A esa hora de la tarde, en la que el tiempo se torna en fresco, ya se habían cubierto con las capuchas de las sudaderas, encogido los hombros y juntado las piernas. Él incluso se frotaba rápidamente una mano contra la otra buscando algo de calor y calmar su nerviosismo. El último baño les hacía combinar el temblor con la sonrisa. Aún no se habían rozado porque estaban sentados frente a frente en una trabajada mesa de madera con dos bancos corridos. Todavía quedaba a sus pies algo de hierba pero estaba vieja y seca. Pinchaba y no invitaba a caminar descalzos que es cómo uno se siente libre. Seguían con chanclas, pelo mojado y algo de arena entre los dedos de los pies.
Habían bebido unas cervezas y sacado de sus mochilas la comida que aún les quedaba. Todo está bueno cuando se está a gusto. Hasta el queso y el chocolate que se derriten cuando más pega el sol y, después, cuesta separar de su incómodo envoltorio de plástico. La cerveza caliente, no. Por eso se había acercado a un kiosko cercano que estaba a punto de cerrar. En realidad, la dueña los estaba siguiendo desde hacía un rato, sabía que acabarían yendo a comprar algo y por eso no tuvo prisa en bajar la persiana.
El viejo kiosko llevaba ahí desde siempre. Pese a retirarlo en octubre para volver a instalarlo en abril, seguía manteniendo la misma estructura, las mismas pegatinas de Miko y Coca Cola y las mismas estanterías desde donde ofrecía latas de bebida, botellines de agua y golosinas sin marca. Cada año el mismo ritual que comenzaba con una mano de pintura en la chapa exterior y una revisión de las persianas de metal. Hasta su jubilación lo regentó su padre. Ahora lo hacía ella que había vuelto a su pueblo saturada de la ciudad donde todas las promesas y todo lo bueno de los inicios se transformaron en pocos años en gris, ruido, humo y soledad. Decidió volver y no mirar atrás.
Sin que nadie pareciera darse cuenta, ellos tampoco, el ir y venir de las olas era lo que más se escuchaba a esa hora de la tarde. La pleamar era a las ocho y, en esa playa, las olas de la marea alta rompían con violencia al llegar a la orilla. Nada que ver con la bajamar que obligaba a los surfistas a meterse más de cien metros en el mar para llegar hasta el pico. También eran más audibles el graznido de las gaviotas, el motor de gasolina de la vieja segadora que alguien empujaba en un jardín vecino, las cuatro desagradables motos acuáticas en la lejanía y hasta el silencio de un barco de vela que regresaba lentamente a puerto.
Las playas del norte tienen dos vidas: amplias con marea baja, pequeñas cuando la pleamar trata de inundarlas.
A esa hora de la tarde también salen los pescadores a faenar.
En un rato ya no quedaría nadie alrededor de ellos. Dos alemanes cargaban aún en el techo de su Volkswagen Caravelle sus tablas mientras cuatro perros correteaban en busca de nada. Había algunos coches más pero no parecían tener dueños ya que el único grupo de adolescentes que jugaban un improvisado voleibol tenía sus bicicletas sobre la arena. Siempre hay una pareja que no juega y que se protege y oculta con la toalla más grande. Nadie dudaba que alguna de las jugadoras acabaría perseguida en una eléctrica y
zigzagueante carrera por alguno de los adolescentes y ambos, juntos, debajo de una ola.
Junto a la escuela de surf, sus encargados regaban tablas, inventos y neoprenos. Todo quedaba alineado dentro de la caseta y listo para los alumnos del día siguiente. Algún cartel en la pared anunciaba un campeonato local de final de temporada. Los socorristas ya habían recogido y no quedaba más que una silla de vigilancia sin bandera amarilla. En unos días ellos desaparecerían para no volver hasta el año siguiente y con ello la obligación de bañarse en una zona acotada.
Ya no quedaban turistas de agosto y eso cambiaba el paisaje dejando aparecer los colores y las luces de septiembre.
Se habían quedado pues contándose historias, recordando sus inicios, repitiéndose las mismas anécdotas y, más que nada, mirándose. Se estaban quedando solos. La risa los delataba y los hacía sentir cómplices. Lo mejor de todo era cuando coincidían al mismo tiempo en alguna respuesta y ambos exclamaban: "¡Toma!". Pensé que era parte de su código no pactado. Hacía poco tiempo que se habían reencontrado y era como si no hubiesen pasado tantos años. Debían ser sus primeras vacaciones juntos, las mismas que habían ido dibujando en sus paseos de invierno mientras buscaban donde comer albóndigas y ensaladilla y beber tinto de verano. La suerte había hecho su trabajo y les tocaba a ellos aprovechar el viento a favor. Sabían que ahora su diversión sería diferente pero sería la suya.
A su alrededor todo había ido desapareciendo siguiendo la misma rutina cotidiana pero con diferentes actores. Seguía habiendo huellas de aquellos que habían pasado la tarde tirados frente al mar. Esas huellas sólo las borraría la noche y, al amanecer, ya no quedarían restos de nada.
Un poco más allá había un pequeño hotel con terraza. Ambos lo miraron y yo aceleré la marcha para alejarme de allí.