jueves, 11 de mayo de 2017

Formación entre fogones

España debe de ser el país en el que la formación y la educación están más contaminados incluso desde la más tierna infancia de nuestros hijos. Se utiliza la formación y educación para trapichear e intercambiar otros cromos con los que satisfacer oscuras necesidades e intereses generalmente vinculados a los poderes de barrio y a los egos de aprendices de la política. Lo más importante que cómo padres, cómo ciudadanos y cómo sociedad podemos dejar a nuestros hijos, y por ende a nuestro país, es su educación y su formación. La herencia económica, el piso de la playa, aquel terreno abandonado en el pueblo o la pequeña mercería del centro los pueden ayudar pero, de la misma manera, los pueden dilapidar y volatilizar. La herencia económica puede, incluso, destrozar sus relaciones familiares para siempre. La buena formación y la buena educación llegan y se quedan.

Desde hace unos días, ciertos medios de comunicación, ciertos comunicadores de lo inmediato y de lo desconocido y, cómo no, las redes sociales se ceban con un Chef muy conocido por su doble condición de cocinero y comunicador. No sé en qué contexto expuso su opinión acerca del papel de los becarios en los restaurantes con estrellas Michelín. Y, sin tiempo de protegerse detrás de una colina y, seguramente, optando por mirar al horizonte, ha visto venir la manada de búfalos a, intentar, destrozarlo.

No soy particularmente seguidor de la cocina de grandes Chefs ni de la cocina moderna. Reconózcome más hombre de tasca, de mesón, de barra o de mesa corrida. De cocina tradicional y de puchero. De cuchara y de platos simples. De tortilla de patata, de croquetas y de txuletón al punto. De calamares y de ensaladilla. Y de albóndigas. Así, simple, sin apellidos, ni "deconstrucciones", ni "desestructuraciones", ni oxigenaciones. Reconozco que la cocina moderna y de diseño tiene su público y que han conseguido crear un producto en el cual se mezclan por igual los buenos ingredientes, el esfuerzo, la investigación, el marketing y la comunicación y la excelente labia de los maestros. Châpeau por ellos porque ellos sí que han sido emprendedores y, la mayoría, viniendo desde abajo. Desde los fogones.

Sin entrar a discutir los casos particulares en los que, probable y seguramente, habrá abusos, cómo en todos los ámbitos de la vida, qué le pregunten a cualquier estudiante de restauración si le gustaría ser becario de alguno de los mejores Chefs del mundo. Y su respuesta es la que nos debe valer. Pasar de la escuela de restauración de tu pequeña comunidad autónoma a los fogones de aquel caserío del norte de España. Pasar de campo de tierra de polideportivo municipal a estadio 5 Estrellas UEFA.

Creo que si a algún aspirante a tenista profesional le ofreciesen la posibilidad de acompañar y entrenar con Rafa Nadal durante un año, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque encordase sus raquetas entre set y set, podría aprender a ser buen tenista, y mejor persona, junto al mejor.

Creo que si a algún aspirante a músico de una banda de rock le ofreciesen la posibilidad de tocar y estar en el escenario en la gira mundial de Bruce Springsteen, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que trotar por un escenario a media luz, con ropa oscura, para sustituir las guitarras cada vez que Bruce cambiase de canción.

Creo que si a algún apasionado de las nuevas tecnologías le ofreciesen instalarse una año en la sede de Apple compartiendo el desarrollo de nuevos productos, habría fila. Y alguno hasta pagaría. Incluso aunque tuviese que pasar el dedo cientos de veces por la pantalla del nuevo iPhone para ver si funciona cuando está mojada.

La formación reglada, en colegios, institutos, universidades y hasta escuelas de negocios, está muy bien pero lejos de ser suficiente. El analfabetismo, en muchos casos, puede ser absoluto al incorporarse a un centro de trabajo. La formación continúa con la práctica y poder hacerlo con los mejores es una suerte. Por ello hay tantos que quieren hacerlo.

Fui becario en el extranjero. Me ayudaron con el alojamiento y la manutención. Y ni se me ocurrió pensar que me explotaban al estilo revolución industrial. Me ayudó a formarme en mi profesión pero sobre todo en la vida. Conozco de primera mano algún restaurante estrella Michelín que cuenta con becarios que se forman trabajando en su cocina, su sala y su bodega de la mano de los que saben. Pondría no una mano sino las dos y los dos pies en el fuego para asegurar que al final de su periodo de formación abandonan las paredes de la casa de esa entrañable familia con una enorme pena por irse pero inmensamente agradecidos por lo recibido. Formación y trato. Seguro.

