sábado, 10 de agosto de 2019

El Pirineo. Un sueño infinito

Recorrer el Pirineo de un extremo al otro, del Cantábrico al Mediterráneo, es mucho más que subir montañas y caminar entre valles. Para muchos de los que tenemos ese reto, existe un componente emocional que hace que la experiencia vaya a permanecer siempre en nuestras vidas ocupando el lugar de lo inexplicable.
Esta primera primera parte de nuestro GR11, la Travesía Pirenaica, fue más corta de lo previsto. Pese a que la idea y lo planificado era llegar hasta Bujaruelo, a las puertas de Ordesa, optamos por parar en Ochagavía debido a la intensa ola de calor que nos sorprendió y nos aconsejó detenernos.


Hicimos el recorrido de Zokoa (Francia) al Cabo de Higuer y, de aquí, a Ochagavía. Lo retomaremos en este mismo punto y continuaremos.

Es el sueño infinito porque nunca se irá de nuestras vidas.

"Cuando la montaña y el hombre se encuentran suceden grandes cosas pero sólo si el encuentro es verdadero" (Reinhold Messner, alpinista)

(continúa en el vídeo)



miércoles, 31 de julio de 2019

Los enfrentados del vagón

El algoritmo, la mala leche o, seguramente, una combinación de ambos, todo guisado desde un triste despacho de la sede central de la compañía, hace que recurrentemente me toque el peor asiento del tren para afrontar las nueve, sí nueve, horas de viaje entre Gijón y Zaragoza.

El 9D forma parte de ese cuarteto de asientos enfrentados, sin mesilla en medio, que, además, te obliga a viajar contrasentido entre León y Zaragoza. Una ventaja más de esta vergonzosa infraestructura que no forma parte de la España radial y convierte los desplazamientos transversales en lo más parecido a las diligencias del siglo XIX.

Sentado en 9D no puedes estirar las piernas sin entablar una batalla silenciosa con la ocupante de 8D que mantiene contra ti una lógica guerra de posiciones. Encajar los cuatro pies y llegar a un acuerdo tácito es un juego de estrategias desde el primer minuto de viaje. Te despistas y te cogen la posición. Ella, viajera familiar de regreso a Argentina, viene mucho más preparada con un collarín hinchable color lila presagio de un viaje aún más largo. Lo lleva toda la familia, incluidos los cuatro adolescentes que han tenido más suerte con los asientos y que duermen repanchigados desde 7A a 7D. Viajan cómodos, visten chándal.

La batalla de las piernas y de los pies coincide con la del único apoyabrazos abatible que hay en el centro. El que lo coge no lo suelta so pena de llevar el brazo colgando hasta el primer despiste del contrario.

Los asientos normales del tren, todas las filas de 1 a 7, permiten que, poco a poco, uno se vaya construyendo un discreto cubículo al abrigo de curiosos. Nadie se fija en en 4A y 2D. Uno pasa más desapercibido esas filas, con premio añadido si es junto a las ventanas. 9D, como sus otros tres compañeros de zona, es la zona de los parias del tren. Todo aquel que recorre el pasillo lanza una mirada de misericordia a quien lo ocupa mientras, seguramente, piensa en la mala suerte que has tenido en la tómbola de las reservas de la web de Renfe. Es lo que hay. La tarifa Promo no deja elegir, contestas con la mirada y las orejas gachas.

9A a 9D, los castigados del viaje, los niños malos de la clase.

9C, a mi derecha, me acompaña sin rechistar. Ha elegido una postura y, estoicamente, ha fijado su mirada en el infinito que termina en la puerta corredera que separa los vagones. Lleva rebequita sobre los hombros porque sabe que el aire acondicionado de los trenes juega malas pasadas. No creo que en ningún momento adopte posiciones que exijan gran flexibilidad. Por teléfono, sus dos hijas ya le han llamado para confirmar que todo esté correcto. Avisará cuándo llegue aún no sé adónde.

