Pensábamos en John Wayne y acabé más cerca de ser Paco Martínez Soria.
No estábamos acostumbrados a montar pero organizamos una excursión que incluía barbacoa en mitad del monte. Seríamos seis u ocho trotando y galopando caballos infinitamente más listos y resabiados que nosotros, que éramos jóvenes. En ese tiempo, por suerte no existían aún las reglamentaciones tan estrictas que ahora prohíben disfrutar de tantas cosas.
La vuelta a las cuadras fue muy rápida y no había quién se hiciese con el control de los caballos que actuaban en modo vuelta a casa. Imponían un trote continuo que nadie era capaz de frenar.
Esa noche recuerdo que acudíamos a un concierto en una sala del centro. Desde muy joven disfruté de una Vespa roja que hoy, treinta y cinco años después, sigue respondiendo a su pata de arranque en mi garaje. Lo que iba a ser un simple desplazamiento, aún sin casco obligatorio, se convirtió en un problema que sólo tenía una solución.
Al intentar sentarme en la posición natural de la Vespa ( de frente, rodillas adelante ) tuve que desistir inmediatamente por el enorme dolor que me producía la herida sangrante que se me había formado en toda la zona del culo. Pero una herida no me iba a dejar en casa.
Al puro estilo mujer italiana, con falda de flores, años 50, que viajaba de paquete en la Vespa de Pietro, giré mi cuerpo, dejé caer los pies hacia el lado derecho y, con una elegante rotación de cintura al frente encaré calles y semáforos acordándome de mi galope de principiante.
Llegué, la herida seguía sangrando suavemente y mejor voy a terminar aquí el relato.
Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.
domingo, 22 de marzo de 2020
jueves, 19 de marzo de 2020
Porque la vida va de personas (Saquemos la felicidad a pasear)
Cuando al atardecer, aquellos cinco franceses surgieron de la nada, cargados con tres cajas de cervezas frías, volvimos a creer en todo.
Habíamos estado caminando cerca de nueve horas sin tener claro dónde íbamos a dormir esa noche. No era algo que nos preocupase especialmente porque llevábamos con nosotros todo lo que necesitábamos para recorrer una gran parte de la Transpirenaica.
La cabaña era simple, muy básica, aunque en según qué circunstancias, era puro lujo. Techo cerrado, una litera de las que no dejan de rechinar toda la noche, limpia y hasta una mesa que no llegamos a utilizar. No íbamos a estar más que unas horas así que para nosotros era casi un resort todo incluido, sin pulsera de colores ni daiquiri en la piscina. Lo malo es que no había nada más incluido. Ni siquiera esa cerveza con la que sueñas en cada paso que vas dando, sobre todo en los infinitos tramos de bajada. Cómo en la vida, hay que saber que bajar no es como subir: suele ser mucho más aburrido, largo e incluso peligroso. Subir es duro pero es camino de ida, de descubrir, de pensar en llegar a lo bello, de sentir el aliento del compañero, de ayudarse mutuamente porque la ruta vale lo que el compañero más débil, de ilusión. Bajar es muchas veces volver al coche y acabar.
Descalzo y sin camiseta decidí levantarme y dirigirme a ellos con la cartera en el bolsillo. Al verme acercar noté cómo sus rostros expresaban la sorpresa y hasta cierto temor ante lo desconocido. Alguno incluso mascullaba algo que no pude escuchar. Iba decidido a pagar lo que fuese por una de aquellas botellas que, seguramente, estaban destinadas a alguna juerga nocturna para celebrar la luna llena, el trabajo de alguno o una cutre despedida de soltero. Muy educadamente, y casi pidiendo perdón, les pedí que si me vendían alguna, aunque fuese sólo una, para compartir con mi compañero. Y fue entonces cuando se produjo el milagro.
