Volver y quedarse

Nos habíamos conocido unos años antes, en los días previos a marcharnos a convivir y trabajar en Andorra. Pasados esos años, volvimos a coincidir en Jaca donde él se había establecido montando un bar y yo llegaba a incorporarme al proyecto que elegí libremente y que, desde entonces, ha marcado el devenir de mi vida. De una manera natural, sin pedirme nada a cambio, me acogió y estuve viviendo en su casa hasta que pude ubicarme por mi cuenta.

Su bar tenía un nombre que a él le gustaba utilizar, Bar El Café. Lo había elegido él y formaba parte ya de su naciente historia empresarial. Sin embargo, para el resto era el bar de Julián. Cuando los lugares son importantes, cuando no son simples lugares de paso, cuando no se limitan a la fría e impersonal transacción comercial, se convierten en lugares de alguien, en entornos con vida, creadores de historias y anfitriones de todos.

Yo trabajaba en un proyecto complejo, muy complejo, con unas enormes limitaciones y unos recursos escasos. Muchos días, las jornadas terminaban pasada la medianoche. Era verano, y en mi vuelta a casa atravesando Jaca desde el entorno de la Escuela Militar de Montaña, siempre pasaba por la terraza de Julián en la Plaza del Marqués de la Cadena. Sabía de antemano cómo eran sus turnos y qué días le tocaba a él cerrar. Salvo que estuviese sentado junto a la puerta, Julián solía ocupar un lugar a la izquierda de la barra según entrabas, junto al equipo de música y una pila de revistas de esquí. Sonreía al verme llegar y, mientras tiraba del grifo de cerveza, soltaba sin pestañear:

"¿Qué tal, man? ¿Una birra?"

Sonaban James y, de vez en cuando, Solidarity, de Angelic Upstarts, que se sabía de memoria y le servía para jugar a la batería con sus manos como baquetas y la barra como toms y platos. Siempre quiso tocar en un grupo. Charlábamos de todo, sobre todo de la futura temporada de esquí, de amigos comunes, de chicas que íbamos conociendo, de quién nos visitaría ese fin de semana. Coloquialmente, nos contábamos la vida. También, pocas veces, nos dábamos caña. Somos amigos.

Son esos lugares con nombres de personas que recuerdan, cuidan y hasta miman a los que los frecuentan. Fuentes de vida, no sólo de sus dueños, sino también de los que un día los descubren y los incorporan con absoluta naturaleza a la rutina de sus vidas.

Bares, tiendas, kioskos, un taxi, peluquerías....

Julián ya no vive en Jaca, ni es el dueño del bar. Pero todavía, cada vez que pasamos, miramos con cierta nostalgia al que sigue siendo su bar mientras algo nos impide entrar.

Unos días antes de que todo esto comenzase, cuando ni siquiera nos podíamos imaginar que unas semanas después todos estaríamos encerrados en nuestras casas, bajábamos del monte. Habíamos aparcado en una pequeña aldea que lo que más transmitía era tranquilidad. Antes de llegar de vuelta al coche nos encontramos con dos adolescentes que conversaban, sin cobertura de móvil, sentadas en el suelo junto a lo que fue un lavadero. Nos acercamos y les preguntamos si había un bar abierto.

"Sí claro, Juanín. Seguid por ahí y lo veréis. Os lo encontrareis de frente."

Dejamos las mochilas y las botas en el coche y, ya más cómodos, nos fuimos a la búsqueda del bar.

Era oscuro, pequeño, muy básico. Al fondo, un pequeño comedor. Para nosotros lo ideal porque sólo había una pareja más sentada junto al árbol de la acera de enfrente. Dos perros al sol nos miraban con una mezcla de ternura y dejadez. Pero todo iba a ser incluso mejor.

Juanín se asomó, nos vio y se acercó. Enseguida me di cuenta que vendría hasta nosotros.

"¿No queréis otra cerveza?"