Al otro lado del pasillo, 9B ha sacado esta mañana del cajón los pantalones pirueta y la camiseta de tirantes como los que Nike obligó a Nadal a utilizar allá por 2005. Siempre pensé que a él no le gustaban. Y mucho menos a Tío Toni. Defiendo la libertad a vestirse como cada uno se sienta más cómodo pero hay ciertas cosas que deberían estar penadas. No todo el mundo puede llevar todo. El verano y sus cosas.

9D va marcha atrás la mayor parte del viaje. Al mirar por la ventanilla, mientras todos avanzan, él retrocede.

No deberían vender esa fila al igual que en los aviones no hay fila 13.






miércoles, 19 de junio de 2019

Mi particular tío Toni

Hacía mucho tiempo que no sabía de él. Hace unas semanas, una amiga que teníamos en común me contó que ya no se encontraba bien y que todo estaba complicándose. Entendí que se estaba yendo y así se lo hice saber a mis hermanos.
Desde hace unos días Catete ya no está.
Un buen entrenador es aquel que consigue transmitirte pasión por el deporte y gracias al cual uno acude a entrenar muchas más horas de las que marca su planificación personal. Catete era nuestro entrenador de tenis pero nos hacía amar el deporte en el sentido amplio, fomentándonos cualquier otro tipo de actividad, incluida la preparación física de pretemporada. Entendía el deporte como escuela formativa y de valores. 
A diferencia de muchos de los que hay ahora, no nos entrenaba para su lucimiento personal ni fomentaba la competición y la victoria cómo único objetivo. Quería que jugásemos y que lo hiciéramos bien. Que nos esforzáramos divirtiéndonos. Y que disfrutáramos. 
No conozco a nadie que abandonase el tenis por culpa de sus entrenamientos: jamás hubo un desprecio hacia nadie, ni una mirada por encima del hombro, ni una exigencia injustificada, ni un "tú no vales", ni una odiosa comparación. De vez en cuando había alguna bronca, sí, pero sus sesiones siempre acababan con sonrisas, bromas y un "os espero mañana". Sabía perfectamente combinar el rigor y la disciplina con el placer de entrenar. Amaba lo que hacía.
Su voz se oía de pista a pista y aún escucho sus risas llamándonos a cada uno por nuestro nombre o, cariñosamente, por nuestro apellido. Cuántas emociones y cuántos sentimientos aún perduran entre ese rectángulo con red que configura una simple pista de tenis. Él a un lado, nosotros al otro sin darnos cuenta que teníamos enfrente a uno de los mejores.
Gracias Catete. Ninguno fuimos Rafa Nadal pero todos tuvimos en ti a nuestro particular tío Toni.





viernes, 8 de marzo de 2019

Mientras baja el sol

A esa hora de la tarde, en la que el tiempo se torna en fresco, ya se habían cubierto con las capuchas de las sudaderas, encogido los hombros y juntado las piernas. Él incluso se frotaba rápidamente una mano contra la otra buscando algo de calor y calmar su nerviosismo. El último baño les hacía combinar el temblor con la sonrisa. Aún no se habían rozado porque estaban sentados frente a frente en una trabajada mesa de madera con dos bancos corridos. Todavía quedaba a sus pies algo de hierba pero estaba vieja y seca. Pinchaba y no invitaba a caminar descalzos que es cómo uno se siente libre. Seguían con chanclas, pelo mojado y algo de arena entre los dedos de los pies.

Habían bebido unas cervezas y sacado de sus mochilas la comida que aún les quedaba. Todo está bueno cuando se está a gusto. Hasta el queso y el chocolate que se derriten cuando más pega el sol y, después, cuesta separar de su incómodo envoltorio de plástico. La cerveza caliente, no. Por eso se había acercado a un kiosko cercano que estaba a punto de cerrar. En realidad, la dueña los estaba siguiendo desde hacía un rato, sabía que acabarían yendo a comprar algo y por eso no tuvo prisa en bajar la persiana.