¿Pagamos cursillos al salir de trabajar por aprender a hacer sushi para las cenas con colegas de los viernes y no estamos dispuestos a completar nuestra formación con los mejores, en sus cocinas, durante un relativo corto periodo de tiempo?
Cómo en todo lo que afecta a la educación, los franceses lo tienen más claro y a eso lo llaman "stage". Yo lo fui y mis hijos lo han tenido que ser ya en su periodo escolar cómo parte de su formación.

Existen enormes abusos en las condiciones laborales de muchas personas, en muchos ámbitos y sectores de la economía. Seguramente también en algunos trabajos asalariados camuflados en becarios. Pero quizás tomándonos la educación y la formación en serio fuésemos capaces de acabar con ello en un futuro.







martes, 9 de mayo de 2017

Gradas vacías

Supongamos un torneo o campeonato deportivo de máxima categoría.

Supongamos una estrategia y política comercial y de patrocinios que busca maximizar los ingresos por dichos conceptos planteando para ello una serie de beneficios en hospitality o relaciones públicas que otorga a dichos patrocinadores una serie de ventajas en las mejores entradas o palcos.

Supongamos que dicha gestión comercial es un éxito económico.

Supongamos que dichas entradas o palcos se encuentran en la zona prioritaria del tiro de cámara televisiva que retransmite dicho acontecimiento.

Supongamos que ese conjunto de entradas compradas por patrocinadores se distribuye entre clientes a los que:

a.- les importa un carajo el deporte en cuestión. 
b.- el deporte en cuestión no entra dentro de sus prioridades del día
c.- a los compradores de entradas de palcos sólo les interesa el postureo, el decir "yo estuve allí cuando jugó ÉL", el regalar entradas a sus clientes por política de relaciones públicas o el pasar las horas en las zonas de ocio y restauración que, a veces, rozan lo obsceno.

Supongamos que hay cientos de verdaderos aficionados a ese deporte, desde niños de escuelas deportivas, a jóvenes que ya compiten, a adultos que tienen que hacer un esfuerzo en sus economías y logística para acudir, a veteranos que tienen más complicado acceder al mercado de venta anticipada que no pueden pagar los precios de dichas entradas o que, simplemente, éstas están agotadas.

Supongamos que gran parte de esos eventos requieren, casi siempre justificadamente, de una fuerte inyección de recursos públicos que, sin duda, tienen su retorno en forma de mejor imagen de ciudad, alta ocupación hotelera, presencia en medios, mayor consumo en restauración y todo tipo de servicios complementarios, creación de empleo ocasional etc etc

Dicho esto, la imagen televisiva de ese vacío generalizado de, cuando menos, las zonas principales, ergo las de mejor calidad de visión, genera una devaluación de la imagen del producto, un desapego de los verdaderos amantes del deporte, un desinterés informativo y un rechazo popular a la organización de dichos acontecimientos en los que se requiere financiación pública en beneficio, directo, de unos pocos.

Esta situación, una vez que se produce, trata de solucionarse rápida y urgentemente, mediante el relleno ficticio a base de escolares, militares u otros colectivos fácilmente controlables en detrimento de los verdaderos amantes del deporte. Tal suele ser la improvisación que, en un muy importante evento internacional, el primer día los soldados convocados iban vestidos con su ropa militar. El cante fue muy sonado y al día siguiente relucieron camisetas de colorines y gorras varias.

En todo caso, la reutilización de esas entradas vendidas pero no usadas es muy complicada sin mediar un sistema de redistribución en el que todos han de colaborar. Lógicamente, nunca se sabe si una entrada va a ser utilizada o no y, por lo tanto, no pueden reasignarse a nuevos usuarios mediante una reventa legal o invitación "social" sin el visto bueno previo del titular legal de la entrada o invitación.

En muchísimos países de nuestra órbita economía, social y cultural se ha instaurado, peligrosamente, un rechazo ciudadano a los eventos deportivos de primer nivel en parte, aunque no exclusivamente, por estas situaciones. Al mismo tiempo, se está produciendo un desplazamiento organizativo hacia países con otros regímenes y con abundancia de recursos económicos.

