sábado, 31 de diciembre de 2022

Respuestas que no llegan

Durante un tiempo creímos que íbamos a salir mejores. ¿Quién no recuerda aquellas campañas, discursos, promesas y #hashtags?. De alguna manera muchos nos lo creímos porque lo necesitábamos. Durante aquellas largas semanas de primavera, llamábamos o escribíamos y nos contestaban. ¿Recuerdas?. Pero salimos iguales y en peores circunstancias.

¿Por qué ya no se contesta igual? No me refiero al que pregunta por cotilleo o compromiso sino a aquel que dedicó tiempo, esfuerzo e interés, aquel que buscó destinatarios, aquel que venció timideces, miedos u orgullos, aquel que cuidó su redacción y repasó su gramática, aquel que lo necesita, aquel que sigue esperando respuesta y que no entiende de incómodos e inoportunos silencios.

Hoy muchos nos felicitaremos, a muchos nos felicitarán y nos enviaremos los mejores deseos para el Año Nuevo. Recibiremos todo tipo de respuestas: rápidas, previstas, enlatadas, preparadas, repetitivas, personales, reflexivas y hasta sentidas. Todas ellas se agradecen en Nochevieja.

También habrá silencios como cuando se ignora a un optimista "¡buenos días!" que regala un desconocido.

Entre todos esos deseos para el Año Nuevo, yo añadiría uno más: contestemos antes de que las respuestas no lleguen a tiempo, contestemos al que nos preguntó, contestemos al que, probablemente, lo esté esperando, contestemos incluso al que ya ni lo espera.

En muchas ocasiones, una respuesta es la única solución a un vacío y no obtenerla lo agranda.

Te deseo que en este 2023 no te quedes sin respuestas y que todos hagamos un esfuerzo por contestar. Y que la falta de tiempo nunca sea una excusa.

#SacaLaFelicidadAPasear






miércoles, 31 de agosto de 2022

Escuchar en un collado

Aún era temprano pero ambos aprovechamos el mismo collado para descansar.

Lo divisé a lo lejos por el color de la ropa que destacaba entre tanta roca. Supongo que él me siguió con la mirada mientras yo recorría la última diagonal.

Me senté a su lado.

- ¿Te importa?

- Incluso te lo agradezco.

Me contó que llevaba ya treinta y tantos días de travesía en solitario desde el Cabo Higuer aunque en las etapas iniciales lo acompañó su mujer. No tenía prisa y no se fijaba estrictos objetivos. Chino chano. Seguía el itinerario que le marcaba un plano que abrió delante de mi y que después tuvimos que volver a doblar entre los dos.

- El viento de los collados, me dijo sonriendo mientras tratábamos de utilizar los pliegos antiguos del mapa para devolverlo al bolsillo de la mochila.

De vez en cuando prefería elegir variantes menos habituales que la naturaleza, el paso del tiempo y la ausencia de montañeros convertían en intransitables. Irremediablemente eso le había hecho pasar algún susto que sólo iba a compartir con quién lo entendiese.

Su modo de hablar era pausado y no hacía un uso exagerado de un lenguaje rebuscado. Aún así, era evidente que se trataba de una persona culta y con amplios conocimientos fruto de los casi setenta años que aparentaba. La singularidad del timbre de algunas de las vocales evidenciaba su origen catalán.

El día era excesivamente caluroso. Esta incomodidad, añadida a la dureza del terreno, a los desniveles que se iban acumulando y a los kilómetros que diariamente se iban sumando, empujaba a conversar y a alargar la pausa.

- No entiendo cómo algunos pueden llevar mochilas tan pequeñas y ligeras. Llevo lo mínimo indispensable, evito los "por si acaso", pero no bajo de los 12 kilos. Me anima comprobar que tú vas igual.

No tardamos mucho en abandonar los detalles técnicos de la ruta y en adentrarnos en terrenos más personales.

- Una travesía se convierte en algo mucho más especial cuando se tiene la suerte de poder iniciarla desde la misma puerta de tu casa, cerrando uno mismo la puerta, con la mochila ya colocada y las botas puestas.

- ¿Sabes una cosa? Yo no pude hacer eso pero dentro de unas semanas, no sé cuántas, mi ruta prevista pasará justo por una casa que tenemos en el Pirineo de Gerona. Muchos de mis amigos quieren coincidir allí conmigo. El problema es que mi planificación es incierta y ellos casi me exigen saber qué día llegaré. Tendrán que amoldarse porque yo seguiré mi propio ritmo. Me hace mucha ilusión pasar por mi casa y luego continuar hacia el Cabo de Creus.

Repasamos lugares, anécdotas, personas que nos marcaron. También hubo silencios mirando al Vignemale y comprobando lo pequeños que somos en medio de tanta inmensidad.

- Estos momento y estos encuentros casuales siempre me hacen pensar en lo privilegiados que somos. Hoy, al amanecer, ni siquiera sabía si coincidiría con alguien en todo el día. Y, unas horas más tarde, estamos compartiendo mucho de lo que llevamos dentro sin ni siquiera saber cómo nos llamamos.

- Tienes razón, me dijo. Pero el verdadero privilegio es poder encontrar a alguien que realmente te escuche.





sábado, 13 de agosto de 2022

Cap´n Coconut

Lleva unos días atracado en el Puerto Deportivo de Gijón junto con otra veintena de barcos, todos extranjeros y todos tripulados por un solo navegante. Ya desde lejos destacan del resto de veleros por la cantidad de banderolas que ondean en sus estáis de proa.

