sábado, 3 de abril de 2021
El baile de los domingos
martes, 19 de enero de 2021
Magdalenas con café con leche
Quédate con quien te abra la puerta y te invite a merendar un café con magdalenas.
( En recuerdo de aquella tarde de febrero en la que tuve que conducir hasta Bronchales (Sierra de Albarracín) con la amenaza, cumplida, de una gran nevada para el regreso. Trabajaba para un banco y, además de labores rutinarias con los habitantes, tenía que cumplir con unos objetivos comerciales absurdos entre aquella gente. Me recibieron como siempre lo hacen en esos pequeños pueblos: al grito de "¡ha llegado el del banco!", invitándome a entrar, apretando las bombillas de las lámparas para que hubiese más luz, sentándome a merendar unas exquisitas magdalenas con café con leche y dándome conversación.
A la vuelta hacia Teruel, de noche, en plena nevada y poniendo las cadenas, empecé a tomar la decisión que más marcó mi vida profesional: dejar el banco en el que apenas llevaba unas semanas y hacer caso a mi vocación. )
#SacaLaFelicidadAPasear
jueves, 31 de diciembre de 2020
No fallemos al 21
El año que nunca hubiésemos imaginado: nos deseamos lo mejor y nos trajo lo peor. Toda una traición que nos encontró desprevenidos, poco preparados y mal acostumbrados. Nos puso del revés, nos encerró y jugó con las llaves de nuestra libertad riéndose en nuestra cara ahora tapada.
Pero en definitiva, pese a la pandemia y su gestión, nos encontramos ante la oportunidad de reorganizar nuestra vida, de redefinirla y de unir a todos los actores de nuestro personal pequeño mundo en el que el grande seguirá siendo grande, el pequeño seguirá siendo pequeño pero todos deberíamos seguir siendo complementarios.
Inicia bien el año y ojalá que apenas tengas que mirar hacia atrás.
Desde muy dentro, esta vez sí, mi más sincero deseo de que recuperemos todo lo que necesitamos, volvamos a ver una sonrisa, sentir un abrazo, descubrir una caricia y disfrutar de un beso.
Bienvenido 2021.
No nos falles. No le fallemos.
#SacaLaFelicidadAPasear
viernes, 18 de diciembre de 2020
Ya no llegan postales escritas a mano
Ya no llegan postales escritas a mano y es cuando más las necesitamos.
Hace unos días recibí, como recuerdo de una travesía, esta foto. Sentados en ese mismo banco, almorzando a media mañana, la vimos llegar. Tengo especial debilidad por los montañeros o caminantes solitarios. Siempre los acompaña una conversación para compartir. Espontáneamente, intercambiamos las habituales introducciones con la certeza de que iríamos coincidiendo en nuestra ruta. En cada parada un poco más y cada vez más confianza.
Días después, nos despedimos horas antes de la gran tormenta que ella prefirió retar arriba mientras nosotros optamos por retroceder algo. Esa noche apenas pudimos pegar ojo y la imaginamos sola entre rayos, truenos y trombas de agua que, en lo negro, parecen no tener fin.
Meses después, en mitad de una enorme nevada, ha vuelto a pasar por el lugar en el que nos conocimos. Volvía a pasar sola "con la compañía silenciosa de la nieve". Hizo esta foto y me la mandó como un recuerdo "de felicidad salvaje".
Me la mandó por WhatsApp pero, estoy convencido, que de haber conocido mi dirección, hubiese escrito una postal a mano y la hubiera enviado por correo.
#SacaLaFelicidadAPasear
lunes, 7 de diciembre de 2020
Quedaron donde siempre
Aquel día decidió no sólo llamarlo sino quedar con él. No hacerlo y seguir confiando en los mensajes escritos en el móvil era una forma de dejadez y de egoísta conveniencia. En algunos casos hasta de cobardía. El teléfono y las redes sociales no servían más que para justificar una falsa cercanía que cada vez era más incómoda. No entendían cómo habían podido llegar a eso. Corrían el riesgo de pasar de lo difuso a lo oscuro. Y de ahí a desaparecer sólo había un paso.
Ceden su sitio las personas a los compromisos, los intereses, las vanidades, las envidias, las sombras y los por si acasos.