Educadamente preguntó si molestaba y que desde dónde veníamos. Debimos parecerle amables y cercanos y entablamos una conversación que muy pronto fue derivando hacia una clase de historia, filosofía, humanismo y, sobre todo, sentido común. Él, el profesor, nosotros, los alumnos.

Siendo, cómo es, un hijo de la posguerra arrancó su relato describiendo con crudeza, y aún así cierta nostalgia, su exilio portugués desde Gijón y los horrores de la dictadura a su vuelta a España. Enamorado de la mujer de su vida, se estableció en esta aldea y ya nunca se planteó salir. Ante nuestras miradas cautivadas por una lucidez y una cordura que ojalá conocieran muchos con poder, nos preguntó por qué en las ciudades se mira mal a la vida en las aldeas cuando aquí tienen de todo, sobre todo paz y tranquilidad. No entendía que se prefiriese a diez taxis pasando ante un semáforo antes que a sus vacas pastando en el valle. Él seguía manteniendo a sus vacas y este pequeño chigre, de incierto futuro cuando él ya no esté. Le ayudan algunos de sus hijos pero sus nietas ya están lejos y sólo vuelven de visita. A él le cuesta entenderlo porque, a pesar de la dureza de la vida rural, lo compensa con los amaneceres, los atardeceres, la tranquilidad y la conciencia tranquila.

Su bar es pequeño. Muchas veces sólo abre si sabe que va a venir gente, especialmente montañeros que completan su jornada con unas cervezas y su menú. Aunque él no lo sepa, muchos volvemos por él. Por su historia, por su pueblo, por su paz y por seguir manteniendo abierto el local que dota de vida a las calles de la aldea a pesar de que, miserablemente, la administración le obligue a pagar una tasa de ocupación por mantener tres mesas y doce sillas en la calle. Deberían pagarle a él por mantener la vida y la ilusión.

Lugares con nombre, lugares que ahora están cerrados por un virus que nos ha alejado de todo menos de nuestros hogares. Pero ellos, de alguna manera también son nuestros hogares, nuestra gente, nuestra vida. Los necesitamos y nos necesitarán. Tendremos que volver a ellos porque ellos nos estarán esperando. Cómo Julián cuando yo salía tarde de trabajar, cómo Juanín cuando, embarrados, bajamos de la montaña. No son fríos lugares de plástico, con nombres extranjeros de franquicias, con personal que viene y va e idénticos, aquí o allá.

Son el Bar de Julián, la Casa de Juanín, Chez Pablo, las croquetas de Marisa, la Librería de Cocol, la tortilla del Circo, el Bar de Chicho, "donde Joaquina", el Hotel de Alicia, la panadería del barrio o las Princesitas de La Playa.

Personas que hacen felices a personas. Personas que nos hacen vivir mejor.

Lugares a los que, cuando todo pase, hay que volver sin tardar. Ellos también lo van a necesitar.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa
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domingo, 29 de marzo de 2020

Cuando abran las ventanas

Seguramente todos hemos hecho planes de lo que haremos cuando nos abran las ventanas. Y, sospecho, que todos hemos elegido lugares que ya conocemos y en los que, en algún momento, fuimos muy felices. ⁣

Volveremos y será parecido pero totalmente diferente. ⁣

A partir de ahora, cuando vayamos y descubramos no seremos los mismos porque aún aprovecharemos más para tener que añorar menos.⁣

Lo sentiremos nosotros, lo compartiremos e intentaremos que los que nos acompañan también lo griten al silencio. ⁣

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.⁣⁣⁣
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#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa#QuédateEnCasa ⁣⁣




sábado, 28 de marzo de 2020

Caminemos

Somos capaces de caminar sobre lo incierto y lo desconocido porque debajo siempre hay vida.

Elegimos donde pisar porque pensamos que es lo más seguro. Sino, seguimos las huellas de otros en los que queremos confiar.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.


