sábado, 3 de abril de 2021

El baile de los domingos

Habíamos decidido buscar un lugar donde calentase un poco más el sol. A esa hora, los bancos de piedra que había a la salida del bar estaban ya en una sombra que se iba alargando hasta ocupar toda la calle. El viento que recorría sus apenas cincuenta metros la convertía en una zona poco acogedora.

Caminamos y, al acabar la fachada, a mano izquierda, un poyete y una fila de sillas de plástico verdes apiladas se convirtieron en un refugio perfecto. El sol pegaba de cara e iba a permanecer aún un buen rato de frente. Pese a tener delante dos motocicletas y un quad que no presagiaban nada bueno ni silencioso cuando sus dueños terminasen de comer, nos sentamos. Nos llamaron la atención los restos de una antigua cuadra, única construcción al otro lado del río que bajaba con brío. Sin ser realmente cómodas, esas sillas nos permitieron sentarnos con las piernas estiradas y los pies descalzos.

Elegimos ese lugar al azar aunque éste nunca es aleatorio: nos pareció una aldea tranquila y apartada pese a estar al borde de una carretera. En la curva de acceso, sobre un puente, alguien aprovechó el magnífico día de sol para colgar sin pudor alguno una completa colada. Qué bien seca la ropa colgada al viento y al sol.

Era el principio de la tarde y se acercó hasta donde ya habíamos empezado a beber la primera cerveza. En la montaña, al bajar, se suele decir que esa no cuenta. Siempre son varias y bien frías.

Llegó silenciosamente y se sentó en lo que parecía ser su sitio de costumbre. Aparentaba unos setenta años y, con una coquetería propia de los que ya no tienen miedo a nada, iba vestida con una bata floreada, con bolsillos y sin mangas, y unas zapatillas de estar por casa. Con la camisa remangada hasta los codos, sus manos eran nobles a la vez que suaves.

"¿Os importa que me quede aquí con vosotros un rato? No será mucho, acabamos de comer y tengo todo para fregar pero quiero aprovechar este ratín de sol que aún queda. ¡Qué día más bueno! ¿De dónde venís?"

No era la primera vez que, espontáneamente, alguien se acercaba a mi rebosando historias que escuchar. A la hora de la cerveza hay que tratar de elegir buenos lugares. La montaña, además del aspecto físico o deportivo, es una actividad con una fuerte carga emocional tanto en lo paisajístico como en lo personal. De ahí la importancia del contacto humano que muchas veces surge de lo inesperado y de la compañía.

Nos presentamos brevemente y explicamos lo que había sido nuestra ruta de montaña, modificada en cierto modo por una insistente niebla que al final no lo fue tanto.

"Ah bueno, pues buena subida habéis hecho"

Había comido con su hija que la había estado visitando el fin de semana. Estaba recogiendo sus cosas para regresar a su casa y, seguramente, ella había salido para no ser testigo de los preparativos de una nueva despedida. No le gustaban las ciudades por muy pequeñas que fueran. Veía barrotes en cualquier lugar. No era raro en alguien que llevaba toda la vida en aquella aldea en la que sólo había una calle rodeada de belleza.

"Allí nací yo - señalando la antigua cuadra del otro lado del río - luego nos vinimos para acá cuando montamos el bar. Vivíamos encima de la cocina"

Utilizaba el plural imagino que refiriéndose a sus padres.

"Eran otros tiempos y la vida era muy diferente. Muchas noches, a las tres de la mañana, llamaban a la puerta y mi madre se levantaba a preparar unos huevos fritos a los que pasaban por aquí"

Toda la vida en la misma aldea, sin apenas vecinos, seguramente siguiendo y manteniendo los mismos hábitos que sus padres. Ni una palabra de su marido. No dijo nada de él por lo que supuse que ya no estaba cerca.

El bar restaurante ya no lo llevaba ella. Antes de sentarnos me había acercado a la barra a pedir unas cervezas. Todas la mesas estaban ocupadas cumpliendo la restricciones impuestas por el Covid. O casi todas. Olía a comida rica y dudé en si pedir el menú pero habíamos almorzado hacía un rato.