Incomprehensiblemente ya le había pasado con quien, tiempo atrás, compartió todo. ¿Cuántos números de teléfono somos capaces de recordar sin mirar una agenda? Números que marcábamos en un teléfono negro de pared, con un auricular muy pesado, metiendo el dedo para hacer girar una rueda hasta un tope cuando aún no había ni prefijos. Pues treinta años después, el suyo aún era capaz de recitarlo dígito a dígito que era como él memorizaba cierto tipo de números. También el DNI. Era incapaz de repetirlos de otro modo.
Lo llamó y quedaron donde siempre para echarse a andar con la complicidad que consiguen los paseos sin rumbo y sin tiempo. Sólo se queda donde siempre con los que se comparte algo más de lo que se puede contar. Un banco de un parque, un cartelón publicitario, un cruce de calles, una barra de un bar o la parada de donde partía el último autobús. Quedar donde siempre es volver al pueblo, volver a las raíces, volver donde se fue feliz o donde se truncó un amor. O ambas cosas. Aunque hayan pasado décadas, todos tenemos a alguien al que, si le decimos donde siempre, allí deberíamos encontrarlo. Otra cosa es que acuda.
Con las pisadas apenas perceptibles y habiendo aún recorrido pocas calles, fueron emergiendo nuevamente las personas que ellos mismos seguían siendo y eso los reconfortaba. Siempre había sido así. Notaban viva la cercanía que provoca el roce tras un tropiezo, una confidencia de última hora, una mano en el hombro o, simplemente, adivinar el final de un recuerdo que el otro recitaba o una ayuda no solicitada. La música de la voz, los viejos latiguillos, el acabar de algunas sílabas y el olor del jabón en la ropa eran los de siempre. El catálogo de anécdotas, aunque repetitivo, seguía provocando tanto sonrisas como carcajadas. A una le seguía otra sin un orden lógico. Saltaban en el tiempo, recorrían el mundo y evocaban el pasado. Compartieron chascarrillos que nadie más entendería.
Le contó que un día la había vuelto a ver. Que se la encontró por la calle cuando ya casi había perdido la esperanza. En realidad no fue fortuito porque fue a buscarla. Reconoció su manera de andar, su bolsa del gimnasio y su gorro amarillo. Sólo fueron capaces de mirarse antes de volver a desaparecer. Nada más. Llegó a pensar que no lo había reconocido pero no era más que una defensa porque la vio llorar. Su ausencia no le atormentaba pero no encontraba razones que la explicaran. Y con la duda pasaban los años.
Se preguntaron por viejos amigos. De alguno tenían noticias porque compartían grupos de whatsapp y, de vez en cuando, reenviaba impulsivamente alguna falsa noticia, un chiste sin gracia o un vídeo lacrimógeno. Pero en realidad no sabían nada de él ni de qué tal le iría en aquel trabajo que tuvo que aceptar marchándose lejos de lo suyo. Lo único que sabían de él era que en su foto de perfil estaba muy deteriorado y que parecía estar irritado con la vida. Pero nada de los motivos y menos de los sentimientos. Sería una pena volver a conectar cuando ya fuese muy tarde.
Ese día caminaron durante horas y se toparon con algunos conocidos con los que cruzaron algo más que un saludo. Frente al mar, una pareja que enseguida adivinaron extranjera miraba lejos. Había un fuerte temporal que hacía más bello al mar. De una antigua casa de piedra salía el olor de un guiso de cuchara que iba a preceder a una larga sobremesa. Olía a chimenea. En una ladera cercana unos críos chillaban mientras un perro jugaba a quitarles la pelota. Las hojas de los árboles ya habían empezado a cubrir los caminos. Sobre la arena de la playa un grupo de surfistas calentaba antes de meterse en las olas. Una familia joven estrenaba bicicletas pedaleando en fila india. Una chica joven acompañaba, empujando una silla de ruedas, a una mujer muy mayor pero aún sonriente. Dos empleados satisfechos repasaban los cubos de la basura y ordenaban la calle. También había quien preparaba el barco para salir a pescar esa noche. Olía a pan. Había mucha vida tranquila.