#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa @QuédateEnCasa



viernes, 27 de marzo de 2020

Una hamburguesa en la Colladeta

Una hamburguesa en La Colladeta de Cerler, tras una mañana recorriendo al sol la, para mi, estación más cercana a la montaña de todo el Pirineo es algo que nadie debería perderse y que no debería salir en las listas de “las mejores ....” o "Diez must para este invierno”. Esto mejor para otros. ⁣

Comerse esa hamburguesa con Guillermo queda reservado a los que pueden permitirse una delicatesen. ⁣

Me lo presentó un amigo común en una edición de Fitur cuando aún no existía el AVE a Zaragoza y, tras el acto de Ifema, había que coger un tren a media tarde en Chamartín hasta el Portillo. Hace ya años de aquello. Pronto nos convertimos en pareja de padel manteniendo cierto nivel pero sobre todo estabilidad gracias a mi templanza y, porque no, paciencia. Era otro lujo acabar entre semana, a la noche, con otra hamburguesa del Mostaza entre las manos. ⁣

Un día abandonó el padel, deporte social, y se inició en proyectos más duros. Maratones y triatlones. Esfuerzos titánicos. Y no se le da mal, nada mal, a pesar de los entrenamientos condicionados por su trabajo y, ahora, por Jaimico e Inés. Llegamos a compartir uno de los primeros maratones pero eso exige otro artículo del que avanzo el final: yo no pude cruzar la meta. ⁣

Sin embargo, no son las hamburguesas, ni los maratones, ni aquel padel lo que hacen de él una persona excepcional, ni un amigo del alma. Guillermo posee y demuestra tener una generosidad sin límite que supera cualquier amistad y que la convierte en el bien más preciado del que se preocupa de los que le rodean. He tenido el privilegio de comprobarlo en primera persona. En lo grande y en lo pequeño. Y siempre se lo agradeceré. ⁣

De la misma manera que su clásico “¿Qué pasa, rey?” cuando descuelgo su llamada.⁣

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.⁣⁣



jueves, 26 de marzo de 2020

Igualito que en Prudential

Llevábamos casi cinco meses esquiando a diario y Gonzalo, todavía futura promesa del sector financiero y asegurador, solía venir a visitarnos algún fin de semana. Supongo que para él, esquiador como nosotros pero no profesor, venir a vernos a Andorra suponía su válvula de escape semanal. Le costaba poco agarrar su Fiat Uno y tragarse los kilómetros de ida y vuelta y sus varias horas de viaje.⁣

Presentíamos que la temporada iba acabándose y que pronto habría que dedicarse a otras cosas, tal vez más próximas a lo que habíamos estudiado en la Universidad, aunque hubiese sido sin vocación. En cualquier caso, aquella temporada del 91 era lo que siempre habíamos deseado. Llevábamos años dando clase de esquí en diferentes entornos y hacerlo durante todos los días de una temporada, instalándonos en otro país, culminaba un época de nuestras vidas.⁣

Con la nieve ya de primavera, cuando a partir de mediodía las pistas adquieren un aspecto menos seductor, y con tantas horas acumuladas buscamos dónde descansar un rato.⁣

Con todos en el suelo, se hizo un silencio que siempre suele ser anuncio de algo. Lo normal era un anuncio, una propuesta o una simple gilipollez que viniera a recolocar a cada uno en su sitio y a bajarnos de la nube a la que nos hubiésemos subido.⁣

“¡Igualito que en Prudential…!”⁣

A la sentencia inesperada, seca, profunda e incontestable de Gonzalo siguió otro silencio de dos segundos, un cruce de miradas y una carcajada de un minuto.⁣

Como en estos días de encierro, todos buscamos comparar lo que tenemos o dónde estamos con lo que nos gustaría tener o con dónde nos gustaría estar.⁣

“¡Igualito que en Prudential….!”⁣

Aquella inesperada frase, en aquel inesperado momento, consiguió que la grabásemos en nuestra memoria personal y que, cada vez que disfrutamos de un lugar especialmente bello y tranquilo, Txavi o yo la repitamos con una mezcla de humor y nostalgia.⁣