"Lo cogieron estos chicos y no se come mal. Viene mucha gente también entre semana. Trabajadores de la zona. Si queréis podéis llevaros algo del menú. Hacen platos riquísimos"

Existe una tendencia muy urbanita a despreciar e ignorar a los que tienen raíces en un territorio. Sin embargo, son ellos los que mejor lo conocen, los que mejor lo cuidan y los que no se dejan impresionar por los que tratan de cambiar sus hábitos y hasta sus vidas con criterios de planta catorce de un ministerio, a golpe de Excel, de Reglamento y de BOE. O la pertinaz Bruselas. Cuántas veces los han utilizado como los tontos útiles de negociaciones..

Toda su vida trabajando con les vaques, produciendo miel, labrando la tierra, regentando un bar y formando una familia le daba cierta autoridad para criticar con sentido y conocimiento la nueva reglamentación con respecto al lobo, la política lingüística con respecto al bable oficial de la Consejería de turno y la proliferación criminal de la avispa velutina.

"Todo política e intereses. Nosotros no contamos"
 
"Y ahora esto. El Covid.... A mi ya me queda poco y no conoceré todas sus consecuencias...pero me han prohibido y quitado la ilusión de todas las semanas pese que aquí estamos muy aislados y apenas hubo casos"

En ningún momento pensé que le quedase poco porque estaba en plena forma física y mental. Aún conducía por aquellas carreteras de montaña que todavía se bloquean en invierno aunque nieve mucho menos que antes. Gracias a su coche se mantenía en contacto con el valle. Cada domingo por la tarde, en una sala del principal pueblo del concejo, se organizaba desde hace décadas un baile que amenizaba un grupo que tocaba en directo. Las normas de la pandemia obligaron a suspenderlo y desapareció así su, prácticamente, único vínculo social.

"Es lo que más me gusta. Bajar los domingos a bailar. Hace mucho que nos lo prohibieron y ya ni siquiera veo a mis amigos"

Uno se la imaginaba coqueta, arreglándose desde primera hora de la mañana, repitiendo rutinas, comiendo pronto ella sola y bajando al pueblo a juntarse con los de siempre a bailar. Ya no lo tenían y dudaban si volverían a tenerlo.

Sonreía y reía al contarlo como si fuese una gamberrada. Su mirada trasmitía una ilusión sana y sencilla.

"¡Qué cansada estoy! Hoy no me echaré la siesta ya pero debería: anoche estuve hasta las tres con el ordenador e internet"

"¿Y eso?"

" Me conecto para echar la partida de cartas. Juego con mucha gente al tute por internet. Estoy enganchada a esas partidas. Y eso que me llaman la atención por ser la más lenta - explicaba mientras hacía ademán de escribir en un teclado - "

Volvía a reír al explicarlo. Era imposible no compartir la sonrisa al imaginarla de madrugada, en la soledad de su casa, con la sola compañía de una tenue luz de una lámpara de pie, buscar en Google su web de partidas, teclear su identificador, introducir su contraseña y jugar con alguien que ni conocía ni sabía dónde podía estar.

Por la calle se acercó su hija. Tenía el coche aparcado delante de nosotros, después de las motos. Lo cargó, se despidió de ella y se marchó. Fue rápido.

"Prefiere la ciudad. Yo no lo entiendo pero es su vida. Estuvo trabajando en un hotel pero se ha quedado sin nada. Viene por aquí de vez en cuando"

Nos quedamos brevemente en silencio antes de despedirnos. Volvía a su casa y a recoger la cocina.

"No dejéis de venir por aquí. Y un día, quedaos a comer"


"Creo que mi padre tenía razón. En último resultado me hubiera convenido más permanecer a su lado, ayudarle en sus negocios, hacerlos prosperar y dejar transcurrir la vida dulcemente en el pueblo." (Armando Palacio Valdés, escritor asturiano)


#SacaLaFelicidadAPasear









 

martes, 19 de enero de 2021

Magdalenas con café con leche

 Quédate con quien te abra la puerta y te invite a merendar un café con magdalenas.