El viejo kiosko llevaba ahí desde siempre. Pese a retirarlo en octubre para volver a instalarlo en abril, seguía manteniendo la misma estructura, las mismas pegatinas de Miko y Coca Cola y las mismas estanterías desde donde ofrecía latas de bebida, botellines de agua y golosinas sin marca. Cada año el mismo ritual que comenzaba con una mano de pintura en la chapa exterior y una revisión de las persianas de metal. Hasta su jubilación lo regentó su padre. Ahora lo hacía ella que había vuelto a su pueblo saturada de la ciudad donde todas las promesas y todo lo bueno de los inicios se transformaron en pocos años en gris, ruido, humo y soledad. Decidió volver y no mirar atrás.

Sin que nadie pareciera darse cuenta, ellos tampoco, el ir y venir de las olas era lo que más se escuchaba a esa hora de la tarde. La pleamar era a las ocho y, en esa playa, las olas de la marea alta rompían con violencia al llegar a la orilla. Nada que ver con la bajamar que obligaba a los surfistas a meterse más de cien metros en el mar para llegar hasta el pico. También eran más audibles el graznido de las gaviotas, el motor de gasolina de la vieja segadora que alguien empujaba en un jardín vecino, las cuatro desagradables motos acuáticas en la lejanía y hasta el silencio de un barco de vela que regresaba lentamente a puerto.

Las playas del norte tienen dos vidas: amplias con marea baja, pequeñas cuando la pleamar trata de inundarlas.

A esa hora de la tarde también salen los pescadores a faenar.

En un rato ya no quedaría nadie alrededor de ellos. Dos alemanes cargaban aún en el techo de su Volkswagen Caravelle sus tablas mientras cuatro perros correteaban en busca de nada. Había algunos coches más pero no parecían tener dueños ya que el único grupo de adolescentes que jugaban un improvisado voleibol tenía sus bicicletas sobre la arena. Siempre hay una pareja que no juega y que se protege y oculta con la toalla más grande. Nadie dudaba que alguna de las jugadoras acabaría perseguida en una eléctrica y zigzagueante carrera por alguno de los adolescentes y ambos, juntos,  debajo de una ola.

Junto a la escuela de surf, sus encargados regaban tablas, inventos y neoprenos. Todo quedaba alineado dentro de la caseta y listo para los alumnos del día siguiente. Algún cartel en la pared anunciaba un campeonato local de final de temporada. Los socorristas ya habían recogido y no quedaba más que una silla de vigilancia sin bandera amarilla. En unos días ellos desaparecerían para no volver hasta el año siguiente y con ello la obligación de bañarse en una zona acotada.

Ya no quedaban turistas de agosto y eso cambiaba el paisaje dejando aparecer los colores y las luces de septiembre.

Se habían quedado pues contándose historias, recordando sus inicios, repitiéndose las mismas anécdotas y, más que nada, mirándose. Se estaban quedando solos. La risa los delataba y los hacía sentir cómplices. Lo mejor de todo era cuando coincidían al mismo tiempo en alguna respuesta y ambos exclamaban: "¡Toma!". Pensé que era parte de su código no pactado. Hacía poco tiempo que se habían reencontrado y era como si no hubiesen pasado tantos años. Debían ser sus primeras vacaciones juntos, las mismas que habían ido dibujando en sus paseos de invierno mientras buscaban donde comer albóndigas y ensaladilla y beber tinto de verano. La suerte había hecho su trabajo y les tocaba a ellos aprovechar el viento a favor. Sabían que ahora su diversión sería diferente pero sería la suya.

A su alrededor todo había ido desapareciendo siguiendo la misma rutina cotidiana pero con diferentes actores. Seguía habiendo huellas de aquellos que habían pasado la tarde tirados frente al mar. Esas huellas sólo las borraría la noche y, al amanecer, ya no quedarían restos de nada.

Un poco más allá había un pequeño hotel con terraza. Ambos lo miraron y yo aceleré la marcha para alejarme de allí.