"- ¿Vender? De ninguna manera. Manu dale cuatro." ( Acheter? Pas du tout. Manu donne-lui quatre. )
Esas cervezas, como todas aquellas pequeñas cosas que se comparten con los que realmente te importan, son lo que no valoramos hasta que no las tenemos o hasta que un virus, cuyo origen nunca sabremos, trata de robarnos la esperanza sabiendo que no lo conseguirá.
Ahora que nos damos cuenta de lo importante de lo simple, de lo pequeño y de lo insignificante de lo grande y superfluo, cuando salgamos de esta, espero que haya más grupos como el de Manu que, cuando alguien vaya a pedirles la ayuda que a ellos les sobraba, sepan mostrarse empáticos, generosos y solidarios con los que tienen cerca.
Porque la vida va de personas.
Habíamos estado caminando cerca de nueve horas sin tener claro dónde íbamos a dormir esa noche. No era algo que nos preocupase especialmente porque llevábamos con nosotros todo lo que necesitábamos para recorrer una gran parte de la Transpirenaica.
La cabaña era simple, muy básica, aunque en según qué circunstancias, era puro lujo. Techo cerrado, una litera de las que no dejan de rechinar toda la noche, limpia y hasta una mesa que no llegamos a utilizar. No íbamos a estar más que unas horas así que para nosotros era casi un resort todo incluido, sin pulsera de colores ni daiquiri en la piscina. Lo malo es que no había nada más incluido. Ni siquiera esa cerveza con la que sueñas en cada paso que vas dando, sobre todo en los infinitos tramos de bajada. Cómo en la vida, hay que saber que bajar no es como subir: suele ser mucho más aburrido, largo e incluso peligroso. Subir es duro pero es camino de ida, de descubrir, de pensar en llegar a lo bello, de sentir el aliento del compañero, de ayudarse mutuamente porque la ruta vale lo que el compañero más débil, de ilusión. Bajar es muchas veces volver al coche y acabar.
Descalzo y sin camiseta decidí levantarme y dirigirme a ellos con la cartera en el bolsillo. Al verme acercar noté cómo sus rostros expresaban la sorpresa y hasta cierto temor ante lo desconocido. Alguno incluso mascullaba algo que no pude escuchar. Iba decidido a pagar lo que fuese por una de aquellas botellas que, seguramente, estaban destinadas a alguna juerga nocturna para celebrar la luna llena, el trabajo de alguno o una cutre despedida de soltero. Muy educadamente, y casi pidiendo perdón, les pedí que si me vendían alguna, aunque fuese sólo una, para compartir con mi compañero. Y fue entonces cuando se produjo el milagro.
"- ¿Vender? De ninguna manera. Manu dale cuatro." ( Acheter? Pas du tout. Manu donne-lui quatre. )
Esas cervezas, como todas aquellas pequeñas cosas que se comparten con los que realmente te importan, son lo que no valoramos hasta que no las tenemos o hasta que un virus, cuyo origen nunca sabremos, trata de robarnos la esperanza sabiendo que no lo conseguirá.
Ahora que nos damos cuenta de lo importante de lo simple, de lo pequeño y de lo insignificante de lo grande y superfluo, cuando salgamos de esta, espero que haya más grupos como el de Manu que, cuando alguien vaya a pedirles la ayuda que a ellos les sobraba, sepan mostrarse empáticos, generosos y solidarios con los que tienen cerca.
Porque la vida va de personas.
jueves, 30 de enero de 2020
Confesiones en una calle francesa
Qué bien cuidan sus calles y sus pueblos en Francia.
Me fijé en ellos porque eran los únicos que caminaban por esa calle a esa hora dónde sólo se escuchan voces desordenadas en un patio de un liceo.
Paseaban para hablar y ambos se escuchaban con una admiración nada habitual. Estaban, seguramente, disfrutando de unos días surgidos de la improvisación y de un arranque de espontaneidad que los permitía mostrarse tal y como eran de verdad.
Era uno de esos momentos en los que las palabras y los silencios logran su objetivo de reflejar las emociones. Sin esquinas ni oscuros ángulos muertos.