En cualquier caso, es una verdadera pena que, mientras unos atletas están dando lo mejor de si mismos en una pista, el máximo de su esfuerzo físico, con su orgullo profesional y su respeto a sus reales aficionados y a las marcas que los pagan, el graderío principal esté sólo ocupado por las azafatas y personal auxiliar que, se supone, ha de atender a los que deberían estar allí.

Hasta las propias marcas patrocinadoras del evento, legítimas titulares de esas sillas vacías, deberían insistir en no ver sus anuncios rodeados de huecos fantasmas. Aunque sólo sea por aquello de "por el interés te quiero Andrés".






lunes, 8 de mayo de 2017

Aquella manera de viajar

Andaba el otro día por uno de esos talleres de barrio donde el mismo empleado que te recibe en mono azul, analiza tu problema, piensa en las alternativas más razonables y te invita a lo que se supone es su despacho mientras se limpia las manos lo que más que le permite un trapo negro antes de coger una libreta dónde deja impregnadas, entre otras cosas, sus huellas dactilares. Ese momento suele coincidir con alguna llamada telefónica de esas que resuenan en estéreo por todo el taller y que te permite descubrir debajo de un montón de papeles que, aquello que en su día instaló con esmero un operario de Telefónica, es ahora un cacharro sucio que, sorpresivamente, aún permite recibir llamadas. De lo que tengo más dudas es que el teclado permita teclear algo diferente al 112. El clásico taller alejado del quirófano aséptico que tratan de imponer los concesionarios y las marcas oficiales cuyo objetivo es clavarte en lo más alto del lomo un rejón a lo Manolete hasta dejarte seco en su sala de espera con sofás, tele, máquina de café, revistas de coches y camiones y alguna oferta de chequeo pre ITV. El clásico taller, efectivamente, en el que aún quedan posters de Firestone del año 1987, con meses de enero a diciembre alegremente ilustrados y no sigo para que nadie pida la guillotina para mi.

Medio desintegrado y en uno de los rincones de aquel taller intuí, lo que debió ser un clásico de su época, un viejo 600, que me hizo pensar en cómo han cambiado nuestras formas de viajar. Lejos quedan ya aquellas travesías que duraban jornadas enteras y que empezaban muy de madrugada y acababan antes de la cena, cuando no duraban dos días con su noche. Recuerdo viajes de salir aún en pijama, despertar en ruta, cambiarnos de ropa y desayunar, aguantar una calorina de cuando hacía calor de asfalto, volver a cambiarnos y casi llegar otra vez en pijama. De viajar en dos coches porque Wolf, nuestro perro que no mascota porque era un perro, ocupaba, cómo un señor, toda la parte trasera de un Skoda que merece un artículo completo. El Skoda, no el bueno de Wolf. Bueno, quizás los dos. Viajes que se planificaban de acuerdo con las previsiones de Mariano Medina, el verdadero hombre del tiempo, y los avisos de operación salida cuando aún no había becarios en la gasolinera de Repsol en salida de la Nacional I. De esa combinación salía el resultado: se cargaba el coche la víspera y se salía a las 5:30. Y sin rechistar.

De muy joven le cogí el gusto a eso de viajar. El solo hecho de pensarlo ya me alegraba. Prepararlo, me ponía. Luego, casi todas las vísperas, te entraban la duda y la pereza propias de las salidas que desaparecían en cuanto te ponías en marcha para, incluso, no querer volver. Durante años, un grupo numeroso de elegidos para la gloria, después amigos del alma, nos dedicamos a combinar viajes, montañas, nieves, clientes, Alpes y movidas, muchas movidas de las que después se llamaron marrones y que en aquellos tiempos se llamaban "overbookings", visitas a la gendarmería, retrasos, caos invernales y hasta manifestaciones de clientes en la avenida principal de Valthorens.

