Me lo confesó desde sus veinticinco años y tras haber conducido casi cuatro horas una furgoneta para venir a recogerla:
- Has tenido que vivir muchas cosas con ella. Siempre he pensado que en aquella época disfrutasteis de muchísima más libertad de la que ahora tenemos nosotros.
Se refería a a la época en la que, gracias al empeño - y la financiación- de mi madre adquirí una Vespa 125 PK, roja. Fue en septiembre de 1985, año en el que España se incorporó a la entonces Comunidad Económica Europea, en el que se organizó la Caravana de Mujeres de Plan, en el que se abrió la reja de Gibraltar, en el que Gorbachov accedió al poder en la URSS, en el que se grabó el We Are the World y se celebró el doble macroconcierto Live Aid en Londres y Filadelfia, en el que Barcelona solicitó organizar los Juegos Olímpicos, Hinault ganó su quinto Tour de France y en el que Rafael Nadal aún no había nacido. Roland Garros lo ganó Mats Wilander derrotando a Iván Lendl. Se cerró Rockola y según Diario Pop/Radio 3, Gabinete Caligari fue el mejor grupo del año.
Y yo acabé el Lycée y aprobé el Baccalauréat.
No creo que haya que cogerle cariño a las cosas materiales. No dejan de ser productos que adquieres con dinero para satisfacer alguna necesidad, son útiles y también, sobre todo los vehículos y ahora la tecnología, se deterioran, fallan y dan muchos problemas. Sin embargo, es inútil luchar contra la tristeza de perderlos. Algunas cosas dejan de serlo en algún momento y se convierten en emociones.
Mi Vespa rápidamente pasó a formar parte de mi vida y, tras ser una fiel compañera durante toda mi etapa universitaria, asumió sin rechistar las mudanzas que le venían encima a Jaca, Barcelona, Sevilla, nuevamente Jaca, Zaragoza para terminar en Gijón. Por todas sus calles circuló con la elegancia que sólo tienen las Vespas de aquella época, con sus cuatro marchas y embrague en el puño izquierdo, su motor y su palanca de arranque a la derecha, su freno en maneta derecha y pedal, su rueda de repuesto en el lateral izquierdo, su mezcla de gasolina y aceite al 2% ( cuántos tubos de Castrol...), su pitón enganchado entre las piernas junto a la llave de paso y el tirador del "aire" y, sobre todo, su característico rugido del motor, ese que ahora las ITV ni entienden y, mucho menos, valoran. Tuvo sus plazas de garaje aprovechando huecos inmundos y oscuros pero más veces aún durmió en aceras frente a portales que daban acceso a casas que aún miro con una sonrisa.
Recuerdo con todo tipo de detalles mi primer y casi único accidente. Fue un mes de diciembre y yo conducía con una chaqueta tipo Kaiku vasco, de cuadros negros y verdes. Muy reconocible por no ser muy habitual. Al llegar a un cruce en el que yo tenía preferencia, un conductor de un coche no respetó su señal de ceda al paso. Ahí aprendí la norma número uno del conductor de moto: nunca te fíes de un coche. Tras el impacto volé por encima del coche y aterricé al otro lado. Dio la casualidad que el coche que circulaba detrás del infractor era el Ford Fiesta de Begoña, compañera de clase y asidua de Hondarribia. El Kaiku le sonaba por partida doble: por su condición de medio vasca y por mi.
- Ese que ha volado es Koldo, le dijo a su copiloto. Y fueron las primeras en socorrerme.
Como bien me recordó David al ver la moto por primera vez, teníamos más libertad. Así lo sigo pensando cada vez que comparo la hiper reglamentación a la que nos somete toda la retahíla de administraciones que nos hemos ido dotando desde entonces. Desde luego, muchas de las cosas que hice o conocí a lomos de mi Vespa me llevarían casi a la cárcel en nuestros días. Cuánto perdimos con la imposición del casco en todas las situaciones para dejar de sentir el aire en la cara.
En esa época, sin necesidad de trámites, cursos, exámenes, ni tasas trabajábamos como profesores de esquí mi hermano Javier y yo. Sábados y domingos subíamos a dar clases en autobús pero, para llegar a la parada, íbamos en la Vespa. ¿Y cómo lo hacíamos? Con la mirada sólo curiosa y nada sancionadora de la Policía Local, allí íbamos los dos a las siete de la mañana, con dos o tres pares de esquís, dos bolsas de botas, dos mochilas y un cartel de metacrilato de 80 x 60 cm en el que se leía "Club Independiente de Esquí - Ruta 1". Todo en su sitio. Cierto es que a las siete de la mañana circulábamos casi solos pero la vuelta a las siete de la tarde la hacíamos entre coches, taxis, autobuses y gente que iba al cine. Jamás uno de la Local nos hizo ni una señal. Prueben ahora.
¿Cuánta gente habré llevado de paquete?
- ¿Koldo vas para casa? ¿Me acercas?
Y para allá que íbamos aunque hubiese que cruzar media ciudad.
¿Cuántas veces me dejé las llaves puestas en el aparcamiento de la Facultad?
¿Cuántas veces escuché a los que nunca tuvieron una que las Vespas eran inestables por tener el motor a un lado? Leyendas urbanas.