Sin detenerse y sin previo aviso, cómo realmente brotan las verdades, le dijo:
"Debo confesarte que en ese momento de la noche, justo antes de dormir, en el que cada uno elige lo que recordar, yo me agarro a ti".
Ya sólo se oyeron pisadas acompasadas y se perdieron en uno de los callejones que llevan al mar.
Me fijé en ellos porque eran los únicos que caminaban por esa calle a esa hora dónde sólo se escuchan voces desordenadas en un patio de un liceo.
Paseaban para hablar y ambos se escuchaban con una admiración nada habitual. Estaban, seguramente, disfrutando de unos días surgidos de la improvisación y de un arranque de espontaneidad que los permitía mostrarse tal y como eran de verdad.
Era uno de esos momentos en los que las palabras y los silencios logran su objetivo de reflejar las emociones. Sin esquinas ni oscuros ángulos muertos.
Sin detenerse y sin previo aviso, cómo realmente brotan las verdades, le dijo:
"Debo confesarte que en ese momento de la noche, justo antes de dormir, en el que cada uno elige lo que recordar, yo me agarro a ti".
Ya sólo se oyeron pisadas acompasadas y se perdieron en uno de los callejones que llevan al mar.
jueves, 9 de enero de 2020
Un pianista en el Avión
Después de muchos años, ella decidió llamarlo para después escribirle y, más tarde, provocar un encuentro que, en realidad, era una cita casi a ciegas, bajo un enorme anuncio de una exposición del centro de la ciudad. Recorrieron callejuelas sin rumbo ni destino hasta que se dieron cuenta que ninguno había comido. Sin decidirlo, acabaron tomando un bocadillo en un amplio local, tan frío e impersonal, que nunca más regresaron a él. De todos modos, lo importante nunca fue ese bocadillo sino volver a encontrarse.
Solían verse en viejas terrazas, tascas de los centros, casas de comidas donde siempre había alguna mesa calzada con un taco de madera, sillas desparejadas, servilleteros vacíos, menús cantados desde una libreta, tres primeros y tres segundos a elegir, con postre, pan y vino con gaseosa.
Preferían sentarse frente a frente en lugares que, de lo corrientes que parecían, acababan convirtiéndose en imprescindibles para ir recorriendo recuerdos e imaginando sueños que, en realidad, eran deseos.
Aunque no lo compartieron nunca, debió ser en alguna de aquellas sobremesas cuándo él se lo preguntó. Quiso saber si recordaba aquel oscuro local al que se accedía casi con contraseña llamando a una puerta que ocultaba una pesada cortina de felpa rojizo. Estaba en una calle corriente, lejos del bullicio de las zonas de ocio nocturno. Era una calle de un barrio céntrico en el que aún conviven la burguesía tradicional con el comercio de toda la vida. Las franquicias con los mercados. La falsa sonrisa con la carcajada. El plástico con lo noble. Seguramente aún seguirá habiendo alguna mercería con un estudiado escaparate de rebajas anotadas a mano, algún colmado con especialidades astur-leonesas o alguna ferretería en la que un empleado, con bata azul, no habrá aún dejado de vender alcayatas al peso envueltas en papel de estraza.
Eran conscientes de que compartían mucho más de lo que querían y, por ello, no entendían que no hubiesen coincidido años antes en aquel local.
Abría a cualquier hora y dentro no había ni una ventana al exterior. Su oscuridad la acrecentaba una caótica decoración consistente en objetos de cualquier origen que sólo el tiempo se ocupaba de ordenar. Solía acoger a una fauna muy singular y variopinta que hicieron de él un lugar de culto que había conseguido mantenerse alejado del circuito de locales de moda de la época. Sus dueños, una pareja que lo mantuvo abierto durante décadas, dudo que jamás pensase en convertirlo en referencia de nada sino que dejaron que por él fuesen desfilando historias que acogieron como propias.