Al Coconut de Mark le correspondió uno de los amarres más cercanos al muelle por lo que, al acercarnos a esa zona de pantalanes y apostarnos a contemplarlos a todos, fue el primer barco que nos llamó la atención. Su casco naranja nada tiene que ver con los lujosos diseños de los actuales barcos de las grandes regatas comerciales y mediáticas. Tanto el Coconut como el resto de sus compañeros de travesía alrededor del mundo, están muy alejados de los prototipos dotados de la última tecnología y los últimos avances en materiales que hacen que los marinos ya no naveguen sin consultar continuamente sus GPS, radares, webs meteorológicas y hasta redes sociales. El Coconut es un velero para navegantes, para conocedores del mar, los vientos, las mareas, los rumbos, las estrellas, las cartas de navegación y los perfiles de las costas.

En el Coconut, las velas aún flamean y se izan a fuerza de brazos.

Cuando nos asomamos, Mark estaba arreglando algo en la bañera del barco. Todo en el Coconut es simple, humilde, nada pretencioso e incluso está algo desordenado aunque supongo que con todo lo necesario para navegar con seguridad. Su aspecto es el de un auténtico hombre de mar con muchas travesías, muchas noches sin dormir, muchas millas recorridas y mucho disfrute en su mirada. Levantó la vista, pareció alegrarse, nos saludó con un grito y siguió con su faena. Nosotros permanecimos mirando porque no tenía duda de que iba a subir al muelle a vernos. Y así fue.

Hasta que no llegó a nosotros no supimos que en Gijón se estaba concentrando toda la flota que, unas semanas más tarde, desde Les Sables d´Olonne en Francia, partiría para dar la vuelta al mundo en solitario, sin escalas y sin apoyo de herramientas tecnológicas, esto es, con reloj, sextante y mapas. Por si fuera poco, previamente Mark llegó a Asturias navegando desde Adelaida ( Australia ) durante más de 170 días. 

Ese día tenía una cena con otros compañeros y nos preguntó cómo llegar al restaurante. Era un local cerca del puerto por lo que no fue complicado indicarle el camino más lógico. Creo que todos agradecimos no haber recurrido a Google Maps porque eso hubiese evitado conocernos. Al marchar nos invitó a volver otro día por el puerto y visitar el Coconut.

No quise, de ninguna manera, desaprovechar la ocasión de compartir un rato más largo con él. Tenía mucho interés en conocer por dentro el barco pero mucho más en escuchar de su boca los detalles de la vida de un hombre del emanaba experiencia y amabilidad. Su carácter de navegante solitario no impedía que fuese alguien abierto y con ganas de conocer gente en cada puerto.

Los días siguientes bajé hasta el muelle un par de veces pero no coincidimos. Finalmente, a la tercera lo conseguí. 

Lo volví a encontrar haciendo pequeñas reparaciones. Siempre hay algo que hacer en un barco. Al verme llegar, me reconoció y me invitó a subir a bordo. Quise aprovechar para obsequiarle con uno de los productos más reconocidos de la repostería gijonesa, Las Princesitas de La Playa, en una caja que reproduce las clásicas casetinas de rayas de la Playa de San Lorenzo. Le sorprendió el regalo y me preguntó detalles del producto y de cuándo era mejor consumirlo. 

- Será un placer poder comerlas en la travesía hasta Les Sables d´Olonne. ¿Crees que será posible?

Ya a bordo le confesé que llevaba varios días pensando en cómo sería la vida en el Coconut, con el reto de la vuelta al mundo en solitario, sin escalas y sin ayuda tecnológica de ningún tipo. Para Mark era lo más normal del mundo y pasó a explicarme con detalle su vida en el barco. Muy orgulloso, me mostró un simple mapa en el que ya había trazado su navegación semana a semana. Preveía una duración de cerca de trescientos cincuenta días. Casi un año embarcado en esa nave de diez metros con nulas comodidades y sin apenas contacto con nadie. 

- ¿Cómo haces para dormir y mantener el barco bajo control?

- Me meto ahí dentro y fijo el timón. Muy simple.

- ¿Y eres capaz de dormir aunque sea un par de horas?

- ¡Jajajaja ni siquiera dos minutos!  

Nos adentramos en el interior del barco y descubrí el compartimento que durante los próximos trescientos cincuenta días iba a ser toda su casa. Si verlo en puerto, un día de sol y el mar en calma era ya complicado, imaginarlo en mitad del mar, de noche, con tormenta y oleaje me produjo el máximo respeto. Mark no dejaba de sonreír y de mostrarme sus únicas herramientas de navegación, un reloj de principios del siglo XX y un cuidadisimo sextante. Por no tener no tenía ni calculadora y todos los cálculos eran mentales o a base de lápiz y papel.

Señalándome un pantalón que se secaba al sol, exclamó:

- Mira, mi lavadora. Y llevo suficiente comida para toda la travesía.

¿Qué pensarán estos navegantes solitarios para los que la noción del tiempo es totalmente diferente a los demás? Mientras me daba todo lujo de detalles, lo visualicé solo en mitad del océano, sin ningún punto de referencia que no fuese el sol o las estrellas. Pero también en una oscura noche de tormenta, a la luz de los rayos, con las olas saltando de babor a estribor y, supongo, sólo pensando en que todo acabe y vuelva la calma.

Las normas de la edición de 2022 de la regata Golden Globe Race son muy simples: saliendo de Les Sables d´Olonne, un máximo de treinta navegantes deberán dar la vuelta al mundo en solitario, sin escalas, pasando por los cinco cabos, en veleros similares a los de Sir Robin en 1968 y construidos antes de 1988, sin ayudas tecnológicas ni navegación por satélite. Todo finaliza llegando de vuelta al puerto de salida.

- ¿Es una regata competitiva?

- No deja de ser una regata y sí que hay gente que compite. Pero otros lo que queremos es hacerla.

Pura esencia: el barco y el hombre. Y el mar.