Entonces se viajaba diferente, de una manera que ahora ha desaparecido o por lo menos se encuentra en franca desaparición sin que ninguna ONG la proteja. La Nacional II, Madrid-Barcelona, que entonces no siempre era autovía y sólo autopista desde pasado Zaragoza, área de Pina, era una procesión de buses destino a los Alpes. Los nuestros eran Juliá. Miles y miles de esquiadores que se metían entre pecho y espalda 1.500 km después de haber cazado alguna de las centenares de ofertas que se colgaban en facultades, clubes de esquí, agencias y hasta en farolas cercanas a algún semáforo. Todos en ruta y coincidiendo en lugares de culto como el bar de Esteras de Medinaceli, el área del Cisne del km 308, el área de Pina, la Puerta Catalana y hasta el Carrefour de Bourg de Péage, ya en Francia. Autobuses cargados mucho más allá de lo legal, con equipaje rellenando el hueco de la escalera posterior, gente durmiendo a lo largo del pasillo, fumaderos en la siniestra parte posterior, romances que nacían tapándose con los anoraks y chóferes que eran héroes.

Los que nos dedicábamos a aquello e íbamos al mando de las tropas éramos jóvenes, muy jóvenes, con menos de 23 años y asumíamos riesgos de los que no éramos conscientes y, si lo éramos, no nos importaba. Seguro que hoy en día, en nuestro querido país de las prohibiciones, se exigen titulaciones de todo tipo. Éramos profesores de esquí, guías de autobús, jefes de estación y responsable de estación teniendo a nuestro cargo hasta 3000 clientes que iban llegando, felices y contentos, no todos cierto es, a cualquiera de las estaciones en las que nos ocupábamos de resolver lo que años después se llamaron marrones y que, en nuestro caso, solían ser marrones muy oscuros.

Yo reconozco que formaba parte de un grupo privilegiado, con gente muy profesional, que fuimos capaces de resolver todo tipo de embrollos propios de aquella forma de viajar ya en desuso. También reconozco que estábamos muy bien pagados y que, siendo todos estudiantes universitarios, nos encontrábamos en junio con las cuentas corrientes muy saneadas pudiendo plantearnos otro tipo de viajes y compras de otro modo impensables. En el curriculum de infinidad de buenos profesionales actuales aparecerá esta experiencia ya antigua pero a veces más mucho más formativa que cualquier aula visigoda en la que nos explicaban la IS LM o la campana de Gauss.

Aquella mañana del día uno de enero me llamó mi amigo Manolo desde el aeropuerto de Barajas para prevenirme que en su avión, destino a los Alpes franceses, no habían sido capaces de cargar todo el equipaje y que se habían quedado en Madrid decenas de bolsas de esquís. Conocida era la afición de plantarse en los Alpes con, entre otras cosas, latas tamaño XXL de Fabada Litoral, toneladas de macarrones y litros de tomate Orlando. Como si no hubiese un mañana o cómo si fuésemos a convocar a media Alta Saboya incluidas danesas u holandeses. Me insistía Manolo que tuviese cuidado y que revisase todo antes de la facturación. A la tarde recorrí toda la fila de clientes advirtiendo de la limitación de equipaje: una maleta, la bolsa de esquís y la bolsa de botas. El resto se quedaba en España, cómo cualquier otra cosa fácilmente detectable por los perros aunque se metiese en el tubo de pasta de dientes. Al mismo tiempo, que uno era ya perro viejo, advertí a la compañía aérea que no quería ni una sola bolsa de esquís de la tropa de Manolo sin que antes hubiese cabido todo lo mío. Lo dije una vez, dos veces y tres veces: en la facturación, en el embarque y en la misma puerta del avión. Y siempre me prometieron que sí. Y ya se sabe para qué se promete: para mentir.

Con el avión ya separado del finger y empezando a recular, miré por la ventanilla y reconocí, sin dudarlo, en un carro de esos de maletas decenas de bolsas de esquís, entre ellas la mía, lo que confirmó mi temor. Algún cliente también lo vio y mi nombre empezó a retumbar desde la fila 1 hasta la 30. "¡Koldo! ¡Koldo! ¡Los esquís!". Tras mirar a la azafata, o bien me escondía debajo del asiento o bien organizaba un motín al comandante con el riesgo de jugármela. "Creo que son los de la mañana...." conseguí decir con un hilo de voz y la sangre de horchata.