La barra ocupaba toda la parte izquierda y, al fondo, un viejo piano dotaba de cierta categoría al lugar. Era, junto con los omnipresentes cuencos de pipas, los kikos y la mujer cerillera que organizaba el guardarropa de la entrada, la esencia misma del local que no era ni bar, ni pub, ni café sino todo ello junto.
Tras el cortinón rojizo de la entrada, al que solía seguir una densa e insana humareda, el escenario cabaretero era un verdadero plano de película de éxito en el que todos podíamos convertirnos en personajes secundarios. En una permanente semi oscuridad, una decena de mesas bajas acogían con complicidad a parejas que reían, a grupos dispares y algún desorientado solitario que esperaba un final de novela que nunca llega.
El pianista surgía de algún sitio súbitamente sin que nadie lo reclamase y sin redoble de tambores. Ni siquiera con un cambio de luces. Cruzaba lentamente la sala envuelto en el humo de sus cigarrillos, con una cojera propia del que ha tenido un pasado e innumerables historias que contar o, tal vez, ocultar. Él lo hacía a su manera, humildemente, pero sabiendo que todos esperaban su aparición. Desde su rincón oscuro, caótico y casi escondido, rodeado de cajas de San Miguel, tocaba lo que quería mezclando todo tipo de músicas, épocas y autores. Quizás, eso nunca lo supimos, se fijase en alguna de las mesas en las que grupos, parejas y siempre algún canalla disfrutaban de un ambiente que, en ese instante, no se daban cuenta que era insólito y que iban a recordar para siempre.
A ambos les extrañaba que ella no hubiese estado allí nunca porque era el tipo de bar que siempre andaban buscando y que solían encontrar. Quizás era por ello que siempre buscaban sillas desparejadas en locales corrientes.
El pianista se llamaba llamaba César y, con permiso de los dueños, hacía que su música acompañara las noches hasta que, tras la barra, el jefe decidía cerrar. Mientras, cuando él quería, hacía una pausa y cruzaba la calle a echar un café y contar historias al mismo camarero de siempre. Un día hizo la definitiva y todo desapareció.
Solían verse en viejas terrazas, tascas de los centros, casas de comidas donde siempre había alguna mesa calzada con un taco de madera, sillas desparejadas, servilleteros vacíos, menús cantados desde una libreta, tres primeros y tres segundos a elegir, con postre, pan y vino con gaseosa.
Preferían sentarse frente a frente en lugares que, de lo corrientes que parecían, acababan convirtiéndose en imprescindibles para ir recorriendo recuerdos e imaginando sueños que, en realidad, eran deseos.
Aunque no lo compartieron nunca, debió ser en alguna de aquellas sobremesas cuándo él se lo preguntó. Quiso saber si recordaba aquel oscuro local al que se accedía casi con contraseña llamando a una puerta que ocultaba una pesada cortina de felpa rojizo. Estaba en una calle corriente, lejos del bullicio de las zonas de ocio nocturno. Era una calle de un barrio céntrico en el que aún conviven la burguesía tradicional con el comercio de toda la vida. Las franquicias con los mercados. La falsa sonrisa con la carcajada. El plástico con lo noble. Seguramente aún seguirá habiendo alguna mercería con un estudiado escaparate de rebajas anotadas a mano, algún colmado con especialidades astur-leonesas o alguna ferretería en la que un empleado, con bata azul, no habrá aún dejado de vender alcayatas al peso envueltas en papel de estraza.
Eran conscientes de que compartían mucho más de lo que querían y, por ello, no entendían que no hubiesen coincidido años antes en aquel local.
Abría a cualquier hora y dentro no había ni una ventana al exterior. Su oscuridad la acrecentaba una caótica decoración consistente en objetos de cualquier origen que sólo el tiempo se ocupaba de ordenar. Solía acoger a una fauna muy singular y variopinta que hicieron de él un lugar de culto que había conseguido mantenerse alejado del circuito de locales de moda de la época. Sus dueños, una pareja que lo mantuvo abierto durante décadas, dudo que jamás pensase en convertirlo en referencia de nada sino que dejaron que por él fuesen desfilando historias que acogieron como propias.