Mark, que toda su vida fue Commander de la armada australiana, es ese tipo de personas que se cruzan muy brevemente en la vida de uno. Aparecen casualmente y desprenden espontaneidad y generosidad sin impostura. Es por ello que rápidamente se incorporan al catálogo de encuentros que han merecido la pena.

De regreso a casa no pude evitar comentar este encuentro con alguien que es un referente en el mundo de la vela española:

"Me alegro de que hayas conocido algo de la verdadera esencia de nuestro deporte ahora que se habla mucho más de las pruebas de vela tecnológica"

Qué encuentres buenos vientos, Mark, aka cap´n Coconut. Estoy seguro de que, al pasar por las costas de Adelaida en plena Golden Globe Race, todos los que te quieren saldrán a recibirte.




domingo, 19 de junio de 2022

La música de una Vespa PK de 1985

Me lo confesó desde sus veinticinco años y tras haber conducido casi cuatro horas una furgoneta para venir a recogerla:

- Has tenido que vivir muchas cosas con ella. Siempre he pensado que en aquella época disfrutasteis de muchísima más libertad de la que ahora tenemos nosotros.

Se refería a a la época en la que, gracias al empeño - y la financiación- de mi madre adquirí una Vespa 125 PK, roja. Fue en septiembre de 1985, año en el que España se incorporó a la entonces Comunidad Económica Europea, en el que se organizó la Caravana de Mujeres de Plan, en el que se abrió la reja de Gibraltar, en el que Gorbachov accedió al poder en la URSS, en el que se grabó el We Are the World y se celebró el doble macroconcierto Live Aid en Londres y Filadelfia, en el que Barcelona solicitó organizar los Juegos Olímpicos, Hinault ganó su quinto Tour de France y en el que Rafael Nadal aún no había nacido. Roland Garros lo ganó Mats Wilander derrotando a Iván Lendl. Se cerró Rockola y según Diario Pop/Radio 3, Gabinete Caligari fue el mejor grupo del año.

Y yo acabé el Lycée y aprobé el Baccalauréat.

No creo que haya que cogerle cariño a las cosas materiales. No dejan de ser productos que adquieres con dinero para satisfacer alguna necesidad, son útiles y también, sobre todo los vehículos y ahora la tecnología, se deterioran, fallan y dan muchos problemas. Sin embargo, es inútil luchar contra la tristeza de perderlos. Algunas cosas dejan de serlo en algún momento y se convierten en emociones.

Mi Vespa rápidamente pasó a formar parte de mi vida y, tras ser una fiel compañera durante toda mi etapa universitaria, asumió sin rechistar las mudanzas que le venían encima a Jaca, Barcelona, Sevilla, nuevamente Jaca, Zaragoza para terminar en Gijón. Por todas sus calles circuló con la elegancia que sólo tienen las Vespas de aquella época, con sus cuatro marchas y embrague en el puño izquierdo, su motor y su palanca de arranque a la derecha, su freno en maneta derecha y pedal, su rueda de repuesto en el lateral izquierdo, su mezcla de gasolina y aceite al 2% ( cuántos tubos de Castrol...), su pitón enganchado entre las piernas junto a la llave de paso y el tirador del "aire" y, sobre todo, su característico rugido del motor, ese que ahora las ITV ni entienden y, mucho menos, valoran. Tuvo sus plazas de garaje aprovechando huecos inmundos y oscuros pero más veces aún durmió en aceras frente a portales que daban acceso a casas que aún miro con una sonrisa.

Recuerdo con todo tipo de detalles mi primer y casi único accidente. Fue un mes de diciembre y yo conducía con una chaqueta tipo Kaiku vasco, de cuadros negros y verdes. Muy reconocible por no ser muy habitual. Al llegar a un cruce en el que yo tenía preferencia, un conductor de un coche no respetó su señal de ceda al paso. Ahí aprendí la norma número uno del conductor de moto: nunca te fíes de un coche. Tras el impacto volé por encima del coche y aterricé al otro lado. Dio la casualidad que el coche que circulaba detrás del infractor era el Ford Fiesta de Begoña, compañera de clase y asidua de Hondarribia. El Kaiku le sonaba por partida doble: por su condición de medio vasca y por mi.

- Ese que ha volado es Koldo, le dijo a su copiloto. Y fueron las primeras en socorrerme.

Como bien me recordó David al ver la moto por primera vez, teníamos más libertad. Así lo sigo pensando cada vez que comparo la hiper reglamentación a la que nos somete toda la retahíla de administraciones que nos hemos ido dotando desde entonces. Desde luego, muchas de las cosas que hice o conocí a lomos de mi Vespa me llevarían casi a la cárcel en nuestros días. Cuánto perdimos con la imposición del casco en todas las situaciones para dejar de sentir el aire en la cara.

En esa época, sin necesidad de trámites, cursos, exámenes, ni tasas trabajábamos como profesores de esquí mi hermano Javier y yo. Sábados y domingos subíamos a dar clases en autobús pero, para llegar a la parada, íbamos en la Vespa. ¿Y cómo lo hacíamos? Con la mirada sólo curiosa y nada sancionadora de la Policía Local, allí íbamos los dos a las siete de la mañana, con dos o tres pares de esquís, dos bolsas de botas, dos mochilas y un cartel de metacrilato de 80 x 60 cm en el que se leía "Club Independiente de Esquí - Ruta 1". Todo en su sitio. Cierto es que a las siete de la mañana circulábamos casi solos pero la vuelta a las siete de la tarde la hacíamos entre coches, taxis, autobuses y gente que iba al cine. Jamás uno de la Local nos hizo ni una señal. Prueben ahora.

¿Cuánta gente habré llevado de paquete?

- ¿Koldo vas para casa? ¿Me acercas?

Y para allá que íbamos aunque hubiese que cruzar media ciudad.

¿Cuántas veces me dejé las llaves puestas en el aparcamiento de la Facultad?