El aterrizaje en Chambéry ( Francia ) confirmó lo que no tenía ninguna duda. La cinta empezó a escupir bolsas de esquís que nadie recogía porque, sencillamente, eran de los clientes de la mañana. Cinco minutos antes se había colocado a mi lado el director del aeropuerto, muy cómplice, soplándome el secreto al oído y dándome otros cinco minutos para idear cómo aplacar el motín de Esquilache, versión aeropuerto de Chambéry, que se avecinaba. Entre el director, algún cliente comprensivo y con horas de viaje y yo mismo subido en un mostrador pudimos aplacar la revuelta, prometer que al día siguiente tendrían los esquís en sus estaciones sugiriendo que todos aquellos que habían metido pijamas, braguitas, neceseres y pastillas junto con esquís, bastones y fijaciones tirasen de solidaridad viajera.

Pero cómo todo lo que puede romperse una vez puede romperse otra, la paz viajera no terminó así. La salida de la terminal fue bucólica. Enero, post navidad, decoración de colores y nevando. Vamos, la clásica postal. Faltaban, menos mal, los villancicos. Grupos de amigos deseando llegar sus destinos, familias planeando su primera jornada de esquí, palmadas a mi espalda, "Koldo no te preocupes.....". Con todos ya embarcados en sus autobuses y antes de dar la consabida orden de salida se me acerca un gendarme con pinta de capitán general de todos los ejércitos de la OTAN y se me cuadra inquiriéndome:

- "Bonsoir. Le responsable?"

- "Le responsable c´est moi", le dije

Pues bien, la orden era que tenía que advertir a todos aquellos que esperaban sentados en los autobuses, cerca de 300 personas que ya habían asumido que dormirían sin esquís, braguitas, neceseres y pastillas, que no iban a llegar a sus destinos debido al paquetón al puro estilo alpino que estaba cayendo y que la opción, no discutible, era dormir en polideportivos, trenes y, algún privilegiado, en hoteles de carretera. Todo ello organizado por Protección Civil.

- "¿¿¿Todos????

- "Todos menos los que vayan a Méribel"

Mira tú. Justo dónde iba a ir yo pero después de subirme a todos y cada uno de los autobuses, agarrar el micrófono y echar la culpa a lo bonita que es la nieve cuando cae cómo puños a esas horas de la noche. Y lógicamente, tras escuchar todo tipo de lindeces en todo tipo lenguas, dialectos y jergas desde el fondo de cada autobús.

Tras aguantar varias horas de atasco en la autopista, durante las cuales Monsieur le Chauffeur impidió cualquier intento de bajar a hacer pis, hacerme con el control emocional del grupo y ofrecer hasta mi mismísimo pijama si hacia falta, iniciamos la subida a Méribel. Y claro, ahí estaban, otra vez los gendarmes con lo que más me temía a esas horas de la noche: poner las cadenas.

Cualquiera que se haya dedicado mínimamente a esto o haya viajado sabe que poner ese tipo de cadenas es cualquier cosa menos algo simple, limpio y rápido. Y más aún cuando Monsieur le Chauffeur te advierte con cara de calzoncillo, a las 2 de la mañana, en plena nevada, con varios motines a bordo y con cuarenta caras mirándote desde lo alto del autobús, pegados a los cristales con caras amenazantes, que sólo tiene una. Horreur.

Sólo se me ocurrió una frase mientras le miraba entre incrédulo, cabreado, muerto de hambre y cubierto por la nieve: "c´est ton problème" "Estos y yo dormimos arriba, sí o sí". Y así lo hicimos, haciendo cima a no sé que hora, con algún que otro susto, cuando todos dormían desde hacía horas en los apartamentos de Pierre Vacances.

El día tuvo aún su momento de máxima emoción cuando al cerrar la puerta de mi apartamento, y antes de apagar la luz, me di cuenta que había perdido la mochila con todas las fianzas de todos los apartamentos. Un dineral. Esa noche no dormí: simplemente planifiqué mi huida a las islas Fidji.