La barra ocupaba toda la parte izquierda y, al fondo, un viejo piano dotaba de cierta categoría al lugar. Era, junto con los omnipresentes cuencos de pipas, los kikos y la mujer cerillera que organizaba el guardarropa de la entrada, la esencia misma del local que no era ni bar, ni pub, ni café sino todo ello junto.
Tras el cortinón rojizo de la entrada, al que solía seguir una densa e insana humareda, el escenario cabaretero era un verdadero plano de película de éxito en el que todos podíamos convertirnos en personajes secundarios. En una permanente semi oscuridad, una decena de mesas bajas acogían con complicidad a parejas que reían, a grupos dispares y algún desorientado solitario que esperaba un final de novela que nunca llega.
El pianista surgía de algún sitio súbitamente sin que nadie lo reclamase y sin redoble de tambores. Ni siquiera con un cambio de luces. Cruzaba lentamente la sala envuelto en el humo de sus cigarrillos, con una cojera propia del que ha tenido un pasado e innumerables historias que contar o, tal vez, ocultar. Él lo hacía a su manera, humildemente, pero sabiendo que todos esperaban su aparición. Desde su rincón oscuro, caótico y casi escondido, rodeado de cajas de San Miguel, tocaba lo que quería mezclando todo tipo de músicas, épocas y autores. Quizás, eso nunca lo supimos, se fijase en alguna de las mesas en las que grupos, parejas y siempre algún canalla disfrutaban de un ambiente que, en ese instante, no se daban cuenta que era insólito y que iban a recordar para siempre.
A ambos les extrañaba que ella no hubiese estado allí nunca porque era el tipo de bar que siempre andaban buscando y que solían encontrar. Quizás era por ello que siempre buscaban sillas desparejadas en locales corrientes.
El pianista se llamaba llamaba César y, con permiso de los dueños, hacía que su música acompañara las noches hasta que, tras la barra, el jefe decidía cerrar. Mientras, cuando él quería, hacía una pausa y cruzaba la calle a echar un café y contar historias al mismo camarero de siempre. Un día hizo la definitiva y todo desapareció.
sábado, 10 de agosto de 2019
El Pirineo. Un sueño infinito
Recorrer el Pirineo de un extremo al otro, del Cantábrico al Mediterráneo, es mucho más que subir montañas y caminar entre valles. Para muchos de los que tenemos ese reto, existe un componente emocional que hace que la experiencia vaya a permanecer siempre en nuestras vidas ocupando el lugar de lo inexplicable.
Esta primera primera parte de nuestro GR11, la Travesía Pirenaica, fue más corta de lo previsto. Pese a que la idea y lo planificado era llegar hasta Bujaruelo, a las puertas de Ordesa, optamos por parar en Ochagavía debido a la intensa ola de calor que nos sorprendió y nos aconsejó detenernos.
Hicimos el recorrido de Zokoa (Francia) al Cabo de Higuer y, de aquí, a Ochagavía. Lo retomaremos en este mismo punto y continuaremos.
Es el sueño infinito porque nunca se irá de nuestras vidas.
"Cuando la montaña y el hombre se encuentran suceden grandes cosas pero sólo si el encuentro es verdadero" (Reinhold Messner, alpinista)
(continúa en el vídeo)
Esta primera primera parte de nuestro GR11, la Travesía Pirenaica, fue más corta de lo previsto. Pese a que la idea y lo planificado era llegar hasta Bujaruelo, a las puertas de Ordesa, optamos por parar en Ochagavía debido a la intensa ola de calor que nos sorprendió y nos aconsejó detenernos.
Hicimos el recorrido de Zokoa (Francia) al Cabo de Higuer y, de aquí, a Ochagavía. Lo retomaremos en este mismo punto y continuaremos.