( En recuerdo de aquella tarde de febrero en la que tuve que conducir hasta Bronchales (Sierra de Albarracín) con la amenaza, cumplida, de una gran nevada para el regreso. Trabajaba para un banco y, además de labores rutinarias con los habitantes, tenía que cumplir con unos objetivos comerciales absurdos entre aquella gente. Me recibieron como siempre lo hacen en esos pequeños pueblos: al grito de "¡ha llegado el del banco!", invitándome a entrar, apretando las bombillas de las lámparas para que hubiese más luz, sentándome a merendar unas exquisitas magdalenas con café con leche y dándome conversación.

A la vuelta hacia Teruel, de noche, en plena nevada y poniendo las cadenas, empecé a tomar la decisión que más marcó mi vida profesional: dejar el banco en el que apenas llevaba unas semanas y hacer caso a mi vocación. )


#SacaLaFelicidadAPasear




jueves, 31 de diciembre de 2020

No fallemos al 21

Mañana será sólo un día más pero, simbólicamente, nos quitaremos un peso de encima. Hoy arrancamos con ganas la última página de 2020 con la esperanza de que sólo nos queden arañazos y alguna cicatriz.

El año que nunca hubiésemos imaginado: nos deseamos lo mejor y nos trajo lo peor. Toda una traición que nos encontró desprevenidos, poco preparados y mal acostumbrados. Nos puso del revés, nos encerró y jugó con las llaves de nuestra libertad riéndose en nuestra cara ahora tapada.

Pero en definitiva, pese a la pandemia y su gestión, nos encontramos ante la oportunidad de reorganizar nuestra vida, de redefinirla y de unir a todos los actores de nuestro personal pequeño mundo en el que el grande seguirá siendo grande, el pequeño seguirá siendo pequeño pero todos deberíamos seguir siendo complementarios.

Inicia bien el año y ojalá que apenas tengas que mirar hacia atrás.

Desde muy dentro, esta vez sí, mi más sincero deseo de que recuperemos todo lo que necesitamos, volvamos a ver una sonrisa, sentir un abrazo, descubrir una caricia y disfrutar de un beso.

Bienvenido 2021.

No nos falles. No le fallemos.


#SacaLaFelicidadAPasear








viernes, 18 de diciembre de 2020

Ya no llegan postales escritas a mano

Ya no llegan postales escritas a mano y es cuando más las necesitamos.

Hace unos días recibí, como recuerdo de una travesía, esta foto. Sentados en ese mismo banco, almorzando a media mañana, la vimos llegar. Tengo especial debilidad por los montañeros o caminantes solitarios. Siempre los acompaña una conversación para compartir. Espontáneamente, intercambiamos las habituales introducciones con la certeza de que iríamos coincidiendo en nuestra ruta. En cada parada un poco más y cada vez más confianza.

Días después, nos despedimos horas antes de la gran tormenta que ella prefirió retar arriba mientras nosotros optamos por retroceder algo. Esa noche apenas pudimos pegar ojo y la imaginamos sola entre rayos, truenos y trombas de agua que, en lo negro, parecen no tener fin.

Meses después, en mitad de una enorme nevada, ha vuelto a pasar por el lugar en el que nos conocimos. Volvía a pasar sola "con la compañía silenciosa de la nieve". Hizo esta foto y me la mandó como un recuerdo "de felicidad salvaje".

Me la mandó por WhatsApp pero, estoy convencido, que de haber conocido mi dirección, hubiese escrito una postal a mano y la hubiera enviado por correo.


