sábado, 3 de abril de 2021

El baile de los domingos

Habíamos decidido buscar un lugar donde calentase un poco más el sol. A esa hora, los bancos de piedra que había a la salida del bar estaban ya en una sombra que se iba alargando hasta ocupar toda la calle. El viento que recorría sus apenas cincuenta metros la convertía en una zona poco acogedora.

Caminamos y, al acabar la fachada, a mano izquierda, un poyete y una fila de sillas de plástico verdes apiladas se convirtieron en un refugio perfecto. El sol pegaba de cara e iba a permanecer aún un buen rato de frente. Pese a tener delante dos motocicletas y un quad que no presagiaban nada bueno ni silencioso cuando sus dueños terminasen de comer, nos sentamos. Nos llamaron la atención los restos de una antigua cuadra, única construcción al otro lado del río que bajaba con brío. Sin ser realmente cómodas, esas sillas nos permitieron sentarnos con las piernas estiradas y los pies descalzos.

Elegimos ese lugar al azar aunque éste nunca es aleatorio: nos pareció una aldea tranquila y apartada pese a estar al borde de una carretera. En la curva de acceso, sobre un puente, alguien aprovechó el magnífico día de sol para colgar sin pudor alguno una completa colada. Qué bien seca la ropa colgada al viento y al sol.

Era el principio de la tarde y se acercó hasta donde ya habíamos empezado a beber la primera cerveza. En la montaña, al bajar, se suele decir que esa no cuenta. Siempre son varias y bien frías.

Llegó silenciosamente y se sentó en lo que parecía ser su sitio de costumbre. Aparentaba unos setenta años y, con una coquetería propia de los que ya no tienen miedo a nada, iba vestida con una bata floreada, con bolsillos y sin mangas, y unas zapatillas de estar por casa. Con la camisa remangada hasta los codos, sus manos eran nobles a la vez que suaves.

"¿Os importa que me quede aquí con vosotros un rato? No será mucho, acabamos de comer y tengo todo para fregar pero quiero aprovechar este ratín de sol que aún queda. ¡Qué día más bueno! ¿De dónde venís?"

No era la primera vez que, espontáneamente, alguien se acercaba a mi rebosando historias que escuchar. A la hora de la cerveza hay que tratar de elegir buenos lugares. La montaña, además del aspecto físico o deportivo, es una actividad con una fuerte carga emocional tanto en lo paisajístico como en lo personal. De ahí la importancia del contacto humano que muchas veces surge de lo inesperado y de la compañía.

Nos presentamos brevemente y explicamos lo que había sido nuestra ruta de montaña, modificada en cierto modo por una insistente niebla que al final no lo fue tanto.

"Ah bueno, pues buena subida habéis hecho"

Había comido con su hija que la había estado visitando el fin de semana. Estaba recogiendo sus cosas para regresar a su casa y, seguramente, ella había salido para no ser testigo de los preparativos de una nueva despedida. No le gustaban las ciudades por muy pequeñas que fueran. Veía barrotes en cualquier lugar. No era raro en alguien que llevaba toda la vida en aquella aldea en la que sólo había una calle rodeada de belleza.

"Allí nací yo - señalando la antigua cuadra del otro lado del río - luego nos vinimos para acá cuando montamos el bar. Vivíamos encima de la cocina"

Utilizaba el plural imagino que refiriéndose a sus padres.

"Eran otros tiempos y la vida era muy diferente. Muchas noches, a las tres de la mañana, llamaban a la puerta y mi madre se levantaba a preparar unos huevos fritos a los que pasaban por aquí"

Toda la vida en la misma aldea, sin apenas vecinos, seguramente siguiendo y manteniendo los mismos hábitos que sus padres. Ni una palabra de su marido. No dijo nada de él por lo que supuse que ya no estaba cerca.

El bar restaurante ya no lo llevaba ella. Antes de sentarnos me había acercado a la barra a pedir unas cervezas. Todas la mesas estaban ocupadas cumpliendo la restricciones impuestas por el Covid. O casi todas. Olía a comida rica y dudé en si pedir el menú pero habíamos almorzado hacía un rato.