He de reconocer que la puse a prueba muchas veces. Viajes kilométricos por autovías, vueltas nocturnas y a veces complicadas, meses sin arrancar y vuelta a empezar....jamás, salvo la víspera de un final de Contabilidad, me dejó tirado. Aquel día era domingo por la tarde, mes de junio. Había estado trabajando dando clases de tenis por la mañana a treinta kilómetros de mi casa. Volvía con la presión del examen, la duda de si presentarme o no, y cargado con un raquetero. Y la moto se paró diez kilómetros antes de llegar, en plena autovía. Sin cabinas y sin ni siquiera sospechar que un día existirían los móviles, no me quedó otra que la clásica de aquella época: empujar. La maldije durante horas, sudé cómo nunca y, por supuesto, la Contabilidad fue directa a septiembre.
Ha estado conmigo treinta y siete años. Treinta y siete. Y sigue sonando a Vespa. No me agarro a ningún romanticismo de que cualquier tiempo pasado fue mejor pero es evidente que desde hace tiempo no se diseña y construye como entonces. Con nula tecnología, su motor es pura garantía. Dos patadas necesitó antes de ayer después de permanecer más de un año parada. Nulas revisiones periódicas. Gasolina y aceite. Punto.
Ahora, por otros motivos, volvemos a conocer lo que es apurar un depósito de gasolina y un chivato electrónico nos sopla cuánta autonomía tenemos. Con la Vespa era diferente. Estirábamos el depósito de cinco litros hasta el último milímetro. Calculábamos a ojo hasta que en plena recta un par de amagos nos avisaban de la reserva. Entonces, con absoluta seguridad, nos curvábamos hacia delante, echábamos la mano izquierda entre las piernas y girábamos la llave de paso a la posición R. Se iniciaba así el emocionante trayecto en reserva que tantas veces acababa a empujones.
Conoció los inviernos de Jaca aparcada junto a las piraguas de Manolo en el jardín de la oficina donde trabajábamos. No la usaba mucho en ese tiempo salvo algún desplazamiento puntual. Eso debieron entenderlo muy bien unas cuantas avispas que, ante tanta ausencia humana, establecieron su nido debajo del cuenta kilómetros. Una tarde de verano la cogí y, antes de arrancar, me atacaron todas juntas y crearon la leyenda de Don Pimpón: mi mano dejó de ser mano para convertirse en una manopla. Alguien lo recordará aún en el Centro de Salud.
La he estado manteniendo estos últimos años con la convicción de que algún día alguno de mis hijos la restauraría y utilizaría. Pero entre el coste de hacerlo, las cada vez mayores trabas que ponen en las ITV y los tecnócratas impedimentos medioambientalistas europeos nadie se ha animado a hacerlo. Con el freno echado, y tras varios intentos, asumí que había que venderla y apareció David.
ITVs.... Qué pesadilla... Qué sacaperras... Las últimas inspecciones empezaron a ser cansinas. Este tipo de motos no tenían declaración de ruidos en el año 1985. Tampoco había ITV. Con el tiempo y con la imposición de las revisiones, se estableció un nivel de ruido homologado que siempre da problemas (dependiendo de la estación de control). Para superarlo tuve que empezar a buscar a los especialistas y amantes de Vespa en Zaragoza - gracias Serafín - que siempre encontraban una solución. Pero en Malpica fueron capaces de rizar el rizo:
- Lo siento, esta Vespa no puede aprobar la Inspección. No lleva luz de posición.
- ¿Cómo? ¿Luz de posición? ¿Esta Vespa? No la ha tenido jamás, ni tiene hueco, ni tiene instalación, ni mando. Tiene corta y larga.
- Pues no aprueba.
- Escuche: lleva aprobando toda la vida y lo que me está pidiendo es como si a ese Seat 600 le pide airbags.
No hubo manera. Ni siquiera saliendo el ingeniero responsable. No me quedó otra que acudir a Serafín quien, con conocimientos, aplomo y planos, llamó al ingeniero:
- ¿Qué es esto de luz de posición en una Vespa PK? Le mando los planos originales de la moto. Si se empeña en que le ponga la luz de posición me va Ud. a decir cómo y dónde, y se la coloco.
Volví a Malpica y en menos de media hora me colocaron el adhesivo válido para dos años.
David llegó a la hora convenida. Estuvimos charlando un buen rato. Me contó que llevaba tiempo buscando una así, con sus papeles en regla, y que él mismo iba a ocuparse de restaurarla. Tiene tiempo, sabe hacerlo y tiene herramientas. Confío en que también cariño.
Al enseñarle la moto pudo ver que sigue teniendo los mismos adhesivos que puse en mi juventud. En los laterales y en el frontal. Greenpeace acababa de llegar a España. Alguna vez, influido por la obra de arte que mi amigo Carlos hizo en su Vespa Primavera forrándola absolutamente de papeles de Sugus, tuve la tentación de empapelar la mía. Recuerdo haber pensado hacerlo con papeles de periódico. Pero para eso había que saber mucho y carezco de ese don. Con otra amigo, Javier, hicimos un intento en su Renault 8 y, tras la petite catastrophe, abortamos la prueba. La probabilidad de éxito era nula y la de chapuza muy elevada. Diría que incluso absoluta.
Revisamos la moto, le expliqué detalles. No tuvo muchas dudas y cerramos rápido el trato.
Aproveché los últimos cien metros entre mi casa y su furgoneta para conducirla por última vez. Sin casco y en alpargatas. Como entonces. Seguía sonando a Vespa. Pura música.
Le comenté que escribiría algo con la certeza de que tendría que callar muchas historias que se quedarían entre ella, el momento y yo.
La subimos a la furgoneta y le pedí una última foto.
- No te preocupes. Llevará buena vida, me dijo al despedirnos.
Confié en él. Parecía buen chico y espero que la disfrute.
Viva Vespa. Viva Piaggio.