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.⁣

( nota: Prudential era la empresa financiera y aseguradora dónde trabajaba Gonzalo )⁣




miércoles, 25 de marzo de 2020

Los padres de Pablo

Hace ya bastantes años, aparqué el coche en la estación de esquí de Piau Engaly junto al vehículo que me indicó un empleado probablemente vestido de azul. Su decisión señalándome impetuosamente ese lugar, en vez de haberme mandado junto a cualquier coche casa o al mismísimo fondo del aparcamiento, fue una especie de premio de bote del euromillón. Resultó que, inesperadamente, los propietarios de aquel otro coche eran una familia que nos «sonábamos» mutuamente porque nuestros hijos compartían entrenamientos de tenis en Zaragoza. Pese a ello jamás habíamos hablado aunque probablemente nos habríamos cruzado en las pistas, vestuarios, bar, piscina.... Muchas veces no nos fijamos en los que realmente tenemos muy cerca. ⁣

- «Son los padres de Pablo»⁣

Ese día Pablo esquió con nosotros dando inicio a una larga amistad familiar que perdurará para siempre y seguirá alimentándose de la tortilla de Laly en cualquier salida al monte. Laly tiene, entre otras virtudes, la de hacer las mejores tortilla de patata que uno puede tomar. ⁣

Y eso pese a que Laly Josa ha creado una leyenda montañera en torno al Midi d’Ossau que ella bien sabe que no fue para tanto. O tal vez sí y sirve para que resuenen las carcajadas. ⁣


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes. ⁣⁣⁣⁣⁣
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⁣ #SacaLaFelicidadAPasear #QuédateEnCasa#YoMeQuedoEnCasa⁣⁣



martes, 24 de marzo de 2020

Lo que pasa en el desierto queda en el desierto

Cuando quisimos volar y casi despegamos. ⁣

Iban a ser quince días tirados en el desierto pero nuestra inocencia y falta de experiencia nos obligaron a acortarlos. No fue muy buena idea lo de aprovisionarse en Makro como si no hubiese un mañana olvidando que en el desierto principalmente hace calor. ⁣

Nuestro gran olvido fue la sal por lo que una tarde organizamos, supongo que echándolo a suertes, un comando que, con cierta nocturnidad y provistos de un simple cubilete de los carretes de fotos de entonces, se introdujo en las líneas enemigas que eran unas salinas cercanas. Una vez en las enormes dunas de sal, con el cubilete ya lleno, fuimos sorprendidos y fuertemente amonestados por dos vigilantes que, sospecho, aún siguen riéndose de nuestra inocencia. ⁣

También estábamos medio aislados pero no confinados. El sol, el calor y un cierto aburrimiento de días infinitos sin tener nada que hacer dinamitó el grupo que había llegado compacto. Cada uno tiró para dónde le pareció mejor. O dónde pudo porque alguno nos quedamos sin coches y sin esa pésima compra que tuvimos que ir tirando descompuesta por el sol. ⁣

Así, Álvaro y yo llegamos, medio en bus, medio andando, hasta Tarifa. Nos diluvió e hizo frío pero vimos el mundial de windsurfing y dormimos bajo un Land Rover muy alto. ⁣

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes. ⁣⁣⁣⁣⁣
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⁣ #SacaLaFelicidadAPasear #QuédateEnCasa ⁣#YoMeQuedoEnCasa




domingo, 22 de marzo de 2020

Aquel galope montuno

Pensábamos en John Wayne y acabé más cerca de ser Paco Martínez Soria.

No estábamos acostumbrados a montar pero organizamos una excursión que incluía barbacoa en mitad del monte. Seríamos seis u ocho trotando y galopando caballos infinitamente más listos y resabiados que nosotros, que éramos jóvenes. En ese tiempo, por suerte no existían aún las reglamentaciones tan estrictas que ahora prohíben disfrutar de tantas cosas.

La vuelta a las cuadras fue muy rápida y no había quién se hiciese con el control de los caballos que actuaban en modo vuelta a casa. Imponían un trote continuo que nadie era capaz de frenar.