¿Cuántas veces escuché a los que nunca tuvieron una que las Vespas eran inestables por tener el motor a un lado? Leyendas urbanas.

He de reconocer que la puse a prueba muchas veces. Viajes kilométricos por autovías, vueltas nocturnas y a veces complicadas, meses sin arrancar y vuelta a empezar....jamás, salvo la víspera de un final de Contabilidad, me dejó tirado. Aquel día era domingo por la tarde, mes de junio. Había estado trabajando dando clases de tenis por la mañana a treinta kilómetros de mi casa. Volvía con la presión del examen, la duda de si presentarme o no, y cargado con un raquetero. Y la moto se paró diez kilómetros antes de llegar, en plena autovía. Sin cabinas y sin ni siquiera sospechar que un día existirían los móviles, no me quedó otra que la clásica de aquella época: empujar. La maldije durante horas, sudé cómo nunca y, por supuesto, la Contabilidad fue directa a septiembre.

Ha estado conmigo treinta y siete años. Treinta y siete. Y sigue sonando a Vespa. No me agarro a ningún romanticismo de que cualquier tiempo pasado fue mejor pero es evidente que desde hace tiempo no se diseña y construye como entonces. Con nula tecnología, su motor es pura garantía. Dos patadas necesitó antes de ayer después de permanecer más de un año parada. Nulas revisiones periódicas. Gasolina y aceite. Punto.

Ahora, por otros motivos, volvemos a conocer lo que es apurar un depósito de gasolina y un chivato electrónico nos sopla cuánta autonomía tenemos. Con la Vespa era diferente. Estirábamos el depósito de cinco litros hasta el último milímetro. Calculábamos a ojo hasta que en plena recta un par de amagos nos avisaban de la reserva. Entonces, con absoluta seguridad, nos curvábamos hacia delante, echábamos la mano izquierda entre las piernas y girábamos la llave de paso a la posición R. Se iniciaba así el emocionante trayecto en reserva que tantas veces acababa a empujones.

Conoció los inviernos de Jaca aparcada junto a las piraguas de Manolo en el jardín de la oficina donde trabajábamos. No la usaba mucho en ese tiempo salvo algún desplazamiento puntual. Eso debieron entenderlo muy bien unas cuantas avispas que, ante tanta ausencia humana, establecieron su nido debajo del cuenta kilómetros. Una tarde de verano la cogí y, antes de arrancar, me atacaron todas juntas y crearon la leyenda de Don Pimpón: mi mano dejó de ser mano para convertirse en una manopla. Alguien lo recordará aún en el Centro de Salud.

La he estado manteniendo estos últimos años con la convicción de que algún día alguno de mis hijos la restauraría y utilizaría. Pero entre el coste de hacerlo, las cada vez mayores trabas que ponen en las ITV y los tecnócratas impedimentos medioambientalistas europeos nadie se ha animado a hacerlo. Con el freno echado, y tras varios intentos, asumí que había que venderla y apareció David.

ITVs.... Qué pesadilla... Qué sacaperras... Las últimas inspecciones empezaron a ser cansinas. Este tipo de motos no tenían declaración de ruidos en el año 1985. Tampoco había ITV. Con el tiempo y con la imposición de las revisiones, se estableció un nivel de ruido homologado que siempre da problemas (dependiendo de la estación de control). Para superarlo tuve que empezar a buscar a los especialistas y amantes de Vespa en Zaragoza - gracias Serafín - que siempre encontraban una solución. Pero en Malpica fueron capaces de rizar el rizo:

- Lo siento, esta Vespa no puede aprobar la Inspección. No lleva luz de posición.

- ¿Cómo? ¿Luz de posición? ¿Esta Vespa? No la ha tenido jamás, ni tiene hueco, ni tiene instalación, ni mando. Tiene corta y larga.

- Pues no aprueba.

- Escuche: lleva aprobando toda la vida y lo que me está pidiendo es como si a ese Seat 600 le pide airbags.

No hubo manera. Ni siquiera saliendo el ingeniero responsable. No me quedó otra que acudir a Serafín quien, con conocimientos, aplomo y planos, llamó al ingeniero:

- ¿Qué es esto de luz de posición en una Vespa PK? Le mando los planos originales de la moto. Si se empeña en que le ponga la luz de posición me va Ud. a decir cómo y dónde, y se la coloco.

Volví a Malpica y en menos de media hora me colocaron el adhesivo válido para dos años.

David llegó a la hora convenida. Estuvimos charlando un buen rato. Me contó que llevaba tiempo buscando una así, con sus papeles en regla, y que él mismo iba a ocuparse de restaurarla. Tiene tiempo, sabe hacerlo y tiene herramientas. Confío en que también cariño.

Al enseñarle la moto pudo ver que sigue teniendo los mismos adhesivos que puse en mi juventud. En los laterales y en el frontal. Greenpeace acababa de llegar a España. Alguna vez, influido por la obra de arte que mi amigo Carlos hizo en su Vespa Primavera forrándola absolutamente de papeles de Sugus, tuve la tentación de empapelar la mía. Recuerdo haber pensado hacerlo con papeles de periódico. Pero para eso había que saber mucho y carezco de ese don. Con otra amigo, Javier, hicimos un intento en su Renault 8 y, tras la petite catastrophe, abortamos la prueba. La probabilidad de éxito era nula y la de chapuza muy elevada. Diría que incluso absoluta.

Revisamos la moto, le expliqué detalles. No tuvo muchas dudas y cerramos rápido el trato.

Aproveché los últimos cien metros entre mi casa y su furgoneta para conducirla por última vez. Sin casco y en alpargatas. Como entonces. Seguía sonando a Vespa. Pura música.

Le comenté que escribiría algo con la certeza de que tendría que callar muchas historias que se quedarían entre ella, el momento y yo.

