Varias veces, este año que termina, he comentado una anécdota que me ocurrió en uno de mis primeros trabajos. Coincidí con un jefe que, imagino con su mejor intención y ciertas dosis de egoísmo, disertó en un viaje en coche acerca de las oportunidades, los trenes que pasan una sola vez y el aprovechamiento que hay que hacer de ellas. Todo su discurso lo ilustró con ejemplos personales que yo escuché muy atento tratando de aprender de su experiencia.
Unos meses después, por una serie de circunstancias y por mi propio esfuerzo personal, en otro viaje en coche, tuve que anunciarle, con cierto temor, mi dimisión. Dejaba el trabajo y abrazaba un sueño en otro sitio. Había recibido una oferta que encajaba perfectamente en mis deseos. Me costó mucho tiempo previo planificar ese instante que intuía iba a impactar.
Siendo yo muy joven aún, su reacción me dejó atónito y muy decepcionado. En cierta medida, yo me limité a seguir los consejos que, en forma de palabras, él mismo me transmitió unos meses antes. Nuestro corto diálogo concluyó con un seco, frío y retador: "¡Eso no se le hace a una empresa!". Fueron sus últimas palabras antes de invitarme a bajar en un semáforo. Nunca más se dirigió a mi e incluso me vetó en la inmediata comida de Navidad de la empresa. Viví sus palabras frente a sus actos.
¿Y a qué viene todo esto?
En un año en el que todo valió, la vida nos ha vuelto a mostrar que el exceso de palabras no siempre coincide con la realidad de los hechos.
Res non verba decían los romanos para expresar su desacuerdo frente a la inacción de los poderosos. "No son las palabras, son los hechos", respondió un día el Cholo Simeone.
Para lo bueno y también para lo malo, lo que hacemos nos desnuda ante lo que decimos. Digámoslo bien pero, por encima de todo, hagámoslo mejor.
Porque, si nos miramos dentro, no es lo mismo un oportuno e inesperado abrazo que un indescifrable, frío y facilón emoticono.
Feliz 2024, cercano, coherente y con hechos.
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