( dedicado a todos aquellos que, a pesar de tantos marrones, disfrutamos de años inolvidables creando vínculos que permanecen para siempre. Por aquellos viajes que, además, hacíamos sin móvil )









viernes, 5 de mayo de 2017

A la sombra del Monte Oroel

En aquellos tiempos yo era aún un jovenzano, muy jovenzano, poco más de lo que puede ser mi hija hoy en día. Había terminado mis estudios universitarios, aquellos de los de sin vocación, había tenido una corta, del verbo cortísima, experiencia bancaria en Teruel y andaba especializándome en lo que después ha sido mi profesión y mi pasión. Bueno, una de ellas. Eran los tiempos en lo que aún se leían los periódicos en papel antes de que el periodismo derivase a la triste realidad actual. Vamos, que los llevabas orgulloso debajo del brazo y no casi escondidos como hoy en día. Siempre recordaré que yo empezaba a leer "El País" por el final acabando en "Internacional" que es lo que ocupaba las primeras páginas. En uno de esos breves de la sección de deportes descubrí que "Jaca quiere optar a la organización de los Juegos Olímpicos de invierno de 2002". Y así empezó todo.


Con la ingenuidad y los arrestos propios de la edad, se me ocurrió enviar una carta manuscrita al entonces alcalde de Jaca sin recordar en estos momentos si conocía o no su nombre que, a la sazón, era Armando Abadía. Papel satinado y rugoso ligeramente amarillento, cómo mandaban los manuales de la época, caligrafía correcta y alineada, nada de tachones ni Tippex ( lo que te obligaba a empezar una y otra vez), sobre americano del mismo color que los folios, plegado perfecto dejando ver el nombre del destinatario y la fecha, sello para provincias previa comprobación del peso de la misiva, fe en nuestro servicio de Correos y para allá que salió una carta con mi curriculum, en máximo dos hojas, presentándome y ofreciéndome para la causa olímpica.

Recuerdo estar comiendo, unos días después, en la cocina de casa de mis padres, dónde vivía tras mi experiencia invernal turolense en la O.P. del Banco Santander, cuando sonó el teléfono a eso de las 14:30. Era un teléfono negro de esos de pared, que se colgaba por arriba, sonaba con mil decibelios y pesaba un quintal. Y con una rueda giratoria que vete tú a explicarle a nuestros hijos que era con lo que se marcaban los números que no se almacenaban en ninguna memoria más que en la tuya propia. Ah, y con un cable recubierto con una especie de tela negra y un característico olor y tacto a teléfono negro de pared. Era el entonces Director General de Deportes del Gobierno de Aragón, y ahora amigo, que me convocaba para una reunión. A los pocos días ya estaba yo en Jaca, acogido por mi amigo Julián, embarcándome profesionalmente en lo que en nuestro argot se denomina Movimiento Olímpico y, sobre todo, personalmente en una ciudad y una región insustituibles.

Fue una primera época, más breve y alocada, a la que siguió, tras una temporada entre Barcelona y Sevilla, otra mucho más larga, intensa, entrañable y emotiva unos años después y que se convirtió en la razón del resto de mis días.

Entre las vivencias más emocionantes que he compartido con familiares, amigos, compañeros o simplemente conocidos se encuentra, en lugar privilegiado, la celebración de la fiesta local por antonomasia de Jaca, la Fiesta del Primer Viernes de Mayo. Siendo Jaca el lugar que pude elegir para vivir durante esos años de la existencia de uno mismo que marcan el camino para siempre, siendo el lugar dónde mis hijos dieron sus primeros, segundos y terceros pasos, donde aprendieron a hablar y a mirar, siendo el lugar en el que nunca nos sentimos forasteros en nuestra casa de la calle Mayor, compartiendo vecindad, pared y casi balcón con una familia de verdaderas buenas personas como son los Sánchez Cruzat, los amaneceres de cada Primer Viernes de Mayo eran, y siguen siendo, especiales.

Pasarán los años y seguiré asomándome desde cualquier balcón a la calle Mayor dónde el pueblo jaqués y jacetano, con una sola voz, arrancará el "Arriba bravos jacetanos..."

Y entonces me acordaré de Pitu, de Julián, de Chefe, de Rebeca, de Luis, de Manen, de Ana Belén, de Alicia, de Juan, de Cocol, de Quique, de Iñaki, de José Luis, de Manolo, de Maruja, de Begoña, de Virginia, de Ana, de Ventura, de Cristina, de Toña, de Eduardo, de Damián, de Jorge, de Nuria, de Javier, de Carlos, de Katia, de Enrique, de Lluís, de Cuqui, de Antonio, de José María y de tantos y tantos otros que hoy, allí, aquí o allá seguro se siguen emocionando mientras tararean, comparten o chillan ".... Jaca libre sabe vivir a la sombra del Monte Oroel...".