La subimos a la furgoneta y le pedí una última foto.

- No te preocupes. Llevará buena vida, me dijo al despedirnos.

Confié en él. Parecía buen chico y espero que la disfrute.

Viva Vespa. Viva Piaggio.







miércoles, 1 de junio de 2022

Reivindicación de la experiencia

 Decía Luis Eduardo Aute mientras cantaba:

"Reinvindico el espejismo

de intentar ser uno mismo"

( La belleza )

Y hoy, de madrugada en París, D. Rafael Nadal lo que ha reivindicado es el valor de la experiencia, esa que se trabaja, esa que no se aprende en cursillos ni en Masters, esa que no se improvisa, esa que demasiadas veces se ignora porque muchos, erróneamente, la temen.

No busquen rápidos sustitutos, no tengan prisas injustificadas, disfruten del ciclo de la vida y del privilegio de que sea uno de los nuestros.

( acojonante, Alex Corretja, viva tú también con tu retransmisión )


( Rafael Nadal venció en un partido memorable a Novak Djokovic la madrugada del 1 de junio de 2022 en la pista Philippe Chatrier de Roland Garros. Accedió de esa manera a las semifinales del torneo )






sábado, 2 de abril de 2022

Caracoles en el buzón

¿Hace cuánto que no recibes una carta manuscrita? ¿ Hace cuánto que no abres el buzón de tu casa? ¿Recuerdas acaso dónde tienes la llave? ¿Sigue poniendo tu nombre en el buzón? ¿Se mantiene el de aquellos que ya no viven allí?

En el mío, al aire libre, a veces viven caracoles. 

Tal vez ahora, más que nunca, cuando ya no llegan ni facturas de teléfono, ni extractos bancarios, ni catálogos de IKEA, ni el listín telefónico, ni invitaciones de boda… recibir una carta manuscrita o un paquete inesperado puede alegrarnos el día. O la semana. Y no me refiero a los paquetes de Amazon o cualquier otra compra que previamente hemos encargado. Hablo de descubrir en el buzón un sobre con sello al que previamente alguien se ha enfrentado a pecho descubierto y ha dedicado lo mejor de si mismo. Un papel que antes fue blanco y ahora, recorrido con un trazo manuscrito, recoge los mejores deseos, cómplices recuerdos o la más cruda realidad. Preguntas esperando respuestas, respuestas a preguntas pretéritas, confesiones no pedidas.

Un sobre en el que alguien ha escrito tu nombre con la ilusión de que lo abras y descubras. 

Había un momento en los viajes que lo reservábamos a escribir postales a mano con alguno de los rotuladores Edding 1200 azul que preparábamos antes de salir de casa. En mi caso, comprobar que los llevaba en la mochila formaba parte del protocolo previo a la salida. Antes de redactar había que elegir girando aquellos expositores con el precio de la postal arriba. Seleccionábamos varias que, de algún modo, mostraran lo que estábamos disfrutando en un viaje de cualquier tipo. Incluso en los de trabajo encontrábamos el hueco para hacerlo. Postales con imágenes que, previamente, alguien había captado con su cámara antes de que los móviles lo acaparan todo. Montones de postales, algunas en oferta: de las más cuidadas a las más horteras, como aquellas que incorporaban ribetes textiles sobre los trajes regionales. No era raro incluso encontrar algunas ya pasadas de época, decoloradas y que aún mostraban vehículos antiguos alrededor de la Tour Eiffel, ropa de esquí ya en desuso, un policía ordenando el tráfico subido en un pequeño pedestal o playas con bañistas, entre toldos y casetas, con flamantes trajes de baño de rayas.

Calculábamos cuántas teníamos que mandar, seleccionábamos intentando no repetir y, ya en el mostrador, nos las devolvían metidas en un sobre de papel muy fino. Después venían los sellos, franqueo internacional casi siempre.

También las había en blanco y negro, muy cuidadas, casi de cine de autor, incluso raras. Todas estas eran más caras. Y estaban las gratuitas, las de la mesilla del hotel o aquellas que se ofrecían en barras de bares nocturnos y de las que agarrábamos una de cada.

Todos teníamos nuestras manías. Una de las mías era pegar el sello antes de escribir el texto. Esto me obligaba a no cometer errores al hacerlo so riesgo de inutilizarla. No podía mandar postales con tachones.

El espacio para el mensaje quedaba limitado al rectángulo izquierdo del verso de la postal ya que había que ceder la parte derecha, con tres insuficientes renglones preimpresos, al destinatario, la dirección y al sello. La descripción de la imagen, resumida en una línea, estaba arriba o abajo: "Puente sobre el Tajo. Lisboa 1988", "Semana Grande en La Concha, 1979" "Le Saulire, 2740 m". En ese espacio tan limitado había que arreglarse para comprimir todo aquello que queríamos escribir. Era el momento de la caligrafía. Cada uno con la suya: unas con formas redondas, otras más anguladas, cursivas, letras sueltas, attachées..., incluso pattes de mouche imposibles de leer. Durante una época escribí siempre en mayúsculas. Cuando no quedaba más remedio hacíamos girar el texto, retorcíamos la escritura culebreando alrededor de la dirección y el sello mientras apelotonábamos palabras, verbos, puntos y comas.

Se escribía en terrazas de bistrots, en bancos de parques, en los reposabrazos de un tren, en el lomo de una mochila. Los muy escritores o más bohemios se dejaban ver redactando mientras bebían café y miraban al paisanaje. Otros apuraban los últimos minutos de un viaje para que el matasellos demostrase que estuvieron allí. 