"Lo cogieron estos chicos y no se come mal. Viene mucha gente también entre semana. Trabajadores de la zona. Si queréis podéis llevaros algo del menú. Hacen platos riquísimos"

Existe una tendencia muy urbanita a despreciar e ignorar a los que tienen raíces en un territorio. Sin embargo, son ellos los que mejor lo conocen, los que mejor lo cuidan y los que no se dejan impresionar por los que tratan de cambiar sus hábitos y hasta sus vidas con criterios de planta catorce de un ministerio, a golpe de Excel, de Reglamento y de BOE. O la pertinaz Bruselas. Cuántas veces los han utilizado como los tontos útiles de negociaciones..

Toda su vida trabajando con les vaques, produciendo miel, labrando la tierra, regentando un bar y formando una familia le daba cierta autoridad para criticar con sentido y conocimiento la nueva reglamentación con respecto al lobo, la política lingüística con respecto al bable oficial de la Consejería de turno y la proliferación criminal de la avispa velutina.

"Todo política e intereses. Nosotros no contamos"
 
"Y ahora esto. El Covid.... A mi ya me queda poco y no conoceré todas sus consecuencias...pero me han prohibido y quitado la ilusión de todas las semanas pese que aquí estamos muy aislados y apenas hubo casos"

En ningún momento pensé que le quedase poco porque estaba en plena forma física y mental. Aún conducía por aquellas carreteras de montaña que todavía se bloquean en invierno aunque nieve mucho menos que antes. Gracias a su coche se mantenía en contacto con el valle. Cada domingo por la tarde, en una sala del principal pueblo del concejo, se organizaba desde hace décadas un baile que amenizaba un grupo que tocaba en directo. Las normas de la pandemia obligaron a suspenderlo y desapareció así su, prácticamente, único vínculo social.

"Es lo que más me gusta. Bajar los domingos a bailar. Hace mucho que nos lo prohibieron y ya ni siquiera veo a mis amigos"

Uno se la imaginaba coqueta, arreglándose desde primera hora de la mañana, repitiendo rutinas, comiendo pronto ella sola y bajando al pueblo a juntarse con los de siempre a bailar. Ya no lo tenían y dudaban si volverían a tenerlo.

Sonreía y reía al contarlo como si fuese una gamberrada. Su mirada trasmitía una ilusión sana y sencilla.

"¡Qué cansada estoy! Hoy no me echaré la siesta ya pero debería: anoche estuve hasta las tres con el ordenador e internet"

"¿Y eso?"

" Me conecto para echar la partida de cartas. Juego con mucha gente al tute por internet. Estoy enganchada a esas partidas. Y eso que me llaman la atención por ser la más lenta - explicaba mientras hacía ademán de escribir en un teclado - "

Volvía a reír al explicarlo. Era imposible no compartir la sonrisa al imaginarla de madrugada, en la soledad de su casa, con la sola compañía de una tenue luz de una lámpara de pie, buscar en Google su web de partidas, teclear su identificador, introducir su contraseña y jugar con alguien que ni conocía ni sabía dónde podía estar.

Por la calle se acercó su hija. Tenía el coche aparcado delante de nosotros, después de las motos. Lo cargó, se despidió de ella y se marchó. Fue rápido.

"Prefiere la ciudad. Yo no lo entiendo pero es su vida. Estuvo trabajando en un hotel pero se ha quedado sin nada. Viene por aquí de vez en cuando"

Nos quedamos brevemente en silencio antes de despedirnos. Volvía a su casa y a recoger la cocina.

"No dejéis de venir por aquí. Y un día, quedaos a comer"


"Creo que mi padre tenía razón. En último resultado me hubiera convenido más permanecer a su lado, ayudarle en sus negocios, hacerlos prosperar y dejar transcurrir la vida dulcemente en el pueblo." (Armando Palacio Valdés, escritor asturiano)


#SacaLaFelicidadAPasear









 

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