#SacaLaFelicidadAPasear











lunes, 7 de diciembre de 2020

Quedaron donde siempre

Aquel día decidió no sólo llamarlo sino quedar con él. No hacerlo y seguir confiando en los mensajes escritos en el móvil era una forma de dejadez y de egoísta conveniencia. En algunos casos hasta de cobardía. El teléfono y las redes sociales no servían más que para justificar una falsa cercanía que cada vez era más incómoda. No entendían cómo habían podido llegar a eso. Corrían el riesgo de pasar de lo difuso a lo oscuro. Y de ahí a desaparecer sólo había un paso. 

Ceden su sitio las personas a los compromisos, los intereses, las vanidades, las envidias, las sombras y los por si acasos. 

Incomprehensiblemente ya le había pasado con quien, tiempo atrás, compartió todo. ¿Cuántos números de teléfono somos capaces de recordar sin mirar una agenda? Números que marcábamos en un teléfono negro de pared, con un auricular muy pesado, metiendo el dedo para hacer girar una rueda hasta un tope cuando aún no había ni prefijos. Pues treinta años después, el suyo aún era capaz de recitarlo dígito a dígito que era como él memorizaba cierto tipo de números. También el DNI. Era incapaz de repetirlos de otro modo.

Lo llamó y quedaron donde siempre para echarse a andar con la complicidad que consiguen los paseos sin rumbo y sin tiempo. Sólo se queda donde siempre con los que se comparte algo más de lo que se puede contar. Un banco de un parque, un cartelón publicitario, un cruce de calles, una barra de un bar o la parada de donde partía el último autobús. Quedar donde siempre es volver al pueblo, volver a las raíces, volver donde se fue feliz o donde se truncó un amor. O ambas cosas. Aunque hayan pasado décadas, todos tenemos a alguien al que, si le decimos donde siempre, allí deberíamos encontrarlo. Otra cosa es que acuda.

Con las pisadas apenas perceptibles y habiendo aún recorrido pocas calles, fueron emergiendo nuevamente las personas que ellos mismos seguían siendo y eso los reconfortaba. Siempre había sido así. Notaban viva la cercanía que provoca el roce tras un tropiezo, una confidencia de última hora, una mano en el hombro o, simplemente, adivinar el final de un recuerdo que el otro recitaba o una ayuda no solicitada. La música de la voz, los viejos latiguillos, el acabar de algunas sílabas y el olor del jabón en la ropa eran los de siempre. El catálogo de anécdotas, aunque repetitivo, seguía provocando tanto sonrisas como carcajadas. A una le seguía otra sin un orden lógico. Saltaban en el tiempo, recorrían el mundo y evocaban el pasado. Compartieron chascarrillos que nadie más entendería.

Le contó que un día la había vuelto a ver. Que se la encontró por la calle cuando ya casi había perdido la esperanza. En realidad no fue fortuito porque fue a buscarla. Reconoció su manera de andar, su bolsa del gimnasio y su gorro amarillo. Sólo fueron capaces de mirarse antes de volver a desaparecer. Nada más. Llegó a pensar que no lo había reconocido pero no era más que una defensa porque la vio llorar. Su ausencia no le atormentaba pero no encontraba razones que la explicaran. Y con la duda pasaban los años.

Se preguntaron por viejos amigos. De alguno tenían noticias porque compartían grupos de whatsapp y, de vez en cuando, reenviaba impulsivamente alguna falsa noticia, un chiste sin gracia o un vídeo lacrimógeno. Pero en realidad no sabían nada de él ni de qué tal le iría en aquel trabajo que tuvo que aceptar marchándose lejos de lo suyo. Lo único que sabían de él era que en su foto de perfil estaba muy deteriorado y que parecía estar irritado con la vida. Pero nada de los motivos y menos de los sentimientos. Sería una pena volver a conectar cuando ya fuese muy tarde.

