Aún no asomaba el sol y la temperatura se resistía a subir. El cielo estaba limpio, azul de mañana. Sabía que el día sería caluroso pero esas últimas horas de la noche habían sido muy frías y mantener el sueño no había sido fácil. Apurar no servía de nada y lo mejor era activarse. Caminar muy temprano es muy agradecido y permite evitar el calor de las cuatro de la tarde.
Él llevaba años repitiendo las mismas rutinas al amanecer. No tenían nada que ver con ordenar su habitación, ni preparar un desayuno complicado, ni ponerse a hacer abdominales. Se despertaba y, ante su ausencia, hablaba sin esperar una respuesta que nunca llegaba, preguntándole si aún recordaba aquella noche, víspera de cumplir un sueño.
Le costaba interpretar el silencio y la distancia que estaba convencido eran muy frágiles y que se romperían con una simple mirada aunque fuese casual o furtiva.
Solía abrazar la esperanza y se respondía a si mismo que sí, que cómo iba a haberlo olvidado, que lo dibujaba cada madrugada en ese intervalo que existe entre que se apaga la lámpara de la mesilla y se engancha el sueño cuando uno aún elige lo que recuerda.
Cuando asomó el primer rayo de sol estimó cuánto tiempo le costaría vencer a la sombra de aquel pico del que no sabía su nombre. Quería saber cuánto tiempo quedaba para que empezase a calentar el día.
#SacaLaFelicidadAPasear