Frente a la tiranía de la inmediatez actual, entonces calculábamos la hora de recogida en el buzón. Si teníamos prisa, íbamos directamente a la oficina de correos con la idea de que clasificaban antes los envíos. Qué gusto daban esos buzones tan nobles, de boca ancha, incluso con figuras de leones que rugían "Ciudad", "Provincia", "Extranjero". Un acto de despedida y adiós. En ese momento perdíamos el control del envío y no había vuelta atrás. Había quien incluso mandaba un último beso cerrando los ojos. Imaginábamos el recorrido y hasta el día de llegada. Y empezaba la espera de la respuesta. También los retrasos...

No había privacidad en la postal. Cualquiera podía leer lo escrito mucho antes de que el verdadero destinatario la tuviese entre las manos. Remitente y destinatario vivían con ese riesgo de ser descubiertos in fraganti. Se dudaba del cartero, del portero del edificio, del padre o del hermano encargados del buzón o de todos aquellos que veían la correspondencia amontonada en el mueble de la entrada. 

"¡Mira quién te ha escriiiitooo....!". Y a temblar.

Secretos, que no eran tales, al descubierto. La prueba de la postal escrita a mano.

Pero también llegaban cartas en sobres. Blancos si eran terrestres; Bleu, Blanc, Rouge en el marco si eran aéreos. Ya por el peso intuíamos el contenido que no era un simple deseo, un recuerdo o un guiño. En el sobre llegaban frases más hechas, más pensadas y su lectura requería de cierta intimidad y soledad. Ahora escribimos en el teclado, borramos y volvemos a escribir. Entonces, a mano, todo salía más redondo y espontáneo y quizás necesitábamos pensar menos porque todo emanaba con naturalidad. No repasábamos tanto lo escrito porque ya no tenía remedio. No podía haber tachones, si acaso uno muy limpio. Dos obligaban a comenzar de nuevo y entonces nada era igual.

Escribir el remite detrás era delatarse y romper el misterio del envío. Confieso haberlo obviado muchas veces e incluso habérmelo inventado si hacía falta. Y sino, un garabato o una sigla. Una ingenua contraseña. Convivíamos en esa época con las llamadas de teléfono en las que el mayor riesgo era que respondiera el padre y hubiera que colgar de inmediato.

La postal era unidireccional, no se contestaba. Se pinchaba con chinchetas en el tablón de la habitación pasando a ser recuerdo.  La carta personal generalmente sí, dando lugar a largos intercambios que muchos siguen guardando en cajas de zapatos que resisten mudanzas y traslados. Con el tiempo aparecen y alguien las encuentra. Surge entonces la duda de respetar lo que dos compartieron en secreto o, por el contrario, entrar de lleno y sin permiso en una vida ajena y, probablemente, más rica que la del voyeur que las descubre.

Proyectos de amores, amores en la distancia, amores de verano que mueren antes de noviembre, amores que fueron, amores que vuelven. Amores de parejas, amores de familias, amores adolescentes, amores de amigos, amores de hijos y padres, primeros amores.

Cartas de trabajadores que emigraron, de estudiantes que arriesgaron, de viajeros de mochila, de traslados de familias, de vecinos tímidos que se cruzan en la escalera, de compañeros de pupitre, de encuentros casuales.

Rupturas frías. Finales. Y las peores noticias, las que ya no tenían remedio.

Correos, La Poste, US Mail, Deutsche Post, Poste italiane, Royal Mail, Swiss Post, PostNL, PostNord fueron nuestros aliados.

Ahora, sin embargo, seguro que todo nos lo leen en la red y nos lo banalizan en mercancía digital.








sábado, 26 de marzo de 2022

Los nombres que recordamos

Llevamos semanas viéndolos huir y no tengo tan claro que sigamos dándonos cuenta que, detrás de cada rostro, de cada grito, de cada despedida, de cada mirada perdida, de cada suspiro hay un nombre, un apellido, quizás un mote, que para muchos son lo único que les queda. 

Por otros motivos, mi padre me pidió hace unos días un favor. Recordé entonces esto que escribí en 2016 y que me pide que vuelva a publicar. 


" LA GENTE

He vuelto a pasar por delante decenas de veces y, pese a lo feo y alejado de mi ideal de vida, siempre me debato entre entrar o no. Rara vez lo he hecho. Creo que sólo dos. Lo evita el chocarme de frente con los recuerdos que no han podido ser aniquilados por el paso del tiempo. Dónde había vida en la calle ahora supongo que habrá simple supervivencia. Dónde había personas con nombre, rostro y una historia ahora habrá números, registros y, seguramente, franquicias, anonimato y ruido en el silencio. Habrá datos, o metadatos, o superdatos que, parece ser, es lo único que interesa de nosotros.

Lo suyo era el arte con los dedos de la mano. Lo mismo le daba ritmo a la tijera con el dedo meñique levantado que, a la tarde, desde un sexto por lo menos, salía al balcón con sus solos de trompeta. Música de metal y música de viento. Cuando empezábamos a peinar greñas, mi madre nos mandaba a la peluquería de Alex con una frase grabada en la frente: "corto, hacia un lado y flequillo desigual". Y sonaba la tijera. Era otra época u otro lugar, o ambos a la vez, pero cada persona tenía su nombre y nadie era anónimo. Alex era Alex el peluquero, el de la peluquería Alex, junto a la tienda de chucherías y papelería del Señor Pedro. En la cuesta que llevaba a la iglesia vieja. Digno representante de la palabra oficio, el métier francés de toda la vida. Antes de que la globalización todo lo homogeneizase, detrás de cada uno había un oficio, detrás del oficio, un nombre y detrás del nombre, una persona. Y detrás de la persona, una sonrisa. O un borde, o un cascarrabias, que de todo había, no nos vamos a engañar.