Es el sueño infinito porque nunca se irá de nuestras vidas.
"Cuando la montaña y el hombre se encuentran suceden grandes cosas pero sólo si el encuentro es verdadero" (Reinhold Messner, alpinista)
(continúa en el vídeo)
miércoles, 31 de julio de 2019
Los enfrentados del vagón
El algoritmo, la mala leche o, seguramente, una combinación de ambos, todo guisado desde un triste despacho de la sede central de la compañía, hace que recurrentemente me toque el peor asiento del tren para afrontar las nueve, sí nueve, horas de viaje entre Gijón y Zaragoza.
El 9D forma parte de ese cuarteto de asientos enfrentados, sin mesilla en medio, que, además, te obliga a viajar contrasentido entre León y Zaragoza. Una ventaja más de esta vergonzosa infraestructura que no forma parte de la España radial y convierte los desplazamientos transversales en lo más parecido a las diligencias del siglo XIX.
Sentado en 9D no puedes estirar las piernas sin entablar una batalla silenciosa con la ocupante de 8D que mantiene contra ti una lógica guerra de posiciones. Encajar los cuatro pies y llegar a un acuerdo tácito es un juego de estrategias desde el primer minuto de viaje. Te despistas y te cogen la posición. Ella, viajera familiar de regreso a Argentina, viene mucho más preparada con un collarín hinchable color lila presagio de un viaje aún más largo. Lo lleva toda la familia, incluidos los cuatro adolescentes que han tenido más suerte con los asientos y que duermen repanchigados desde 7A a 7D. Viajan cómodos, visten chándal.
La batalla de las piernas y de los pies coincide con la del único apoyabrazos abatible que hay en el centro. El que lo coge no lo suelta so pena de llevar el brazo colgando hasta el primer despiste del contrario.
Los asientos normales del tren, todas las filas de 1 a 7, permiten que, poco a poco, uno se vaya construyendo un discreto cubículo al abrigo de curiosos. Nadie se fija en en 4A y 2D. Uno pasa más desapercibido esas filas, con premio añadido si es junto a las ventanas. 9D, como sus otros tres compañeros de zona, es la zona de los parias del tren. Todo aquel que recorre el pasillo lanza una mirada de misericordia a quien lo ocupa mientras, seguramente, piensa en la mala suerte que has tenido en la tómbola de las reservas de la web de Renfe. Es lo que hay. La tarifa Promo no deja elegir, contestas con la mirada y las orejas gachas.
9A a 9D, los castigados del viaje, los niños malos de la clase.
El 9D forma parte de ese cuarteto de asientos enfrentados, sin mesilla en medio, que, además, te obliga a viajar contrasentido entre León y Zaragoza. Una ventaja más de esta vergonzosa infraestructura que no forma parte de la España radial y convierte los desplazamientos transversales en lo más parecido a las diligencias del siglo XIX.
Sentado en 9D no puedes estirar las piernas sin entablar una batalla silenciosa con la ocupante de 8D que mantiene contra ti una lógica guerra de posiciones. Encajar los cuatro pies y llegar a un acuerdo tácito es un juego de estrategias desde el primer minuto de viaje. Te despistas y te cogen la posición. Ella, viajera familiar de regreso a Argentina, viene mucho más preparada con un collarín hinchable color lila presagio de un viaje aún más largo. Lo lleva toda la familia, incluidos los cuatro adolescentes que han tenido más suerte con los asientos y que duermen repanchigados desde 7A a 7D. Viajan cómodos, visten chándal.
La batalla de las piernas y de los pies coincide con la del único apoyabrazos abatible que hay en el centro. El que lo coge no lo suelta so pena de llevar el brazo colgando hasta el primer despiste del contrario.