También hubo silencios que no hizo falta explicar.
domingo, 8 de noviembre de 2020
Su rincón de pensar
Si fuese una película, un rato después de sentarse frente al mar estaría hablando con un desconocido desde el banco de al lado mientras el guión los iría acercando entre plano y plano. Acabarían riendo y contándose el pasado sentados alrededor de una pequeña mesa redonda de un bistrot mientras un camarero, con delantal largo, limpiaría una y otra vez la barra de mármol blanco.
Siempre son pequeñas y redondas las mesas de bistrot.
Pero ni era un personaje, ni había guión ni mucho menos acompañante. Había un bistrot cerrado. Había mesas apiladas. Pero tampoco había un camarero con delantal largo sirviendo deux pressions s´il vous plaît.
Estaba en la desescalada, o en la nueva normalidad, o en alguna de las fases, o como quisieran titularla en una rueda de prensa un ministro con gafas y un burócrata experto, y había salido de su pequeño comercio a descansar en su rincón de pensar. En ese sentido tenía suerte y era consciente: sus camisetas se seguían vendiendo, su actual pareja era veterinario y sus hijos estaban independizados cerca de su casa. En cierto modo, unos privilegiados que supieron elegir el lugar donde vivir y que no se vieron encerrados durante semanas entre murallas de hormigón, rayos de sol sólo al amanecer, árboles obedientes y alineados y sonidos feos y ordenados en el caos. También olía bien. A humedad fresca, a limpio continuo.
En realidad su vida había cambiado poco porque seguía manteniendo sus rutinas. Quizás le faltaba la compañía de los visitantes de temporada, los asiduos de los fines de semana y la posibilidad de improvisar. Las normas cambiaban cada semana y ya no sabían si estaban confinados perimetralmente, sólo localmente o absolutamente encerrados. Tenían la montaña cerca, la veían desde su casa pero no podían acercarse. Vivir sin orden y sin agenda era lo que le había traído hasta aquí cuando se separó de su anterior pareja. Se seguían llevando bien, no fue traumático porque ya no había pasión, tan sólo inercia, respeto y cierta comodidad.
Sin acompañante en el banco de al lado, su rincón de pensar la llevó a mirar lejos donde nacía el oleaje que tanto le fascinaba. Adoraba el caos, ver crecer la ola y la fuerza salvaje del agua contra las rocas. Cada vez que el mar se mostraba poderoso pensaba en cómo sería una noche de tormenta allá dentro sin ni siquiera poder imaginar, encerrados en la bodega, que, en algún sitio, seguiría habiendo tierra firme como refugio. Conocía suficientes historias de marinos y marineros. El caos de una tormenta y el miedo de todos pero, sobre todo, del novato o primerizo. Sólo la experiencia, la calma, la valentía, la humildad, el respeto y la empatía del capitán podía encontrar la salida.
Volvió a casa subiendo la empinada pendiente que le permitía mirar lejos y pensar en los millones de personas que vivían tras las mascarillas desde hace meses. Era algo fácil de imaginar en bruto pero muy complicado de pensar en la gente que conocía y quería y que ya hacía tanto tiempo que no veía. Se había acostumbrado a ver a los más próximos con la cara tapada pero todo le impedía asumir que sus familiares, sus amigos de siempre, sus antiguos vecinos, sus compañeros de universidad y trabajos, sus rivales deportivos... todos se cubrían la cara. Ponía nombres pero no podía poner máscaras. Ponía nombres y quería poner besos y abrazos.
"¿Y todo esto acabará poco a poco, como amaina un temporal, o llegará un día en el que, al despertarnos, al igual que en otros momentos históricos, alguien anunciará que la guerra ha terminado? ¿Habrá un fotógrafo preparado para captar un imagen de todos abrazándonos y tirando mascarillas como aquella de Times Square tras la Segunda Guerra Mundial?"
Después de tanta incertidumbre, tristeza y sufrimiento quizás un anuncio con sorpresa y grandes titulares provoque una mayor dosis de alegría sin que nadie se vaya apropiando, día tras día, a pequeños sorbos, con pocas verdades y golpes de Twitter, de la esperanza de la gente.
Antes de llegar a su casa siguió con sus rutinas. La boulangerie aún estaba abierta y sus baguettes preparadas. Recordó que no quedaba fromage y compró uno nuevo y dos de los de siempre, del terroir. Vino aún tenían.
Ese día venían sus hijos.
Tampoco ese día vieron los telediarios.