El valor de las personas era otro ya que aún no nos habíamos convertido en simples celdas de Excel, en contactos de WhatsApp o en datos, simples o complejos, al servicio de un ser superior que no sabe que existe la piel, el olor o el sonido. Ni por supuesto las entrañas, el alma o el corazón. Cuenta la leyenda que el hijo de Blas Cuenca, el fontanero que venía lo mismo a arreglar un grifo que goteaba que a reformar un cuarto de baño, se fue a Barcelona a estudiar teleco y que, tras acabar y empezar en una gran empresa, lo dejó todo para volver al negocio de fontanería de su padre, de Blas. El primero de los valientes. Sigue contando la leyenda que cuando por primera vez lo vimos de nuevo volver a casa, tras su paso por la multinacional, portaba con orgullo la caja de herramientas de la que salía, sin orden, un puñado de estopa que se utilizaba entonces para evitar las fugas de agua en las juntas de las cañerías. Y no es leyenda que los fontaneros de entonces tenían un olor característico que permanecía durante horas debajo del fregadero recién arreglado y se expandía por el resto de la casa, al menos durante un día entero.

Alfonso, el lechero, ahora sería uno más de los Food Truck que se instalan en los barrios hipsters de las ciudades para celebrar el enésimo fin de semana gastronómico y que hoy están aquí, mañana allí y nunca en algún sitio. Hamburguesas, zumos de verduras, mejillones con patatas o sushi importado. Pero yo al que recuerdo es a Alfonso, con su furgoneta Ebro de puerta lateral, llegando puntualmente todas las tardes, a eso de las cuatro, a cada casa y sabiendo de antemano cuántas bolsas de leche nos hacían falta, qué días necesitábamos huevos y qué yogures eran nuestros preferidos. Podía llegar sonriendo o cabreado. Tenía derecho a ello. Era una persona con su vida de todos los días, buenos y malos. Pero nunca un desconocido.

Nadie me obligó a aprenderme sus nombres. Ni a memorizarlos. Pero aún soy capaz de ver la cara y la sonrisa de Serrano, el carpintero, llamando a la puerta con su lápiz en la oreja derecha, sus herramientas y su chaquetilla azul. Los lápices de carpintero no eran normales sino ovalados y afilados a navaja. Nunca supe el motivo y siempre lo achaqué a que así era más cómodo para ponerlos en la oreja y que no se cayesen al arreglar la cinta de la persiana de madera o al colocar aquel rodapie.

Lo efímero de entonces se ha convertido en permanente para el resto de la vida y existían relaciones, actitudes y valores que han sobrevivido a la obsolescencia programada del triple salto tecnológico, a las prisas, al éxito inmediato y a la deshumanización de nuestros días. Detrás de todo había personas, aunque las temieses cómo cuando Riofrío, el practicante, llegaba armado de sus jeringas y sus vacunas y nos escondíamos detrás de las cortinas. La antitetánica era la peor. Ya sea por la mordedura del fiero de Atón, un perro que giraba entorno a si mismo para morderse el rabo, o por arañarte con un clavo oxidado en lo alto de la caseta, asomaba la amenaza de la jeringa de Riofrío.

Con la bicicleta, que ahora por suerte ha vuelto para quedarse, íbamos de la Drogue a Tienda Lucy Sol Ongil. La Quiniela se comprobaba en la Hoja del Lunes, único periódico de ese día. El resto de la semana, Doña Emilia nos reservaba encima de una silla el ABC y, a partir de 1976, también El País. Y el domingo, los suplementos. Era la estanquera, la de los periódicos. Creo recordar que al igual que en la mayoría de los comercios, pagábamos la cuenta mes a mes. Se fiaba sin dejar fianza y sin firmar contratos. Al igual que en la farmacia de Lda. B. Martínez, frente a la carnicería de Pepe. Existía la palabra dada y la confianza otorgada.

Hoy en día, si se cae la red informática o el lector de códigos de barras no reconoce el envoltorio de las galletas, no te lo venden. Hasta ahí llega la tontería.

Pepe siempre estaba en alto y pedíamos de abajo a arriba. Se protegía la retaguardia con unos enormes carteles con los nombres del despiece de la vaca, el cerdo y el conejo. "Acércate a Pepe y que te de unos filetes de punta de tapilla y un kilo de carne picada". En el mostrador, las cabezas de los bichos te observaban sacándote la lengua mientras esperabas sentado en un banco corrido apoyando la espalda en la pared. De cuando en cuando, Pepe, desde detrás de las básculas que colgaban del techo, hacía una broma o un chascarrillo mientras envolvía el hígado en ese papel gris algo recio. El hígado se comía, y los sesos y la lengua. No conocíamos aún a la OMS.

Las manos y los labios sabían a pipas, la ropa olía a parque y una farola era mucho más que una plaza mayor. Alrededor de ella había dos o tres bancos de metal que se iban moviendo buscando el sol por las tardes. Tomás, con su cojera, y Benjamín, al que llamábamos Benya, mantenían todo aquello para que los árboles fuesen a la vez porterías y limitadores del terreno de juego. Hasta defensas de vez en cuando si faltaba alguien. O un mismísimo campo de beisbol. Al bueno de Benya no le gustaban nada las cagadas de Wolf. "Todo es bueno para abonar la hierba menos las cagadas de perro y las de conejo". Dixit. Los jardines se regaban por inundación por, sospecho, simple dejadez.

Nuestro héroe local tenía tres cosas: un peculiar lunar encima del labio, una tienda de bicicletas y un récord en el Tour de Francia que creo que aún perdura. José Luis Viejo le metió casi 23 minutos de ventaja al segundo en una etapa siendo, hasta hoy, el fugado que mayor margen ha logrado con respecto al pelotón. Aquella tarde de julio sonaron fuegos artificiales y su tienda surgió cómo lugar de peregrinación para arreglar frenos y desviadores de piñones.