Los asientos normales del tren, todas las filas de 1 a 7, permiten que, poco a poco, uno se vaya construyendo un discreto cubículo al abrigo de curiosos. Nadie se fija en en 4A y 2D. Uno pasa más desapercibido esas filas, con premio añadido si es junto a las ventanas. 9D, como sus otros tres compañeros de zona, es la zona de los parias del tren. Todo aquel que recorre el pasillo lanza una mirada de misericordia a quien lo ocupa mientras, seguramente, piensa en la mala suerte que has tenido en la tómbola de las reservas de la web de Renfe. Es lo que hay. La tarifa Promo no deja elegir, contestas con la mirada y las orejas gachas.
9A a 9D, los castigados del viaje, los niños malos de la clase.
9C, a mi derecha, me acompaña sin rechistar. Ha elegido una postura y, estoicamente, ha fijado su mirada en el infinito que termina en la puerta corredera que separa los vagones. Lleva rebequita sobre los hombros porque sabe que el aire acondicionado de los trenes juega malas pasadas. No creo que en ningún momento adopte posiciones que exijan gran flexibilidad. Por teléfono, sus dos hijas ya le han llamado para confirmar que todo esté correcto. Avisará cuándo llegue aún no sé adónde.
Al otro lado del pasillo, 9B ha sacado esta mañana del cajón los pantalones pirueta y la camiseta de tirantes como los que Nike obligó a Nadal a utilizar allá por 2005. Siempre pensé que a él no le gustaban. Y mucho menos a Tío Toni. Defiendo la libertad a vestirse como cada uno se sienta más cómodo pero hay ciertas cosas que deberían estar penadas. No todo el mundo puede llevar todo. El verano y sus cosas.
9D va marcha atrás la mayor parte del viaje. Al mirar por la ventanilla, mientras todos avanzan, él retrocede.
No deberían vender esa fila al igual que en los aviones no hay fila 13.
9D va marcha atrás la mayor parte del viaje. Al mirar por la ventanilla, mientras todos avanzan, él retrocede.
No deberían vender esa fila al igual que en los aviones no hay fila 13.
miércoles, 19 de junio de 2019
Mi particular tío Toni
Hacía mucho tiempo que no sabía de él. Hace unas semanas, una amiga que teníamos en común me contó que ya no se encontraba bien y que todo estaba complicándose. Entendí que se estaba yendo y así se lo hice saber a mis hermanos.
Desde hace unos días Catete ya no está.
Un buen entrenador es aquel que consigue transmitirte pasión por el deporte y gracias al cual uno acude a entrenar muchas más horas de las que marca su planificación personal. Catete era nuestro entrenador de tenis pero nos hacía amar el deporte en el sentido amplio, fomentándonos cualquier otro tipo de actividad, incluida la preparación física de pretemporada. Entendía el deporte como escuela formativa y de valores.
A diferencia de muchos de los que hay ahora, no nos entrenaba para su lucimiento personal ni fomentaba la competición y la victoria cómo único objetivo. Quería que jugásemos y que lo hiciéramos bien. Que nos esforzáramos divirtiéndonos. Y que disfrutáramos.
No conozco a nadie que abandonase el tenis por culpa de sus entrenamientos: jamás hubo un desprecio hacia nadie, ni una mirada por encima del hombro, ni una exigencia injustificada, ni un "tú no vales", ni una odiosa comparación. De vez en cuando había alguna bronca, sí, pero sus sesiones siempre acababan con sonrisas, bromas y un "os espero mañana". Sabía perfectamente combinar el rigor y la disciplina con el placer de entrenar. Amaba lo que hacía.
Su voz se oía de pista a pista y aún escucho sus risas llamándonos a cada uno por nuestro nombre o, cariñosamente, por nuestro apellido. Cuántas emociones y cuántos sentimientos aún perduran entre ese rectángulo con red que configura una simple pista de tenis. Él a un lado, nosotros al otro sin darnos cuenta que teníamos enfrente a uno de los mejores.
Gracias Catete. Ninguno fuimos Rafa Nadal pero todos tuvimos en ti a nuestro particular tío Toni.
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