Ese día caminaron durante horas y se toparon con algunos conocidos con los que cruzaron algo más que un saludo. Frente al mar, una pareja que enseguida adivinaron extranjera miraba lejos. Había un fuerte temporal que hacía más bello al mar. De una antigua casa de piedra salía el olor de un guiso de cuchara que iba a preceder a una larga sobremesa. Olía a chimenea. En una ladera cercana unos críos chillaban mientras un perro jugaba a quitarles la pelota. Las hojas de los árboles ya habían empezado a cubrir los caminos. Sobre la arena de la playa un grupo de surfistas calentaba antes de meterse en las olas. Una familia joven estrenaba bicicletas pedaleando en fila india. Una chica joven acompañaba, empujando una silla de ruedas, a una mujer muy mayor pero aún sonriente. Dos empleados satisfechos repasaban los cubos de la basura y ordenaban la calle. También había quien preparaba el barco para salir a pescar esa noche. Olía a pan. Había mucha vida tranquila. 

También hubo silencios que no hizo falta explicar.




domingo, 8 de noviembre de 2020

Su rincón de pensar

Si fuese una película, un rato después de sentarse frente al mar estaría hablando con un desconocido desde el banco de al lado mientras el guión los iría acercando entre plano y plano. Acabarían riendo y contándose el pasado sentados alrededor de una pequeña mesa redonda de un bistrot mientras un camarero, con delantal largo, limpiaría una y otra vez la barra de mármol blanco.

Siempre son pequeñas y redondas las mesas de bistrot.

Pero ni era un personaje, ni había guión ni mucho menos acompañante. Había un bistrot cerrado. Había mesas apiladas. Pero tampoco había un camarero con delantal largo sirviendo deux pressions s´il vous plaît.

Estaba en la desescalada, o en la nueva normalidad, o en alguna de las fases, o como quisieran titularla en una rueda de prensa un ministro con gafas y un burócrata experto, y había salido de su pequeño comercio a descansar en su rincón de pensar. En ese sentido tenía suerte y era consciente: sus camisetas se seguían vendiendo, su actual pareja era veterinario y sus hijos estaban independizados cerca de su casa. En cierto modo, unos privilegiados que supieron elegir el lugar donde vivir y que no se vieron encerrados durante semanas entre murallas de hormigón, rayos de sol sólo al amanecer, árboles obedientes y alineados y sonidos feos y ordenados en el caos. También olía bien. A humedad fresca, a limpio continuo.

En realidad su vida había cambiado poco porque seguía manteniendo sus rutinas. Quizás le faltaba la compañía de los visitantes de temporada, los asiduos de los fines de semana y la posibilidad de improvisar. Las normas cambiaban cada semana y ya no sabían si estaban confinados perimetralmente, sólo localmente o absolutamente encerrados. Tenían la montaña cerca, la veían desde su casa pero no podían acercarse. Vivir sin orden y sin agenda era lo que le había traído hasta aquí cuando se separó de su anterior pareja. Se seguían llevando bien, no fue traumático porque ya no había pasión, tan sólo inercia, respeto y cierta comodidad.

Sin acompañante en el banco de al lado, su rincón de pensar la llevó a mirar lejos donde nacía el oleaje que tanto le fascinaba. Adoraba el caos, ver crecer la ola y la fuerza salvaje del agua contra las rocas. Cada vez que el mar se mostraba poderoso pensaba en cómo sería una noche de tormenta allá dentro sin ni siquiera poder imaginar, encerrados en la bodega, que, en algún sitio, seguiría habiendo tierra firme como refugio. Conocía suficientes historias de marinos y marineros. El caos de una tormenta y el miedo de todos pero, sobre todo, del novato o primerizo. Sólo la experiencia, la calma, la valentía, la humildad, el respeto y la empatía del capitán podía encontrar la salida.

Volvió a casa subiendo la empinada pendiente que le permitía mirar lejos y pensar en los millones de personas que vivían tras las mascarillas desde hace meses. Era algo fácil de imaginar en bruto pero muy complicado de pensar en la gente que conocía y quería y que ya hacía tanto tiempo que no veía. Se había acostumbrado a ver a los más próximos con la cara tapada pero todo le impedía asumir que sus familiares, sus amigos de siempre, sus antiguos vecinos, sus compañeros de universidad y trabajos, sus rivales deportivos... todos se cubrían la cara. Ponía nombres pero no podía poner máscaras. Ponía nombres y quería poner besos y abrazos.