Fueron miles de horas yendo y viniendo al Liceo en aquel Land Rover que, puntualmente, a las siete y media de cada mañana, lloviese, nevase o amenazase calorina de junio, llegaba al mando de Pablo o de Pedro. Nunca entendimos la lógica que hacía que viniese uno u otro pero lo que sí percibíamos era su empatía y cuidado cómo si fuésemos sus propios hijos. Sabían todos nuestros horarios de entrada y salida, tuviésemos tarde libre, saliésemos una hora más tarde o nos quedásemos a entrenar tras las clases. Con ellos vimos crecer esa horrible Nacional II y saltábamos cuando decidían coger un atajo, más aún si era todo terreno. Pablo el serio, callado y responsable. Pedro el grandón, parlanchín y cantarín.

El relevo lo tomó Hilario y subimos a primera división. Discreto, amable, leal, de modales exquisitos y sospecho que absolutamente guardián de cualquier cosa que escuchara al volante, sólo se venía arriba si perdía su equipo de fútbol, a la sazón el Real Madrid. Forofo hasta los huesos pero del fútbol de verdad. No sé qué pensaría ahora.

Por tener, tenían nombre hasta los coches. El Seat 131 Supermirafiori, que casi acaba hundido en el fango de los lodos del pantano de Entrepeñas y que tuvimos que rescatar con la ayuda de un tractor y unas cadenas, tuvo también su época con Sesma y con Patricio, escuderos que fueron de Hilario y de los que guardo menos recuerdos pero mantengo sus nombres y sus rostros. 

Nombres que no sólo son nombres. Personas que fueron y que están. Hasta el mismísimo macarra que, en aquella atracción de feria, se subía a aporrear un punching de boxeo con el codo, o con el puño, mientras giraba y giraba. La Ola se llamaba la atracción. Él era simplemente el macarra que miraba por encima del hombro y que competía en chulería con su compadre el de los coches de choque que se subía detrás de las guapas agarrado a ese palo del que salían chispas. Y te regañaba si chocabas de frente.

Era otra época de la que algo habría que tratar de recuperar para que "la gente" no sólo sea base de fácil discurso político de algunos en La Sexta.

No íbamos a un peluquero, ni llamábamos a un fontanero o a un carpintero. Íbamos a Alex o llamábamos a Blas Cuenca o a Serrano. La leche la traía Alfonso y Emilia nos guardaba el periódico.

Y Benjamín nos llenaba la cocina de berenjenas y tomates y recolectaba las aceitunas que nos devolvía en garrafas de aceite. Es normal que aún mi padre recuerde cómo lloraba el día que se despidieron cuando los de Gil Stauffer cargaron los capitonés con la mudanza destino a Francia.

E Hilario era todo un señor.

La gente. Las personas y no los datos."












viernes, 25 de marzo de 2022

¿Cómo te llamo?

Fue ella quien me eligió a mi. En cualquier caso, fue fácil pues no había otra persona más a esa hora de la mañana en esa aldea de Somiedo. 

No llevaba ni diez minutos caminando. No la vi llegar a mis espaldas. Tan sólo escuché un ladrido que más tarde entendí que era su saludo de bienvenida. Me rebasó apenas sin mirar, se colocó delante de mi y no tuve ninguna duda de que íbamos a compartir el día, durase lo que durase, fuésemos donde fuésemos. 

No supe cómo llamarla puesto que Canela fue otra inesperada compañera en otro lugar. Mantuvimos siempre un cierto respeto sin que ninguno invadiese el espacio del otro. Nos miramos a los ojos que ella tenía algo ensangrentados. Sería la edad. Era perra y sé que me confesó que nunca quiso ser mascota. Era perra y era libre, por eso pudo venirse conmigo. Era perra y le gustaba seguir siéndolo. 

Siempre tuvo claro el camino que íbamos a seguir y apenas se separó de mi. Me respetó hasta los errores, eso sí, indicándome cómo salir de ellos. En una de las cumbres coincidimos con dos montañeras con las que compartimos un rato y alguna anécdota. Seguíamos la misma ruta e íbamos a la misma cima. Pero no las siguió a ellas. Ella me había elegido a mi y ella siguió conmigo. Y así hicimos todas las cumbres del día. 

A nuestro regreso, a unos doscientos metros de la aldea, echó a correr sin avisar y la perdí de vista. 

”Ha vuelto a casa. Misión cumplida. Siempre la recordaré”

Supuse que habría regresado con los suyos que, seguro, no la echaron de menos en toda la jornada. 

Pero no: me esperó en la primera casa, me vio llegar y arrancó a correr hacia mi como el que espera a un familiar que regresa de un largo viaje. 

Sonreí y la pude acariciar por primera vez. 

Nunca pidió nada. 

#SacaLaFelicidadAPasear⁣⁣⁣







sábado, 5 de febrero de 2022

Conversaciones


Si percibía que iba bien, se situaba delante para marcar un ritmo constante. Si flojeaba, se ponía detrás para que fuese ella la que eligiese el paso adecuado. En ambos casos, se hablaban sin poder verse las caras. No hacía falta porque no estaban en terreno hostil ni incómodo. 

”¿Vas bien?”

”Sí, sí. Pero tira tú si quieres que yo voy a mi ritmo”

Ni caso y continuaban juntos. 

El silencio formaba parte de la constante conversación. Largos silencios que también tienen sujeto, verbo y predicado e, incluso, construcciones más complejas. A él le gustaba romperlo sin avisar. 

”¿Tú sabes que te quiero mucho, no?”

A veces se detenía, se giraba y la miraba para anunciarlo jugando a cierta solemnidad. Otras lo hacia sin dejar de caminar como el que pregunta si aún queda agua en la mochila. Esto a ella le llenaba el alma. 

Y pasaban a otro tema o a otro silencio. 

#SacaLaFelicidadAPasear⁣⁣⁣⁣

⁣⁣⁣⁣