Esa noche recuerdo que acudíamos a un concierto en una sala del centro. Desde muy joven disfruté de una Vespa roja que hoy, treinta y cinco años después, sigue respondiendo a su pata de arranque en mi garaje. Lo que iba a ser un simple desplazamiento, aún sin casco obligatorio, se convirtió en un problema que sólo tenía una solución.

Al intentar sentarme en la posición natural de la Vespa ( de frente, rodillas adelante ) tuve que desistir inmediatamente por el enorme dolor que me producía la herida sangrante que se me había formado en toda la zona del culo. Pero una herida no me iba a dejar en casa.

Al puro estilo mujer italiana, con falda de flores, años 50, que viajaba de paquete en la Vespa de Pietro, giré mi cuerpo, dejé caer los pies hacia el lado derecho y, con una elegante rotación de cintura al frente encaré calles y semáforos acordándome de mi galope de principiante.

Llegué, la herida seguía sangrando suavemente y mejor voy a terminar aquí el relato.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.


jueves, 19 de marzo de 2020

Porque la vida va de personas (Saquemos la felicidad a pasear)

Cuando al atardecer, aquellos cinco franceses surgieron de la nada, cargados con tres cajas de cervezas frías, volvimos a creer en todo.

Habíamos estado caminando cerca de nueve horas sin tener claro dónde íbamos a dormir esa noche. No era algo que nos preocupase especialmente porque llevábamos con nosotros todo lo que necesitábamos para recorrer una gran parte de la Transpirenaica.

La cabaña era simple, muy básica, aunque en según qué circunstancias, era puro lujo. Techo cerrado, una litera de las que no dejan de rechinar toda la noche, limpia y hasta una mesa que no llegamos a utilizar. No íbamos a estar más que unas horas así que para nosotros era casi un resort todo incluido, sin pulsera de colores ni daiquiri en la piscina. Lo malo es que no había nada más incluido. Ni siquiera esa cerveza con la que sueñas en cada paso que vas dando, sobre todo en los infinitos tramos de bajada. Cómo en la vida, hay que saber que bajar no es como subir: suele ser mucho más aburrido, largo e incluso peligroso. Subir es duro pero es camino de ida, de descubrir, de pensar en llegar a lo bello, de sentir el aliento del compañero, de ayudarse mutuamente porque la ruta vale lo que el compañero más débil, de ilusión. Bajar es muchas veces volver al coche y acabar.

Descalzo y sin camiseta decidí levantarme y dirigirme a ellos con la cartera en el bolsillo. Al verme acercar noté cómo sus rostros expresaban la sorpresa y hasta cierto temor ante lo desconocido. Alguno incluso mascullaba algo que no pude escuchar. Iba decidido a pagar lo que fuese por una de aquellas botellas que, seguramente, estaban destinadas a alguna juerga nocturna para celebrar la luna llena, el trabajo de alguno o una cutre despedida de soltero. Muy educadamente, y casi pidiendo perdón, les pedí que si me vendían alguna, aunque fuese sólo una, para compartir con mi compañero. Y fue entonces cuando se produjo el milagro.

"- ¿Vender? De ninguna manera. Manu dale cuatro." ( Acheter? Pas du tout. Manu donne-lui quatre. )

Esas cervezas, como todas aquellas pequeñas cosas que se comparten con los que realmente te importan, son lo que no valoramos hasta que no las tenemos o hasta que un virus, cuyo origen nunca sabremos, trata de robarnos la esperanza sabiendo que no lo conseguirá.

Ahora que nos damos cuenta de lo importante de lo simple, de lo pequeño y de lo insignificante de lo grande y superfluo, cuando salgamos de esta, espero que haya más grupos como el de Manu que, cuando alguien vaya a pedirles la ayuda que a ellos les sobraba, sepan mostrarse empáticos, generosos y solidarios con los que tienen cerca.

Porque la vida va de personas.