"¿Y todo esto acabará poco a poco, como amaina un temporal, o llegará un día en el que, al despertarnos, al igual que en otros momentos históricos, alguien anunciará que la guerra ha terminado? ¿Habrá un fotógrafo preparado para captar un imagen de todos abrazándonos y tirando mascarillas como aquella de Times Square tras la Segunda Guerra Mundial?"

Después de tanta incertidumbre, tristeza y sufrimiento quizás un anuncio con sorpresa y grandes titulares provoque una mayor dosis de alegría sin que nadie se vaya apropiando, día tras día, a pequeños sorbos, con pocas verdades y golpes de Twitter, de la esperanza de la gente.

Antes de llegar a su casa siguió con sus rutinas. La boulangerie aún estaba abierta y sus baguettes preparadas. Recordó que no quedaba fromage y compró uno nuevo y dos de los de siempre, del terroir. Vino aún tenían. 

Ese día venían sus hijos.

Tampoco ese día vieron los telediarios.






lunes, 2 de noviembre de 2020

Ya no hay jefe de estación con gorra roja y banderín

Este verano del Covid, me escribía una amiga desde un tren con destino a Zaragoza recordándome aquella serie de artículos sobre el AVE que escribí hace ya cierto tiempo y que están al inicio de este blog. Me contaba una anécdota que estaba viviendo en ese mismo momento con una pasajera del coche 7, 8A, que, en plena pandemia, y con parte de Aragón volviendo a la fase 2, flexible en aquellos días, se negaba a ponerse la mascarilla cómo ya le habían solicitado, e insistido varias veces, tanto el revisor como dos pasajeros encorbatados en pleno julio y ella misma. Cuando hace unos años escribía aquello para entretenerme en mis idas y vueltas a Zaragoza, trataba de reflejar situaciones reales que la fauna viajera, por ocio, trabajo o vicio, escenificaba en los vagones o andenes de una manera natural y, casi siempre, sin respeto alguno al de al lado.

El verano, con todas sus facetas además de las propias vacaciones, convierte a los medios de transporte en escenarios en los que todos, y ahí me incluyo, creamos personajes, lucimos vestimentas y vivimos situaciones en las que podemos ser actores principales, secundarios o meros espectadores.

Los trenes y los autobuses, tradicionalmente más variopintos, siempre han dado mucho juego aunque de un tiempo a esta parte, los aeropuertos y aviones recuperan muy veloces el terreno. Prueben a observar una terminal en verano y lo comentamos.

Con lo que más hemos perdido ha sido con la desaparición de aquellos trenes nocturnos en los que no sólo se viajaba. Me fascinaba el ambiente nocturno previo a la salida de aquellos expresos. Las grandes estaciones en edificios singulares ( Gare du Nord, Austerlitz, Milano Centrale, Antwerpen Central, Atocha, Gare de Lyon, Amsterdam Centraal...) adquirían una personalidad propia cuando caía la noche y, en sus aledaños, viejas tascas y muchos tugurios adoptaban a viajeros de mochila, representantes de comercio y matrimonios mayores que se mezclaban con los habituales de las noches más sórdidas, casi siempre inofensivos pero a veces complicados. Calles oscuras, cubos de la basura, sospechosas pensiones y compradores de oro.

Entre ruidos y luces de ciudad que se apagaban, a bordo de aquellos expresos dejabas un país una tarde y amanecías en otro a la mañana siguiente habiendo, entre medias, disfrutado de toda una pequeña vida. O de una odisea que podía empezar en el mismo andén si, horas antes de embarcar, ya abundaban los viajeros y las mochilas, conscientes todos del abordaje que se preparaba con la apertura de las puertas. Sólo los privilegiados de la Compagnie Internationale des Wagons Lits, con sus vagones separados del resto y tripulación muy elegante, escapaban del asalto a los compartimentos de segunda sin reserva. No coger asiento podía significar viajar horas y horas en ese frío espacio entre coche y coche, donde coincidían puerta de acceso y cuarto de baño.

Los viajes eran largos, muy largos y ruidosos, y pese a la noche y la oscuridad eran pocos los afortunados que conseguían enlazar horas de sueño en aquellos asientos de ocho butacas enfrentadas entre si, con los portaequipajes superiores repletos de mochilas. Siempre colgaba alguna cincha de la que nadie se responsabilizaba. A veces hasta sonaba un despertador que nadie apagaba. Con suerte, en algunos trayectos, el compartimento no se llenaba y podíamos semi tumbarnos hasta que, en una solitaria estación de un pueblo alemán, subía algún solitario que siempre, a las cuatro de la mañana, escogía tu compartimento para ocupar una butaca. De dónde vendría a esas horas se convertía en un debate que el nocturno e indeseado viajero no solía entender. Tampoco parecía importarle. Las lenguas, como las monedas, eran diferentes y dificultaban los intercambios. Sorprendentemente, en alguna ocasión, el visitante nocturno era originario de Benavente y, tras la exaltación inicial del vínculo común, iniciaba el relato de su vida que solía empezar con la emigración forzosa de sus antepasados. 

Todavía no existían las franquicias ni los centros de las ciudades compartían tantos escaparates o rótulos como ahora. Disfrutábamos de la diferencia y de los descubrimientos. Viajar una noche significaba no sólo cambiar de país sino llegar, de buena hora, a una cultura totalmente distinta en la que lo primero que urgía era cambiar moneda. Solían abundar esos puestos casi ambulantes con su clásico: CAMBIO-CHANGE-EXCHANGE-WECHSEL y con las banderas de los países, al estilo de los menús de los platos combinados de los restaurantes de turistas. Infructuosamente, siempre intentábamos que no nos timasen mucho con los tipos de cambio y las comisiones. Siempre, en cada cambio, algo perdíamos. Tanto al llegar cómo al salir. Salvo el enterado del grupo, nunca sabíamos si éramos vendedor o comprador de divisas ni el tipo de cambio correcto a aplicar. 

Éramos mucho más permisivos y tolerantes y mucho menos exigentes. No existía el compromiso de puntualidad y dábamos por hecho que habría retraso. Pero no pasaba nada porque aprovechábamos el tiempo. Aquellas paradas en mitad de la niebla francesa permitían asomar la cabeza en la nada y respirar olores que aún nos eran ajenos. También se acababa el agua de las cantimploras y no podíamos reponerla salvo en aquella estación de la entonces Yugoslavia en la que, a la carrera, y jugándonos quedarnos en tierra de nadie, nos arriesgamos con aquel grifo de un inmundo cuarto de baño croata.

Viajar no era sólo desplazarse. Las noches en los trenes eran pedazos de vida en los que aparecían personas, en los que se descubrían lugares, en los que se pasaba bien e, incluso, mal. Olores de tren, ruidos de tren, luces de tren. Gracias a aquellos vagones, que convertíamos en habitaciones, ahorrábamos en pensiones. Tras el primer sueño, llegaba el revisor a taladrar el billete. Tras el segundo, ya muy entrada la noche, en alguna frontera austriaca entraba una pareja de policías pidiendo pasaportes. Ni una risita a destiempo.

Ahora, años después, mientras en algunos países vuelven a plantearse la vuelta de aquellos expresos nocturnos, miro los trenes de nuestras modernas estaciones con cierta añoranza. Velocidad contra calma. Puntualidad contra descubrimiento. Pasajeros contra viajeros. Silencio contra chu cu chu. Nadie mira por la ventana porque sólo quieren llegar.

Salvo en las pequeñas estaciones de pueblos, ya no hay despedidas en los andenes ni poesía silenciosa en una parada prolongada en un solitario apeadero cuando no ha amanecido. Ya no hay llegadas cuando la ciudad despierta y el largo convoy suelta el último soplido.

Ya no hay jefe de estación con gorra roja y banderín.